Decrecimiento personal

El otro día cumplí años, así que me puse a pensar en la muerte. Creo que oficialmente he vivido ya más años de los que me quedan por vivir. He traspasado la línea de la mitad del camino de mi vida. Pensar en la muerte implica pensar qué quieres hacer con la vida. Porque pensar en la muerte equivale a pensar en la finitud de la vida. Que piense en la muerte no significa que me ponga a imaginar escenas truculentas sobre cómo morir que podrían abrir cualquier episodio de A dos metros bajo tierra o que esté todo el día rumiando sobre sucesos mórbidos y enfermedades, que me aterran. Significa acercarme al hecho de que nuestra vida es finita (no hay un juego de palabras intencionado aquí, pero es gracioso que también lo sea en la otra acepción de ser delgada), que es algo milagroso y efímero, que estamos aquí y mañana no estamos, que no podemos detener el paso del tiempo. Sé que hay gente a la que pensar en esto les da ansiedad, pero a mí, aunque me da muchísimo vértigo, me libera. Para algunos, pararse a pensar cómo quieres que sea tu vida una vez superada esa mitad simbólica se asemeja mucho a ese concepto de la crisis de la mediana edad, pero no creo que esté pasando una crisis de la mediana edad. En primer lugar, porque vivo en crisis desde que descubrí de pequeña que era un yo y no un otro, y en segundo lugar porque las las crisis de la mediana edad nos suenan, colectivamente, a una huida hacia adelante, una negación apresurada del hecho de que vamos a morir, así que lo dejamos todo, nos compramos una moto y damos la vuelta al mundo, o nos apuntamos a triatlones abandonando todo lo que fuimos antes. En esta caricatura que tenemos como sociedad de lo que es una crisis de mediana edad hay mucho de edadismo (el hecho de que personas de cierta edad que no deberían hacer según qué cosas «de jóvenes»), pero también la intuición de que hay formas infantiles de escapar sin mirar atrás de nuestra realidad más humana.

Siempre he tenido una mala relación con el tiempo y probablemente esta sea la principal causa de mi ansiedad. Vivo con ansiedad el tictac del paso del tiempo como lo debieron sentir los primeros ciudadanos que fueron testigos del invento de los relojes, oigo cómo discurre acompasadamente día a día, hora a hora, tratando de dominarlo semana a semana, bajando los brazos un lunes a las cuatro de la tarde porque ya se fue el día, pero volviendo a querer dominarlo el martes por la mañana. Vivo con angustia el saber que vivir es elegir, que nunca tendré tiempo de hacer todo lo que quiero y que el tiempo no es una cosa que se pueda recuperar porque nunca fue una posesión que tuve y perdí. O podría decir que es así como lo vivía, en pasado, porque estoy sanando mi relación con el tiempo y, por tanto, con la vida, con esta vida humana y mortal. Creo que nunca la sanaré por completo y siempre quedará un poso de desasosiego cuando tenga que elegir entre dos cosas que me gustaría hacer, abrumada por el peso de la decisión y queriendo mantener ese limbo del titubeo lo máximo posible para no afrontar las consecuencias (siempre más definitivas y terribles en mi imaginación) de la decisión. Pero ahora sé, ay, sé, que demasiado tiempo viví con la insana inquietud de revolverme por estar haciendo algo cuando podría hacer otra cosa y que esa no es la forma de pasar la vida. Daba igual lo que hiciera y cuánto me gustase aquello que estuviese haciendo, siempre quería escapar del presente y estar en otra parte. Muy probablemente porque nunca he querido ser yo, sino otra persona, una persona mejor, más merecedora de lo que sea que mereciese una persona. Siempre quería hacer aquello que no estuviese haciendo porque es una forma de escapar de una misma. La aparición de las redes sociales lo empeoró todo porque de repente cada vez había más gente haciendo cosas, modelos de personas, seguro que todas mejores que yo haciendo mejores cosas de las que yo hacía o podía hacer, de repente a golpe de clic el mundo se presentaba ante ti con esa engañosa apariencia de posibilidades infinitas que podrías tener si tan solo te organizaras mejor…

Ahora entiendo que aquello, aparte de ser una forma turbia y turbulenta de vivir, significaba que no estaba aceptando mi propia finitud, que era un «ser para la muerte». Querer hacerlo todo y no hacer nada, mejor dicho, no comprometerse con nada de verdad, era una forma de vivir en una ilusión de infinitud y control, pero a fin de cuentas más angustiosa. Vivir, vivir con cierta presencia e intención, es elegir. Esto ahora y quizá luego eso otro, y tolerar la incertidumbre de que quizá no haya un luego. Ahora estoy tratando de sustituir el FOMO (fear of missing out) por el JOMO (el joy of missing out). El saber que no lo puedo hacer todo, que siempre, a cada exhalación está ocurriendo algo interesante en el mundo que me perderé porque soy finita, pero que he elegido hacer otra cosa que me alegra el corazón y es importante para mí.

Sin embargo, no siempre vivía o he vivido así. Algo en mi forma de relacionarme con el tiempo cambiaba cada vez que me iba de vacaciones. Cierto es que el tiempo de vacaciones es, si se quiere, un tiempo fuera del tiempo, una suerte de tiempo irreal en el que ya no es solo que tengas más libertad para elegir porque no estás atado a los turnos del trabajo, sino que parece un paréntesis o una nota al pie en los ritmos de tu propia vida. Pero de vacaciones nunca he tenido prisa, ni angustia por elegir, he aceptado con paz y agrado que es imposible verlo todo, que si decido ir a un sitio no puedo estar en otro, y que no tiene sentido correr y huir hacia adelante para poner una muesca haber pisado un lugar para hacerse la foto y marcar la casilla de completado, como si esa muesca significase algo. No siento que tenga que llenar mi tiempo de actividades o listas de tareas para dar sentido a mi vida. Aunque disfrute planeando viajes, investigando maravillas que podría visitar, una vez en camino disfruto de ese camino y nunca me puede la ansiedad de tener que verlo todo, de dar la vuelta completa y, cuando se trata de elegir, elijo sin angustia y hasta con una sonrisa melancólica, aceptando que ese otro sitio que no voy a ver, seguirá allí sin mí y que es maravilloso que exista aunque yo no vaya a verlo nunca. De vacaciones, puedo elegir, puedo aceptar la finitud de mi existencia en comparación con la aparente infinitud del mundo que me rodea, me levanto y en cierto modo fluyo con los ritmos del sol y de la luna. En mis últimas vacaciones, en Galicia, con mi familia, he salido a pasear y he leído, he dado caminatas por el monte y he charlado con mis amigos, no he hecho mucho más y nunca he sentido que estuviese «perdiendo el tiempo», aunque me reía con la certeza de que para muchas personas aquello sería malgastar las vacaciones. ¡Qué aburrida, habiendo tantas cosas por hacer…!

Entonces, pensaba, si no se trataba solo del hecho de que en vacaciones tengo más tiempo (siendo, de nuevo, una expresión torpe pero reveladora de cómo concebimos el tiempo, como una cosa que se tiene y no una cosa que se es), había esperanza para mí y no estaba condenada a vivir así. No era por el entorno, «vacaciones», que yo podía vivir con tranquilidad las elecciones que se toman de vacaciones, sino por cómo me relacionaba yo con ese entorno cuando no estaba en la rueda de «ser alguien», o «acumular experiencias» o «fabricar recuerdos», como llaman por ahí al hecho de vivir, haciendo de la vida una cartera de inversiones con retorno que nos haga creer que tenemos algún control sobre las cosas. Volver a Madrid, sin duda, me volvió a provocar ansiedad porque aquí no despierto con el sonido de los pájaros y las olas del mar cercanas sino con las obras que levantan mi calle. Porque para escapar del calor vivo encerrada y a oscuras, los paseos matutinos y vespertinos no son tan agradables y pueden ocurrir en franjas temporales estrechas, por lo que mi cuerpo ya no entiende de ritmos circadianos y se rompe el sueño. Porque paso más tiempo sola en lugar de saber que a dos pasos hay una comunidad cercana que estará ahí si la necesito. Pero dentro de esa realidad, para mí triste, hay algo que puedo hacer para relacionarme mejor con el tiempo, limitadísimo, del que dispongo que no tiene nada que ver con querer hacerlo todo sin comprometerme con nada. Con elegir, con júbilo, pasar tres horas leyendo en lugar de ver la serie de la que todo el mundo habla. De decidir que, si quiero una vida tranquila, no voy a hacer ese curso que tanto me llama porque ya tengo bastante con un solo proyecto. Que no pasa nada si no tengo una carrera profesional y me «conformo» con existir. Que puedo aceptar que nunca seré Alguien, escritora, o académica con una voz respetada en el ágora pública, pero escribir estas palabras que leerán cuatro o cinco personas es algo que (me) importa y me ancla a la vida, resuena como un acto que tiene importancia para mí. Que no pasará nada si no aprendo sueco y solo hablo, mejor o peor, dos idiomas aparte del mío. Que no pasará nada si jamás veo una aurora boreal y que puedo sonreír sabiendo que las auroras boreales seguirán existiendo mucho tiempo después de que yo no esté.

Por eso llamo a esta fase de mi vida, que se viene fraguando unos cuantos años, la de decrecimiento personal, pues implica desprenderme de lastres de los pesos que yo me he puesto por creencias dañinas. Y es que si la ilusión de control que pretendemos mantener sobre nuestras vidas se fundamenta en fingir que la infinitud siempre a nuestro alcance, que podemos crecer indefinidamente sin coste para nosotros y los que nos rodean, es porque el marco de nuestra existencia se rige por el mismo patrón fantasmático de crecimiento ilimitado sin consecuencias. La ilusión de que podemos crecer sin ningún impacto para los ecosistemas y las comunidades. Creo firmemente que construir un modelo de vida más lenta, más cercana, más sostenible es algo beneficioso para la humanidad en su conjunto, aunque luego tú decidas dentro de los límites planetarios que quieres vivir un poco más rápido. Imaginad que redefiniésemos los propios términos de lentitud y velocidad en este mundo que va cada vez más rápido, volviendo deseable unos ritmos más pausados, calmosos, que incluyan a más gente. Imaginad que se abriesen posibilidades de asombro accesibles en nuestros barrios que no nos espolearan a necesitar ir a la otra punta del mundo para maravillarnos (o para huir del desasosiego que nos causa nuestra finitud). Imaginad más tiempo para conexiones profundas en los que, por momentos, pareciera que la comunidad late dentro del mismo compás, como sucede en algunos momentos de vacaciones que, aunque no estemos haciendo lo mismo a la vez, se compone una melodía armónica con nuestras idas y venidas. Imaginad más parques y más árboles, más fuentes y lagunas que hicieran de los paseos un momento apetecible, que bajaran las temperaturas de las ciudades para que se pudiese deambular por ellas más allá de tres horas al día. Me parece la utopía necesaria por la que luchar, qué digo, el mínimo de una vida digna. Por eso este decrecimiento personal mío de querer menos cosas, de desprenderme de lo ilusorio que crea fantasías de poder y control, es para mí algo íntimo pero también comunitario, emparentado con el decrecimiento como lo entendemos en política. Creo en la necesidad de conjurar ese fantasma que nos hace pensar que podemos crecer ilimitadamente sin perjuicio para la vida humana porque nos negamos a aceptar la finitud de los límites planetarios como nos negamos a aceptar nuestra propia finitud. Recuperar la pausa, la lentitud, como un modelo de vida que no vaya asociado al aburrimiento es una parte fundamental de ese proyecto. Incluso eso que llamamos «aburrimiento» quizá no sea más que la incomodidad de darnos cuenta de que, hagamos lo que hagamos, somos tiempo que se acaba, esa incomodidad que nos empuja a hacer cualquier cosa para no pensar en ello. Es fácil dejarse atraer por pensamientos megalómanos si con eso creemos por un momentos que estamos desterrando a la muerte.

Hablé antes de «conformarse» con existir. Si sois como yo, una maraña de emociones a veces propensa a la rabia inconformista, quizá os hayáis retorcido al leerlo. ¡Qué poco nervio, qué poca sangre, qué muerto en vida aquel que se conforma! ¡Hay que rabiar contra la naturaleza misma! Aceptar las cosas y conformarse es enemigo de la revolución. Pareciera que conformarse (con lo que hay) fuera privarse (de lo que podría haber), sublimar la carencia como un ascetismo espiritual. Para los überliberales, el imaginario del conformismo evoca una distopía de carencias propias del subdesarrollo porque limita, por ejemplo, el sacrosanto derecho a usar el coche para todo. Para otros, quizá, esté más cerca de la romantización de la pobreza. Estos decrecentistas y demás enemigos del progreso nos quieren imponer un ideario de carestía y resignificarla para que veamos como deseable el tener menos. Bajar el listón. Revertir el natural e incontestable proceso de mejoría continua de la humanidad. Encerrarnos en nuestras ciudades, confinarnos a nuestros barrios. Devolvernos a la Edad de Piedra. ¡Cómo que conformarnos! ¿Qué cobardía es esa? ¡Hay que querer más siempre, aunque no sepamos qué queremos! ¡Si Bill Gates tiene un jet privado yo también tengo derecho!

Y, sin embargo, la auténtica valentía es mirar de cara a la finitud, los límites de la vida colectiva y la vida íntima. Y, dentro de esos límites, hacer que aquel que ni siquiera puede decidir con conformarse con la existencia porque vive en la subsistencia consiga llegar a ese punto en el que respirar con alivio porque la existencia no le ahoga. Qué privilegio, tener la opción de conformarse con existir. Porque la existencia puede ser disfrutar del tiempo que se nos es dado en lugares cuyos límites geográficos siguen siendo los mismos pero donde se han multiplicado las opciones, donde la lentitud no implica aburrimiento. Porque no somos dueños de nada y tu tiempo no es tuyo, habitamos un tiempo comunitario de necesaria dependencia y solidaridad donde las negociaciones son inevitables, en tu pareja, en tus relaciones, en tu familia, en tu comunidad, en tu ecosistema.

Es difícil aceptar esto, pero el dolor de aceptarlo es preferible al dolor de ignorarlo sin saber qué te está doliendo.

Recuerdo mucho dos cosas que me dijo una psicóloga la primera (y larga) vez que fui a terapia. Después de haber mejorado mucho mis ataques de ansiedad paralizantes que me hacían marearme en mitad de la calle, de recuperar una rutina que me permitía ir al gimnasio tres veces por semana, trabajar, leer y hacer las cosas de casa, yo seguía con una inquietud interna, una piedra en el zapato, que me decía que podía o incluso tenía que hacer más cosas. Cuando le dije que aún había margen de maniobra en esas horas del día, me dijo: «¿pero tú qué crees que le da tiempo a hacer a la gente?». Me revolví, buscando miles de ejemplos -cercanos o sacados de las redes sociales- de gente que parecía un genio del renacimiento en pleno siglo XXI, que hacía muchas más cosas que yo, que llevaba una vida menos anodina que trabajar y leer y cumplir con el hogar e ir al gimnasio, que multiplicaba sus horas del día como en el milagro de los panes y los peces. Finalmente, le espeté, con irritación e impaciencia: «pero… ¡es que no estoy escribiendo!». Difícil olvidar la cara que puso en ese momento, la máscara profesional que cae y revela la reacción humana y espontánea, cuando me contestó: «eres una insatisfecha». Vuelvo a menudo a aquel momento cuando me retuerzo ante la tiranía del tiempo, el dolor y el sacrificio anidados en el acto de elegir, cuando contemplo la realidad descarnada de que si escojo eso quizá no podré hacer aquello. Ahora me doy cuenta de que estoy rabiando contra lo imposible, independientemente de lo bien o mal que gestione ese tiempo desconocido que me ha sido dado. Que no hay escapatoria al hecho de escoger y que no tiene sentido lamentar lo imposible cuando puedo abrazar lo posible. Que no hay tantas elecciones irreversibles, y lo que es esencial ahora puede no serlo tanto mañana. Que conformarse y aceptar no es otra cosa que saberse humana, que el sacrificio y el duelo por lo que dejas caer son inevitables, pero hay un gozo también en abrazar la pequeñez de lo que conservas. Y saber que incluso aunque consiguiera organizarme mejor y ser capaz de hacer muchas más cosas, quizá eso solo me crease la ilusión de la omnipotencia y un delirio de grandeza donde cabrían todavía más cosas, donde puedo crecer ilimitadamente sin consecuencias.

Tendré que recordármelo mucho cuando todo en el entorno me invite a olvidar los límites, cuando me nuble la pasión, cuando Instagram despliegue ante mí el lienzo infinito de las vidas que no estoy viviendo. Oliendo ya el otoño y la vuelta al cole, crecida por las posibilidades que se abren con el nuevo urso, a punto he estado de matricularme de otro máster, un grado por la UNED y un idioma. Más allá de que mi cerebrito con tendencia a obsesionarse con cualquier cosa sin previo aviso, me pregunto ahora cuánto de eso es pasión y cuánto una huida del hecho mundano de vivir. No hay nada malo en el deseo, el deseo que funciona como brújula de aquello que es importante para ti, pero vivir solo o sobre todo en el deseo es una negación del aquí y el ahora, de negarse a ocupar el espacio acotado del presente. Porque mientras que en el futuro del deseo todo es posibilidad inagotable sin éxitos ni fracasos, el presente implica un compromiso con un desenlace, que puede salir bien o no, pero siempre con un término. Mientras que las infinitas posibilidades del deseo nos envuelven en una nube de euforia todopoderosa, que es solo potencia, el presente nos devuelve a las constricciones del acto que tiene consecuencias.

No sé cuántos años me quedan por vivir, pero ya son menos de los que he vivido y la mayor cercanía con la muerte me recuerda que no hay nada de malo en vivir una vida pequeña e imperfecta, con errores. Que hay un gozo particular en dejar caer el peso de las cosas, un gozo secreto en dejarlas marchar. Dejar pasar las batallas como dejo pasar en paz esos lugares que no podré visitar, quedarme con una porque dos son demasiadas. Yo no sé qué le da tiempo a hacer a la gente, pero este tiempo soy yo.

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