Paradigmas artístico-literarios y patinaje artístico (segunda parte)

En el anterior post me quedé hablando de cómo los ejes de raza, clase y género podían influir en la percepción del arte. ¡Vamos, que seguimos para nota!

Un ejemplo clásico que suele ponerse como alguien que se vio penalizada en las puntuaciones de sus programas es Surya Bonaly, una patinadora francesa de raza negra de la década de los noventa. En sus programas de competición, que iban a menudo acompañados de una música potente y rítmica, más cercana a lo tribal que a lo que entendemos popularmente como «clásico», y que ejecutaba saltos difíciles con una fuerza y una confianza evidentes. También pasó a la historia por ser la primera atleta en realizar un mortal atrás sobre una sola pierna (recordemos aquí que estamos hablando de aterrizar sobre el hielo y a esta mujer le pareció más fácil intentar eso que hacer un salto vertical de tres rotaciones) en unos Juegos Olímpicos cuando, sabedora tras una severa lesión en la ingle de que había perdido todas las opciones a medalla porque apenas podía caminar, decidió realizar ese salto cuando estaba aún prohibido para dar así a la gente y a los jueces algo de lo que hablar. Una peineta en toda regla como colofón de su carrera. Independientemente de lo que pensemos sobre su estilo y lo justo de las puntuaciones que recibía (no es que no ganase, hay que recordarlo, pues se llevó oros de forma consecutiva en los europeos), es difícil no creer que el hecho de ser negra en un deporte de blancos no influyese. Un poco como Simon Biles, sus saltos potentes y su presencia musculosa se consideraban impresionantes, pero ajenos al modelo refinado y artístico y se la tildaba repetidamente como «atlética, pero poco artística». El patrón es el mismo: cuando ciertos cuerpos expresan la potencia de formas que no se ajustan al ideal establecido de la gracia, esa potencia se califica como menos artística. En términos de historia del arte, el patinaje de Bonaly se alinea más con una revalorización modernista de la fisicalidad bruta y el primitivismo (un tanto problemático, porque como suele pasar con tantas formas artísticas éstas terminan siendo mejor apreciadas cuando los blancos nos las apropiamos culturalmente: la apropiación cultural es un tema de discusión común también en el patinaje) y la ruptura que con el ideal neoclásico de una forma armoniosa y «bella» que la tradición espera especialmente de las mujeres, donde la «feminidad» de sus programas suele darse por sentada.

En el caso de la clase social, en un deporte como el patinaje donde hace falta acceder a instalaciones caras, pagarse clases y competir con trajes especiales es complicado encontrar ejemplos exitosos que pertenezcan a la clase trabajadora. El más famoso seguramente sea Tonya Harding, a la que se le dedicó una película en mi opinión bastante entretenida dirigida por Craig Gillespie y protagonizada por Margot Robbie, a la que se describía como deportista audaz con un talento atlético natural, pero que prestaba poca atención a los matices y aún menos a la música, una que simplemente salía a la pista y saltaba. Se le suma además el hecho de que ella se hacía sus propios trajes, que son, como decía, una parte importantísima de la competición y que no recibían la simpatía de jueces y crítica especializada. Una periodista llegó a decir que «apestaban a poliéster» (como si los de los demás estuvieran hechos de algodón ecológico), ahondando en la imagen que se tenía de Harding como «basura blanca».

Aunque sea la figura más notoria cuando se piensa en clase social y patinaje, Harding no estuvo sola en esto. Durante la década de los 80 y principios de los 90, hubo una serie de patinadoras importantes a las que se les colgaba la etiqueta de «atléticas» y que, bien procedían bien de entornos obreros, como en el caso de Harding o Elaine Zayak (que tampoco es que fuese una subalterna, pues su familia era propietaria de una taberna, pero lo de «taberna» no encajaban bien en el imaginario de «refinamiento femenino de clase alta»), o racializadas como la ya mencionada Bonaly, la japonesa Midori Itō y la estadounidense Debi Thomas. La imagen que se proyecta (no solo con los movimientos sino con el físico y los trajes, como he venido insistiendo) es tan importante en este deporte que jueces y altos cargos de la Federación Estadounidense de Patinaje Artístico pusieron mucho de su parte para proyectar no solo una imagen de feminidad, sino una feminidad de clase alta. Debi Thomas confesó haberse sometido a una rinoplastia gracias a un «benefactor» que además era juez y Tonya Harding se vio presionada por la propia federación para aguantar en un matrimonio abusivo por cuestión de imagen: estar mal casada daba mejor imagen que estar felizmente divorciada. Se cuenta también que a la madre de la que sería campeona de EE UU, Elaine Zayak, le prestaron un abrigo de piel para que se lo pusiera durante el campeonato nacional de 1980. Las instituciones de cualquier tipo (las deportivas, las literarias, las educativas), por su propia naturaleza, no dejan de tener una función homogeneizadora, colonizadora e imperialista. Como decía Rick Roderick hablando de la institución académica y universitaria en su conferencia ‘Nietszche on Truth and Lie’ (de quien decía que a él la metafísica le importaba un rábano porque él veía la metafísica como algo presuntuoso, pretender que hay un conjunto de valores que nos unen a todos, y una el propio Roderick ve como una suerte de imperialismo) que:

Now, ‘imperialistic’ in this educational sense means that we want you to leave our institutions of higher learning talking like we talk and writing like we write. And we divide through by the issue of whether you think at all, because all the evidence we have for that is what you have said and what you have written.

You may be not thinking at all, or thinking very bizarre thoughts, or you may be on some hallucinogenic drug, who knows what’s inside. But if you leave there writing like we write, talking like we talk – in short obeying relations of power – then you are educated.”

Roderick, eso sí, hace bien en especificar que los afroamericanos no solo hablan con rimas de rap, que no tienen un habla unificada, porque es fácil caer en la simplificación esencialista que usa el eje raza-clase para asumir que determinados entornos culturales tienen «por naturaleza» unos rasgos predeterminados, como sería erróneo asumir que determinados entornos socioculturales conceden menos importancia a la soltura y elegancia, privilegiando lo físico y atlético por encima de la sensibilidad como medio de expresión, en comparación con los de la mayoría de patinadoras que proceden de otros entornos. El mito del Otro rudo y un poquitín salvaje, vaya. El caso es que a principios de la década de 1990, los esfuerzos de las patinadoras «atléticas» por mostrar un estilo artístico que encajara con los estilos de movimiento en los que se sentían cómodas pasaron en gran medida desapercibidos por la crítica y, a pesar de sus éxitos, que los tuvieron, fueron a parar al cajón de lo poco artístico, mientras que, como veremos, los hombres con todas las restricciones que también se les aplicaba, sufrieron esa distinción también pero con más margen de maniobra. Y que esa división de atlético y poco artístico estuvo influida por valoraciones asociadas a la clase y a la raza. No podemos verificar cada historia particular al detalle o hasta qué punto los jueces actúan motivados por el rechazo, pero sí sabemos que tradicionalmente en todas las competiciones se aprecian indicios de presión hacia una estética determinada y que se ha tendido a recompensar la uniformidad en el vestir, en la elección de música, de movimientos y de un estilo en general.

En un deporte que depende tanto de lo performativo, no es de extrañar que las dinámicas de género complicadas afecten a los hombres también. Como todos los deportes que, a contracorriente del muy masculinizado mundo del deporte, son más conocidos por sus competiciones femeninas que masculinas, a menudo se estereotipa este deporte como «afeminado», y algunos organismos reguladores han intentado periódicamente «masculinizarlo» haciendo hincapié en los saltos, la potencia y movimientos menos «delicados». Hay argumentos para defender que el ideal artístico sigue estando muy feminizado (suavidad, fluidez, sensibilidad lírica) del mismo modo que podemos criticar que lo femenino vaya asociado a esos rasgos y cuestionar la asociación de lo «atlético» con lo masculino y lo «artístico» como femenino, como una trasnochada dualidad entre naturaleza y cultura.

Los verdaderos hombres tienen cuádruples: arte, géneros, identidad sexual y expresiones estéticas

Elvis Stojko afirmó a finales de la década de 1990 que el patinaje masculino se basa en «potencia y fuerza, masculinidad, concentración y claridad de movimientos». El canadiense, medallista de plata olímpico en 1994 y 1998, estaba a un tiempo trazando una línea divisoria y describiendo un estilo. «Si eres muy lírico y realmente femenino y suave, bueno, eso no es patinaje masculino», insistió. «Eso no es patinaje masculino, ¿vale?». En los 90 (dan para mucho los noventa) hubo varios esfuerzos por cambiar la imagen del patinaje masculino para atraer a más deportistas (y las familias de los deportistas que son reacios a que sus hijos hagan «deportes de chicas» y, dios les libre, de «mariquitas»), lo que llevó a varios patinadores aparte de Elvis Stojko (como el también canadiense Kurt Browning, el francés Philippe Candeloro o el estadounidense Michael Weiss) a performar una masculinidad autoconsciente en sus rutinas sobre el hielo. Esta imagen masculina estaba construida en parte por la prensa (como en el caso de Kurt Browning, que tenía a los periodistas encandilados con el hecho de haberse criado en una zona rural de Alberta y ser el hijo de un auténtico vaquero), pero también por los demás periodistas deportivos en medios generalistas, de los productores de espectáculos y por la elección de rutinas de los patinadores que incluían, de forma nada sutil, coreografías que imitaban combates de espadas, kárate y carreras de coches, además de trajes que representaban a soldados, reyes o gladiadores. A esto se sumó la prensa con reportajes y entrevistas que no perdían la oportunidad de hablar de las novias y de las aficiones típicamente masculinas de los deportistas. Una futbolización del patinaje artístico en toda regla. Ya en 2010, Evgeni Plushenko vino a ponerle la guinda y resumió el aspecto técnico de esta lógica masculinizante en una sola frase: «Sin un cuádruple, es patinaje femenino». Todo porque Evan Lysacek le había batido, reglamento en mano, con un programa sin un solo cuádruple, y es que el bueno de Evgeni no se vio un solo episodio de Yuri! On Ice. En conjunto, estas observaciones esbozan un ideal normativo del patinaje artístico pretendidamente masculino: hiperatlético, con ecos épicos a lo Mel Gibson, técnicamente maximalista y sin brilli-brilli. Por aquella misma época, Johnny Weir estaba creando programas que se inclinaban hacia el lirismo, la teatralidad y una expresividad más fluida y «femenina», muy de influencia rusa, precisamente las cualidades que la definición de Stojko excluye. Algunas versiones aseguran que en estos azarosos y memorables Juegos Olímpicos de 2010 a él también se le privó de una medalla porque su exquisita sensibilidad artística fue menoscabada en favor de estas vigorosas exhibiciones de heteromasculinidad. Otras afirman que el contenido técnico de sus programas no era suficiente para una medalla.

Señoras y señores, con todos ustedes, Evgeni Plushenko

Curiosamente, el propio Stojko consideró que Johnny Weir, al que nunca se le consideró realmente un atleta, había sido infravalorado en sus méritos artísticos, como él se veía infravalorado en los suyos por incluir movimientos de las artes marciales ajenos al ballet, pero siguió defendiendo haber dotado al deporte de «una imagen más masculina y una presencia más agresiva», según sus propias palabras. A sabiendas de las implicaciones de estas palabras, se apresuró a decir que aquello nada tenía que ver con borrar por completo del mapa a los patinadores gays o al público gay, para después separar explícitamente el género de la sexualidad: «No tiene nada que ver con tu preferencia sexual… Da igual si es gay o heterosexual. Lo que importa es lo que demuestras sobre el hielo». Aquí la imagen de «tipo duro» de un deporte que es objetivamente cruel con el cuerpo (rara vez un patinador compite más allá de los 25 e históricamente pocas mujeres han llegado a competir hasta esa misma edad) se mezcla con el lenguaje del tipo duro y pistolero hipermasculinizado. Es fácil entender en estas palabras que puedes ser un hombre gay en el patinaje artístico, pero tu actuación debe seguir ajustándose a un guion de masculinidad muy estrictamente definido. Según esto, lo «queer» se tolera siempre y cuando no desestabilice el régimen estético que equipara el «patinaje masculino» con el poder, la fuerza y un cierto tipo de claridad heroica, pero también cuando la imagen queer queda solamente en la esfera de la performance, en tanto que consumible y mercantilizable, en lugar de fuera de ella. El patinaje artístico cuenta con la paradoja de que un deporte al que se le presupone un número de seguidores queer bastante amplio no ha contado con muchas figuras queer públicas por miedo a que eso les penalizara en las puntuaciones. Se puede ser suave y lírico, pero no homosexual o bisexual, del mismo modo que en los últimos años ha habido patinadoras que se salen también del modelo de «princesa disney» con puestas en escena más enérgicas y cuerpos más musculados (para lo que es el patinaje artístico, se entiende) pero pocas que hayan decidido hablar abiertamente de su sexualidad. Una de las pocas, Amber Glenn, a quien amo, es una mujer pansexual que ha confesado haber llevado mangas largas en las competiciones para que no se la penalizase por tener músculo. Tenemos también a Johnny Weir, el Adam Ant del patinaje artístico, al que se le ha definido poco como «atleta» y más como «extravagante», «divertido», al que precisamente por su estilo camp y su personalidad se le preguntaba siempre si era o no homosexual, a lo que él respondía que si a los demás competidores les preguntaban también con quién se acostaban. Finalmente salió del armario, pero nos recuerda que la extravagancia no es patrimonio exclusivo de la gente queer. No puedo acabar este párrafo sin mencionar que el programa corto de Weir ‘The Swan’ (el cisne, ese símbolo romántico y sobre todo simbolista y decadente) dejó a muchos estadounidenses con el culo torcido, como dicen ahora los jóvenes, porque era un hombre interpretando a un cisne y no supieron que hacer con ello. Sin embargo, incluso con la consternación ante actuaciones de este tipo, hoy por hoy sigue habiendo más variedad de estilos en el patinaje masculino que en el femenino, lo que dice mucho y muy poco bueno de lo que se nos permite a los mujeres. Las mujeres, además, tienen que aguantar con más frecuencia un paternalismo condescendiente en deportes físicos, del tipo de «no hagas cuádruples que te vas a hacer daño» o «no juegues al baloncesto, que hay mucho contacto».

La gala que jamás me cansaré de ver

Por continuar con nuestras analogías literarias (porque ya son tan vuestras como mías, espero), fuera del patinaje esto nos cuenta la historia sobre cómo los ámbitos culturales organizan los valores según criterios de género, y se corresponde de manera sorprendente con los debates en la cultura literaria sobre la literatura «seria» frente a la ficción de «género» (los llamados géneros populares a los que aludí en el post anterior) o de «entretenimiento». La que es seria y universal (codificada como heteromasculina) y la que es frívola, local y doméstica (codificada como femenina). No tengo ni tiempo ni espacio de entrar a desgranar todo el linaje de teoría feminista desde la ginocrítica de Elaine Showalter (que buscaba desenterrar una tradición literaria femenina) hasta los posfeminismos más recientes, pero mencionaré a dos. Rita Felski en Literature After Feminism responde en su sección «Valores» a esa crítica tan común a los estudios de género de que han abandonado toda preocupación por el valor literario del arte (cantinela muy coreada durante mis primeros tiempos en los estudios de Teoría de la Literatura de la Complutense de olor a alcanfor antes de que se jubilase la vieja guardia) argumentando que lo que se ha hecho ha sido explicitar los debates en torno a cómo se construye ese valor, combinando la estética con los juicios sociopolíticos en vez de considerarlos como campos opuestos. Apoyándose en la historia de la literatura, Felski nos recuerda esos ámbitos donde el valor literario asociado a determinados géneros, como la literatura gótica (que en sus inicios fue menospreciada como un género barato y melodramático femenino y de mujeres) ahora, en gran parte aunque no exclusivamente gracias a la crítica feminista, se considera un género serio con complejas dinámicas afectivas y convenciones literarias que nos ayudan a pensar en las ansiedades de las mujeres en torno al poder y la sexualidad, por ejemplo. En esta misma línea, un texto anterior como el de Annette Kolodny “Dancing Through the Minefield” (1980) nos recuerda que las lectoras nos enfrentamos no solo a textos literarios, sino a paradigmas cuyos conceptos (como el de «autoría», «género», o «valor literario») cuentan con una historia y una ideología detrás. Esto significa que cuando valoramos un texto, según nuestro marco interpretativo, pondremos de relieve uno u otro aspecto del mismo texto. Ahora lo tenemos clarísimo, pero Kolodny nos recuerda que los cánones literarios son un constructo y no algo que nos viene dado de la naturaleza y que la interpretación y el valor son asunciones situadas históricamente. Esto es algo que me gustaría que cualquier fan de una disciplina deportiva que se llama a sí misma «artística» tuviera claro.

Es importante también recordar que a esta historia se le suman la televisión y otros medios de comunicación, que tienen un impacto importante en lo que se considera arte. Ya comenté que en la primera parte del artículo que las figuras obligatorias (aquellos círculos y ochos aislados que formaban parte de la competición) del patinaje se eliminaron porque no eran un espectáculo televisable, pero un cuádruple siempre lo será más, así como las tristes caídas y los finales dramáticos, que tanto alimentan los resúmenes y highlights de las retransmisiones. Otros deportes demuestran un patrón parecido. El baloncesto acortó los tiempos de posesión e introdujo los pases rápidos para acelerar el juego y mantener así el interés de los espectadores. En el ciclismo se diseñan etapas con finales explosivos y menos kilómetros. El arte se parece al deporte en que se mueve también en una ecología de medios que determinan en parte lo que se publica, lo que es instagrameable, lo que engancha.

En esta gala me maté yo. Gracias, Amber

¿Podemos medir y cuantificar el arte?

El patinaje artístico no es el único que intenta cuantificar lo incuantificable. Durante siglos, filósofos y artistas han intentado definir la belleza en términos objetivos: proporción, simetría, armonía. Los tratados del Renacimiento abordaban la escultura y la pintura como cuestiones de medida correcta. En los siglos XVIII y XIX, pensadores como Kant sostuvieron que los juicios de belleza tienen su origen en un sentimiento subjetivo, pero se presentan como si fueran universalmente válidos. Esa tensión entre la norma y el sentimiento recorre toda la historia de la estética. El historiador polaco Władysław Tatarkiewicz, en su obra Historia de seis ideas, muestra cómo la «belleza» oscila constantemente entre las propiedades objetivas (proporción, armonía, adecuación) y la experiencia subjetiva (gusto, placer, emoción). No hay un momento concreto en el que todo el mundo coincida en qué es la belleza; en cambio, las diferentes épocas hacen hincapié en distintos aspectos de esa dicotomía. El sistema de puntuación del patinaje artístico es un ejemplo perfecto de esa oscilación: trata la ejecución como algo que se puede sumar y la expresión como algo que se puede calificar en una escala del 0 al 10, como si ambas pertenecieran al mismo universo de medición. En el siglo XX, sociólogos como Pierre Bourdieu demostraron que el gusto en sí mismo es un arma social: lo que se considera «buen» arte suele reflejar la educación, la clase social y el capital cultural más que cualquier canon atemporal.

Incluso hoy en día, los investigadores intentan establecer una correlación entre las propiedades mesurables de las imágenes, como por ejemplo la distribución de los contornos, y las valoraciones subjetivas de la belleza en las pinturas. Encuentran correlaciones parciales, claro, pero no fórmulas universales. El sueño de una estética objetiva, universal, e inmutable sigue reapareciendo, pero siempre choca con la historia y el poder.

El sistema de puntuación del patinaje, por necesidad, es una versión moderna de ese sueño. El TES (la puntuación técnica) intenta cuantificar matemáticamente la ejecución y los PCS (los componentes del program… ¡ya os dije que esto entraba para examen!) intenta sistematizar la expresividad artística. Pero el salto de este lutz ha caído con «filos limpios y correctos» han sido «rotaciones completas» (aterrizar un salto con los filos correctos del patín y hacer todas las rotaciones en el aire) a «esto me ha emocionado» nunca es ni puede ser puramente numérico. Lo que el sistema denomina expresividad artística es un ideal moldeado culturalmente, impuesto y negociado a partes iguales por jueces, entrenadores y aficionados que comparten ciertas suposiciones sobre cómo deben moverse los cuerpos y cómo deben mostrarse los sentimientos. Pero lo importante es que, como es un trabajo de todos, un consenso tácito y explícito cambiante, eso también puede cambiar y no es inmutable.

Conclusión: desentrañar los caminos del gusto aumenta nuestro disfrute

En este artículo he tratado de recoger varias tendencias en el patinaje artístico y sus analogías con el campo de arte, especialmente el literario, que es mi especialidad. He pretendido demostrar que hay una serie de jerarquías, implícitas en la mayor parte de los casos por el peso de la tradición, que cuentan con una historia propia, contingente y cambiante. He hablado de cómo distintas épocas y movimientos artísticos valorar cosas diferentes en función de qué definiciones de arte tengan, además de cómo interfiere en nuestra percepción del gusto el canon del momento y las intersecciones entre raza, género y clase social, con muchos ejemplos sacados del patinaje artístico. Estas jerarquías sobre el verdadero arte o el verdadero patinaje masculino o femenino, estas definiciones de patinaje artístico, hacen mucho más que ser simplemente descriptivas: funcionan como mecanismos de distinción en el sentido que le daba Pierre Bordieu. En La distinción: criterio y bases sociales del gusto, Bordieu demuestra que los gustos en el arte, la música y, por qué no, el deporte, no son preferencias individuales y privadas sin influencia alguna del contexto, sino disposiciones de clase que señalan unas prácticas como legítimas y otras como vulgares. El deporte mismo no puede escapar a esta lógica (y que se lo pregunten a las hermanas Williams), pues actividades como el golf o la equitación se asocian con un estatus elevado y distinguido, mientras que el boxeo o los dardos se consideran populares y vulgares (del vulgo, vaya). Aquí puede hacerse una lectura en términos de clase de la querencia por los saltos cuádruples o el poliéster de los trajes de Harding o, en el momento en el que la música con letras estaba prohibida, un programa con canciones del rock, como algo vulgar. Durante muchos años ha habido una tradición que considera que hay formas legítimas de patinaje para todos sus participantes y otras «de masas», carentes de distinción.

Tanto feministas como marxistas (ver, por ejemplo, los libros de Terry Eagleton, como por ejemplo Marxismo y crítica literaria) han insistido en que el concepto de «literatura» no es una categoría neutral, sino una construcción ideológica: aquello que se considera literatura refleja los valores y gustos no solo de clases específicas sino del patriarcado. En esas justificaciones se legitima el poder. Los juicios de valor sobre el arte y la literatura, nos dice Eagleton, no remiten en última instancia solo al gusto privado, sino a las premisas mediante las cuales ciertos grupos sociales ejercen y mantienen su poder sobre otros. Ni la literatura ni la parte artística del patinaje son esencias atemporales, sino categorías moldeadas por intereses de clase y relaciones de poder que negocian lo que es o no «valioso» en el arte y funcionan como mecanismos de demarcación: lo que es o no buen gusto, lo que es mero entretenimiento o lo que es literario. El artículo de Michael Atkinson ‘The Structure of Literary Taste’ (2016), que extiende el marco teórico de Bourdieu a las prácticas de lectura contemporáneas, demuestra que el gusto literario también funciona como un «espacio de diferenciación» parecido a la estructura de clases. Los libros que la gente considera dignos de ser leídos o «serios» funcionan como indicadores aproximados de su posición de clase; así, los lectores con un alto capital cultural se sienten atraídos (o, mejor dicho, sienten que tienen que sentirse atraídos) por textos complejos y exigentes, mientras que otros privilegian géneros más instrumentales o de entretenimiento. De nuevo, esto no es una cuestión de esencia, sino de expectativas sociales, pero esta demarcación de espacios se da también en el patinaje en el que las rutinas más atrevidas, divertidas o entretenidas se dejan siempre para las galas, en lugar de los programas de competición. Y, a la inversa, las rutinas que son más atrevidas o divertidas corren el riesgo de verse menospreciadas porque su tono y su contenido se asemeja más al de una gala. Tanto en la literatura como en el patinaje las jerarquías de valor son inseparables de las jerarquías de clase, género y poder.

Preguntarse acerca estas jerarquías no consiste en rechazar el atletismo o la dificultad técnica, ni privilegiar determinados conceptos de lo masculino o femenino por encima de otros. Estos enfoques (feministas, marxistas, poscoloniales) nos hacen preguntarnos: ¿qué sentimientos, cuerpos e historias pueden considerarse «universales» en lugar de «de nicho», «serios» en lugar de «entretenimiento»? ¿A quién pertenecen los cuádruples, a quién el lirismo, a quién la vulnerabilidad y por qué unas u otras se interpretan como contribuciones a la disciplina en lugar de desviaciones de sus normas? Una de las críticas comunes a la teoría y a la crítica literaria, que se dedica a desmenuzar conceptos, es que arruinan nuestro disfrute y nuestra experiencia de gozo. Sin embargo, considero que tomar conciencia de esos patrones no arruina la experiencia, la enriquece porque fomenta nuestra curiosidad. No se trata de decirle a nadie de forma normativa y dogmática qué es lo que puede o no disfrutar sino de invitarle a indagar en los vericuetos del gusto. Sigues pudiendo emocionarte ante un triple (¡y hasta cuádruple, oiga!) perfectamente sincronizado o una pincelada sutil, pero también puedes preguntarte: ¿por qué esto se considera «artístico» aquí y no allí? ¿De quién estoy heredando la idea de belleza? ¿Y qué otros tipos de belleza podría estar pasando por alto? Ese tipo de curiosidad es precisamente lo que convierte a un espectador ocasional en alguien capaz de leer la historia del arte en una sola actuación sobre el hielo. Y esa curiosidad puede engendrar nuevos gustos que no habíamos considerado y ampliar así nuestras posibilidades de disfrute.

Paradigmas literarios a través del patinaje artístico: lo que esta disciplina nos enseña sobre el gusto y la valoración del arte (primera parte)

Bueno, bueno… Empecé este post en febrero de este año y estamos en septiembre. Esto dice muchas cosas (seguramente ninguna buena) y entre todas ellas os dice que mi salud no está ni ha estado muy allá. No preocuparsen, solo es la típica mierda que hace que tu día a día sea un poco en modo de supervivencia porque tienes los depósitos de energía bajos, la inflamación alta y tienes que elegir sabiamente a qué dedicar ese poco de elusiva energía vital que te queda porque solo te da para una cosa al día. Entretanto no es que haya estado del todo ociosa. Publiqué un nuevo vídeo sobre mi particular historia del terror que, no obstante, voy a volver a grabar porque no me convence en varios sentidos (y os puedo asegurar que por la investigación, que lleva muchísimo tiempo y trabajo no es). De hecho, grabé también la segunda parte de ese vídeo, sobre Drácula, pero no la he editado porque la volveré a grabar también para cambiar algunass cosas. Todo ello, además, con la intención de salirme de YouTube por otros mil motivos (las grandes tecnológicas, las empresas de EE UU…) Tampoco es que vaya a monetizar mis obsesiones, aunque sería bonito porque estoy sin blanca, ¡podéis tirarme dineros y enviarme bizums si queréis!, ¡soy una pobre mujer de mediana edad entrando en el desierto económico-social!), con lo que ando en la búsqueda de nueva casa para esta próxima temporada de vídeos.

Sin embargo, nunca dejé de pensar en este post, en cómo hilar los argumentos que quería hilar, en cómo hacer un tema tan extenso y complejo en algo entretenido y comprensible. En fin, retomemos ese post que llevo macerando desde febrero y que tanto me ha costado sacar. ¡Dentro texto!

Historia de una obsesión

Como ya escribí en mi última entrada, ahora tengo una nueva hiperfijación: el patinaje artístico. Me pasó algo parecido también allá por 2022, que me enganché al Tour de Francia para mi total sorpresa y desde entonces sigo el ciclismo con más o menos interés. Cuando me entra un nuevo interés es siempre una sorpresa cuánto me va a durar y sorprendida estoy de que estemos en 2026 y me siga interesando. Los caminos de las conexiones neuronales son inescrutables.

Estuve convaleciente durante dos semanas en las que seguí con ahínco casi todas las pruebas de patinaje, desde el baile por parejas, hasta las pruebas por equipo y los individuales masculino y femenino (y parejas y danza). Aunque en lo competitivo suelo seguir más las andanzas de los menos favoritos, gran parte de culpa de esta hiperfijación fue la del máximo favorito, Ilia Malinin, favoritísimo por invicto durante casi tres años seguidos, porque con esas pintas de Vecna, de villano de anime, ¿cómo no me iba gustar? Yo quería que ganase el que parecía el villano de la historia: un chaval de 21 años llamado Ilia Malinin que había roto montones de récords de puntuación y saltos cuádruples en una misma competición (primero seis, luego siete saltos cuádruples válidos) y que era la primera persona del mundo en completar un cuádruple axel en competición (siendo el axel el salto más difícil de todos al que añadir una vueltita más, pues hablamos de pasar de tres vueltas y media en el aire a cuatro vueltas y media en el aire, como si se pudiese detener el tiempo y frenar la gravedad). Ocurre en todos los deportes en los que una sola persona empieza a ser dominante que los espectadores empiezan a ver una competición con la esperanza de ver que pierda, y si es de forma humillante mejor. Así que, me dije, yo con el villano a muerte. ¿Somos góticas o no somos góticas? El schadenfreude no se hizo esperar y el chaval se derrumbó en la final, aplastado por la presión que él mismo y el entorno habían creado, haciendo la peor competición de su vida, un espectáculo duro de ver porque fue como si al primer fallo el alma hubiese abandonado su cuerpo.

Pues igual fue esto lo que me pasó, sí

El caso es que en esas dos semanas, mi cerebro siendo como es, aprendí mucho de patinaje artístico, incluso empiezo a comprender mejor el arcano sistema de puntuaciones que rigen este deporte. ¿Deporte? Curioso. Sí. Así que una cosa llevó a la otra y me interesé tanto por el fandom como por la historia del deporte. Las luchas entre quienes son los patinadores favoritos y quién es artístico y quién no. Futanito (Malinin, por ejemplo) es muy buen atleta, pero un artista mediocre, se decía. Lo mismo, recordé, se decía en determinados círculos de Simon Biles, de incuestionable superioridad atlética, lamentando la pérdida de una gimnasia menos atlética, pero más artísitica. Espera, ¿pero no habías dicho que esto era un deporte? Ay, qué complicado es todo.

Así pues, con todo esto (y más) en mente, me quedé pensando: ¿a qué se refiere la gente cuando habla de «artístico»? ¿Qué concepto tienen del arte? ¿Una idea romántica? ¿Clásica? ¿Neoclásica? ¿Es el arte algo mesurable objetivamente o es puramente subjetivo? ¿Cómo interaccionan clasa, raza y género en nuestra percepción del arte? ¿La técnica y el arte son algo distinto y separable o interdependiente? ¿Es el arte necesariamente sinónimo de belleza? ¡Acompáñame en este breve viaje sobre distintas teorías del arte a través del patinaje artístico!

Via reddit

Un deporte con dos nombres para confundirlos a todos


Hoy en día la mayor parte de la gente, como buenos hijos del Romanticismo que somos, no considera el arte como algo que se pueda medir, que sea como seguir una receta o un libro de instrucciones. Damos por sentado que la belleza está en los ojos del que mira (del espectador, del lector) o en alguna faceta atemporal más allá de los números: el genio, la inspiración, el talento. Sin embargo, algunas formas de arte insisten tozudamente y por necesidad (los premios, sin ir más lejos) en otorgar puntuaciones. El patinaje artístico es una de ellas. Fijaos si es así que las competiciones de patinaje artístico cuentan con un sistema de puntuación para los saltos y otra independiente para la «expresión artística». Esa distinción resulta ser una ventana perfecta a una cuestión mucho más antigua: ¿cómo deciden las sociedades qué se considera buen arte y quiénes son los que establecen el criterio? Antes de adentrarnos en esa selva, si queréis una versión resumida y entretenida de cómo funciona la puntuación en el patinaje, que tiene su miga, podéis ver el episodio 4 de Yuri!! On Ice donde Yuuri Katsuki lo explica. Tengo un clip hecho que no puedo compartir por falta de herramientas aquí en WordPress (no lo encontré en el tubito mágico), porque lo usé para mi fiesta de powerpoints que dediqué al patinaje artístico. Sí, por supuesto que me vi también Yuri!! On Ice. Gracias por tanto, TDAH.

Un deporte y dos nombres para gobernarlos a todos y atarlos en las tinieblas

La cosa es que hasta el nombre de este deporte pareciese contar dos historias diferentes. En inglés, figure skating (nuestro «patinaje artístico») proviene en realidad de los patrones geométricos, las figuras, que los patinadores solían trazar sobre el hielo como parte fundamental del aprendizaje del uso de los filos y cuchillas de los patines, que se consideraban el verdadero meollo del patinaje. Durante la mayor parte del siglo XIX y principios del XX, en las competiciones se valoraba principalmente la precisión y limpieza con la que se podían trazar círculos, ochos y corchetes. Los jueces inspeccionaban las marcas dejadas en la superficie, como si se tratara de un examen de caligrafía sobre hielo. Sin embargo, es curioso que en español e italiano, la misma actividad se denomina «patinaje artístico» / «patinaggio artistico». Aunque solo sea semánticamente, aquí el énfasis no está en los trazos, las figures, sino en la interpretación, la expresión emocional, la musicalidad… todo aquello que hoy en día asociamos al arte (porque, no me canso de repetirlo, somos hijos de los románticos). Sin embargo, cuando rascamos un poquito en la historia no solo del deporte sino en la del arte, la diferencia va más allá de la lingüística o la seemántica y refleja una tensión que viene de lejos entre dos paradigmas: el arte como oficio regido por la técnica y las normas frente al arte expresivo de carga emocional.

Ella no patina sola. Les Patineuses de Jean-Georges Béraud (1849-1936)


En el caso del patinaje artístico, esta tensión se volvió irresoluble con la llegada de la televisión y el interés en retransmitir el deporte. Ver a patinadores trazando ochos y círculos lentamente no es lo que se diga lo más apasionante para un espectador, especialmente un espectador ocasional que solo ve determinados deportes en momentos especiales como Juegos Olímpicos o Mundiales cuando se los encuentra por la tele. Así pues, ya en 1990, la federación internacional eliminó las figuras obligatorias de las competiciones de élite y no es difícil imaginar que este cambió seguramente afectase a algo más que las reglas internas del deporte, sino a lo que se esperaba de él y lo que se valoraba como «buen» patinaje. No es que ya no se valore esa habilidad, pues estaría incluida dentro de las llamadas «destrezas del patinaje», pero a medida que va perdiendo el protagonismo único otros factores empiezan a entrar en juego y a mediar la percepción que se tiene del deporte.

—¡Elizabeth, mira qué ochos tan precisos he trazado sobre el hielo! ¡Elizabeth! ¡No me estás mirando!
—Sí, sí, Horace, ya te vi.
«A ver si acaba ya y puedo volver a casa a leer a Austen»

A poco que sepas de la historia del mundo de los libros, seguramente te suene que dentro del mundo editorial ha habido cambios similares en aras de la visibilidad, la promoción o el interés de captar nuevos lectores. La misma presión que ha impulsado el patinaje artístico hacia, por ejemplo, la espectacularidad de los cuádruples, ha marcado también la literatura. En cuanto los libros dependen de un público masivo y de la visibilidad en el mercado, sus formas empiezan a adaptarse a lo que capta rápidamente la atención y se difunde bien en los fragmentos promocionales. Al igual que la televisión no quería emitir lentas secuencias sobre el hielo, el mercado editorial de gran consumo lleva mucho tiempo favoreciendo formatos que captan rápidamente la atención. Tenemos libros virales de suspense que no puedes dejar de escuchar mientras caminas (según la promoción de Audible), libros de bolsillo con premisas muy llamativas, el resucitar del formato serializado para podcasts y, más recientemente, libros adaptados a «BookTok» o «Bookstagram» que se articulan en torno a frases memorables y la exaltación de emociones tan propia de la actual economía de la atención. Pensemos también en cómo en el siglo XIX los cambios en el mundo editorial propiciaron el auge de la novela por entregas, con ganchos y cliffhangers, personajes arquetípicos, tramas impulsadas por el suspense y los giros argumentales, todo dispuesto a enganchar lectores.

Es importante tener en cuenta estos cambios cuando se habla de arte e incluso de deporte para no dar por sentado que lo que en un momento dado se considera el «verdadero» deporte (porque jeremiadas con el deporte también hay, como por ejemplo «los ciclistas de antes sí que eran héroes y ahora no son más que trabajadores con sindicato») o el «verdadero» arte siempre fue como es ahora, que se trata de algo universal y eterno. Esta seguramente sea la motivación principal de este larguísimo post, aparte de rascarme un poco esta comezón (por usar el calco del inglés) de escribir de dos cosas que me gustan. Del mismo modo que la televisión contribuyó a inclinar la balanza del patinaje artístico hacia una mayor espectacularidad, los formatos editoriales han fomentado novelas que ofrecen momentos de gran impacto: giros argumentales, finales impactantes, citas que se convierten en memes. Eso no significa que desaparezcan los libros (o las películas) sofisticados y de desarrollo lento, del mismo modo que no significa que desaparecen rutinas de patinaje más introspectivas donde predominan la fluidez y los matices frente a los aspectos más atléticos, pero qué duda cabe de que la economía del medio influye en cómo concebimos e interpretamos el «arte».

El sistema de puntuación como manifiesto estético-artístico

¿Os habéis visto ya la parte en la que Yuuri Katsuki explica brevemente cómo funciona la puntuación en el patinaje artístico? ¿No? Vaya. Pues tendré que explicarlo yo aunque tenga menos gracia. Pero mientras, unos minutos musicales…

Miu Suzaki y Ryuichi Kihara en PyeongChang 2018 con el tema central de Yuri On Ice (versión sin letra). Amo el patinaje por parejas (no baile) y no hay nadie más valiente que la chica del patinaje por parejas que se deja lanzar a tres metros por el aire. Para otro post, el melón de los derechos de autor en las músicas de las competiciones de patinaje

Venga, saca el cuaderno que esto entra en el examen.

El patinaje moderno divide la puntuación de una rutina en dos partes. La puntuación de los elementos técnicos (TES) evalúa los elementos ejecutados (saltos, piruetas, secuencias de paso y coreográficas) en primer lugar según los valores base fijos que tiene cada elemento según el grado de dificultad del elemento ejecutado (un salto cuádruple es más difícil que uno triple, así que tiene un valor de base mayor) y sumándole después (o restándole, si la cosa se tuerce) y bonificaciones por la calidad de la ejecución, lo que se llama el «grado de ejecución». La puntuación de los componentes del programa (PCS) pretende reflejar el «talento artístico» o, si se quiere, la «ejecución artística»: la destreza en el patinaje, la composición y la presentación. De este modo, se pretende (como os explica Yuri) equilibrar o compensar rutinas donde los elementos ejecutados no son los de mayor dificultad con la parte artística de emotividad y expresión musical, aunque se cuele ahí un rasgo que podríamos calificar de técnico como es la destreza en el patinaje, que a nuestros oídos de hijos del Romanticismo suena más a «técnica» que a «arte». Percibimos, pues, una tensión entre dos cosas que no encajan como lo atlético y lo artístico, tensión que, podría argumentarse, siempre estuvo ahí desde los inicios del deporte personificada por Jackson Haines (un estadounidense maestro de ballet en Viena en la segunda mitad del siglo XIX), que introduce la fluidez y la expresión artística muy vinculada al ballet en lugar de las encorsetadas figuras geométricas, y que además se venía arriba llevando trajes pintorescos en escena, y por Ulrich Salchow, que también criticaba la rigidez de las figuras pero se le conoce sobre todo por cómo impulsó los valores atléticos por el uso de los saltos en competición (uno de los saltos actuales lleva su nombre). Este tira y afloja es una constante irresoluble.

Jackson Haines, el papi del patinaje moderno

¿Y qué se tiene en cuenta, si seguimos el reglamento, a la hora de valorar esta cualidad más artística? Pues tenemos unidad, proporción, expresividad, proyección. A primera vista parecen conceptos evidentes y autoexplicativos, un poquito de neoclasicismo por allí y unos brotes románticos por allá. Podrían incluso colar como neutros. Sin embargo, cuando se rasca en la historia del deporte descubrimos que tienen una carga histórica y cultural que da prioridad a movimientos solapados en gran medida con el ballet clásico (ey, incluso nuestro querido archienemigo Ilia Malinin anunció que está tomando clases de ballet para mejorar sus líneas): líneas largas y definidas, una suave fluidez en los movimientos, fraseos líricos y apertura emocional controlada (pues un exceso de emotividad corre el riesgo de considerarse vulgar, pero la contención excesiva también puede penalizar en la nota: me abstengo por no meterme en más jardines de los que puedo cuidar de enrollarme en cómo puede afectar esto según la cultura a la que pertenezcas). Como decía en el párrafo anterior, esto no es casualidad pues fue en la década de 1860 cuando Jackson Haines revolucionó el patinaje al incorporar el ballet con música y movimientos expresivos de los brazos, lo que le valió ese apelativo para la posteridad que siempre acompaña su nombre como «el padre del patinaje moderno». Curiosamente, como nadie es profeta en su tierra, Haines fue rechazado en Estados Unidos e Inglaterra (estos últimos de los movimientos expresivos de los brazos no querían saber nada porque lo suyo eran los ochos con los pies, comedidos como eran), pero fue acogido en Viena, donde su llamado «estilo internacional» fusionó la danza y el patinaje. Esa fusión se ha convertido en un canon y una tradición que pervive hasta hoy.

Ulrich Salchow y su saltito: si parpadeas te lo pierdes. ¡El mundo no estaba preparado para tantas revoluciones! ¡Se les vuelan los cerebros con tanta velocidad!

Si lo miramos bien, o al menos como yo lo veo, el sistema de puntuación parece esconder varias paradojas. Por un lado, parece querer medir el talento artístico de forma objetiva, pero el tipo de talento que se premia es específico desde el punto de vista histórico y cultural, por la inercia de la tradición. Por otro, nos habla de expresión y de emociones, algo que pareciera sugerir libertad expresiva, pero esas emociones han de ser codificadas de un modo que encaje en el modelo para que la pretensión de valoración objetiva pueda llevarse a cabo. De nuevo, se percibe una tensión que quizá no pueda ser trascendida pero a la que se enfrentan los patinadores para crear rutinas que han de ser valoradas deportiva y artísticamente.


De la destreza al genio: una invención muy reciente

No me quedaría a gusto si no mencionase en este post, como la niña repelente que soy, que la forma en que el patinaje diferencia entre puntuaciones «técnicas» y «artísticas» parte de una distinción que habría resultado extraña a los antiguos griegos. Para ellos, el arte era, ante todo, τέχνη, tekné: una habilidad, un oficio, un saber hacer. El término abarcaba desde la escultura y la poesía hasta la construcción naval y la medicina. Para nosotros, que hemos dividido el mundo entre artes mayores (las bellas artes, a veces hasta con mayúsculas iniciales) y las artes menores esto puede hacer que nos cortocircuiten las ideas. Ahora mismo las vasijas y los telares son, en el mejor de los casos, artesanía, pero no se consideran arte. Pero para los griegos tanto una estatua como una vasija eran productos de la tekné y ninguna era intrínsecamente superior a la otra. La poesía (es decir, nuestra «literatura») es un hacer, una poiesis. El término latino ars tenía un sentido similar: el arte como creación regida por normas internas y externas, no como la expresión de un genio interior especial. La idea moderna del artista como creador solitario e inspirado, más cercano a un profeta que a un artesano, es en gran medida una invención romántica, surgida a finales del siglo XVIII y desarrollada plenamente durante el siglo XIX. Tanto para los antiguos griegos, por tanto (sobre todo a partir de Aristóteles, porque a Platón, siendo Platón, le interesaba más la cuestión de la «verdad literaria», mientras que a Aristóteles, siendo Aristóteles, le interesaba más la pregunta de «cómo funciona la literatura», a ver que yo lo vea), como para los romanos, el arte era técnica, una destreza que requiere de una serie de habilidades y conocimientos tanto para componer con palabras y dominar una audiencia como para construir un barco. Detrás de esta idea de que el arte es técnica, un oficio y un hacer, también tenemos otra muy repetida que es la mímesis, la imitación de la realidad, que es lo que copian los artistas. Si bien hay rutinas de patinaje, sobre todo en la danza por parejas, que imitan acciones humanas reconocibles (el marido que vuelve de la guerra, que esta gusta mucho por ejemplo, la ruptura o asesinato por celos, a veces interpretadas por hermanos que se meten la mano debajo de la falda para desencajarnos la mandíbula, porque la danza en el patinaje tiene esas cosas…) es más difícil trasladar esta mímesis como analogía al patinaje, así que no me meteré en ella.


El sistema de puntuación del patinaje artístico dista un poco del paradigma griego. Divide la actuación en «elementos técnicos» (saltos, piruetas, pasos) y «componentes del programa» (o sea, la rutina sobre el hielo, dividida en destreza en el patinaje, composición, presentación), dando a entender que la técnica («mera cuestión de matemáticas», se dice a veces) y el arte fueran ámbitos separados. Sin embargo, la apelación a las emociones y la expresividad como una parte esencial de lo artístico no pertenece en absoluto a este mundo antiguo, sino a finales del siglo XVIII donde cada vez más gente estaba harta de una tradición neoclásica llena de reglas absurdas y encorsetadas (como las famosas tres unidades dramáticas del teatro neoclásico francés, que pasaron de ser entendidas costumbre o tradición heredada como material imitable a interpretarlas como mandato) que mermaban lo que el artista podía hacer con su arte. Este hartazgo es parecido al que sufrieron algunos defensores del «estilo internacional» en el patinaje con las rígidas y encorsetadas figuras obligatorias sobre el hielo de la escuela inglesa, tan racional, tan decorosa, tan de imitación de unas formas. El patinaje y el arte podían ser mucho más. La expresión emocional y la experiencia estética, lo que nos hace sentir en tanto que arte, empezaron a cobrar importancia. Escribía Tolstoi en ¿Qué es el arte? que «[E]l arte es una actividad humana que consiste en que una persona, de forma consciente y mediante ciertos signos externos, transmita a los demás los sentimientos que ha experimentado, y en que esas personas se dejen contagiar por esos sentimientos y los experimenten también». Muchos de los aficionados del patinaje artístico asentirían con fruición con esta idea de que el arte representa y transmite emociones y rechazarían por malo o mediocre aquello que a ellos no les (énfasis mío, por supuesto) transmite ninguna emoción.

Pero esa división es específica de un momento histórico, no universal, donde las discusiones sobre la técnica parecen haber pasado a un segundo plano, o al menos así fue durante mucho tiempo hasta que la tecnocratización y la cuantificación nos trajeron montones de vídeos llenos de 5 consejos para todo en esta vida, que todo lo estás haciendo mal, melón, que eres un melón, cómo no te das cuenta (aquí la tradición, los modelos y el contexto importan poco, la cosa es que tú lo estás haciendo mal pero ellos te van a ayudar a mejorar, no te preocupes). Incluso en ese presumible resurgir de los talleres de escritura o incluso másteres de creación literaria, que se han comparado con ese paradigma clásico de recetas y técnicas de escritura, parecieran haberse convertido más en un oscuro ritual de paso (sobre todo a juzgar por libros como Bunny de Mona Awad) donde la escritura importa poco. Otros como el crítico Mark McGurl (sí, os juro que es un nombre real y no de personaje de los Simpson) incluso se atrevieron a decir, un poco como aquellos críticos del neoclasicismo, que el resurgir de los talleres de escritura y los másteres de creación literaria estaban produciendo un tipo de literatura homogeneizada y muy reconocible. McGurl le dedicó a esto el libro The Program Era: Postwar Fiction and the Rise of Creative Writing, de 2009, para quien quiera indagar más. También en el patinaje había gente que quería ver otras cosas, otras músicas, lo que fue posible gracias a que la música con letra se permitiera oficialmente (en las disciplinas individuales y por parejas) a partir de la temporada 2014-2015, tras los Juegos Olímpicos de Sochi 2014. En unos Juegos Olímpicos no se vio ni se escuchó hasta PyeongChang 2018.

Sí, el deporte y el arte se diferencian en teoría en que el deporte necesita unas normas compartidas para que salgan ganadores, para que haya jerarquías y repartir medallas. Sin embargo, en toda la historia del arte no ha desaparecido el runrún de cuál es el arte que merece la pena, cuál tiene valor, y qué valor se le otorga, cuál importa, lo que indudablemente crea jerarquías. Traer aquí la visión griega de la tekné nos ayuda a darnos cuenta de que las cosas no siempre han sido así, y de que no tienen por qué seguir siéndolo. Lo que se considera «mera técnica» y lo que se considera «arte de verdad» cambia con el tiempo, dependiendo de quién trace la línea divisoria.

La política de la energía «vulgar»

¿Y el gusto? ¿Qué pasa con el gusto? Bueno, amigas, es aquí donde la clase social, la raza y el género entran en escena. En el patinaje es común escuchar que ciertos tipos de movimientos y energía se califican como «refinados» (la gracia, la elegancia, la dulzura), mientras que otros se califican como «toscos» (la potencia explosiva, la gestualidad desmesurada, la proeza atlética). Sin embargo, esa clasificación no se refiere únicamente a la estética, sino que lleva implícita una jerarquía social.

Tomemos como ejemplo a Ilia Malinin, el patinador que ha conseguido que mucha gente nueva se enganche a este deporte (irónicamente, los seguidores de su cuenta de Instagram tras la debacle de los Juegos Olímpicos subieron como la espuma, y no todos por malicia: el fracaso humaniza, supongo). Ha redefinido lo que es técnicamente posible en el patinaje masculino, al ejecutar múltiples saltos cuádruples en un solo programa porque en su ficha de personaje malvado de partida de rol se lo puso todo a resistencia, incluido el cuádruple Axel. Esto, por otro lado, le ha colgado en sambenito de no ser más que «un tío que salta», de carecer de arte (y yo quiero pensar que su forma de responder a las críticas fue marcarse un espectáculo con el ‘Jump Around’ de House of Pain) Sus programas suelen reflejar una personalidad juvenil y exuberante, que por otro lado rezuman blanquitud por cada poro de la piel, en el porte y en la puesta en escena (a sus elecciones musicales me remito). Mucha energía, exaltación del gozo pero también de la angustia adolescente, movimientos de brazos enérgicos y menos estilizados o contenidos, a veces con trajes inspirados en videojuegos y un toque ligeramente villano. Algunos aficionados y comentaristas lo describen como innovador, dinámico, enérgico, pero siempre con voces de fondo que repiten el runrún del «no es del todo artístico». El sistema premia su audacia técnica, qué duda cabe, y con ella arrastra una buena puntuación en los componentes del programa porque ser capaz de clavar los saltos tiene un efecto positivo en la apreciación de lo estético mayor que caerse (pues aunque las caídas según el reglamente no deberían tener un impacto en la puntuación «artística», muchas veces la arrastran), pero no es un estilo al que llamaríamos refinado ni alineado con el ideal del ballet.

Ilia con la versión 1 de su traje para ‘I’m Not a Vampire’, el programa libre de hace dos temporadas. La canción no va de vampiros y las letras a veces son un poco grimositas, pero soy una básica y me ponen estas pintas de Lestat y ya estoy dentro

Esto se aprecia en sus programas de competición. En “I’m Not a Vampire”, Malinin se decanta por una personalidad contemporánea, de chico adolescente enrabietado: gestos marcados, vestuario moderno y una relación directa y enérgica con la música. Recordemos que tiene 21 años y a esa edad es raro tener la madurez necesaria para expresar la complejidad de matices de un «Lago de los cisnes» (y sin embargo, esperamos que chicas de apenas de 17 años se pongan a interpretar auténticos dramones como Carmen o Roxanne cuando a lo mejor lo que les apetece es otra cosa), que tampoco son actores. Como en el caso de todos los artistas cuando se ponen manos a la obra, los programas están diseñados para esconder sus defectos y potenciar sus virtudes. Este estilo se acerca más a un romanticismo posmoderno y de la cultura pop, de emociones e identidades performativas, que al modelo del genio atormentado del siglo XIX que busca superar las contradicciones de su época con el poder de la imaginación. En ‘The Lost Crown’, basado en el videojuego homónimo, la referencia es el personaje de Sargon y la coreografía de Shae-Lynn Bourne y el traje de Satomi Ito se unen para crear un personaje de toques fantásticos que enfatiza el espíritu guerrero de nuevo más pop y posmoderno que desde luego no nos habla el kleos griego de la búsqueda de gloria en la memoria colectiva. Ambos son claramente expresivos, pero hablan un lenguaje estético diferente al de los programas líricos con influencias del ballet que la tradición crítica valora. Porque si algo tiene el patinaje artístico que se parezca al paradigma clásico grecorromano es la importancia de la tradición: la imitación no solo de la naturaleza, sino de modelos artísticos. De ahí que sean comunes las discusiones sobre qué «Carmen» o «Bolero» te gusta más o qué «Lago de los cisnes» prefieres y de qué patinador y patinadora. Se repiten programas de la tradición del patinaje, como se hacía al imitar modelos clásicos (obras y autores consagrados, pero también géneros y temas apropiados) con la esperanza de aportar algo nuevo, o incluso de mejorar el modelo. En en caso de Malinin, los seguidores que adoran sus programas suelen describirlos como «frescos» o «con los que es fácil identificarse» porque se salen de los ideales del ballet; los espectadores más tradicionales a veces los tachan de «efectistas» o de «no ser verdadero arte».

Dicho esto, el mantra de los atletas muy atletas pero poco artísticos que solo convencen en al público generalista me recuerda, si me permitís ahora una analogía seguramente imperfecta, a esa división común en la crítica anglosajona entre la «ficción literaria» (o ‘literary fiction’) y la «ficción de género» (o ‘genre fiction’). Antes de continuar explicando la pretendida diferencia, permitidme una anécdota. Cuando yo era una bisoña estudiante de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en los tiempos de maricastaña, en una UCM que olía a alcanfor, tenía un compañero que defendía que la auténtica literatura, si es que se le podía dar ese nombre, el verdadero arte, residía en la poesía. La novela, decía él con un deje despectivo, «no servía para nada más que contar historias». Dejad que la anécdota resuene en vuestra cabeza durante este párrafo al menos… La diferencia que esta dicotomía entre ‘literary fiction’ y ‘genre fiction’ establece que la primera va asociada con el arte y la alta cultura, el estilo personal e innovador y la trascendencia; la ‘genre fiction’ sería ese simple contar historias identificado con lo comercial, lo formulaico, el escapismo, la diversión, historias arraigadas en convenciones donde prima la trama por encima del estilo. Estos géneros son la fantasía, la ciencia ficción, el terror, la novela negra, el western… y se suelen asociar con las clases bajas, cortas de luces. Y, sin embargo, para todo un pope de la narratología como Gerard Genette, la ficción está en el corazón mismo de la literatura. Pero ese simple y ramplón «inventarse historias» que se recibe con desconfianza proviene de una tradición crítica arraigada en occidente donde la literatura entendida como diversión es de gente poco refinada. El arte, hombre, el arte es otra cosa y nada tiene que ver con la diversión o con la trama emocionante. La ficción encima es engañosa, mentira incluso para algunos (aunque no se mueva para nada en términos de verdad o mentira) lo que como es bien sabido cabreó tanto a Platón que echó a los poetas dramáticos y épicos de la polis (con una lagrimilla colgando del ojo, eso sí) porque al hablar con voces que no les son propias de aquello que no conocen llevaban a los espectadores a identificarse con acciones falsas. Y qué decir del entretenimiento, que tanto hizo fruncir el ceño a la Escuela de Frankfurt por ser un lavado de cerebros, del mismo modo que la cultura occidental siempre privilegió artísticamente la tragedia por encima de la comedia, como bien nos contó Umberto Eco en El nombre de la rosa. Así pues, los simples atletas del patinaje artístico son como esos escritores de género simplones y dados al entretenimiento que solo cuentan historias, que solo saltan y que no tienen la sutileza de los verdaderos artistas.

Huy, ¡pues perdón!

Y… lo que iba a ser un solo post finalmente serán dos porque tengo ahora mismo un borrador de 2862 palabras para terminar este artículo y bastante dolor en las cervicales, así que publicaré este fin de semana si las contracturas me dejan. En él, seguiré explorando las difíciles dinámicas de género, raza y clase en un deporte tan conservador como el patinaje artístico y las posibles relaciones con el mundo de la literatura y el arte. Mis credenciales, ya lo has visto si has conseguido llegar hasta aquí, tienen más que ver con la teoría de la literatura, que es donde me he formado, que con la teoría del arte en general. Sé que las analogías, como analogías que son, son imperfectas, pero mi intención siempre fue ese famoso docere y delectare horaciano, enseñar de forma amena, con peor o mejor fortuna, y si me meto en todos los caminos que se abren en el jardín esto, como me dijeron una vez ante una propuesta de TFM que se le había ocurrido a mi megalómana mente, ya no sería ni siquiera una tesis doctoral de una persona, sino un proyecto de trabajo de investigación. Os espero en la siguiente entrega con Surya Bonaly, Tonya Harding, Midori Ito, Elvis Stojko, Johnny Weir, Plushenko y cómo el origen de clase, raza y género, además de la orientación sexual, influyen en la percepción singular y colectiva del arte.

Irrelevancia, escribir entre las ruinas y las buenas o malas historias

Hace una semana, buceando de nuevo en el foro de reddit de a perimenopausia, encontré una frase que se me clavó. Una usuaria decía, y parafraseo porque no sé si podría encontrar las palabras exactas ahora: todo el mundo me había hablado de cómo las mujeres de más de 40 desaparecen de la esfera pública, pero de lo que nadie me había avisado es de que muchas de nosotras queremos desaparecer. La frase me atravesó porque acababa de sentir el mismo de deseo de desaparecer. No un deseo activo de quitarse de en medio, más bien el puro cansancio de existir. Muchas más mujeres en el foro se sintieron aparentemente atravesadas por la misma frase y contestaron que habían sentido lo mismo. Desde luego a mí nadie me había avisado de que los cambios hormonales durante el cilmaterio (sumados a unos más que probables problemas de tiroides, que están por confirmarse aún) me iban a afectar tanto a veces. Si a eso se le suma a que hay muchas personas (entre las que nos encontramos las personas neurodivergentes) que somos más sensibles a los cambios hormonales, el cóctel de cambios descacharrantes está servido.

Esa es una de las razones por las que no escribo aquí, aunque de tanto en tanto se me ocurría algo de lo que me apetecía hablar. La falta de energía, el letargo, la anhedonia, el cansancio… siempre se acababan imponiendo. Nunca he creído en el consuelo de tontos. A mí saber que miles de mujeres sienten cosas parecidas me alivia y me da valor. Pero el caso es que hay miles de mujeres sintiéndonos, sintiéndose, cada vez más irrelevantes. Y aunque siempre he creído que es justo esa irrelevancia la que inspira valor para hacer cosas fuera del ojo crítico («total, nadie me mira, así que ¿por qué no salir a la calle en bata?»), también hay algo trágico en ese difuminarse y desaparecer como la fotografía de Marty McFly. Hay algo liberador, sí, pero también melancólico en sentir que el mundo te pertenece cada vez menos; algo triste en saber que el mundo sigue cada vez menos sin ti cuando ni siquiera pudiste alcanzar aquellas cosas que te proponías. Y, al mismo tiempo, si tienes ganas de vivir siempre va a haber cosas que no alcanzarás antes de dejar ese mundo. Pero más allá de la filosofía individual de cada una sobre esa progresiva invisibilidad, el caso es que hay miles, millones de mujeres que llegan a esta etapa de la vida cansadas, cuyos problemas de salud son minimizados, cuyas voces son silenciadas. Y eso, cuando regresa la energía, te da una rabia inmensa. Al fin y al cabo, la irrelevancia en estos tiempos de internet y visibilidad es esa condena trágica, esa maldición griega sobre ti y tu prole, al fin y al cabo. Es el maleficio que se lanza desde el púlpito de las redes sociales, la condena a la que se castiga: perderte en la irrelavancia. Si bien es cierto que esa condena profética, esa maldición, la he visto lanzarse sobre todo a aquellas personas que con su desmedida autimportancia sentencian cosas que con tienen todos los visos de ser históricamente erróneas, eso tampoco le quita el aguijón a la irrelevancia misma.

Cuando le conté a mi doctora de cabecera los males que me aquejaban y que creía relacionados con temas hormonales (con la esperanza de empezar a despejar el camino hacia la terapia hormonal) me explicó que había dos escuelas de pensamiento en torno al climaterio. Una es la que considera que es un proceso natural, por lo que no hay que intervenir en él, y otra que está a favor de intervenir para no privar a las mujeres de los beneficios protectores de las hormonas. Con este último argumento no consigo qué tiene de buena la primera postura, máxime cuando la enfermedad y la muerte son también procesos naturales en los que la medicina siempre se afana en intervenir. Es por esto que millones de mujeres que ven su sueño interrumpido, su energía drenada, sus dolores multiplicados se preguntan si esto tuviera que pasarlo la otra mitad de la población habría debate alguno sobre equiparar lo natural con lo bueno o lo oportuno o inoportuno de intervenir en ello. Permitidnos que dudemos. Además, tampoco veo tantos debates enconados sobre la ideoneidad de trabajar hasta los 65 en términos de «naturalidad» y, bueno, si pretendes que trabaje hasta los 65 o más pues igual lo de intervenir es una inevitabilidad. A mí personalmente me la suda, pardon my French, si a mi biología lo único que le importa es mi sistema reproductivo y si soy o no fértil y cuando empiezo a dejar de serlo me descarta como una almendra amarga. Yo tengo que seguir viviendo, quiero seguir viviendo, y quiero hacerlo bien.

El caso, amigas, es que llevo un año agotada, con dolores y síndromes premenstruales apocalípticos donde todo es tenebroso, oscuro y catastrófico, hay días que me consume el llanto sin ninguna razón y me siento tan cansada que lo de desaparecer, a veces, no suena tan mal. Y si esto te suena a depresión, te insto a que retengas ese pensamiento y lo reevalúes. ¿Por qué tenemos un mismo nombre para describir lo que es un proceso hormonal que otro «psicológico»? Esto último entrecomillado porque tiene muchos matices, pero son dos procesos que son relativamente fáciles de distinguir, aunque por momentos te hagas luz de gas y pienses que igual todo está en tu cabeza, que eres una exagerada y una quejica, unos pensamientos plantados por el patriarcado y su desdén a todo lo femenino y por el capitalismo y la pleitesía que se rinde al dios de la productividad. No hay tiempo para parar, así que no te quejes. Con eso y con todo, esta etapa de la vida suele coincidir con una fase de cambios más allá de lo hormonal, como sucede con la pubertad y la adolescencia. Es la etapa en la que los padres enferman y mueren, cuando los hijos se hacen mayores o se van de casa y los roles que se tenían necesariamente cambian, en especial pasar a ser cuidadora de tus propios padres. No es mi caso del todo, porque ya hace años que perdí a mis dos padres (bastante más joven de lo habitual, sobre todo en el caso de mi padre, sobre todo cuando me comparo con mi entorno en el que la mayoría conserva los dos padres o al menos uno. Sin embargo, sí he pasado por ese rol de cuidadora demasiado joven y, como ya he comentado en las numerosas veces en las que he bablado de ello, el efecto ha sido devastador. Esta etapa de cambios, hormonales y sociales, hace que incluso seas más vulnerable a los trastornos de la conducta alimentaria, como la segunda pubertad que es.

El cansacio es real, pero la irrelevancia no es una opción.

En esos días apocalípticos he sentido también el aguijón de la irrelevancia en otros sentidos. Sin entrar en muchos detalles, las cosas no me han ido en la vida como esperaba. Si reflexiono sobre mi vida, creo que he tenido muy buena suerte en muchas cosas y muy mala suerte en otras pocas. No es que me entusiasme tener un perfil público, pero cuando fui a Barcelona al festival 42 me sentí de nuevo parte de algo, como en los tiempos de la editorial, es decir, dejé durante unas horas de sentirme irrelevante. Hablar con gente de cosas que me gustan, como los libros, escuchar a gente que a su vez me escucha. Volví a casa ilusionada, pero pasaron los días, se esfumó el hechizo y volví a sentirme irrelevante. No tengo grandes talentos, o al menos no tengo el tipo de talento monetizable, empleable, en este sistema. Aunque es difícil definirse a una misma por la poca distancia que separa al objeto de definición de la persona que la emite, algo de conocimiento sobre mí misma sí que tengo y diría que mi punto fuerte es la voraz y inagotable curiosidad por el mundo que me rodea y la capacidad de poner esa curiosidad al servicio del pensamiento. Tampoco es que eso me convierta en una genia, pero no se me ocurre mejor forma de decirlo. Por desgracia, todo eso lo he puesto al servicio de las humanidades y de sectores en crisis perpetua, lo que sumado a un contexto persona difícil y complejo no me ha facilitado mucho las cosas. Eso en la esfera pública. En la privada, tengo la suerte de tener en mi vida a alguien que me cuida, con el que he construido una vida digna de tal nombre (a base de que cada uno haga un sacrificio, porque las relaciones nunca son fáciles, ni «naturales») y que encima es mi mayor fan. Y eso justifica una vida, pero no dejo de preguntarme si puedo tener una vida «pública» más allá de la doméstica.

Hoy me decidí a escribir de algo personal, incluso cuando me había propuesto, al principio de abrir el blog, a no escribir de cosas personales (otro término que sin contextualizarlo resulta ambiguo, difuso, porque parece que traza una línea muy clara que no existe) porque me apetecía decir algo. Y, volviendo a esa inexacta definición de lo que es o no es personal (individual, íntimo, privativo de una sola persona), es algo que ocurre a muchas mujeres que deciden romper ese silencio y hacerse visibles. También tengo otras razones. Las tecnológicas que dominan nuestras vidas están haciendo muy difícil no ya estar en internet sino comunicarnos. En poco tiempo he mandado a la mierda WhatsApp, Twitter, Instagram y ahora va Telegram. A decir verdad, hace poco le di una oportunidad a Instagram de nuevo porque mucha gente que conozco lo sigue teniendo y gran parte de la cultura libresca se mueve por ahí. Duré dos días porque es una red social enmierdada hasta las trancas y encima detesto a Zuckerberg. A veces, sin embargo, echo de menos una red social de compartir fotos o de cosas así mundanas. Le di una oportunidad a Pixelfed y en términos de usabilidad iba muy bien, pero no hay gente y una red social sin gente no tiene sentido. Y esta semana me vi pensando… ¿y el blog? Ya, sí, no es el formato adecuado para fotos (y yo he escogido una plantilla muy dedicada a la escritura), pero…

Hubo un tiempo en el que el formato de blog «personal» estaba muy denostado, incluso cuando estábamos ya abrazando el ‘microblogging’, contando nuestra vida en sitios como Twitter. Sin embargo, como digo, el otro día me vi pensando que por qué compartimentar tanto la vida en pedacitos en cada app (aquí una foto, aquí una reseña, aquí una receta, aquí un outfit, aquí un pedo) teniendo un blog. Obviamente, el formato breve y las píldoras encajan mejor en otro lado, pero hay sitio para lo personal aquí. Hace un tiempo me leí el post en defensa de ‘bloguear’ en medio de las ruinas de Joan Westenberg. La imagen de vivir entre las ruinas me resulta siempre potentísima porque siento que la catástrofe ya ha tenido lugar y que estamos viviendo entre los escombros, no tanto que nos tengamos que preparar para una catástrofe que no ha ocurrido aún. El post resume un poco el sentir general de un entorno muy concreto en el que me muevo sobre el estado de las cosas en internet y cómo nos hemos dejado atrapar en plataformas propiedad de lunáticos, eugenistas, criptobros y otras gentes de peor calaña. Sugería que la solución a nuestros problemas siempre había estado ahí: el humilde y confiable blog. Dice que la blogosfera de mediados de la década de 2000 tenía sus problemas. Que era una comunidad insular y a menudo presuntuosa y pagada de sí misma, propensa a guerras entre gente que, si bien podía estar de acuerdo en el 95% de un post, discutía con furia sobre cómo el 5% restante era absolutamente imperdonable. Con eso y con todo, fue el caldo de cultivo de comunidades intelectuales auténticas. Qué tiempos, dice. La gente escribía largas respuestas a las publicaciones de los demás, respuestas que generaban a su vez más respuestas y se podía seguir el hilo de una discusión a lo largo de múltiples sitios y semanas de discusión. No menos importante, añade Westenberg, el formato recompensaba el pensamiento esmerado porque el pensamiento esmerado era legible de un modo que simplemente no lo es en plataformas diseñadas para una participación rápida e inmediata.

(Es gracioso, porque estoy haciendo justo lo que ella dice que se hacía a mitad de la década de 2000).

El resto del post continúa abordando las objeciones más frecuentes (aunque no todas) cuando se saca el tema de los blogs. Que nadie lee blogs. Que es difícil descubrirlos porque el algoritmo no lo permite pues privilegia el contenido para atrapar y secuestrar la atención. Y, desde luego, el blog no puede competir con según qué contenido breve diseñado para ser consumido de inmediato, pero es que el blog no compite en esa liga. El formato de toot/tweet/bluit (¿se dice así? No hablo Bluesky) no está diseñado para perdurar más allá de unas horas, aparte de no ser el más cómodo para según qué disquisiciones. Un post para el blog, en cambio, no. Está ahí siempre que quieras y si tiene que competir por algo es por perdurar, no para cautivar tu atención durante un día. Para mi sorpresa, Westenberg no menciona la competencia del formato audiovisual (los podcasts, los vídeos..) para ese contenido minucioso y extenso que antes solo se podía ver en el blog. Que igual no hay tal competencia, lo ignoro, pero siempre he pensado que la relativa popularidad de los ensayos en formato vídeo se debe a que ese contenido se trasvasó a un medio más acorde con los tiempos: oral y visual, no tanto escrito. Personalmente, yo que me he lanzado a esa aventura no lo veo tanto como una separación de esferas según el tipo de contenido, sino a qué me apetece hacer. Tengo preparado un guion muy largo para el segundo vídeo sobre el terror, que será bastante largo (y que no me pondré a grabar hasta que no me haya desaparecido el bocio este que me ha salido), y es algo que siempre pensé para vídeo. Además, puedo disfrazarme y hacer el bobo. Y otras cosas en mi cabeza nacen para escribir sobre ellas. Hay gente que se lamenta del formato vídeo, a pesar de que me parece el más popular ahora, y quiere post detallados. Pero yo tampoco voy a hacerle caso a todo lo que no le guste a la gente, siendo esa gente solo una fracción de gente, porque si no no haría nada. Como dice el meme, both is good.

Yo no sé si la gente lee ahora blogs o no. No puedo generalizar mi experiencia personal. Como alguien que escribe cuando puede en un blog (y que trata de hacer posts cuidados, documentados y argumentados), si fuera por las visitas o comentarios que recibo no escribiría nunca porque ¿para qué? (la irrelevancia, de nuevo, amenazando). En cuanto a mí misma como lectora, sí que reconozco que ahora leo menos blogs que antes y parte de ese contenido lo he trasvasado a los podcasts. Sin embargo, al leer el post de Westenberg si algo me quedó claro es que no basta con que la gente escriba blogs para sostener un ecosistema así: hacen falta lectores. Ella pone el foco en la escritura y poco en la lectura, a pesar de haber reconocido que la comunidad se mantuvo a principios de siglo porque había conversación. Así que, para este año, poco a poco, me he propuesto buscar más blogs afines de temas (o personas) que me interesan y leer y comentar. De la misma forma que no podemos mantener una comunidad de artesanos y tiendas del barrio si solo compramos en Amazon, este ecosistema digital no se mantiene con gente escribiendo sin lectores.

Así que, tras la enésima migración de plataforma en plataforma, huyendo de la enmierdación, pensé que igual no necesito trocear mi vida en distintos espacios. Me encanta que existan sitios que sean de reseñas de películas o de libros, desde luego. A mi chico le hace gracia que después de ver una peli me trague unas cuantas en IMDB. Voy allí buscando a ver qué ha dicho la gente. Sin embargo, incluso aunque las hay muy curradas (¡o muy divertidas!), no es lo mismo una reseña que un comentario crítico. No es lo que espero encontrar en cualquiera de las plataformas diseñadas para que la gente dé su opinión sobre un libro o una película. Hace un tiempo que la compartimentación se apoderó ya no solo de los ámbitos académicos, sino de la vida, y por eso se espera que los blogs sigan el mismo camino. Uno sabe que el blog de futanita es de informática y el de futanito de libros. Y dentro de los libros pues libros de, qué sé yo, fantasía. He leído y escuchado cientos de veces eso de que tienes que crearte tu imagen y tu marca para tener un público, que la gente tiene que saber qué esperar de ti. Pero, vamos a ver… ¡si ni yo misma sé que esperar de mí! Lo siento, no soy capaz de eso. Un blog personal no significa necesariamente algo insulso, sino una visión personal sobre algo. La verdad, me he cansado de ir de plataforma en plataforma y, oye, al final puede que la respuesta al «estar localizable» que me exigían hace poco sea esta. No necesitas abrirte una cuenta en ninguna red social para saber de mi vida, ¡estoy siempre aquí! Y para las tonterías en formato breve siempre me queda Mastodon. Lo que quiero decir es que no os extrañe si un buen día empiezo a poner fotos de mis modelitos para ir a clase. Asumiré los riesgos.

En parte, supongo, este post era para decir que sigo viva y pensando pensamientos, pero que al mismo tiempo la vida me ha pasado un poco por encima y que igual no consigo mucha regularidad escribiendo. ¿Que qué me espera? Pues me esperan unos meses calentitos. Primero una ecografía de la tiroides para ver si tengo una tiroiditis o ke ase (lo del bocio no es broma: ahora mismo me siento un pelícano). Tengo ganas de que sea que sí porque significaría encontrar la raíz del problema que llevo arrastrando un año (a los primeros párrafos me remito). Luego saber si me ha crecido el encondroma y me lo tienen que quitar (por lo visto uno de los dos que tengo está en mal sitio). Luego cita con el cirujano para saber si me tienen que extirpar la vesícula que tengo llenita de piedras. Y no sé si me dejo algo porque últimamente mi salud es, como dicen los americaners, un shitshow. Así que voy apagando fuegos mientras salen, pasito a pasito. Lo primero, lo de la fatiga extrema y el dolor articular y luego vamos viendo.

En estos días de ser un trapo, me he tragado todas las competiciones de patinaje artístico de los Juegos Olímpicos. Siempre digo que tengo una relación complicada con el deporte. No puedo evitar que me guste, si hablo desde las tripas, pero al mismo tiempo sé que es un lugar terrible donde los valores del deporte de competición los escriben los supervivientes. No puedo romantizarlo con la conciencia tranquila, pero al mismo tiempo me conmueven las historias deportivas. Y al mismo tiempo me resulta problemático convertir a las personas en historias. Podría seguir así cinco minutos más… Si no te has enterado del drama, resulta que uno de los dramones de estos juegos es que el candidato más firme al oro, Ilia Malinin (candidato por llevar invicto más de dos años, haber ganado el mundial dos años consecutivos y ser capaz de hacer cosas que ningún otro patinador es capaz de hacer, como un cuádruple axel, siendo el triple axel uno de los saltos más difíciles de ejecutar), tuvo un colapso absoluto sobre el hielo el pasado viernes. No soy experta, ni en deporte en general ni en patinaje artístico, que solo veo durante los juegos o pruebas muy especiales que echen en la televisión pública, pero es el mayor colpaso que yo haya visto en directo. No ya porque se cayera dos veces de forma estripitosa alguien que no está acostumbrado a caerse (el viernes se cayeron prácticamente todos los contendientes, fue agónico), sino porque era ver en directo cómo una persona se descomponía en directo. Ya no es que no fuera capaz de hacer saltos que normalmente le salen con facilidad, sino que todo el lenguaje corporal chillaba que quería escapar de allí y no podía, los pasos no tenían vida ni energía, la confianza se descascarillaba como pintura vieja, la máscara se le resbalaba del rostro. La noche, salvo para el ganador al que le salió todo, fue en general horrible de ver, el hielo estaba maldito, pero ese momento fue el más impactante y doloroso.

El deporte de competición, en general, es muy cruel, pero creo que hay deportes más crueles que otros. En el baloncesto puedes tener derrotas individuales (un día negro porque no te sale nada) y colectivas (porque el equipo pierde), pero no todo depende del día de a la hora hache. Sí, las finales olímpicas o de un europeo, pero también es un deporte colectivo con responsabilidad compartida. Y, dentro de que es un desfile de lesiones, como todo deporte de alta competición, la vida media de los jugadores es bastante más larga que la de los patinadores. Mucha gente decía «no pasa nada, solo tiene 21 años, ya tendrá otra oportunidad en los próximos juegos», pero lo trágico es que 21 años es ser muy joven para todo menos para el propio patinaje. 25 años que tendrá en los siguientes juegos es ser viejo para un deporte en el que la gente no es capaz casi de caminar a los 40 de lo machacado que tienen el cuerpo, especialmente estos que se dedican a hacer los saltos más difíciles y explosivos. Así que igual tiene otra oportunidad, sí, pero también es muy probable que no.

Todo esto me ha hecho pensar en el poder de las historias. El bueno y el malo. Contamos historias (sobre nosotros, sobre las personas, sobre el mundo) para crear un poco de orden en el caos de la existencia. Puede que la historia refleje un orden oculto que no vemos desde la experiencia, o puede que se lo invente y lo construya para trazar un camino transitable. Pero ¿no hay algo también un poco deshumanizante al convertir a las personas en historias? La historia del regreso heroico del caído como un guion que hay que cumplir si quieres redimirte. Las historias que nos contamos de nosotros mismos que de repente se convierten en mandamientos que no puedes transgredir porque todo el mundo espera que representes esa misma historia aunque no resuene contigo Las historias que inventamos para los demás, especialmente ahora que vivimos bajo el ojo público en mayor o menor medida. Las personas convertidas en carne para alimentar la maquinaria de las historias. Are you not entertained? Y encima muchas de ellas son historias malas: sin complejidad, sin matices, sin facetas ni dimensiones. Las historias pueden enseñarnos empatía, si somos capaces de contarlas bien, qué duda cabe, pero sin la voluntad de un lector atento la enseñanza tampoco cuaja. Al final, como en el caso de los blogs, para mantener el ecosistema hace falta comunicación.

Y lo voy dejando aquí hasta la próxima. Tengo algún proyecto entre manos, pero lo primero es recuperar la salud perdida y el tiempo dirá después. Nos leemos pronto.

Libros de noviembre

Queridas almas descarriadas:

Este año estoy tratando de leer más ficción. Iba a decir «leer más», pero lo que sucede es que, en los últimos años sobre todo, he leído mucha más no ficción que ficción, una costumbre que se ve potenciada por verme sumida en la investigación, lo que inevitablemente me lleva a leer mucho ensayo, libros académicos, artículos y cosas sesudas. La ficción, sin embargo, es ese no sé qué que le hace algo a mi cerebro que nada más puede hacer: ni el cine, ni las series, ni los videojuegos (si jugase mucho, que no es el caso: el juego al que le estoy dando últimamente es The Longing, un juego melancólico que te pasas solo con esperar 400 días hasta que el rey de las cavernas despierte y cuyas tareas son ver crecer el musgo para cortar un poco cuando esté listo con el fin de decorar tu casa: o sea, el antivideojuego, antidopaminérgico). También tengo apuntados muchos títulos de cara al doctorado, libros que quiero leer a ver si encajan en mi propuesta de investigación, pero sobre todo quiero engrasar mi cabeza con ficciones. Este último mes ha sido una mezcla de ensayo y ficción.

Uncanny Valley Girls: Essays on Horror, Survival, and Love
Zefyr Lisowski

Este libro me lo empecé en el tren de vuelta a Madrid, después del Festival 42. Es un ejemplo de autoteoría, memorias y crítica que usa películas de terror para explorar la propia identidad. Una vez superada la frustración de no encontrar más análisis sobre el género (porque, además, la autora hace eso muy bien y tiene observaciones muy perceptivas) y contentarme con leer muchas páginas sobre su vida, al final me dejé llevar sin exigirle al libro lo que quería que fuese (y lo que me habían vendido que era, todo sea dicho) y que me llevase por donde quisiera y conseguí disfrutarlo. El libro tiene partes muy difíciles y duras, pues narra el sufrimiento psíquico de la autora con trazos de violencia psiquiátrica, su infancia y adolescencia trans en el sur de Estados Unidos, además de varias experiencias discapacitantes. La autora dice que durante todo ese periplo, el terror es algo que la ayudó a mantenerse anclada en su propio cuerpo, que es algo con lo que puedo empatizar y simpatizar, al igual que con varias de sus experiencias. Puede que el terror, junto con el porno, sea el género más corporal de todos, no solo en los temas que trata, sino en las reacciones que provoca y, a veces, para sentir que estás viva necesitas un buen desgarro que te ancle a a la tierra. Pero no todos los cuerpos en el terror son iguales. La alteridad en las películas de terror, tradicionalmente, ha sido representada por las locas, las enfermas, las viejas y los ensayos de este libro (entre los que se encuentran “Your Swan, My Swan”, “The Girl, the Well, the Ring”, “Ghost Face”, “Cutting in Miniature”, “Preliminary Materials for a Theory of the Werewolf Girl”) tratan de cómo se ve el terror desde el punto de vista de la alteridad. Dice Lisowski:

Puede que mi ensayo favorito sea “Your Swan, My Swan”, sobre la peli de Black Swan, y el menos favorito el de “Werewolf Girl”, porque la lente del análisis aquí es más manida (la pubertad como horror corporal y transformación), si bien al añadirle la perspectiva trans (dice la autora que para ella todas las historias de hombres y mujeres lobo son historias trans) le pone un puntito de originalidad que podría haber seguido explorando.

“Girls were punished. The disabled were to be feared. Anything gender nonconforming was even scarier. What does it mean as a sick girl to learn again and again that sick girls deserve to be punished?”.

Como decía al principio, me hubiera gustado tener más análisis de terror y menos relato de vida (o más análisis del terror mezclado con la vida, que era lo interesante), pero con eso y con todo he disfrutado la lectura.

Mandíbula, de Mónica Ojeda

Ok. Lo sé. Yo voy a mi ritmo y recojo el guante cuando puedo.

Por alguna razón, en mi cabeza este libro había quedado como potencialmente triggering, así que lo he ido dejando sin recordar exactamente qué me había motivado a posponerlo, qué es lo que podía resultar desagradable. Y, no me escondo, reconozco que lo que me motivó a derribar la barrera psíquica fue que en la entrevista con China Miéville que proyectaron durante el Festival 42, Miéville dijo que el ensayo que le escribe una de las protagonistas a su profesora sobre el género de terror tenía que ser lectura obligatoria en cualquier curso del género. Y, sí, la verdad, me gustó mucho esa parte y me gustó mucho el libro. El ensayo, además, está ahí no solo porque encaja narrativamente con los personajes involucrados en dicha carta, sino porque Mandíbula es casi más una novela sobre el miedo que de miedo. En ese sentido, hay una veta en el libro que podría hermanarse con el libro de Lisowski, en tanto que tiene algo de teoría-ficción (las etiquetas son eso, etiquetas, no mandamientos, y de todos modos ¿qué buen libro no contiene una teoría sobre el mundo, sobre algo, aunque no sea consciente y elaborada?).

A la autora le interesa el miedo como afecto, como emoción, y eso queda clara por los numerosos epígrafes que ha decidido incluir en la novela: Kristeva, Bataille, Lacan… claramente le interesa el psicoanálisis no-freudiano, por lo que no es de extrañar que encontremos temas relacionados con la monstruosidad femenina desde diversos ángulos y diversas edades. Y, como los afectos se construyen y moldean socialmente, en la novela se encuentran muchos de los tropos del terror como es el de la familia como fuente de ansiedad y perversión que tiene ya una larga tradición. El punto fuerte de la novela, eso sí, es que no retrata la adolescencia femenina solo desde una perspectiva victimista: los terrores que sufren las adolescentes siguen estando ahí, pero no son dulces angelitos sino potenciales victimarias o directamente victimarias. Ese halo de crueldad que rodea las relaciones de las chicas (entre ellas, con otras personas, el miedo que provocan tanto el miedo que sienten) me ha parecido muy vívivido y reconocible. Hay, además, una mezcla interesante entre el folklore digital de nuestros tiempos (los creepypastas) con el folklore tradicional que tanto alimenta el género de terror. Y aunque los recursos en sí mismos no son originales (la transmedialidad, lo metaliterario, la exploración de la feminidad desde lo horrífico), cómo están integrados en la novela hacen que sea una lectura fresca que resucita todo aquello con mucho oficio.

La amiga que me dejó, Nuria Labari

Este libro lo descubrí en el podcast de libros de Carne Cruda que le dedicaron al ghosting y donde incluyeron un pequeño apartado sobre el ghosting en la amistad. A mí me han hecho ghosting, claro, y también lo he hecho. Nunca he tenido claro cuáles son las normas, o ese conocimiento supuestamente tácito de «las cosas que todo el mundo sabe que se hacen» en el contexto de la amistad: con las parejas sentimentales se rompe y se exponen los motivos, pero ¿y con las amistades? Con las parejas sentimentales o intereses románticos no está mal visto decir lo que esperas en una relación, lo que deseas, pero en el caso de la amistad igual quedas un poco cucú. En general, en mi experiencia se dejan morir o marchitar y se habla poco, pero comparada con la ruptura en modo de notificación administrativa de la que hablaban en el programa (recuerdo con vergüenza y dentera que yo también hace muchos años rompí con una amistad de una forma «ministerial») quizá sea casi mejor esa lenta languidez. Hace cosa de un año me sorprendió mi pareja en este aspecto también. Me decía que tenía la impresión de que unos amigos comunes no tenían demasiadas ganas de quedar con nosotros (con nosotros a solas, para ser más concretas), así que le pregunté que entonces por qué no hablarlo, a lo que me respondió: bueno, tampoco importa tanto. Yo me quedé pasmada, ¿cómo que no importaba?, ¿no se hablan las cosas con los amigos? Pero añadió: tampoco somos tan amigos, tampoco tenemos tanta confianza. Claramente, no entiendo nada de este tema.

Como podréis intuir, para mí la amistad guarda secretos más arcanos y es más misteriosa incluso que el amor, donde parece que dentro de un marco muy amplio se diría que hay unos acuerdos básicos compartidos como sociedad sobre qué se hace y qué no se hace, pero la amistad es un terreno aún por definir del que cualquier regla (entendida como convención, no como mandato) es provisional y debatible. Así que, una vez terminado el episodio, me dije que tenía que leerlo a ver qué respuestas encontraba. Terminado el libro sigo con la misma intriga, la misma indefinición, el mismo misterio (lo cual está bien), y no puedo decir que sacase grandes reflexiones (como así reconoce la autora que tampoco ella, ni acudiendo a la sabiduría antigua de los griegos, ha conseguido hilvanar) salvo quizá su apreciación de que hemos construido la amistad a imagen y semejanza de la retórica épica de la amistad masculina: el todos para una y una para todos, la de «yo por mi amigo mato», somos una piña. Igual justo esa indefinición, esa plasticidad, son las únicas características notables no ya de la amistad femenina, sino de la amistad en general. Las amistades pueden ser transitorias, de encuentros, y ser igual de verdaderas, igual que el amor, mientras dura. Cuando una relación sentimental se acaba no patologizamos a las personas implicadas porque normalizamos que son situaciones de encuentro temporal que no tienen que ser para toda la vida. Igual está bien pensar que así sucede con la amistad y que, si tu amiga te deja, no tienes que sentirte un monstruo.

Las voladoras, de Mónica Ojeda

Sí, me estoy poniendo, a mi ritmo, al día con la escritora ecuatoriana.

En este caso, se trata de una colección de relatos de «gótico andino». La prosa es deliciosa y te transporta (no, a ver, dicen que para leer más rápido tienes que conseguir leer sin escuchar las palabras en tu cabeza, pero ¿qué sentido tiene eso?, ¡si a mí lo que me gusta de leer es la musicalidad de las frases bien hechas! Ese es mi masaje craneal), el oficio y la calidad siguen estando presentes en este libro, pero por alguna razón que no puedo achacar a la autora no me ha cautivado tanto como Mandíbula. Con esto tampoco quiero decir que no me haya gustado, en absoluto, solo es una comparación con la novela y ya sabemos que las comparaciones pueden ser muy injustas. Los relatos aquí exploran el terror por medio de las mitologías asociadas a los paisajes extremos de volcanes, páramos y valles infinitos, así como las creencias populares que suscitan los parajes y que el terror siempre desentierra, da igual en qué particularidad geográfica se inscriba.

Lo gótico se caracteriza principalmente por la exploración de las fronteras entre binarismos y dicotomías y (perdón por hablar de mi «libro») esas dicotomías son las que quiero explicar en la serie de vídeos que estoy trabajando, sorry, not sorry. Precisamente el siguiente vídeo largo que estoy preparando va sobre la fructífera, en términos artisticos, dicotomía entre la degeneración (que puede traducirse con otros conceptos, como la barbarie, lo salvaje, lo atávico) y la civilización y, diría, Mónica Ojeda parece interesada en trabajar en lo poroso de todas esas fronteras y de subvertirlo. Hay violencia en lo rural, desde luego, pero también en la ciudad, y quizá esta última sea más violenta que lo primero. Al igual que su tratamiento de lo femenino adolescente en Mandíbula, tampoco hay una idealización pastoral del campo y sus gentes, que sería una exotización un poco burda, no pretende rejerarquizar lo «natural» por encima de lo «urbano», sino mostrar ambos aspectos con todas sus aristas (en el relato que abre la colección y le da título, «Las voladoras», narrado desde lo rural, aparecen temas como el incesto y los deseos oscuros; «Cabeza voladora», uno de mis favoritos, narra los feminicidios en el entorno urbano al que folcloriza con la presencia de las Umas, mujeres de varias edades que se encargan de vengar las muertes e impartir justicia).

Piel de cordero, de Ledicia Costas

De esto que estás paseando entre las pilas de libros que ya no te caben en las estanterías y encuentras uno que te había prestado una amiga desde hace ni sabes cuánto (¿unos meses?, ¿un año?) y te mueres de vergüenza porque no te lo has leído todavía. Tierra, trágame. Bueno, pero ahora que estás calentando los músculos lectores quizá sea el mejor momento para leerlo, ¿no?

Y así hice y, bueno, tengo que decir que no me gustó mucho, la verdad. Ahora que escribo esto, después de haber vuelto a pensar en Las voladoras de Mónica Ojeda, lo trillado y poco sofisticado tanto del tema como de la forma de esta novela resultan mucho más palpables. No es que no me gusten los temas de brujas, pero siento que ahora me tienen que ofrecer algo más pensado que el recalentamiento en el microondas del «somos las nietas de las brujas que no pudisteis quemar». Aunque me lo he leído sin mucho dolor, porque las páginas se pasan rápido, lo cierto es que ni la prosa ni los temas me han interesado demasiado. No conocía a la autora y, por lo visto, había publicado muchos libros de infantil y juvenil (varios de ellos premiados, incluso) y esta es su segunda incursión en la narrativa adulta. Aquí se nota sin duda el oficio de haber escrito mucho antes, lo que, como decía, hace que el libro sea fácil de leer porque tiene un ritmo y una estructura trabajados. Lo malo es que parte de esa facilidad viene también de no ponerte demasiado a prueba como lectora al ofrecerte tramas ya leídas sin añadir demasiado. Son dos tramas paralelas, la de Catalina, hija y nieta de brujas en el siglo XVII, y la de Lola, en la actualidad, que está frustrada por muchas cosas, pero sobre todo por no poder ser madre. Aunque aprecio la intención de querer retratar de forma verosímil la labor de las brujas en los pueblos gallegos, hubiera querido algo más a la hora de acudir a este tópico, en especial en su relación con la feminidad, después de todo lo que se ha hecho ya con el tema.

La vieja sangre, de Alfredo Álamo

El segundo libro en papel de esta lista, junto con el anterior. Ya no compro apenas libros en papel porque no tengo espacio, pero este no lo encontré en digital e hice una excepción. Es un poquito trampa que esté en esta lista porque me lo terminé la primera semana de diciembre, pero como lo empecé antes de que acabase noviembre y yo pongo las normas, pues aquí está. El libro que menos me ha gustado de todos y el que más me ha costado terminar. De hecho, varias veces quise dejarlo a medias y me esforcé por ir, relato a relato, terminándolo. Aprecio la labor del autor en tratar de construir una mitología contemporánea en torno a un barrio de Valencia (en este caso el Cabanyal), incluso sirviéndose de tropos ya clásicos de la literatura fantástica como las ciudades ocultas y subterráneas, pero el mundo creado me ha parecido un poco superficial, en un sentido muy literal (perdón por el ripio). No tenía la sensación de que el mundo tuviera una profundidad más allá de las cuatro pinceladas, los personajes que aparecen recurrentemente y desaparecen, o en el folklore imaginado. La sensación era más bien «lo que ves es lo que hay, porque no hay nada más». Además, creo que se habría beneficiado de una corrección de estilo.

The Beauty, de Aliya Whiteley

Tenía ganas de leer algo de Aliya Whiteley y he empezado por esta novela corta, que me ha gustado sin fliparme. De las cosas que me han gustado es que se trata de un relato post-catástrofe (todas las mujeres mueren por una extraña infección fúngica) que no tiene un tono nihilista ni nostálgico, sino que se centra en la regeneración más que en la degeneración, en un (problemático) futuro interespecie (de las tumbas de las mujeres crecen champiñones que serán mujeres-champiñón dispuestas a copular con hombres). La prosa, especialmente del protagonista, Nate, cuya función es contar cuentos como medio de cohesionar a la comunidad, tiene muchas veces un aire cantarín, propio de las narraciones orales. En la historia, tras la plaga, queda un grupo de supervivientes (hombres, claro), un grupo tribal con roles muy definidos que saben a cuentos de hadas clásicos en tanto que parecen representar alguna suerte de arquetipos: el Cocinero, el Doctor, el Cuentacuentos… Supuestamente, la llegada de las mujeres-hongo (porque el mundo incluso después de la catástrofe sigue siendo muy binario, incluso aunque estemos hablando de peña que se folla champiñones) debería suponer un mayor cuestionamiento de esos roles fijados y reproducidos por la inercia, pero por desgracia no es así. No aparece la homosexualidad apenas y se dice que solo los más jóvenes la practican, no aparecen hombres ni mujeres trans ni identidades de género fluido (vuelvo a recordar que estamos hablando de champiñones), las relaciones que se presentan son monógamas y cuando nacen seres híbrido entre hombre y mujer-champiñón no hay problema en llamar «niña» a la criatura porque tiene un tajo entre las piernas.

No sé cómo interpretar esto, porque como exploración de los roles de género que se supone que es la novela claramente es una oportunidad perdida de ir mucho más lejos que manteniendo estructuras tan binarias, más allá de darle la vuelta a dichos roles (los hombres, tras la mezcla con las bellezas de mujer-hongo, aquí dan a la luz). La desgarradura que tendría que suponer en la concepción del mundo la aparición de unos seres fúngicos simplemente impulsa una reversión de los roles, donde las mujeres-champiñón se dedican a los trabajos manuales al ser más fuertes y algunos hombres (los más jóvenes) empiezan a llevar faldas y vestidos heredados de las muertes, para disgusto de la conservadora mayoría de los hombres mayores. La mayoría de hombres de la comunidad se sienten asqueados por las «bellezas». Dos disidentes llegan a matar a una de las criaturas, lo que provoca el éxodo de éstas hasta que los culpables son ajusticiados. No sé si Whiteley pretendía reflejar la limitación imaginativa del patriarcado que proyecta sobre cuerpos unas funciones fijas relacionadas con lo afectivo (cuidar, amar), además mostrar cómo se ejerce la violencia contra la alteridad, contra lo que la inercia cultural codifica como femenino (o de aplicar incluso el código femenino a los cuerpos para poder ejercer la violencia. O que, en lugar de simplemente reflejar el mundo sin respaldarlo, la novela está planteando que el esencialismo es parte de la naturaleza. El hecho de que todo esté narrado en primera persona por un cuentacuentos que ajusta sus historias según la función que les quiera dar no ayuda tampoco. De hecho, es justo la exploración secundaria sobre la función de las historias en el fin de los tiempos lo que me ha parecido más interesante, con toda su capacidad para la violencia, la manipulación y la coacción.

Pero, por hoy, ya no me enrollo más.

Frankenstein de Guillermo del Toro

Ayer había escrito dos mil palabros sobre el Fronkonstin de Guillermo del Toro, pensé que me había quedado muy bien y lo publiqué. Cuando le di a publicar vi que había desaparecido completamente y publiqué una página en blanco, sin encontrar el texto en la sección de edición tampoco. Tras varios intentos infructuosos de recuperar el texto, me fui a la cama a llorar. Este es un intento de recuperar lo que traté de decir ayer, esta vez guardándolo en un editor de texto en local en mi ordenador para no cometer el mismo error.


Es gracioso haber visto Frankenstein (2025) después de estar en una charla sobre lo monstruoso en la charla de la MiévilleCon y lanzar al vuelo la idea de cierto aplanamiento afectivo de lo monstruoso en la cultura contemporánea, porque la criatura en esta película podría encarnar esa idea. Vaya por delante que mi primera reacción cuando vi la película es que me había gustado mucho, mucho, salvo quizá los últimos veinticinco minutos, que me hicieron rechinar los dientes. Y, ea, lo voy a mantener. Me gustó mucho, me pareció refrescante encontrar una versión que no se anda con rodeos a la hora de retratar a Victor como el villano sin convertirlo por error u omisión en una víctima. Como película melodramática que es, me resultó conmovedora y no negaré que lloré varias veces. No sé cuánto es mérito de la película o del entorno hormonal en el que me encuentro últimamente en el que me dicen «hola» y me echo a llorar, pero está claro que la película quiere apelar a tus sentimientos. Sin embargo, lo malo de pensar es que te da por pensar. Creo que se puede mantener una posición crítica analíticamente incluso con las cosas que nos gustan y con esta película no me pasó como me sucedió como con Crimson Peak, que me pareció una película estéticamente apabullante, pero cuya historia confieso que me interesó más bien poco, lo que, de nuevo, quizá no sea un demérito de la película: no somos máquinas de procesar datos ajenas al contexto en el que nos encontramos. Dos o tres días después de haber visto esta película, creo que la razón por la que no me sucedió esto con Frankenstein de Guillermo del Toro (las adaptaciones tienen esa cosa de que llevan la firma del director de turno y así hablamos de Frankenstein de Kenneth Brannagh o del Drácula de Bram Stoker) es porque el texto de Frankenstein lo he leído varias veces y lo tengo bastante trabajado, así que estaba constantemente estableciendo relaciones en mi cabeza sobre el texto de Mary Shelley y lo que la película quería decir de ese texto.

Aquí, en el Dark Hole (quien quiera entender, que entienda)

La idea de la «fidelidad» en las adaptaciones es un concepto bastante disputado, incluso desfasado, por múltiples razones, pero podríamos preguntarnos: ¿fidelidad a qué? Si algo tienen las obras literarias, especialmente las obras literarias que hemos canonizado, es que tienen muchas lecturas, tanto en función de tu escuela de pensamiento como de tu momento vital y cultural. Por lo tanto, las divergencias que pueda haber entre el texto escrito y el texto fílmico no son exactamente una valoración negativa per se de la película. Además, cuando el texto original es literario, la tradición ha tendido a tratar esa canonización en su sentido religioso de santificación, como fuente original venerable a la que rendir pleitesía y a cuya progenie se mira por defecto con sospecha, pues se presupone que como texto «secundario», la adaptación encarnará una caída, una copia de copia. Por otro lado, cuando un director decide utilizar un texto literario como base no podemos tratar a la obra como si no guardara relación alguna y no pretendiera mantener algún tipo de diálogo con la obra con la que se relaciona. El hecho de que las adaptaciones se puedan ver como obras independientes sin necesidad de haberte leído el texto no significa que hagamos críticamente como si la otra obra no existiera. Por eso, en mi crítica, las cosas que me han gustado y las que no se basan en la película en sí, como película, la tradición crítica con la que creo que dialogan y las decisiones que creo que empobrecen la lectura tanto de la película como la de la novela.

Si hubiera visto carteles de la película antes de que mi pareja me propusiera de improviso verla, seguramente habría entendido por sus códigos que la película se tomaba a sí misma como un cuento de hadas. Como decía al principio, la película, igual que lo fue Crimson Peak, es estéticamente apabullante y esa forma de abrumar con lo estético hace que incluso que se te puedan pasar esos momentos en los que parece un poquito esa habitación falsa de casa en el bosque y ambiente otoñal con fuego crepitante, y falso, que me pongo a veces para concentrarme mientras leo, pero así y todo el mundo que ha creado del Toro es un mundo que parece real y habitado. Le agradezco profundamente este compromiso con lo gótico y la belleza de lo decadente y lo maximalista, incluso si el simbolismo resulta obvio y los códigos ya sean canónicos. Además, la película está trufada de guiños a otras adaptaciones de Frankenstein, incluido el Rocky Horror. Está claro que Guillermo del Toro ha puesto mucho cariño en el proyecto, pero el entusiasmo de aficionado no necesariamente se traduce en buenas decisiones. Tanto la estética como el simbolismo refuerzan el texto como una fábula de cuento de hadas, que es lo que en última instancia es la película, más que como un texto gótico o incluso una tragedia, pero todo en la película es bonito de llorar (y en ese sentido, ya digo que lloré unas cuantas veces). Esto se establece desde el principio, desde el relato de Victor Frankenstein, y ese vestido escarlata de la madre, que sabemos que morirá (de, ¡tachán!, fiebre escarlata), y el padre vestido todo de negro, que es malo malísimo, y el niño Victor, que viste de blanco y negro, como dando a entender que aún tiene en sí mismo esa potencialidad de maldad y bondad. El niño pierde a la madre y ahí todo se tuerce. La idea de crear vida para desafiar a la muerte se gesta en su cabeza adolescente, nacida de la rabia, la rebeldía y la arrogancia que solo puede tener un adolescente, como la propia Shelley cuando escribió su novela.

“But the rest of the time, Mother was mine”. Freud intensifies etc.

El mundo de Frankenstein es un mundo sin madres y siento que esto es algo que se ha tratado de reflejar en la película, con irregular éxito. Frankenstein no es una alegoría sobre los peligros de la tecnología o la hubris de jugar a ser dios, sino sobre qué ocurre cuando no nos responsabilizamos de nuestras creaciones y, por extensión, se puede entender como una crítica a la familia burguesa. Se nos muestra la infancia de Victor con un padre que es frío, distante y cuyos métodos de enseñanza son la racionalidad sin empatía ni corazón, el dato descontextualizado, pura razón instrumental, y que crean a su vez una persona carente de empatía, que es todo intelecto sin corazón. Es por esto que, una vez logrado su experimento, no rechaza de inmediato a su creación, como sucede en la novela, pero no por empatía sino por curiosidad científica. Es sintomático que el rechazo de Victor Frankenstein a su creación no proviene de la grotesca monstruosidad de su físico, sino por su supuesta falta de inteligencia. Victor Frankenstein en la película es un hombre impaciente que replica los métodos de enseñanza de su padre, métodos infructuosos con una criatura que acaba de nacer y que solo repite una palabra una y otra vez: Victor, su nombre. Incluso su hermano pequeño, William, le pregunta en un momento dado si es inteligente, con miedo y aprensión.

Y es por esto por lo que Victor también trata a la criatura como tratamos a las criaturas no humanas, o que consideramos no del todo humanas, con las que cohabitamos el mundo pero respecto a las que nos sentimos superiores. O como se ha tratado y se trata a las mujeres, por verlas más cerca de la animalidad. Aquí Elizabeth, que en esta versión se convierte en la prometida de su hermano y no en la suya, sirve de contrapunto a la crudeza de Victor mostrando no solo curiosidad intelectual por la criatura (a ella, al fin y al cabo, nos la muestran interesada en insectos, algo supuestamente impropio de la naturaleza femenina) sino también paciencia y empatía, que finalmente da sus frutos pues le enseña a la criatura otro nombre, el suyo, revolviendo así los mommy issues sin resolver de Victor. La figura paterna de Elizabeth tampoco es precisamente un dechado de virtudes. El mundo patriarcal de Frankenstein, tanto en la película como en la novela, es un mundo deprivado de lazos afectivos duraderos y cariñosos, que son los que al fin y al cambo sustentan la vida. Los padres en Frankenstein ven a su progenie como posesiones, no como seres humanos; esto queda establecido al principio de la película, cuando el Victor niño dice que su padre «se había casado con mi madre en gran medida por conveniencia, ya que su dote era considerable y su linaje noble. Proporcionó a mi padre los medios para preservar su rango y patrimonio familiar». Así que no es extraño que Victor vea a su creación como una posesión también, algo que si no funciona como él espera pueda ser descartado, del mismo modo que un padre puede desheredar a un hijo si no cumple con las expectativas del legado familiar.

Criatura… eh… cosa… tú… ¡Sienta! (Hasta a los perrillos lo primero que hacemos es darles un nombre)

Y para mí aquí viene el mayor problema de la película. Mientras todo parece indicar que la criatura, rechazada y sin nombre, tendría que replicar al menos una parte del comportamiento de su progenitor, perpetuando el ciclo de víctima y victimario que la violencia doméstica puede reproducir, esta es todo lo contrario: todo corazón y perdón. Mientras que la novela es una exploración de cómo el ser humano crea el mal a su imagen y semejanza, aquí la criatura es la representación de la pureza. Y siento ponerme las gafas de petarda, pero en el libro la criatura comete actos malvados y terroríficos, incluso si estos actos están propiciados por el rechazo y el aislamiento social. Mata a un niño pequeño y le cuelga literalmente el muerto de forma taimada a su cuidadora, que luego será ejecutada por el Estado. Mata al hermano pequeño de Victor y, cuando éste rompe su promesa de hacerle una compañera, mata a su prometida en la noche de bodas. Aprende el lenguaje pero usa la retórica de forma astuta y torticera. Aunque desde luego hay una diferencia entre la situación real de la criatura y la situación percibida de un incel, los argumentos que usa para convencer a su creador de que le cree una vida no dejan de ser, básicamente, que tiene derecho porque así lo ha leído en la Biblia. Aquí, en cambio, todos esos vicios o defectos se le atribuyen a Victor. Sí, la criatura mata a unos marineros daneses como si nada en su persecución del creador, pero las muertes se consideran siempre en defensa propia. Aquí es Víctor quien le cuelga el muerto a la criatura cuando le dice a su hermano que ha sido la propia criatura quien ha matado al que ere el benefactor del barón Frankenstein, un tal Harlander, para justificar que tiene que librarse de ella. La película se esfuerza tanto por que sintamos empatía por la criatura que la convierte en símbolo de pureza. Y Elordi esto lo hace maravillosa y conmovedoramente bien, qué duda cabe. Conmueve y te hace sentir empatía.

Frankenstein de James Whale (1931)

Acentuar la ternura de la criatura no es ninguna novedad. James Whale reforzó ese rasgo en su adaptación. El propio Whale, inmigrante británico, abiertamente homosexual en los años treinta y de clase obrera (su padre trabajaba en una fábrica de altos hornos y los Whale tenían una pocilga en el patio de su casa) seguramente nunca se llegó a integrar del todo en el ambiente de Hollywood. Su criatura es un marginado que además viste como un campesino mientras que su creador está plenamente establecido en la sociedad burguesa. Mary Shelley tampoco era ajena a esa sensación de aislamiento y abandono, del propio marido (Percy Shelley, a quien se le quería atribuir insistentemente su obra en vida, porque cómo iba a haber escrito aquel novelón una chavala de dieciocho años) y del famoso círculo de la casita de Suiza con Byron, Villa Diodati. Según su diario, después del 20 de julio de aquel verano de 1816 ya no la incluyeron en sus viajes por el lago, que realizaban casi a diario y, a menudo, dos veces al día. Después del 14 de agosto, cuando el “Monje”, Matthew Gregory, Lewis llegó a visitar a Byron, nunca volvió a ir a Diodati, aunque su amante siguió yendo allí la mayoría de las noches. Cuando su padre se volvió a casar, la madrastra quería que las niñas de la casa aprendieran a coser, cocinar o limpiar, nada de leer o escribir. El propio Percy (irónicamente, si se quiere leer la novela como un grito de rabia ante los momentos de soledad y abandono que sintió Mary) se identificaba con la criatura y esribió que «Es así como con demasiada frecuencia en la sociedad aquellos que están mejor calificados para ser sus benefactores y sus ornamentos son marcados con desprecio por algún accidente, y transformados por el descuido y la soledad de corazón en azote y maldición». Víctima y victimario se mezclan con frecuencia. Y la condición de la criatura como proscrito, el dolor que siente al verse rechazado y obligado a malvivir en los márgenes de la civilización siempre han inspirado a las identidades que se ven forzadas a habitar esos márgenes a sentirse identificadas con la criatura. Sin embargo, toda la empatía que se le concede a la criatura se le niega al propio Victor, convirtiendo el relato en uno profundamente maniqueo. Si para suscitar empatía y compasión se requiere que el «monstruo» tenga una conducta irreprochable y un corazón puro como la nieve, se exige una condición inalcanzable, un estándar inasumible, para el monstruo, para toda identidad marginal y para nosotros en tanto que sociedad.

Remember, remember the fifth of… digo: Festival 42

Queridas amigas y personas que habitáis al otro lado de la pantalla:

Hoy toca un breve post solo para decir que me han rescatado de entre los muertos y este viernes 7 de noviembre estaré en dos mesas redondas de lo que han llamado la MiévilleCon (claramente me han encasillado LOL…). La primera es a las 16:00 y se titula Traducir e interpretar el New Weird y la segunda y siguiente Liberando al Kraken. Lo Monstruoso en la obra de Miéville, a las 17:15.

Quienes me conocéis sabéis que lo paso increíblemente mal hablando en público, pero mal de llorar, así que si alguien va y quiere saludar y dar apoyo emocional, bien recibido será. Ahora mismo estoy replanteándome mis decisiones vitales, pero seguramente luego no lo pase tan mal como anticipa mi ansiedad. Eso sí, necesitaré tres días de manta y sofá sin gente para recuperarme, porque tantos estímulos me drenan la energía y me dejan en el mutismo más absoluto.

Hay cosas muy chulas por ahí y, personalmente, me da una rabia infinita que la de la traducción coincida con la de «Fantástico, gótico y horror pop» en la que está Roger Luckhurst, porque es uno de mis teóricos culturales favoritos, sobre lo gótico pero también más cosas (tengo hasta el libro de los pasillos, porque la liminalidad es uno de mis intereses más queridos), pero como no puedo hacer ghosting me la tendré que perder… Si decidís ir a esa no os voy a culpar porque es chef’s kiss.

La estancia será breve, pues el sábado por la mañana me vuelvo otra vez, pero no sin vergüenza y pudor, quien quiera saludar pues soy muy alta, pero generalmente inofensiva.

Apostillas al nombre de La Cosa

Ayer me comentó un amigo el vídeo, muy de buen rollo y con humor, algo de lo que ya era dolorosamente consciente: que era muy interesante, pero que por poner un pero tiquismiquis, había muchos cortes bruscos y que parecía que tenía un tic en el cuello. Así que voy a aprovechar esta anécdota para explicar por qué y contar algo de intrahistoria sobre el proceso de grabación y edición.

El día que había marcado para grabar todo, como siempre ya con el culo apretado porque no me dejaba mucho margen para la edición, me levanté alrededor de las 7 de la mañana. Bajé a mi pequeño psicodrama peludo para que hiciese pis, desayuné y luego ya me puse a preparar el sitio donde iba a grabar, poner los props y arreglarme para la ocasión. Todo aquello me llevó bastante tiempo, así que empecé a grabar más o menos a las 10 y terminé como a las 16, con una pequeña pausa para comer. Le dediqué tantas horas porque grabé la misma cosa cuatro veces, lo que significó horas repitiendo lo mismo, pero quisieron las diosas que la cuarta vez fuese la que mejor había quedado porque el encuadre no estaba torcido, sino recto (je, ahora que lo pienso, habría sido un toque irónico haber dejado en el vídeo dos enfoques: el recto y el torcido). Grabarse sola es lo que tiene. Que la cuarta vez que grabé aquello significó que también estaba hasta el mismísimo nardo de todo, espcialmente de mirar a cámara con mis mejores gestos, así que cuando terminaba una parte inmediatamente miraba hacia otro lado en plan «por favor, que acabe esto ya, estoy cansada», pero pensé ingenuamente que luego sería más fácil de editar aquello en cortes suaves. «Lo arreglamos en post», que dicen los expertos.

Por desgracia, no, no todo se arregla en «post», y aquello fue un infierno de editar y resulta que cada dos por tres parecía una paloma cucú. Cada vez que lo veía era «oh, dios, no», y me entraron ganas de rotular alguna broma al respecto o poner imágenes de movimientos espasmódicos de aves, porque qué menos que reírse. En muchas ocasiones, sí que lo pude disimular en transiciones (gracias a la ayuda también de Mi Estimable) aquellos gestos de hartazgo, o aprovechar que eran cortes donde no salía en cámara porque había imágenes o vídeo y solo necesitaba el clip de audio. Pero al ser tan rápido el movimiento de «por favor, sacadme de aquí» muchos se quedaron currucucú paloma porque si lo cortaba todo quitaba una palabra o el inicio de una frase, lo que convertiría el fragmento en ininteligible. Volver a grabar todo no era una opción.

Así y todo, para ser el primer vídeo de este tipo que hago y haber estado aprendiendo OpenShot básicamente sobre la marcha, pues creo que ha quedado francamente bien, mucho mejor de lo esperado. Todo lo que había leído al respecto sentenciaba que tenías que asumir que tu primer vídeo iba a ser un tremendo mojón, y no te quedaba otra que hacerlo, vivir con ello y aprender. Y aprender seguro que aprendí, y viviré con ello, pero sorprendentemente, para nada creo que haya quedado una mierda.

Aún así, aunque hoy a seguir aprendiendo OpenShot y a buscar truquitos de edición, grabación, iluminación etc., para mí siempre va a ser más importante el contenido que la estética, por más que me pirre la estética y lo teatral, que ya desde niña me encantaba imaginar escenarios con mi amigo del cole (recuerdo con cariño nuestras versiones tróspidas de Twin Peaks, con doce añitos, donde los protagonistas eran profesores del colegio y compañeros de clase: aquello sí que fue formativo). Como decía en el anterior post, y en otros más, en este entorno donde hasta las «aficiones» (¿sic?, sick!, sucks!) tienden a la profesionalización sin espacio para el juego, parece que hay que sacarse tres y dos másteres en arte dramático, comunicación audiovisual, musicología y qué sé yo para que no te dé vergüenza compartir algo.

Como para el siguiente me doy el tiempo que necesite y sin presiones, sin grabar cuatro veces en un día, pues espero no parecer una currucucú paloma.

Spooktober 2025 o de cómo me volví más loca de lo que ya estaba

Que estoy loquita no es ningún secreto, no elegí el nombre de este dominio en vano (es uno de los mandamientos: no elegirás el nombre de tu blog en vano), pero este mes me he vuelto más loquita si cabe. Me hubiera gustado leer más y ver alguna película más de las que había visto hasta ahora, pero es que resulta que se me metió en la cabeza hacer un vídeo sobre la historia del terror (o de lo gótico, como lo llaman los anglos, usanos, cabritish) y resulta que, investiga que te investiga, escribe que te escribe, pues mira tú por dónde lo que iba a ser un vídeo terminará siendo, si no me canso antes (o no los ve ni el tato), una fucking serie de vídeos. Porque la megalomanía, el exceso y el maximalismo nunca me abandonan. En realidad, si me preguntáis, hubiera preferido un podcast, porque es lo que más escucho y porque son infinitamente más llevaderos y fáciles de editar, pero los podcast en solitario se me hacen bastante pesados. Si tuviera amigüis con los que grabar un podcast, creo que elegiría esa opción, porque hablar de pasiones compartidas es mi identidad, pero como no tengo, pues tendré que seguir hablando sola.

El aquelarre

Se me metió en la cabeza, además, que sería una oportunidad estupenda tenerlo para Halloween y, como siempre, llego un pelín tarde. Conseguí terminarlo ater por la noche (con estoquiero decir, terminar de editar, quitar una cosa que me dijo YouTube que ñeñeñe, coyright, volver a subirlo…) y esta mañana a las siete, puf, salió publicado. Ha sido un proceso francamente estresante. Ya sabía e imaginaba que el proceso de creación de un vídeo es largo, a veces tedioso, y no pocas veces frustrante, sobre todo para alguien que nunca ha editado vídeo. Y si no se me hubiera metido en la cabeza que tenía que estrenarlo (me da pudor usar este sustantivo asociado a producciones culturales de envergadura y presupuesto cuando yo he grabado esto con un móvil en el salón de mi casa, con cero aspiraciones comerciales), «compitiendo» con lanzamientos como el de mi querida Florence y el Frankenstein de Guillermo del Toro (con el fucking Oscar Isaac) y no sé cuántas cosas más, si no fuese tan dura de mollera, se me habría hecho el proceso menos angustioso, tenso y agobiante. No digo con esto que no haya sido también divertido, ilusionante y enriquecedor. Solo que este plazo autoimpuesto me ha complicado las cosas.

Estoy muy orgullosa de cómo ha quedado a pesar de que es el primer vídeo así que hago y, lógicamente, el resultado en lo audovisual es amateur y mejorable. Por si no fuera poco, la mejor grabación en cuanto a encuadre fue la última, la cuarta, cuando estaba ya harta de repetir lo mismo, y a veces se nota. Estoy también muy orgullosa de cómo ha quedado en cuanto a contenido, incluso aunque creo que esto le va a gustar a cuatro frikis, porque seguramente nadie espera que para hablar de un género me ponga a hablar de una casa, pero ¡todo tiene sentido! ¡Perseverad!

‘Lord Nelson’s Reception at Fonthill’ en Gentleman’s Magazine,
abril de 1801. Del libro Gothic Tourism: Constructing Haunted England

Dicho esto, me queda un vídeo introductorio por grabar, donde explico cuál es el marco en el que me apoyo para esta serie, qué es lo que espero hacer, pero es que ya no me daba tiempo y estoy agotada. Así que lo voy a resumir brevemente en este post y, cuando tenga tiempo y ganas le dedicaré un vídeo cortito para que se entienda mejor (y para quienes no leen, pero sí ven vídeos). En ese vídeo que no he grabado aún quería expresar cómo el terror es un género (o un «modo» si no queremos ser tan específicas y pillarnos los dedos con las reglas) idóneo para explorar lo problemático de las fronteras, binarismos o dicotomías que usamos para dividir nuestro concepto del mundo: entre la identidad y la alteridad, entre la la razón y la locura, la naturaleza y la cultura, el pasado y el presente… Cómo no, ese proyecto empezó (o se intensificó, si queremos empezar antes en los inicios de la modernidad) con la Ilustración. Pero todo intento de poner fronteras culmina en la infiltración, la infección, y es ahí donde el terror brilla. El cerco se estrecha, las fronteras son porosas. Si en la novela gótica tradicional es el pasado barbárico (interpretado como un presente por muchos autores, solo que un presente-pasado pues está geográficamente alejado de la supuesta «civilización») el que amenaza con volver, en la época victoriana proliferan las casas encantadas, esa frontera de lo doméstico como lugar seguro. Y cuando se racionaliza ese fantasma surgen otros nuevos: el terror psicológico de Poe, donde es el propio yo el que está atormentado. Etcétera, etcétera.

Cada época intenta levantar nuevos muros: entre lo real y lo virtual, entre el ser humano y la máquina, entre el centro y la periferia. Pero el gótico y el terror persisten como fuerzas que ponen de manifiesto lo frágiles que son esos muros.

Así que, pensando en eso, quise hacer que cada vídeo explorase un binarismo y sus fronteras, no tanto una disertación histórica y cronológica con un enfoque historicista y evolutivo. Al primero lo he llamado «Lo recto y lo torcido», por sus connotaciones de razón como contrapuesta a la locura, pero también por sus asociaciones con la arquitectura clásica y el nuevo gusto por lo desmesurado que estallaría en el Romanticismo y por el corazón queer que está en el centro de lo gótico. Este es, probablemente, el vídeo más circunscrito a un periodo, sin salirme de él, porque al empezar a escribir el guion me di cuenta de que era importante analizar una parte, quizá menos explorada y conocida, de los orígenes de lo gótico (o, insisto, el terror: yo vengo de Filología Inglesa y aunque no sean, necesariamente lo mismo, en este ámbito muchas veces se usan indistintamente) y acabé dejándome llevar por la historia. Quizá, más adelante, vuelva a ello desde otra perspectiva, porque hay ahí un potencial desaprovechado.

Strawberry Hill, la cuna de lo gótico. En el vídeo explico por qué

No está de más recordar que esto es algo que hago en mi tiempo libre. No es un trabajo, ni me pagan por ello. Esto es casi más un recordatorio para mí misma que para el resto del mundo, pero no está de más que también el resto del mundo, o sea, los cuatro gatos que lo vana ver, lo recuerden también. No quiero llamarlo hobby, o afición, porque siento que banaliza una pulsión y una pasión como algo que solo sirve para pasar el tiempo sin dejar poso alguno, cuando la vida es precisamente eso que llamamos hobbies. Lo que quiero decir, a modo de descargo de responsbilidad, si queréis llamarlo así, es que, aunque me esmero por que no haya errores fácticos, tampoco se trata de rodar una tesis doctoral. ¿Te imaginas el aburrimiento? No puedo explicarlo todo y es lógico que faltarán cosas. En segundo lugar, investigar, por pedante que suene, es lo que más me gusta en este mundo, pero también me gusta hacer el payaso, decir tonterías, hacer bromas, ser intensa, y el tono académico en eso es rígido y, a veces, asfixiante. El tercer punto, eso sí, es el más importante: esto lo hago en mi tiempo libre y quiero poner yo mis normas. Sin prisas, sin presiones (lo que incluye la presión propia), sin más pretensión que hacer algo que me gusta y a mi ritmo. No me voy a comprometer a tiempos ni a medir al peso la cantidad de vídeos que haga. Y si me canso, la vida se interpone, o no le interesa a nadie, pues me relajo y me dedico a mirar el techo.

El proceso de investigación lo tengo más que trabajado, porque son muchos años ya, pero el técnico me temo que no. Ahí sí que trataré de mejorar para que el aspecto visual (y auditivo) sea más placentero, pero insisto en el párrafo anterior. Amo a Contrapoints, pero no tengo ni el tiempo ni el dinero de montarme Lo que el viento se llevó versión video ensayo. Si algún día lo tengo pues igual lo hago o igual me dedico a hacer pasteles, qué sabré yo lo que me depara el futuro, pero a día de hoy solo tengo un móvil y un trípode con luz y unos muy rudimentarios conocimientos de edición de vídeo con OpenShot. Es más, aunque a veces me enajeno con estas pulsiones megalómanas sobre Hacer Cosas con mayúsculas, en el fondo hay una parte de mí que detesta lo profesionalizado que está todo en interne ahora mismo y que para cualquier cosa necesites armarte de no sé cuántas herramientas y estudiar trescientas carreras: de oratoria, de edición, de teatro, de imagen y sonido… ¡Déjame vivir! Una parte de mí añora ese otro internet un poco más cutre, menos empaquetado.

También soy muy consciente de que estamos en un entorno saturadísimo de contenido y confieso que siento una leve punzada de culpa de arrojar más contenido al mundo, como si mis palabras fueran ropa low cost que termina en un vertedero después de tres usos. Pero os voy a contar un secreto: yo de adolescente quería ser periodista (y escritora) porque quería contar cosas y pensaba que mi voz importaba. Estudié un semeste, la carrera me parecía un aburrimiento y lo dejé para dedicarme el siguiente semestre a leer y ver conciertos. Pero la pulsión no había desaparecido. Si eres una mujer que cree que tiene algo que contar y te atreves a hacerlo en público te van a llamar narcisista en un día bueno, cosas peores en otro no tan bueno, pero no quiero que nadie me agoste ese deseo. «Contenido» es una palabra horrible, por vaga e imprecisa, porque mide las cosas al peso y deshumaniza algo tan humano. A mí me gusta contar historias, siempre fui esa rarita cuyo intento de búsqueda de contacto con el otro se basaba en las pasiones compartidas, y no quiero que nadie me arrebate eso, así que me agarro a esa tela deshilachada de autoestima que me queda al confiar en que mi voz importa y que igual a alguien al otro lado le interesa lo que tenga que contar. Porque las historias y las ideas son mi pasión.

Dicho esto, pues aquí tenéis el vídeo, el primerito, recién salido del horno. Ojalá os guste

El spooktober llega pronto: miscelánea de películas vistas en tiempos de crisis

Están siendo unos días regulinchis en casa porque no sé qué le ocurre a mi perra nonagenaria, aka el pequeño psicodrama peludo. Siempre ha sido miedosa (la encontramos en la calle siendo un cachorro del tamaño de un hámster), pero en casa siempre se ha encontrado bien, en su lugar seguro. Y estos días no quiere bajar a hacer pis ni caca, apenas come o bebe y se pasa el día metida debajo del hueco exiguo que hay entre el sofá y el suelo, que es de todo menos cómodo y se la oye retorcerse, pero es lo que ha elegido. Así que, para distraerme de este tiempo de estar pendiente del psicodrama y olvidar mis penas y preocupaciones mientras llega el lunes, cuando la llevamos al veterinario, he empezado el spooktober antes de la cuenta y, para distraerme también, pues he decidido contaros las películas que me he visto últimamente. En esta casa de góticos y filogóticos es Halloween todo el año, como dicen Ministry, y de cine lo que más vemos con diferencia es terror, pero lo voy a contar como spooktober igual porque para eso es mi juego y me invento las reglas. Busqué una de esas listas de «las mejores pelis de terror en lo que llevamos de 2025» y decidí verme unas cuantas sin mirar atrás para pasar mejor la angustia existencial. Voy a ver si hago memoria. Sin orden particular…

Heretic (2024)

A ver cómo os explico. Podría haberse llamado Mansplaining: la película. La premisa es que a casa de Hugh Grant van dos jóvenes, ingenuas (una más que otra) y simpáticas mormonas para contarle cosas de su Señor y Salvador a un hombre en una casa y al final la turra se la llevan ellas. Hugh Grant interpreta a un hombre que necesita todo el rato explicarles lo que es la religión, con conceptos vagos cogidos con pinzas que trata de pasar como teología profunda y meditada y que en cambio parecen más una crítica «de los bollos», que decimos en casa de todo lo que es simple y cutre. ¡El hombre no deja de explicar cosas! ¡Le encanta oírse! Y supongo que la única forma que tiene de que alguien le escuche (¿spoiler alert?) es encerrando a las muchachas en casa para obligarlas a hacerlo. Me gustó mucho la escena inicial donde las chicas hablan de porn-o-grapahy, donde supongo que ya se establecía que la película iba de gente que habla, pero hubiera preferido escuchar a las dos hermanas que al tío pesado creyéndose listísimo. No puedo decir que lo pasara mal viéndola, me entretuvo, pero el concepto le queda grande como la ropa prestada de un hermano cinco años mayor.

Weapons (2025)

Supuestamente, la mejor película de terror del año. ¡Quién soy yo para decir lo contrario! Desde luego, mucho mejor que Heretic. ¿Mejor que Sinners? No lo sé. Sinners me gustó mucho también la primera parte, y la escena del baile me pareció memorable. Aquí me fallaron las expectativas, porque, siendo una gran película, pensé que sería mejor. Y eso no es culpa de la película. Tenía muchísimas ganas de verla porque Barbarian, la anterior película (y, si no recuerdo mal, opera prima) de Zach Cregger me encantó. Así que echémosle la culpa a las expectativas. La premisa desde luego es intrigante: una noche desaparecen todos los niños de una clase y no se les vuelve a ver. Todos menos uno. Ahí empiezan a diseminarse la paranoia y la conspiranoia. Abrir la caja de los misterios a veces es tan complicado como dejarla cerrada, pues el misterio igual no está a la altura de la promesa que el misterio ofrece. Pero ¿no es esa la premisa que está detrás de la conspiranoia? ¿Que detrás de todas las teorías sobre equis o zeta lo que está detrás del misterio es casi siempre más decepcionante y aburrido que el misterio en sí? Me gusta pensar en esos términos sobre la película. No en vano, con el personaje de Justine (una mujer soltera, encima), a la que la comunidad en busca de un chivo expiatorio tilda de «bruja», se desentierran varias capas de pasado de cazas de brujas de la historia de EE UU. Tiene una resolución que, en términos emocionales y no narrativos, resulta satisfactoria pero no del todo: es decir, no tenemos una catarsis completa porque sigue quedando un pozo de tristeza que el humor de la película no borra del todo.

Together (2025)

Hablando de sorpresas, ha sido la sorpresa del año, porque no sabía de la existencia de esta película. Y hablando de misterios, esta es una película a la que le habría quitado la explicación de lo sobrenatural (que sí me pareció muy de los bollos e innecesaria para lo que es la película en sí) y creo que manteniendo ese misterio sin buscar una causa de nada habría resultado fetén. Es una comedia de horror corporal que pone a prueba una relación de pareja en la vida real (Alison Brie y Dave Franco) creando momentos que van desde lo embarazoso, cómico y terrorífico al mismo tiempo. Una entidad sobrenatural busca que dos personas se conviertan verdaderamente en una sola (no es que sea tremendo spoiler cuando la primera escena de la película ya lo adelante y no hay cartel que no lo sugiera) y, bueno, os podéis imaginar. Ya digo, desconocía la existencia de esta película hasta hace poco más de una semana y ha sido una grata experiencia salvo por dos o tres cosas del guión que a mi parecer restan más que suman, la colección de momentos de mirar a través de los deditos de la mano que te has puesto en la cara hicieron que verla fuese muy disfrutable incluso a pesar de las cosas del guión que me sobraron.

Companion (2025)

Otra película cuya existencia desconocía hasta hace una semana, y otra película de terror más protagonizada por Sophie Tatcher, que parece la nueva Mia Goth (fascinada con el rostro de Sophie me hallo y encima con esa maravillosa voz ronca de fumar Ducados). La premisa de la película, que se supone que se descubre en un giro, es difícil de eludir cuando hasta el póster de la película te lo da a entender: que Iris es una compañera artificial, una fembot de tecnología avanzada a la que le puedes poner en los ajustes el tipo de inteligencia que quieres que tenga, del 0 al 100. Imaginad en qué rango de inteligencia ha elegido nuestro querido hombre protagonista: sí, él las prefiere un poco estúpidas. En estos tiempos en los que la misoginia de la fantasía trad wife parece haber resurgido, me ha resultado muy difícil no leerla como una peli de terror que va del horror que se esconde detrás de ser una trad wife: la pesadilla de complacer los deseos masculinos. Toda la película es, destilando décadas de películas con portagonistas y temas parecidos, una alegoría poco sutil pero muy disfrutable del despertar feminista de una mujer, con un guiño al «amiga, date cuenta» al final.

Get Away (2024)

Dios santo, no sé ni por dónde empezar. No entiendo cómo llegó está película a la lista, porque aunque sea otra de esas comedias un poco gores de terror que no están hechas para tomarlas muy en serio, el humor me ha parecido tan de Benny Hill que no he conectado en absoluto con ella. Perpleja también me ha dejado la política detrás de la película: ¿es una sátira del turista británico?, ¿un comentario de las ansiedades británicas post-brexit?, ¿el pasado imperialista de la nación cabritish? Desde luego hay una sátira de lo que se ha venido en llamar folk horror y parte de los clichés del género (incautos que terminan en una pequeña comunidad extranjera, o lo bastante lejana de la metrópolis como para considerarse extranjera, ajenos a sus costumbres), igual con la pretensión de trasladar la idea de que los malos somos nosotros siempre, y no el otro. Francamente, ni idea. Supongo que tanta vergüenza ajena o eso que ahora llamamos cringe no es para mí.

Presence (2025)

Esta sería una de esas pelis en las que miles de fans del género gritan al unísono: ¡pero que no lo llamen terrooooor! Porque no da miedo, es cierto. Y también porque la película no quiere exactamente contar una historia de miedo que dé miedo, aunque no le falten elementos del género, sino jugar con los recursos de un género como el de las casas encantadas sin zambullirse en todos los tropos. Y, al ver que era de Soderbergh, pues me dije: palante. Y me pareció muy disfrutable. Todo está narrado con planos subjetivos donde lo que ve cámara representa lo que ve la presencia que habita la casa, un recurso que en sí mismo no es megaoriginal (ya hemos visto esos planos subjetivos, sin ir más lejos, en el primer Halloween), pero al mantenerlo toda la película resulta bastante menos «en tu cara» y más contenido, dándole un aire melancólico a toda la película. La soledad del fantasma. Me ha gustado todo el ambiente mundano del drama doméstico que tampoco necesita más fanfarrias para funcionar, sin grandes sustos ni grandes revelaciones. La película es como un buen canapé y sabe que lo es.

Drop (2025)

Supongo que esta encajaría mejor como thriller psicológico que como terror, pero estaba en la lista y yo soy, a veces, muy obediente. No tengo mucho que decir de ella. Es un thriller de estos tecnológicos donde una mujer tiene que hacer lo que un desconocido le dice que haga a través de mensajes de texto durante una cita para cenar o matan a su hijo. Me pareció muy peli de Antena 3 después de comer, que te la ves en tu torpor y no te molesta, pero poco más.

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Y eso sería todo, amigas. Durante el año también he visto otras como Bring Her Back (de la que no esperaba nada y me gustó más de lo que en un principio anticipé, aunque Talk To Me me pareció superior), The Damned (si Presence es un canapé este sería un postre ligero), que no tardé en ver porque me dicen «terror en Islandia» y ya estoy poniendo las palomitas, Sinners, 28 Years Later (la única de todas que he visto en el cine y, bueno, vale…; el año pasado volví a ver la primera y me pareció decepcionante comparada con el recuerdo que tenía de ella) y alguna más que no recuerdo. De aquí a que acabe verdaderamente el spooktober seguramente caiga alguna más porque en esta casa tenemos fijación con el terror. O, al menos, con cierto tipo de terror.

Ahora, con vuestor permiso, me vuelvo a mi pequeño psicodrama peludo.

Battlestar Galactica: hay que decirlo más

Este año que he estado enfocada en la investigación durante mi tiempo libre, en el tiempo libre que me dejaban los restos de tiempo libre, el cuerpo me pedía revisitaciones, que no dejan de ser un lugar seguro y confortable en el que más o menos sabes que esperar y que, por tanto, no te exige demasiado ni cognitiva ni emocionalmente. De hecho, me empecé a ver Breaking Bad por primera vez (debo de ser de las pocas personas de España que aún no ha visto esta serie), pero decidí que no era el momento y puse el visionado en pausa. Me volví a ver The Expanse, me leí todos los libros de The Expanse, me volví a leer El señor de los anillos… y me volví a ver la que es, si no mi favorita, una de mis series favoritas de ciencia ficción de todos los tiempos: la serie reimaginada de Battlestar Galactica. Y, salvo algunas cositas™, qué bien ha envejecido. No me voy a poner a escribir de todo, lo que me gusta y lo que no, porque no me daría la vida. Obviamente, se vienen espoilers.

Lo primero que llama la atención en el clima cultural en el que estamos metidas hasta las trancas es que es una serie de trasfondo apocalíptico que trata, por todos los medios, de mantener algo parecido a una civilización en lugar de recurrir a la barbarie, como esas otras series en las que se trata la supervivencia como una caricatura darwiniana o aynrandiana donde impera el dominio del más fuerte, la sospecha y el egoísmo por encima de la colaboración o el altruismo. La premisa argumental de la que parte la serie se basa en que casi toda la humanidad salvo unas cincuenta mil almas ha sido erradicada del universo por los hijos de la humanidad, los cylon, en un ataque coordinado a las doce colonias humanas, unos planetas que llevan nombres que recuerdan al zodiaco. Por tanto, la civilización se ve reducida a un puñado de naves, civiles y de recreo, y una sola nave de combate, la Galáctica. Así Battlestar Galactica utiliza el escaparate televisivo para tratar temas serios como la tortura, el terrorismo, la guerra y la política en tiempos de crisis y reflexionar sobre ellos. Fue en su momoneto uno de los mascarones de proa de lo que se ha venido en llamar, sin alardes de ingenio, «la televisión de calidad», una noción problemática en cuanto da a entender que la televisión anterior no lo era.

Aquí, performando la caída moral de Occidente como en los JJ OO con otro pastiche del cuadrito de La última cena

Aunque es ciertamente sombría (un tono que se traslada a la paleta de colores de la propia serie) nunca termina de caer en el nihilismo. Es decir, aunque explora los grises y los dilemas, nunca parece decirnos que da igual elegir una cosa y otra y que las acciones deplorables se ven justificadas por las situaciones extremas que las provocan. La serie recoge el guante de una serie menor como fue la Battlestar Galactica de 1978 (que no he visto, pero que con lo poco que sí he visto tampoco tengo ganas de ver), recicla un par de conceptos y personajes y la lanza con fuerza a la parrilla de televisión con una miniserie que no se deja nada ni para después ni por si acaso. En los dos primeros episodios de esa miniserie, que hoy sería un piloto un poco largo, se nos muestra la destrucción de la humanidad y el conflicto político y militar que acarrea. El hecho de que ya en ese «piloto» veamos cómo lo primero que se trata de hacer es formar un gobierno con lo que queda del gabinete, que el poder militar ceda ante el poder político, es decir, que se decida que la supervivencia es un asunto sobre todo político porque la guerra está perdida, conrasta con otras series de corte apocalíptico que recurren a lo tribal sin interés por el bien mayor. Y en una época tan complicada y virulentamente misógina en lo que respecta a las mujeres y el poder, nos colocan a una presidenta, antes Ministra de Educación, y encima tratan a ese personaje con respeto. Incluso le conceden un romance maduro con el opuesto que la atrae, el comandante Adama, que es de lo mejor de la serie. ¿Cómo no te va a gustar?

Amor talludito. Los más mejores

Battlesar Galactica, la guerra contra el terror post 11-S y la ansiedad sobre la emasculación

Decía al comenzar este post que la serie había envejecido bien y no me refería solo al plano técnico (donde obviamente se notan los *gasp* veinte años que tiene desde que se estrenó, pero sin que se vea ahora como risible o falso) sino a cómo se combinan lo universal y concreto, de forma que puedes ver a qué hechos del mundo responde sin que se vea ahora desfasada. Para cualquiera que haya visto la serie es sobradamente conocido lo mucho que influyeron los ataques del 11 de septiembre y la posterior «guerra contra el terror» en Battlestar Galactica, y si acaso podríamos discutir el grado de relación que tiene el producto cultural con el tejido social del que proviene y viceversa. Para empezar, mientras en la BSG original no hay ningún ataque terrorista, la serie reimaginada decide empezar su largo episodio piloto con una serie de ataques terroristas coordinados a todos los planetas habitados por humanos, las doce colonias de Kobol, explorando una ansiedad terriblemente real en 2003.

Lo que podría leerse como crítica más mordaz de BSG a la administración Bush y su política exterior no llegaría hasta los episodios consecutivos «Occupation» (3.01) y «Precipice» (3.02). Cerca del final de la segunda temporada, la flota colonial descubrió un planeta habitable, lo bautizó como Nueva Caprica y comenzó a colonizarlo bajo el liderazgo del nuevo presidente, Baltar. En el final de temporada, los Cylons localizaron e invadieron Nueva Caprica, donde permanecieron como fuerza de ocupación. En la tercera temporada, los que hemos identificado «buenos», o sea, algunos humanos, que ahora malviven en un planeta ocupado por los cylons, de nombre Nueva Caprica (que recuerda no solo a muchos territorios ocupados sino también a un campo de concentración), deciden inmolarse con explosivos para causar daño al enemigo. Tras ser liberado después de una larga tortura que le cuesta un ojo, el coronel Tigh ordena una escalada de los ataques contra los Cylons que incluye atentados suicidas. En uno de ellos, un terrorista suicida se inmola en una ceremonia de graduación de la Policía de Nueva Caprica (NCP), matando tanto a humanos como a Cylons. Dado que los Cylons son considerados ocupantes indeseados, cualquier humano que les ayude uniéndose a la NCP es considerado un colaborador traidor y, por lo tanto, un objetivo legítimo. Mientras que BSG había codificado anteriormente a los humanos como los Estados Unidos y a los Cylons como el enemigo, estos episodios invierten esa fórmula. Esta problematización del «nosotros o ellos», sin emgargo, ya había aparecido anteriormente en el arco de las torturas de prisioneros cylon (Leoben, Gina, Sharon), arco que resulta más que sugestivo de las posturas deshumanizantes del ejército estadounidense tras lo que se conoció de la prisión de Abu Ghraib. Las repetidas referencias a los cylons como «máquinas», así como el uso más despectivo de los términos «tostadoras» y «skinjobs», funcionan retóricamente para justificar la violencia contra todos los cylons. Además de degradar a los cylons, ese lenguaje los homogeneiza, reforzando la percepción predominante de que todos son iguales y, por lo tanto, pueden ser tratados como un enemigo sin nombre y sin rostro. Lo problemático de la «deshumanización» es que los cylon son finalmente aceptados en cuanto se acercan a la categoría de humanos (tienen emociones reconocibles por nosotros, son capaces de recordar, se redimen por amor y, finalmente, tras la destrucción de las naves de resurrección, obtienen el «don» de morir), cuando dejan de ser la alteridad absoluta y tan radicalmente distintos que podemos reconocerlos como ciudadanos.

«¿Estás vivo? Pruébalo». Aquí la (mini)serie empieza fuerte, cuando la «máquina» le pide al humano que pruebe su humanidad, y no viceversa (also, sexy six)

Esta no es la única ansiedad post-11S que aparece en la serie. En el libro de Susan Faludi sobre Estados Unidos tras el 11-S (mucho menos conocido que Reacción, pero igual de recomendable), The Terror Dream: Fear and Fantasy in Post 9-11 America, la periodista ilustra cómo el miedo a la emasculación y a la feminización se apodera de la sociedad tras el ataque a las torres gemelas y el auge de historias que ensalzaban una masculinidad tipo John Wayne, el vaquero que rescatará a la dama en apuros. Escribe Faludi:

the last remaining superpower, a nation at­ tacked precisely because of its imperial preeminence, responded by fixat­ing on its weakness and ineffectuality. Even more peculiar was our displacement of that fixation into the domestic realm, into a sexualized struggle between depleted masculinity and overbearing womanhood (9).

Aunque no es un tema que salte a la vista de primeras en la serie, creo que sí hay una corriente subterránea de ansiedad respecto a lo que significa ser un hombre. Tenemos a la femme fatale sintética de Caprica Six, con su vestidito rojo minimalista, que no duda en usar su sexualidad para manipular al científico racional, Gaius Baltar, y que consigue con su flirteo tener acceso al sistema de defensa (la femme fatale, tanto la del cine negro tras la Segunda Guerra Mundial como en otras manifestaciones artísticas de finales del siglo XIX, ha sido leída como un producto de la ansiedad masculina ante el poder de la mujer que empezaba a ocupar el espacio público). También nuestra querida Sharon número ocho, tanto en su identidad como Athena o como Boomer, utiliza la sexualidad (consciente o inconscientemente) para conseguir sus propósitos. De hecho, las mujeres en Battlestar Galactica parecen existir para atormentar a los hombres: la esposa muerta de Adama, la mujer del coronel Tigh, la propia Starbuck, el suicidio de Dualla… Además, la serie está salpicada de indicios de esa ansiedad en torno a lo que significa ser un hombre. La propia Caprica Six incita a Baltar en numerosas ocasiones a «ser un hombre», cual Lady Macbeth, y cuando éste dispara a un militar con los fusibles de la cabeza fundidos y lo mata, Caprica Six le dice, satisfecha: «ahora eres un hombre». En la tercera temporada ―si no recuerdo mal― el hijo del comandante Adama, Lee, adquiere una forma blanda y redonda, poco masculina, que aunque está ahí para decirnos de forma algo trasnochada y un tanto gordófoba que el disciplinado militar «se ha dejado» no solo en sus funciones sino moralmente, transmite un mensaje de inquietud ante lo poco masculino de su aspecto. Este miedo a la feminización, cómo no, corría en paralelo en esos sitios de la internet donde hombres muy hombres se quejaban de que las mujeres venían a fastidiarles el juguetito con sus cosas de mujer™. En el portal The Spearhead (Freudian much? Aquí podéis leer la tontería completa de alguien que ha tenido a bien conservarla en su Livejournal), escribieron:

The new series instead had a lot of relationship drama and whiny men who were generally unable to find their way out of a wet paper bag. The new Battlestar Galactica was so feminized that one of the main characters from the original series, Starbuck (who was originally a man), was turned into a woman

Aparte de la ironía de quejarse de forma quejica de los hombres quejumbrosos, lo cierto es que resulta desconcertante hablar en esos términos cuyos personajes femeninos tienen lecturas, en no pocas ocasiones, problemáticas, como analizo después.

A Kara Thrace ‘Starbuck’ le chupan un huevo esas opiniones (also, en esa sonrisa me maté yo)

Sea cual sea la influencia histórica concreta de la serie, el contexto de guerra y huida en el que se enmarcan las cuatro temporadas hace que la institución militar tenga un papel protagonista, con sus controversias, aristas y puntos discutibles. Por ejemplo, el hecho de que se mantenga una civilización desde el principio, con sus correspondientes instituciones o un remedo de estas, pero que esta civilización esté compuesta de prácticamente un solo espacio que no es ni público ni privado, porque son unas naves en el espacio tratando de buscar el mítico planeta Tierra, hace que se diluyan conceptos como la familia (privado) en lo militar (público) y viceversa. El comandante y después almirante Adama es a veces un padre afable y protector y otras un militar severo. Lo primero humaniza la institución militar, porque, fíjate, si son personas como tú o como yo (ya sabes, «mira, si Charlie Kirk tenía mujer e hijos») y con eso parece que nos vale para depurar la imagen de todo una institución. Adama (militar y mejor persona) es un personaje que me encanta, ojo, pero a veces resultaba un poco cargante que quiera tener lo mejor de los dos mundos: ahora me comporto como un padre amoroso, ahora mandan mis galones. Sin embargo, es cierto que la serie deja claro que la civilización que surja en este nuevo mundo no obedece a estos espacios claramente delimitados y que hay que «retorcer las normas» (en palabras de Lee Adama) para garantizar la supervivencia, una estrategia en teoría transitoria.

Futurismo reproductivo

Hace ya un porrón de años me leí un libro interesantísimo (y que en su momento, zigoto que era, me pareció también denso y difícil de entender) que trataba de cómo la ciencia ficción utiliza la figura del niño, The Child to Come: Life After the Human Catastrophe, y que recurría en su análisis a la invectiva contra el niño y el futuro de Lee Edelman en No Future. Muy resumidamente, Edelman cuestiona la idea de que la política, tanto de la derecha como de la izquierda, se fundamenta en lo que él llama el futurismo reproductivo: que la figura del niño encarna el futuro y que, por tanto, la principal obligación de la sociedad es proteger y salvaguardar ese futuro, ensalzando al Niño como el símbolo que organiza la vida moral y política, y juzgando así cualquier posición política en tanto sostenga o no ese futuro. Tal es así que Edelman argumenta que lo queer se articula simbólicamente como antifuturo, antireproducción, o sea, la muerte, (¡la muerte!, léase con la voz del abuelo Simpson), aquello que no garantiza el futuro. Rebekah Sheldon recurre a este concepto en el antropoceno porque lo que antes se daba por sentado, la continuidad de la vida misma y, por tanto, la figura misma del niño, ya no parece tan clara en tiempos del cambio climático. En las palabras de su autora, pretende analizar «los usos figurativos y literales que le damos [al niño] en una época dividida entre un control tecnocientífico sin precedentes y un desastre ecológico igualmente sin precedentes» (104). Ahora, dice, hemos pasado de salvar al niño al niño que salva. Y no solo el niño que salva, sino, según Sheldon, una figuración única del siglo XXI del «niño como recurso» (2). Bajo los regímenes neoliberales actuales, el niño es una forma de capital disponible para su uso (o explotación) y no tanto una subjetividad a la que dar forma. Dentro de un esquema que Sheldon denomina capitalismo somático, el cuerpo es un conjunto de capacidades más que un sujeto unificado.

¿Quién puede matar a un niño? Hera, la niña híbrida, al final de la serie

Entre las películas y series que analiza dentro de lo que llama «apocalipsis de la esterelidad» está Hijos de los hombres y la propia Battlestar Galactica, que reavivan las ansiedades estadounidenses sobre la mujer estéril (otra de las propiedades, por cierto, de la femme fatale), algunas de las cuales aún resuenan con fuerza en las guerras culturales de la actualidad, como el pánico al suicidio racial inducido por los bajos índices de natalidad de las mujeres blancas en comparación con las migrantes y los discursos eugenésicos y esencialistas en torno a la salud del futuro de la nación. Algunas de esas ansiedades tienen su eco en la serie. Laura Roslin, que ya había dicho en la miniserie que lo mejor para la supervivencia de la raza humana era ponerse a tener niños y no continuar una guerra suicida, en algún punto de la serie decide prohibir el aborto a pesar de su feminismo para garantizar la reproducción, no por convicciones morales (tampoco había tenido escrúpulos en ordenar la muerte del híbrido cylon-humano, Hera) sino por su «valor como recurso» ante la disminución de la población humana. Los cylon están también extrañadamente obsesionados con la reproducción. En uno de los episodios más angustiosos de la serie, “The Farm”, que ocurre a principios de la segunda temporada, Kara Thrace ‘Starbuck’, piloto de Viper, bebedora y fumadora empedernida, y visionaria mística muy a su pesar, se encuentra en una sala de recuperación improvisada en un hospital de Caprica, ocupada por los Cylons. Aturdida por la cirugía, Kara despierta ante el rostro comprensivo del Dr. Simon O’Neill, que posteriormente descubirmos que se trata de un cylon tratando de crear una tecnología reproductiva para cylons, quien le dice que se encuentra en un hospital de la Resistencia, ubicado en los terrenos de un antiguo hospital psiquiátrico, recuperándose de una herida. En un momento de lucidez tras el sopor inducido por los medicamentos, Kara despierta después de un examen ginecológico que nos recuerda la turbulenta historia de los procedimientos de esterilización eugenésica llevados a cabo en hospitales psiquiátricos como ese, además del poder patriarcal y condescendiente de dar consejos no solicitados sobre reproducción a una mujer: «Hay que mantener el sistema reproductivo en buen estado. Es tu activo más valioso en estos días. Lo digo en serio. Encontrar mujeres sanas en edad fértil como tú es una prioridad máxima para la Resistencia. Y te alegrará saber que eres un bien muy preciado para nosotros», le dice Simon. Más tarde, Kara, que no quiere ser una mercancía, asesina al médico con un cristal roto y escapa de su habitación. En su deambular por el hospital tratando de encontrar una salida, descubre una granja donde media docena de mujeres yacen recostadas en camillas, con las piernas abiertas, en círculo alrededor de una terminal de control central, lo que nos recuerda también al trato que reciben los animales de granja y el miedo del ser humano a recibir el mismo trato que le damos a los animales, pues se parecen inquietantemente a vacas conectadas a máquinas de ordeño.

Es curioso cómo en la serie la maternidad y la reproducción le otorgan la identidad a las mujeres cylon. Las mujeres cylon de la serie (sexualizadas, además, de modos que no lo están los hombres) que están de alguna forma individualizadas, dejando a un lado el terror a la superabundancia de copias sin límite propia de los cylon, lo están todas en función de su relación con Hera, la niña híbrido, y eso es lo que les confiere su «humanidad» (y neutraliza su poder amenazante).

Papá y mamá

Observa Sheldon que al final de la serie los personajes, que han descubierto un planeta habitado y compatible con la vida humana también en términos de un ADN compartido, comentan cómo se ha reestablecido la relación «entre el hombre y la naturaleza» y que ésta es explícitamente masculina. Para ser una serie en la que no faltan personajes femeninos importantes y cuya búsqueda depende del carisma de Kara Thrace, la determinación de la presidenta Laura Roslin y la astucia política de las mujeres Cylon, hay extrañamente pocas mujeres en las primeras escenas en la Tierra. De hecho, no hay ninguna en los cruciales primeros momentos en su nuevo hogar. Los supervivientes deciden que empezarán de nuevo sin tecnología. Su decisión de «integrarse» (tanto en el sentido tecnológico como reproductivo) refleja una vertiente de la historia del colonialismo, y el grupo que toma estas decisiones es caricaturescamente colonial: todos son hombres, todos son blancos, todos son adultos, todos llevan uniformes de combate y, con la única excepción del coronel Tigh, todos son humanos. Cuando se reintroduce a las mujeres, es para que se vayan de forma para siempre. Roslin fallece a causa del cáncer de mama contra el que ha luchado a lo largo de la serie; Kara anuncia que «su viaje ha terminado» y desaparece, literalmente hace chas y desaparece de tu lado, sin más, demostrando así que su propósito había sido realmente místico y visionario, más que táctico o combativo; las mujeres cylons se alejan de la pantalla con sus cónyuges para seguir una vida como esposas de granjeros.

Cinco hombres y unos prismáticos. Aquí, de safari

Pues habrá que ir terminando

En fin, podría seguir tratando mucho de los temas complejos de la serie pero esto no es una tesis doctoral. La serie fue discutida profusamente no solo en foros sino en medios de comunicación convencionales, sobre todo en lo relativo a tratar de dilucidar cuál era su postura hacia la llamada «guerra contra el terror» y también ha generado debate académico en círculos más o menos reducidos, sobre todo en lo que se ha venido en llamar los aca-fan, o academic fan (un término que me disgusta y que descubrí hace solo unos meses, que como su nombre indica es esa persona del mundo académico a la que le gusta mucho algo y por eso se dedica a investigar dicho algo; por lo que sea, solo he visto usar ese término aplicado al estudio de productos de la cultura popular o frikis, porque todo el mundo sabe que la gente que hace una tesis doctoral sobre William Faulkner lo hace desde la asepesia más absoluta que no compromete su espíritu crítico y sin la menor involucración emocional, no por algo tan vulgar como que le guste). Algunos actores de la serie incluso fueron invitados a una cumbre de la ONU sobre derechos humanos, lo que resulta llamativo en cuanto a cómo se filtra la ficción también en el «mundo real» y no solo al revés.

Qué duda cabe, además, de que Battlestar Galatcica está detrás de otra de mis series favoritas de ciencia ficción de los últimos tiempos: The Expanse. No en vano, si vas a tu sitio de torrents de confianza y le das a buscar Battlestar Galactica, te ofrece resultados de The Expanse. En temática, magnitud y alcance guardan muchas similitudes, algo que dentro de un género como la ciencia ficción tampoco es inusual, de todos modos. Tenemos space opera, terroristas infiltrados, opresores y oprimidos, trasfondo político, episodios de estilo documental que narran «la vida en la nave». El montaje del arco en dos partes de “Pegasus”, además, recuerda al montaje de “Triple Point” de The Expanse. Ignoro si hay influencia directa, de todas formas. Para críticos como Dennis Broe en Birth of the Binge, The Expanse sería una versión recalentada de BSG y que ha perdido no solo las propiedades organolépticas sino toda la incisividad de la «original». No negaré que vivimos un momento de series derivativas, con algunos subproductos descafeinados, pero es que géneros como la ciencia ficción son de por sí derivativos y funcionan en un gran megatexto (como dice Broderick en Postmodern Science Fiction), es decir, en una gran red de referencias compleja, que no operan tanto en un orden jerárquico sino horizontal. Si bien el tono de ambas series es diferente ―Battlestar Galactica es mucho más sombría, The Expanse más luminosa―me pregunto si detrás de aseveraciones como esa no hay cierto prejuicio sobre que lo tortuoso es mejor que lo soleado. Battlestar Galactica, durante muchos episodios, se centraba en las áreas grises de la ética y la moralidad, y lo aplaudo. No compro, sin embargo, que la crudeza y lo retorcido (entendidos, además, como realismo o su cuñado lo verosímil) sean necesariamente mejores que presentar un lado más optimista y esperanzador. De hecho, a veces Battlestar Galactica se pierde en su propia complejidad.

Echando un vistazo a sitios como Reddit, parece haber cierto consenso, nada abrumador tampoco, de que ahora gusta más The Expanse, para llevarle la contraria a Dennis Broe. Yo aquí ni a papá ni a mamá, la verdad. Vista todos estos años después, Battlestar Galactica tiene episodios que son, para mí, historia de la televisión, como “33”, o el citado “Pegasus”. Anyway, ¿por qué elegir?

(Venga, voy a decirlo, que lo estabais esperando: So say we all!)