Ayer me comentó un amigo el vídeo, muy de buen rollo y con humor, algo de lo que ya era dolorosamente consciente: que era muy interesante, pero que por poner un pero tiquismiquis, había muchos cortes bruscos y que parecía que tenía un tic en el cuello. Así que voy a aprovechar esta anécdota para explicar por qué y contar algo de intrahistoria sobre el proceso de grabación y edición.

El día que había marcado para grabar todo, como siempre ya con el culo apretado porque no me dejaba mucho margen para la edición, me levanté alrededor de las 7 de la mañana. Bajé a mi pequeño psicodrama peludo para que hiciese pis, desayuné y luego ya me puse a preparar el sitio donde iba a grabar, poner los props y arreglarme para la ocasión. Todo aquello me llevó bastante tiempo, así que empecé a grabar más o menos a las 10 y terminé como a las 16, con una pequeña pausa para comer. Le dediqué tantas horas porque grabé la misma cosa cuatro veces, lo que significó horas repitiendo lo mismo, pero quisieron las diosas que la cuarta vez fuese la que mejor había quedado porque el encuadre no estaba torcido, sino recto (je, ahora que lo pienso, habría sido un toque irónico haber dejado en el vídeo dos enfoques: el recto y el torcido). Grabarse sola es lo que tiene. Que la cuarta vez que grabé aquello significó que también estaba hasta el mismísimo nardo de todo, espcialmente de mirar a cámara con mis mejores gestos, así que cuando terminaba una parte inmediatamente miraba hacia otro lado en plan «por favor, que acabe esto ya, estoy cansada», pero pensé ingenuamente que luego sería más fácil de editar aquello en cortes suaves. «Lo arreglamos en post», que dicen los expertos.
Por desgracia, no, no todo se arregla en «post», y aquello fue un infierno de editar y resulta que cada dos por tres parecía una paloma cucú. Cada vez que lo veía era «oh, dios, no», y me entraron ganas de rotular alguna broma al respecto o poner imágenes de movimientos espasmódicos de aves, porque qué menos que reírse. En muchas ocasiones, sí que lo pude disimular en transiciones (gracias a la ayuda también de Mi Estimable) aquellos gestos de hartazgo, o aprovechar que eran cortes donde no salía en cámara porque había imágenes o vídeo y solo necesitaba el clip de audio. Pero al ser tan rápido el movimiento de «por favor, sacadme de aquí» muchos se quedaron currucucú paloma porque si lo cortaba todo quitaba una palabra o el inicio de una frase, lo que convertiría el fragmento en ininteligible. Volver a grabar todo no era una opción.
Así y todo, para ser el primer vídeo de este tipo que hago y haber estado aprendiendo OpenShot básicamente sobre la marcha, pues creo que ha quedado francamente bien, mucho mejor de lo esperado. Todo lo que había leído al respecto sentenciaba que tenías que asumir que tu primer vídeo iba a ser un tremendo mojón, y no te quedaba otra que hacerlo, vivir con ello y aprender. Y aprender seguro que aprendí, y viviré con ello, pero sorprendentemente, para nada creo que haya quedado una mierda.
Aún así, aunque hoy a seguir aprendiendo OpenShot y a buscar truquitos de edición, grabación, iluminación etc., para mí siempre va a ser más importante el contenido que la estética, por más que me pirre la estética y lo teatral, que ya desde niña me encantaba imaginar escenarios con mi amigo del cole (recuerdo con cariño nuestras versiones tróspidas de Twin Peaks, con doce añitos, donde los protagonistas eran profesores del colegio y compañeros de clase: aquello sí que fue formativo). Como decía en el anterior post, y en otros más, en este entorno donde hasta las «aficiones» (¿sic?, sick!, sucks!) tienden a la profesionalización sin espacio para el juego, parece que hay que sacarse tres y dos másteres en arte dramático, comunicación audiovisual, musicología y qué sé yo para que no te dé vergüenza compartir algo.
Como para el siguiente me doy el tiempo que necesite y sin presiones, sin grabar cuatro veces en un día, pues espero no parecer una currucucú paloma.