Hace una semana, buceando de nuevo en el foro de reddit de a perimenopausia, encontré una frase que se me clavó. Una usuaria decía, y parafraseo porque no sé si podría encontrar las palabras exactas ahora: todo el mundo me había hablado de cómo las mujeres de más de 40 desaparecen de la esfera pública, pero de lo que nadie me había avisado es de que muchas de nosotras queremos desaparecer. La frase me atravesó porque acababa de sentir el mismo de deseo de desaparecer. No un deseo activo de quitarse de en medio, más bien el puro cansancio de existir. Muchas más mujeres en el foro se sintieron aparentemente atravesadas por la misma frase y contestaron que habían sentido lo mismo. Desde luego a mí nadie me había avisado de que los cambios hormonales durante el cilmaterio (sumados a unos más que probables problemas de tiroides, que están por confirmarse aún) me iban a afectar tanto a veces. Si a eso se le suma a que hay muchas personas (entre las que nos encontramos las personas neurodivergentes) que somos más sensibles a los cambios hormonales, el cóctel de cambios descacharrantes está servido.
Esa es una de las razones por las que no escribo aquí, aunque de tanto en tanto se me ocurría algo de lo que me apetecía hablar. La falta de energía, el letargo, la anhedonia, el cansancio… siempre se acababan imponiendo. Nunca he creído en el consuelo de tontos. A mí saber que miles de mujeres sienten cosas parecidas me alivia y me da valor. Pero el caso es que hay miles de mujeres sintiéndonos, sintiéndose, cada vez más irrelevantes. Y aunque siempre he creído que es justo esa irrelevancia la que inspira valor para hacer cosas fuera del ojo crítico («total, nadie me mira, así que ¿por qué no salir a la calle en bata?»), también hay algo trágico en ese difuminarse y desaparecer como la fotografía de Marty McFly. Hay algo liberador, sí, pero también melancólico en sentir que el mundo te pertenece cada vez menos; algo triste en saber que el mundo sigue cada vez menos sin ti cuando ni siquiera pudiste alcanzar aquellas cosas que te proponías. Y, al mismo tiempo, si tienes ganas de vivir siempre va a haber cosas que no alcanzarás antes de dejar ese mundo. Pero más allá de la filosofía individual de cada una sobre esa progresiva invisibilidad, el caso es que hay miles, millones de mujeres que llegan a esta etapa de la vida cansadas, cuyos problemas de salud son minimizados, cuyas voces son silenciadas. Y eso, cuando regresa la energía, te da una rabia inmensa. Al fin y al cabo, la irrelevancia en estos tiempos de internet y visibilidad es esa condena trágica, esa maldición griega sobre ti y tu prole, al fin y al cabo. Es el maleficio que se lanza desde el púlpito de las redes sociales, la condena a la que se castiga: perderte en la irrelavancia. Si bien es cierto que esa condena profética, esa maldición, la he visto lanzarse sobre todo a aquellas personas que con su desmedida autimportancia sentencian cosas que con tienen todos los visos de ser históricamente erróneas, eso tampoco le quita el aguijón a la irrelevancia misma.
Cuando le conté a mi doctora de cabecera los males que me aquejaban y que creía relacionados con temas hormonales (con la esperanza de empezar a despejar el camino hacia la terapia hormonal) me explicó que había dos escuelas de pensamiento en torno al climaterio. Una es la que considera que es un proceso natural, por lo que no hay que intervenir en él, y otra que está a favor de intervenir para no privar a las mujeres de los beneficios protectores de las hormonas. Con este último argumento no consigo qué tiene de buena la primera postura, máxime cuando la enfermedad y la muerte son también procesos naturales en los que la medicina siempre se afana en intervenir. Es por esto que millones de mujeres que ven su sueño interrumpido, su energía drenada, sus dolores multiplicados se preguntan si esto tuviera que pasarlo la otra mitad de la población habría debate alguno sobre equiparar lo natural con lo bueno o lo oportuno o inoportuno de intervenir en ello. Permitidnos que dudemos. Además, tampoco veo tantos debates enconados sobre la ideoneidad de trabajar hasta los 65 en términos de «naturalidad» y, bueno, si pretendes que trabaje hasta los 65 o más pues igual lo de intervenir es una inevitabilidad. A mí personalmente me la suda, pardon my French, si a mi biología lo único que le importa es mi sistema reproductivo y si soy o no fértil y cuando empiezo a dejar de serlo me descarta como una almendra amarga. Yo tengo que seguir viviendo, quiero seguir viviendo, y quiero hacerlo bien.
El caso, amigas, es que llevo un año agotada, con dolores y síndromes premenstruales apocalípticos donde todo es tenebroso, oscuro y catastrófico, hay días que me consume el llanto sin ninguna razón y me siento tan cansada que lo de desaparecer, a veces, no suena tan mal. Y si esto te suena a depresión, te insto a que retengas ese pensamiento y lo reevalúes. ¿Por qué tenemos un mismo nombre para describir lo que es un proceso hormonal que otro «psicológico»? Esto último entrecomillado porque tiene muchos matices, pero son dos procesos que son relativamente fáciles de distinguir, aunque por momentos te hagas luz de gas y pienses que igual todo está en tu cabeza, que eres una exagerada y una quejica, unos pensamientos plantados por el patriarcado y su desdén a todo lo femenino y por el capitalismo y la pleitesía que se rinde al dios de la productividad. No hay tiempo para parar, así que no te quejes. Con eso y con todo, esta etapa de la vida suele coincidir con una fase de cambios más allá de lo hormonal, como sucede con la pubertad y la adolescencia. Es la etapa en la que los padres enferman y mueren, cuando los hijos se hacen mayores o se van de casa y los roles que se tenían necesariamente cambian, en especial pasar a ser cuidadora de tus propios padres. No es mi caso del todo, porque ya hace años que perdí a mis dos padres (bastante más joven de lo habitual, sobre todo en el caso de mi padre, sobre todo cuando me comparo con mi entorno en el que la mayoría conserva los dos padres o al menos uno. Sin embargo, sí he pasado por ese rol de cuidadora demasiado joven y, como ya he comentado en las numerosas veces en las que he bablado de ello, el efecto ha sido devastador. Esta etapa de cambios, hormonales y sociales, hace que incluso seas más vulnerable a los trastornos de la conducta alimentaria, como la segunda pubertad que es.
El cansacio es real, pero la irrelevancia no es una opción.
En esos días apocalípticos he sentido también el aguijón de la irrelevancia en otros sentidos. Sin entrar en muchos detalles, las cosas no me han ido en la vida como esperaba. Si reflexiono sobre mi vida, creo que he tenido muy buena suerte en muchas cosas y muy mala suerte en otras pocas. No es que me entusiasme tener un perfil público, pero cuando fui a Barcelona al festival 42 me sentí de nuevo parte de algo, como en los tiempos de la editorial, es decir, dejé durante unas horas de sentirme irrelevante. Hablar con gente de cosas que me gustan, como los libros, escuchar a gente que a su vez me escucha. Volví a casa ilusionada, pero pasaron los días, se esfumó el hechizo y volví a sentirme irrelevante. No tengo grandes talentos, o al menos no tengo el tipo de talento monetizable, empleable, en este sistema. Aunque es difícil definirse a una misma por la poca distancia que separa al objeto de definición de la persona que la emite, algo de conocimiento sobre mí misma sí que tengo y diría que mi punto fuerte es la voraz y inagotable curiosidad por el mundo que me rodea y la capacidad de poner esa curiosidad al servicio del pensamiento. Tampoco es que eso me convierta en una genia, pero no se me ocurre mejor forma de decirlo. Por desgracia, todo eso lo he puesto al servicio de las humanidades y de sectores en crisis perpetua, lo que sumado a un contexto persona difícil y complejo no me ha facilitado mucho las cosas. Eso en la esfera pública. En la privada, tengo la suerte de tener en mi vida a alguien que me cuida, con el que he construido una vida digna de tal nombre (a base de que cada uno haga un sacrificio, porque las relaciones nunca son fáciles, ni «naturales») y que encima es mi mayor fan. Y eso justifica una vida, pero no dejo de preguntarme si puedo tener una vida «pública» más allá de la doméstica.
Hoy me decidí a escribir de algo personal, incluso cuando me había propuesto, al principio de abrir el blog, a no escribir de cosas personales (otro término que sin contextualizarlo resulta ambiguo, difuso, porque parece que traza una línea muy clara que no existe) porque me apetecía decir algo. Y, volviendo a esa inexacta definición de lo que es o no es personal (individual, íntimo, privativo de una sola persona), es algo que ocurre a muchas mujeres que deciden romper ese silencio y hacerse visibles. También tengo otras razones. Las tecnológicas que dominan nuestras vidas están haciendo muy difícil no ya estar en internet sino comunicarnos. En poco tiempo he mandado a la mierda WhatsApp, Twitter, Instagram y ahora va Telegram. A decir verdad, hace poco le di una oportunidad a Instagram de nuevo porque mucha gente que conozco lo sigue teniendo y gran parte de la cultura libresca se mueve por ahí. Duré dos días porque es una red social enmierdada hasta las trancas y encima detesto a Zuckerberg. A veces, sin embargo, echo de menos una red social de compartir fotos o de cosas así mundanas. Le di una oportunidad a Pixelfed y en términos de usabilidad iba muy bien, pero no hay gente y una red social sin gente no tiene sentido. Y esta semana me vi pensando… ¿y el blog? Ya, sí, no es el formato adecuado para fotos (y yo he escogido una plantilla muy dedicada a la escritura), pero…
Hubo un tiempo en el que el formato de blog «personal» estaba muy denostado, incluso cuando estábamos ya abrazando el ‘microblogging’, contando nuestra vida en sitios como Twitter. Sin embargo, como digo, el otro día me vi pensando que por qué compartimentar tanto la vida en pedacitos en cada app (aquí una foto, aquí una reseña, aquí una receta, aquí un outfit, aquí un pedo) teniendo un blog. Obviamente, el formato breve y las píldoras encajan mejor en otro lado, pero hay sitio para lo personal aquí. Hace un tiempo me leí el post en defensa de ‘bloguear’ en medio de las ruinas de Joan Westenberg. La imagen de vivir entre las ruinas me resulta siempre potentísima porque siento que la catástrofe ya ha tenido lugar y que estamos viviendo entre los escombros, no tanto que nos tengamos que preparar para una catástrofe que no ha ocurrido aún. El post resume un poco el sentir general de un entorno muy concreto en el que me muevo sobre el estado de las cosas en internet y cómo nos hemos dejado atrapar en plataformas propiedad de lunáticos, eugenistas, criptobros y otras gentes de peor calaña. Sugería que la solución a nuestros problemas siempre había estado ahí: el humilde y confiable blog. Dice que la blogosfera de mediados de la década de 2000 tenía sus problemas. Que era una comunidad insular y a menudo presuntuosa y pagada de sí misma, propensa a guerras entre gente que, si bien podía estar de acuerdo en el 95% de un post, discutía con furia sobre cómo el 5% restante era absolutamente imperdonable. Con eso y con todo, fue el caldo de cultivo de comunidades intelectuales auténticas. Qué tiempos, dice. La gente escribía largas respuestas a las publicaciones de los demás, respuestas que generaban a su vez más respuestas y se podía seguir el hilo de una discusión a lo largo de múltiples sitios y semanas de discusión. No menos importante, añade Westenberg, el formato recompensaba el pensamiento esmerado porque el pensamiento esmerado era legible de un modo que simplemente no lo es en plataformas diseñadas para una participación rápida e inmediata.
(Es gracioso, porque estoy haciendo justo lo que ella dice que se hacía a mitad de la década de 2000).
El resto del post continúa abordando las objeciones más frecuentes (aunque no todas) cuando se saca el tema de los blogs. Que nadie lee blogs. Que es difícil descubrirlos porque el algoritmo no lo permite pues privilegia el contenido para atrapar y secuestrar la atención. Y, desde luego, el blog no puede competir con según qué contenido breve diseñado para ser consumido de inmediato, pero es que el blog no compite en esa liga. El formato de toot/tweet/bluit (¿se dice así? No hablo Bluesky) no está diseñado para perdurar más allá de unas horas, aparte de no ser el más cómodo para según qué disquisiciones. Un post para el blog, en cambio, no. Está ahí siempre que quieras y si tiene que competir por algo es por perdurar, no para cautivar tu atención durante un día. Para mi sorpresa, Westenberg no menciona la competencia del formato audiovisual (los podcasts, los vídeos..) para ese contenido minucioso y extenso que antes solo se podía ver en el blog. Que igual no hay tal competencia, lo ignoro, pero siempre he pensado que la relativa popularidad de los ensayos en formato vídeo se debe a que ese contenido se trasvasó a un medio más acorde con los tiempos: oral y visual, no tanto escrito. Personalmente, yo que me he lanzado a esa aventura no lo veo tanto como una separación de esferas según el tipo de contenido, sino a qué me apetece hacer. Tengo preparado un guion muy largo para el segundo vídeo sobre el terror, que será bastante largo (y que no me pondré a grabar hasta que no me haya desaparecido el bocio este que me ha salido), y es algo que siempre pensé para vídeo. Además, puedo disfrazarme y hacer el bobo. Y otras cosas en mi cabeza nacen para escribir sobre ellas. Hay gente que se lamenta del formato vídeo, a pesar de que me parece el más popular ahora, y quiere post detallados. Pero yo tampoco voy a hacerle caso a todo lo que no le guste a la gente, siendo esa gente solo una fracción de gente, porque si no no haría nada. Como dice el meme, both is good.
Yo no sé si la gente lee ahora blogs o no. No puedo generalizar mi experiencia personal. Como alguien que escribe cuando puede en un blog (y que trata de hacer posts cuidados, documentados y argumentados), si fuera por las visitas o comentarios que recibo no escribiría nunca porque ¿para qué? (la irrelevancia, de nuevo, amenazando). En cuanto a mí misma como lectora, sí que reconozco que ahora leo menos blogs que antes y parte de ese contenido lo he trasvasado a los podcasts. Sin embargo, al leer el post de Westenberg si algo me quedó claro es que no basta con que la gente escriba blogs para sostener un ecosistema así: hacen falta lectores. Ella pone el foco en la escritura y poco en la lectura, a pesar de haber reconocido que la comunidad se mantuvo a principios de siglo porque había conversación. Así que, para este año, poco a poco, me he propuesto buscar más blogs afines de temas (o personas) que me interesan y leer y comentar. De la misma forma que no podemos mantener una comunidad de artesanos y tiendas del barrio si solo compramos en Amazon, este ecosistema digital no se mantiene con gente escribiendo sin lectores.
Así que, tras la enésima migración de plataforma en plataforma, huyendo de la enmierdación, pensé que igual no necesito trocear mi vida en distintos espacios. Me encanta que existan sitios que sean de reseñas de películas o de libros, desde luego. A mi chico le hace gracia que después de ver una peli me trague unas cuantas en IMDB. Voy allí buscando a ver qué ha dicho la gente. Sin embargo, incluso aunque las hay muy curradas (¡o muy divertidas!), no es lo mismo una reseña que un comentario crítico. No es lo que espero encontrar en cualquiera de las plataformas diseñadas para que la gente dé su opinión sobre un libro o una película. Hace un tiempo que la compartimentación se apoderó ya no solo de los ámbitos académicos, sino de la vida, y por eso se espera que los blogs sigan el mismo camino. Uno sabe que el blog de futanita es de informática y el de futanito de libros. Y dentro de los libros pues libros de, qué sé yo, fantasía. He leído y escuchado cientos de veces eso de que tienes que crearte tu imagen y tu marca para tener un público, que la gente tiene que saber qué esperar de ti. Pero, vamos a ver… ¡si ni yo misma sé que esperar de mí! Lo siento, no soy capaz de eso. Un blog personal no significa necesariamente algo insulso, sino una visión personal sobre algo. La verdad, me he cansado de ir de plataforma en plataforma y, oye, al final puede que la respuesta al «estar localizable» que me exigían hace poco sea esta. No necesitas abrirte una cuenta en ninguna red social para saber de mi vida, ¡estoy siempre aquí! Y para las tonterías en formato breve siempre me queda Mastodon. Lo que quiero decir es que no os extrañe si un buen día empiezo a poner fotos de mis modelitos para ir a clase. Asumiré los riesgos.
En parte, supongo, este post era para decir que sigo viva y pensando pensamientos, pero que al mismo tiempo la vida me ha pasado un poco por encima y que igual no consigo mucha regularidad escribiendo. ¿Que qué me espera? Pues me esperan unos meses calentitos. Primero una ecografía de la tiroides para ver si tengo una tiroiditis o ke ase (lo del bocio no es broma: ahora mismo me siento un pelícano). Tengo ganas de que sea que sí porque significaría encontrar la raíz del problema que llevo arrastrando un año (a los primeros párrafos me remito). Luego saber si me ha crecido el encondroma y me lo tienen que quitar (por lo visto uno de los dos que tengo está en mal sitio). Luego cita con el cirujano para saber si me tienen que extirpar la vesícula que tengo llenita de piedras. Y no sé si me dejo algo porque últimamente mi salud es, como dicen los americaners, un shitshow. Así que voy apagando fuegos mientras salen, pasito a pasito. Lo primero, lo de la fatiga extrema y el dolor articular y luego vamos viendo.
En estos días de ser un trapo, me he tragado todas las competiciones de patinaje artístico de los Juegos Olímpicos. Siempre digo que tengo una relación complicada con el deporte. No puedo evitar que me guste, si hablo desde las tripas, pero al mismo tiempo sé que es un lugar terrible donde los valores del deporte de competición los escriben los supervivientes. No puedo romantizarlo con la conciencia tranquila, pero al mismo tiempo me conmueven las historias deportivas. Y al mismo tiempo me resulta problemático convertir a las personas en historias. Podría seguir así cinco minutos más… Si no te has enterado del drama, resulta que uno de los dramones de estos juegos es que el candidato más firme al oro, Ilia Malinin (candidato por llevar invicto más de dos años, haber ganado el mundial dos años consecutivos y ser capaz de hacer cosas que ningún otro patinador es capaz de hacer, como un cuádruple axel, siendo el triple axel uno de los saltos más difíciles de ejecutar), tuvo un colapso absoluto sobre el hielo el pasado viernes. No soy experta, ni en deporte en general ni en patinaje artístico, que solo veo durante los juegos o pruebas muy especiales que echen en la televisión pública, pero es el mayor colpaso que yo haya visto en directo. No ya porque se cayera dos veces de forma estripitosa alguien que no está acostumbrado a caerse (el viernes se cayeron prácticamente todos los contendientes, fue agónico), sino porque era ver en directo cómo una persona se descomponía en directo. Ya no es que no fuera capaz de hacer saltos que normalmente le salen con facilidad, sino que todo el lenguaje corporal chillaba que quería escapar de allí y no podía, los pasos no tenían vida ni energía, la confianza se descascarillaba como pintura vieja, la máscara se le resbalaba del rostro. La noche, salvo para el ganador al que le salió todo, fue en general horrible de ver, el hielo estaba maldito, pero ese momento fue el más impactante y doloroso.
El deporte de competición, en general, es muy cruel, pero creo que hay deportes más crueles que otros. En el baloncesto puedes tener derrotas individuales (un día negro porque no te sale nada) y colectivas (porque el equipo pierde), pero no todo depende del día de a la hora hache. Sí, las finales olímpicas o de un europeo, pero también es un deporte colectivo con responsabilidad compartida. Y, dentro de que es un desfile de lesiones, como todo deporte de alta competición, la vida media de los jugadores es bastante más larga que la de los patinadores. Mucha gente decía «no pasa nada, solo tiene 21 años, ya tendrá otra oportunidad en los próximos juegos», pero lo trágico es que 21 años es ser muy joven para todo menos para el propio patinaje. 25 años que tendrá en los siguientes juegos es ser viejo para un deporte en el que la gente no es capaz casi de caminar a los 40 de lo machacado que tienen el cuerpo, especialmente estos que se dedican a hacer los saltos más difíciles y explosivos. Así que igual tiene otra oportunidad, sí, pero también es muy probable que no.
Todo esto me ha hecho pensar en el poder de las historias. El bueno y el malo. Contamos historias (sobre nosotros, sobre las personas, sobre el mundo) para crear un poco de orden en el caos de la existencia. Puede que la historia refleje un orden oculto que no vemos desde la experiencia, o puede que se lo invente y lo construya para trazar un camino transitable. Pero ¿no hay algo también un poco deshumanizante al convertir a las personas en historias? La historia del regreso heroico del caído como un guion que hay que cumplir si quieres redimirte. Las historias que nos contamos de nosotros mismos que de repente se convierten en mandamientos que no puedes transgredir porque todo el mundo espera que representes esa misma historia aunque no resuene contigo Las historias que inventamos para los demás, especialmente ahora que vivimos bajo el ojo público en mayor o menor medida. Las personas convertidas en carne para alimentar la maquinaria de las historias. Are you not entertained? Y encima muchas de ellas son historias malas: sin complejidad, sin matices, sin facetas ni dimensiones. Las historias pueden enseñarnos empatía, si somos capaces de contarlas bien, qué duda cabe, pero sin la voluntad de un lector atento la enseñanza tampoco cuaja. Al final, como en el caso de los blogs, para mantener el ecosistema hace falta comunicación.
Y lo voy dejando aquí hasta la próxima. Tengo algún proyecto entre manos, pero lo primero es recuperar la salud perdida y el tiempo dirá después. Nos leemos pronto.