Severance, el sufrimiento y el capitalismo neoliberal

Hace ya unos años, que ahora parecen tan lejanos como cercanos (veo la fecha en el informe y no me creo que haya pasado ese tiempo ya porque me sigue resultando cercano y, al mismo tiempo, otra vida, otro yo) pasé una depresión malísima. Aparte del sufrimiento que viene ya de serie con un trastorno de ese tipo, recuerdo con nitidez que una de las cosas que me hacían sentir peor, inadaptada a la vida, era no tener trabajo. Mi madre había muerto después de un tiempo de demencia en el que hasta poco antes de su muerte no solo había sido su cuidadora principal sino la tutora legal. Estaba desgarrada, pero también quería recuperar el tiempo perdido (que sentía idiotamente robado, el tiempo que me habían quitado y del que todos los demás disfrutaban) a toda costa, porque además antes de que mi madre se demenciara había sufrido el cáncer de mi padre, del que me había hecho cargo emocionalmente, porque mi madre no era capaz y mi hermano estaba ausente. En poco tiempo me había quedado huérfana, pero la gente a mi alrededor había seguido con sus vidas. Yo no sabía cómo continuar con la mía: ¿me embarcaba en el sueño perdido de tratar de dedicarme a la investigación o viraba hacia algo más corriente? ¿Qué podía hacer con mi errática (in)experiencia profesional? Y entonces, lejos de recuperar mi vida, el tiempo perdido, llegó la depresión y tres ingresos en agudos. Y tenía que lidiar con sentirme inútil porque no tenía trabajo, ni tenía carrera profesional ni ninguna de esas cosas que te ponen el sellito de valía en el mundo capitalista. El trabajo es lo primero que te preguntan cuando te conocen (¿a qué te dedicas?) y las bios de los perfiles de redes sociales están llenos de carreras profesionales a modo de presentación: ingeniero, diseñador, traductor, profesor, escritor, dibujante, periodista, investigador. Cuando no hay carrera aún, recurrimos a los estudios. Pero ahí estaba yo, llorando en urgencias porque me sentía inútil y sin valor porque «me mantenía» mi marido, porque no tenía trabajo, incluso habiéndome dejado los cuernos por la familia y eso no tenía reconocimiento, si acaso lástima. Y encima: ¡qué mala feminista!, sin trabajo pero «viviendo del marido». Por eso, ya mejor, incluso si en mi fuero interno sabía que yo era alguien, un ser humano merecedor de respeto, aunque no pudiese usar una tarjeta de presentación laboral, sentía la vergüenza social y la ansiedad de que alguien me preguntase: ¿qué haces? como atajo a ¿quién eres? Gran parte de mi rehabilitación ha sido desligar, en la medida de lo posible, mi autoimagen de esa subjetividad neoliberal y ha durado mucho más que la propia alta de la depresión, que me di yo misma.

Y así venimos al mundo

Hace unas semanas terminé la segunda temporada de Severance, esa serie sobre los rituales absurdos de la cultura corporativa y la alienación en el capitalismo. Creada por Dan Erickson, cuyo propio sufrimiento en el mundo del trabajo sirvió de inspiración para la serie, y dirigida por Ben Stiller, que atenuó un poco las partes más lyncheanas, su primera y segunda temporadas exploran, en mayor o menor medida qué significa tener un yo en el capitalismo tardío, no solo en el trabajo, o el fantasioso equilibrio ente vida laboral y personal, sino en general. Tanto es así que, según parece, la gente ha empezado a incorporar a su vocabulario las palabras ‘innie’ o ‘outie’ (no en vano se ha convertido en la serie más vista de Apple, incluso más que Ted Lasso). Desde luego que la parte de las condiciones laborales dantescas, las normas absurdas del lugar de trabajo y lo absurdo y alienante del trabajo en sí («misterioso e importante»), de cuyos frutos no te beneficias, en el seno de una corporación gigantesca con tintes distópicos, forman parte del núcleo de la serie en la primera temporada (que es prácticamente perfecta, no tanto así la segunda, que sigue siendo fabulosa, pero no sé si que se hayan alejado de ese núcleo kafkiano tiene que ver en esta apreciación). Pero hay otro tipo de alienación en la serie que es la que tiene que ver con el dolor y el sufrimiento, lo que permite un montón de análisis acerca de cómo lidiamos con él, qué hace el sistema con él, qué papel juega el sufrimiento en el capitalismo. El propio Erickson reconoce que aquellas fantasías de poder desconectar de esos trabajos tediosos el tiempo que su cuerpo tuviese que estar en una oficina era casi más inquietante que liberador. Por supuesto, este artículo no está libre de espoilers.

Doppelgänger

La serie de Apple parte de la premisa de ciencia ficción en la que un grupo de personas acceden a trabajar para una enorme corporación, Lumen, y pasar por un proceso quirúrgico llamado separación, “severance”, por el cual se les implanta un chip en el cerebro, separando o dividiendo sus recuerdos “outies” (creo que en el doblaje está traducido como «fueris») del trabajo de aquellos que viven fuera del trabajo, y viceversa. Esto se muestra visualmente en escenas liminales de ritos de paso en las que los “outies” entran en un ascensor y se convierten en sus yo curritos o “innies” (creo que en el doblaje está traducido como «dentris»). El ascensor baja de algún lugar en la superficie a otro subterráneo, un espacio desconcertante, lleno de superficies planas, decoración retro, pintura blanca y brillante con alfombras verdes y pasillos laberínticos y claustrofóbicos. Después de finalizado el día vuelven a meterse en el ascensor y ascienden, sus cuerpos vuelven a habitar la identidad de fuera del trabajo, y así cada día laboral. Ninguno de los que están allí dentro tiene control alguno ni sobre sus condiciones de trabajo ni sobre la decisión de poder o no dejarlo. Casi todos los que están allí están, digamos, adaptados, y se muestran cooperantes. Mark S (Marx…), que decidió someterse al procedimiento de la separación para olvidarse por unas horas del dolor por la muerte de su esposa, se muestra tranquilo, incluso alegre dentro del trabajo; Irving B (de quién se nos insinuará que es un veterano retirado) comienza la primera temporada como un trabajador no solo complaciente sino adorador de la empresa y sus extraños cultos; Dylan G, cuyo outie está perdido y sin rumbo, puede ser sarcástico y corrosivo, pero disfruta con los incentivos y le hace la pelota a los jefes porque se considera bueno en el trabajo. Todos tienen alguna herida ahí fuera, se nos dice, que les ha llevado a aceptar la separación. Todos, aparentemente, menos Hellie R, de quien descubrimos en el último episodio de la primera temporada que su outie es la hija del magnate de la corporación, Helena Eagan. En principio, su vida ahí fuera es una vida de privilegios, pero se somete a la operación como propaganda y argumento de venta ante aquellos que protestan por la dudosa ética de lo que se vende: si la multimillonaria hija de un magnate lo hace por voluntad propia, para vivir como uno de ellos, ¿cómo va a ser malo? Y es justo su innie, Hellie R, quien no está nada contenta con lo que allí vive, hasta el punto de que intenta suicidarse si con eso mata a su outie, quien en una escena terrorífica le dice: «yo soy una persona, tú no». Será ella, sobre todo, la que impulse una revolución allá abajo, iniciando una reacción en cadena. Pero será también la parte de Mark que, poco a poco, empieza a ser consciente del sufrimiento de quienes lo rodean, empieza a desanestesiarse, tanto fuera como dentro. Y también Irving, el hasta el momento más devoto del culto corporativo, despierta por un amor que duele.

La idea del yo escindido desde luego no nace con Severance: es un tropo común en la literatura gótica y protogótica (Macbeth, una de esas obras consideradas protogóticas, tiene que ver con personajes que tratan de enterrar sus recuerdos sangrientos y cómo esos recuerdos persisten tozudamente en regresar), con sus dopplegängers, fantasmas y redivivos. Nuestra época tiene los suyos propios, más o menos siniestros. Más allá del trabajo o las experiencias traumáticas, la vida digital hace de todos nosotros dopplegängers, como ha argumentado Naomi Klein. Nuestras identidades están siempre en mayor o menor medida compartimentadas por roles y espacios: no nos comportamos de la misma forma en la escuela, que en casa, que de fiesta, que en el médico. Aprender qué hacer y decir en cada uno de esos roles y espacios forma parte de nuestra socialización y cuando hay incongruencia entre lo que se espera de nosotros en cada situación y lo que hacemos o decimos se nos puede señalar como locos, inadaptados o rebeldes. Las identidades, como sucede en Severance, están ligadas a los espacios y construidas por ellos. Ahora le añadimos otra capa de complejidad que es la de nuestros dobles digitales, identidades más o menos curadas en el sentido artístico y de consumo, donde las normas son un poco más difusas. Somos nosotros, pero no somos nosotros. A veces pueden cobrar vida propia y parece que se independizan del yo encarnado que habita al otro lado de la pantalla. Si le añadimos la multitud de herramientas de cuantificación que han surgido en lo que va de siglo (contar pasos, contar calorías, medir la calidad de sueño, los favoritos de las interacciones, las lecturas de cada post que publicas que miden tu valía en función de tu alcance) nos estamos convirtiendo en sujetos escindidos y viviendo una dualidad de sujeto-objeto poco fácil de llevar y que conlleva en no pocas ocasiones sufrimiento. Severance no trata exactamente de esto, pero creo que parte de su atractivo, más allá de la dualidad casa-trabajo, es ese otro tipo de escisión.

No vamos a mejorar tus condiciones laborales, pero, ¡ey, tenemos globitos!

Es por esto que para mí la exploración del sufrimiento está en el centro de la serie. Desde luego, el sufrimiento a manos del capital, las condiciones laborales y de una burocracia deshumanizante e ilógica. Pero también una reflexión sobre lo adecuado o no de enterrar nuestro sufrimiento en lugar de encararlo y qué hace el sistema con el dolor que él mismo genera, directa o indirectamente. El sufrimiento es algo que nos desgarra y nos provoca una herida que tarda mucho en curar y a veces no cura por completo. En ocasiones, como Mark S, buscamos refugio en ese otro yo que trabaja para, por unas horas, olvidarnos de lo que sentimos. Los trabajos mecánicos y automatizados no reclutan ninguna emoción y en ese sentido pueden ser una vía de escape. Sin embargo, parece que esa escisión de Mark y del resto de personajes nunca es perfecta. Como nos enseñan las historias de dobles, siempre hay una grieta por la que se filtra el dolor y nos muestra sus huellas. Hay un momento en el que un personaje, Petey (que había desaparecido y pronto se descubre que había tratado de «reintegrarse» por medio de cirugía para unir los dos yo separados), le dice a Mark que había días que llegaba con los ojos rojos al trabajo y que bromeaban con que le tenía alergia al ascensor, pero que en realidad el dolor que sentía lo llevaba allí dentro también, aunque no lo notase. La teoría de Petey parece corroborarse cuando, poco después, tras atender el funeral de éste, un Mark visiblemente afectado es invocado para una sesión de bienestar donde, al pedírsele que moldee sus emociones con un poco de arcilla, le da forma a un árbol que recuerda ominosamente al árbol contra el que supuestamente se estrelló su esposa en un accidente. El trabajo siempre será un lugar que te facilitará dejar el dolor de lado porque el sufrimiento es contrario a la productividad, que es el mandamiento de nuestros días. Si se muere un ser querido, te conceden unos días para que soluciones los asuntos burocráticos y si los sobrepasas incurres en una infracción y, si me apuras, en un duelo patológico (obviando que el duelo es un asunto no solo personal, sino también cultural, donde el tiempo de duelo que se considera «normal» varía de cultura en cultura). El laboral no es el único contexto en el que no sabemos qué hacer con el dolor. Recuerdo en la escuela sesiones de wellness con el profesor de filosofía, que supuestamente era un psicólogo reconvertido en profesor, y que no desmerecían en nada las sesiones de la señorita Casey en Severance en extrañeza, sobre todo para una chica de quince años. Un día este mismo profesor, jefe de estudios y psicólogo, me hizo una pregunta en clase sobre por qué no había hecho una tarea extraescolar y yo me quedé muda porque, para responderla, tenía que explicar toda la violencia silenciosa del hogar, así que, abrumada, me quedé muda. Me llevaron al director y de ahí al hombre orquesta del instituto que todo lo hacía. También recuerdo como si fuera ayer cuando, de adolescente, le contaba muy afligida a una amiga lo mucho que estaba sufriendo en casa, sobrada de razón y de motivos, y ella me respondió: «pero mira futanita, que se le ha muerto su abuela y ni siquiera ha llorado, yo casi ni me enteré de que había ocurrido». Yo no sabía qué hacer con el dolor, pero nadie parecía saberlo. Aprendes a enterrarlo. Pero, como en el caso de Mark S., siempre hay una grieta por la que se cuela.

La positividad ilimitada es una tirita ante el sufrimiento

Las sesiones de wellness de Severance ilustran el tipo de psicoterapia requerida por el capitalismo neoliberal. En la trama se incluyen como forma de sondear si el proceso de separación se mantiene intacto y no hay ningún contagio en los personajes entre el mundo de fuera y el de dentro, pero temáticamente también simbolizan ese «control positivo», que diría Byung-Chul Han, en aras de la productividad. Las retahíla de frases que la señorita Casey suelta en las sesiones son un ejemplo de esta positividad ilimitada: tu outie es generoso, tu outie sabe nadar con destreza, tu outie es amable, tu outie le ha alegrado los días a la gente solo con sonreír… Con el cambio de una sociedad disciplinaria a una sociedad del rendimiento, es decir, del paradigma del debo al paradigma del puedo (la ética de los sujetos emprendedores), esta psicología positiva del puedo resulta mucho más eficiente a la disciplinaria o negativa del debo en términos de desempeño y resultados. Esto no quiere decir, en cambio, que el «puedo» anule el «debo», pues sigue estando al servicio del rendimiento y la productividad, que son, en última instancia, los mandatos de la tecnología disciplinaria neoliberal, es decir: el mandato del debería. La retahíla positivista de las sesiones de bienestar de Lumon, aparte de ser una medida de evaluación del dispositivo de escisión en los sujetos, no deja de obedecer a un efecto narcótico o anestesiante, pacificador, necesario en el capitalismo, en el que la negatividad (la rabia, el sufrimiento, la frustración) se entiende como algo disruptivo para la productividad. La psicoterapia, en este contexto, tiene un efecto sedante cuyo objetivo es calmar al sujeto de las exigencias de la sociedad del rendimiento que se manifiestan en depresión, cansancio, agotamiento. El sufrimiento ha de ser adormecido para que podamos volver a ser sujetos productivos, no para nosotros mismos, sino para terceros.

El juego de la pelotita, un favorito de la psicología positiva. Os juro de verdad que cuando estaba en la mierda de la depresión me metieron en un grupo en el que hicimos la mierda del juego de la pelotita. Cuando terminó, me encerré en un baño a llorar durante media hora

Es curioso, no obstante, que poco a poco los innies parezcan mucho más integrados que los outies, que se nos muestran aislados, tristes, desconectados, amargados. Esos recién nacidos que son los innies, en gran medida ingenuos y con temperamentos aún no moldeados por el entorno, son capaces de crear lazos afectivos y solidarios y de encontrar cierto disfrute en el ambiente opresivo de Lumon. Mark S. es mucho más agradable que su álter de fuera, Dylan G (escrito en claves TDAH), cuyo outie está perdido y amargado en lo familiar y lo laboral, dentro de la empresa consigue progresar y desarrollarse por medio de tareas pequeñas y concretas y refuerzos inmediatos. Incluso Hellie R, que se rebela desde el principio, se muestra empática, amable, afectuosa, «nunca cruel» (en palabras de Irving), al contrario que su contraparte, Helena, que es fría, distante, desalmada (si bien la serie nos da pistas de que ese talante puede ser producto de represión familiar y que algo en ella quisiera rebelarse, pero está demasiado anulada para hacerlo). Al final, como humanos buscamos reconocimiento social, que nuestras vidas tienen sentido para alguien o algo, y si bien buscarlo en el trabajo es un arma de doble filo, para Irving B., Mark S., Dylan G. y Hellie R. el trabajo es lo único que tienen.

¡No dejes de estar contento, que tenemos que ser productivos!

Otra cosa que me hizo pensar en que el sufrimiento y cómo nos relacionamos con el sufrimiento mientras veía la serie es cuál podría ser la naturaleza del proyecto Cold Harbor, donde Gemma había sido escindida en veinticuatro innies diferentes. La serie nos muestra cómo es sometida a distintas experiencias estresantes y dolorosas en distintas salas controladas, como el dentista, la experiencia de estar a punto de sufrir un accidente de avión, escribir cientos de tarjetas de agradecimiento… Sin saber qué dirección tomará esto en la serie, aquello me recordó a una fantástica historia de Charles Yu, “Standard Loneliness Package”, cuya premisa es que una empresa ha logrado encontrar la tecnología que permite externalizar las experiencias dolorosas, estresantes y desagradables para que trabajadores precarios que curran en una especie de centro de llamadas las pasen por ti. Así les entran tickets que lo mismo son atender a un funeral, ir al dentista a hacerse una endodoncia, confesarle al marido que le han sido infiel… La persona que paga, y el servicio no es económico, puede delegar el dolor en curritos. Parece una metáfora perfecta del capitalismo donde muchos tienen que sufrir para que otros estén bien. Y, si lo pensamos, tenemos ejemplos concretos de trabajos que implican de un modo más literal lo que sugiere la historia: los revisores de contenido que trabajan para Google o Facebook, por ejemplo, que tienen que sufrir imágenes traumáticas para filtrarlas y ahorrarnos al resto de usuarios la experiencia cuando hacemos una búsqueda. La pregunta, a mi juicio, que nos planteaba la historia, más allá o aparte de la metáfora de cómo funciona el capitalismo, era la siguiente: si hemos sido capaces de desarrollar una tecnología que externaliza el sufrimiento, ¿por qué no vale con almacenarla en una máquina y tiene que ser otra persona la que lo sufra? La historia no nos da respuestas, pero parece apuntar a que hay un valor añadido, en estos tiempos sádicos, en que sea un humano y no una máquina, la que lo experimente. Algo que valida nuestro dolor al saber que otro lo sufre. Por eso, al ver los experimentos con Gemma y el contexto por el que otros personajes estaban dispuestos a someterse a la separación, pensé que había una utilidad comercial en el chip: externalizar el sufrimiento, poder desconectarnos de él y que sea otro quien lo sufra, incluso si ese es nuestro doble.

Tienes que endurecerte y dejarte de tonterías si quieres medrar

Que el sufrimiento sea económicamente improductivo y que, como consecuencia, nuestra sociedad se haya vuelto alérgica a las emociones negativas, hace que, como los trabajadores de Lumon, nuestros dobles sean a veces una positividad forzosa y forzada. Nos vemos empujados a mentir sobre nuestros estados mentales y decir que las cosas van bien cuando no es así y, cuando no tenemos fuerzas para mentir, callamos. Que el sufrimiento sea económicamente improductivo y no, sobre todo, dañino para la persona que lo padece, se muestra en todos esos informes que afirman el coste económico que tienen para la sociedad trastornos como la depresión. El sufrimiento psíquico se convierte en una «carga» para la sociedad porque los sujetos se vuelven improductivos y porque le cuestan dinero a la familia y al estado. Incluso en el informe de la OMS titulado «Salud mental: nuevos conocimientos, nuevas esperanzas», se nos dice que: «El dolor persistente es un problema de salud pública muy importante, responsable de enormes sufrimientos y de pérdida de productividad en todo el mundo». Y ahondando en el lenguaje economicista de costo y carga, añaden:

El impacto económico de los trastornos mentales es amplio, duradero y de gran magnitud. Estos trastornos imponen una serie de costos a los individuos, las familias y las comunidades en su conjunto. Parte de esta carga económica es obvia y mensurable, pero parte de ella es casi imposible de medir. Entre los componentes mensurables de la carga económica se encuentran las necesidades de servicios de asistencia sanitaria y social, la pérdida de empleo y el descenso de la productividad, el impacto sobre las familias y los cuidadores, los niveles de delincuencia e inseguridad pública, y el impacto negativo de la mortalidad prematura.

Pero también: «Entre las 10 primeras causas de discapacidad en el mundo, cuatro corresponden ya a trastornos mentales. Esta carga creciente supone un costo enorme en sufrimiento humano, discapacidad y pérdidas económicas».

Sonríe aunque sea de mentira: ¡no seas una carga!

Es por esto que las empresas, en el mejor de los casos, cuentan con protocolos para que puedas volver al trabajo lo antes posible, no por el bienestar personal sino corporativo. En la primera temporada de Severance las tecnologías de control oscilan entre lo crudamente disciplinario (leer un mensaje de contrición por mal comportamiento en una habitación angosta y oscura hasta que el sujeto suene realmente arrepentido, por ejemplo) y la positividad tóxica (desde la primera escena de la serie en la que Hellie R. despierta/nace en una sala de juntas y una voz amable pero ajena a la confusión angustiosa de la trabajadora le incita animosa y alegremente a contestar unas preguntas, como si nada; o a las fiestas del gofre con bailes incluidos). La positividad excesiva ignora el sufrimiento. En la segunda el enfoque es más un exceso de positividad, un poder y control en apariencia más suaves de manos de Milchick, quien también tiene que controlar su furia contenida por el menosprecio y racismo que sufre dentro de la empresa, para hacer su trabajo. Lumon necesita que el trabajo esté terminado lo antes posible, así que trata de lavar su imagen de cara a los empleados por medio de reconocimientos simbólicos (como convertirlos en héroes de una revolución que no fue tal) así que «incentiva» a sus trabajadores con beneficios vacíos de significado y pequeñas concesiones tokenísticas que en nada modifican la estructura de la política empresarial para que la producción siga su curso. Todos esos gestos, por supuesto, esconden (como la furia de Milchick) una violencia contenida. El sufrimiento y la injusticia nunca se abordan, sino que se enmascaran. Y, como nos enseñan las historias de dobles, la represión no suele acabar bien.

Más sonrisas, qué positivos todos

Lo corporativo rechaza la negatividad y se alía con lo terapéutico para anestesiarla, patologizarla y tratarla con bálsamos. No es extraño, entonces, que en esta cultura de positividad sin límites, interioricemos que lo mejor que podemos hacer es enterrarla, ignorarla, desterrarla. El capitalismo dicta que tenemos que crecer sin límites, pretender que nosotros tenemos recursos ilimitados. Claro que podemos, siempre podemos. Y al abrazar la positividad sin límites hacemos caso omiso del dolor y, por tanto, ni lo analizamos ni lo reparamos. Más allá de lo corporativo, recuerdo lo que contaba Naomi Klein en su libro Dopplegänger acerca de su hijo autista. Cómo el chiquillo estaba en el parque tratando de buscar una solución a un embrollo y vino una niña simpatiquísima a echarle un cable desde la camaradería y no la condescendencia. Llegó después el padre de la niña y, llevado por el orgullo de padre y el entusiasmo, se puso a cantar las virtudes de la chiquilla: que si se sabía poemas de memoria, que si bailaba ballet como los ángeles, que si sabía idiomas… Y Naomi pensó aliviada que, después de todo, su hijo se vería librado de esa rueda de crecimiento y perfeccionamiento continuo, que encontraría su camino y sus satisfacciones, pero no seria esa continua mejora del yo de la cultura del «puedo». Dentro de que mi neurodivergencia entra dentro de la categoría de funcional, yo también trato de buscar mi camino fuera de la rueda y del sistema de valores que equipara valía con profesión, reconociendo y aceptando la negatividad, porque, como escribe Han, la vida sin ella se vuelve algo muerto. De plástico.

O como le dice June, la hija de Petey, a Mark en el funeral, quizá la mejor forma de lidiar con una situación difícil en la vida no es apagar la mitad de tu cerebro durante la mitad de tu vida.

Pánico moral, sexismo y misoginia: el pánico satánico, el PMRC y otras fiestas de guardar (parte 1)

Introducción: de por qué me he puesto a pensar en esto, era por mayo era por mayo cuando hacía la caló ¯\_(ツ)_/¯

La prueba de traducción de un libro (del que creo que no puedo hablar porque, en el momento de empezar a escribir este artículo*: 1) no sé ni siquiera si me lo van a dar y 2) ni siquiera está aún publicado en inglés) me ha recordado una cosa a la que le llevo dando vueltas mucho tiempo. Todo empezó cuando estaba escribiendo un ensayo para una asignatura del máster y anduve documentándome. Buceando en el estiércol, me topé con un vídeo que, básicamente, comparaba a Anita Sarkeesian (la crítica cultural, ya retirada, que hacía vídeos sobre el sexismo y la misoginia en los videojuegos) con el PMRC (Parents Music Resource Center, o Centro de Recursos Musicales para Padres, el comité tristemente célebre por la campaña de las pegatinitas del Parental Advisory: explicit lyrics; más información sobre esto en el artículo). En aquel vídeo, con aquella comparación, venía a reducir la crítica feminista que ponía sobre la mesa la cosificación de mujeres con el pánico, la censura y el conservadurismo moral. ¿Por qué estaba comparando la crítica cultural con el pánico moral? ¿Qué tenía que ver aquel episodio con Anita Sarkeesian?, ¿que eran mujeres? Es más, revistando aquellas declaraciones en el senado ¿no podía decirse que sí había un poquito de misoginia, y que la misoginia era independiente de si aquellas mujeres tenían razón en todas sus pretensiones? Este proceso mental me recordó también a los riachuelillos de tinta que hizo correr todo este rollo de la RoRo y las tradwives y el papel que las narraciones desempeñan en la cultura. Había una parte importante de respuestas que, no sé si con desidia, ignorancia o mala fe, venían a desarticular cualquier intento de analizar el discurso de sus vídeos con la perogrullada de: «qué vueltas le dais, si no son más que ficción». No nos tienen que importar porque son ficción y RoRo y las demás nada más que personajes. Ah, bueno, pues ahora devuelvo mis títulos, aquí no hay nada que ver. Los libros son libros, las películas son películas, los vídeos son vídeos y una rosa es una rosa es una rosa es una rosa.

Creo que es evidente que la ficción conforma nuestras vidas, que somos seres narrativos y que son las narraciones las que nos dan sentido, a nuestras identidades y a nuestro estar en el mundo. Esas narraciones no se encuentran solo en la ficción, escrita o audiovisual, sino en todo lo que nos rodea: lo que nos dicen los demás de lo que somos, amigos y enemigos, recortes de prensa, juegos infantiles, proclamas políticas, historias de TikTok e Instagram. Algunas de esas historias sí son verificables y entran en el juego de verdades y mentiras, pero incluso aunque su juego sea ese, no es el único y se pueden analizar como ficciones. Por ejemplo, la meritocracia es una ficción verificable. Es una mentira, currárselo más o menos, tener más o menos talento no es lo que explica el éxito y el bienestar que consigamos en la vida. Sin embargo, como ficción, como discurso, podemos analizarlo, hacerlo pedacitos y ver qué nos quieren decir, cuál es su función, cuál es su poder como historia. Un poco así también funcionamos los humanos. Cogemos los pedacitos de vida que recordamos, los que parece que nos hablan a nosotros, e hilvanamos una historia que nos diga quienes somos. Algunas de esas historias no encajan bien, como esperamos de las buenas ficciones, algunas incluso chocan como placas tectónicas y provocan terremotos, grietas en nuestra identidad. Otras pueden convivir más fácilmente, incluso simultáneamente, hasta ser verdad al mismo tiempo.

Nunca nos vamos a poner de acuerdo en el papel que juega la ficción en nuestras vidas, si sobredimensionamos su influencia o la infravaloramos (psicológicamente, moralmente, estéticamente). No me parece mal, los debates no son estériles y es a través de ellos, cuando son de buena fe, como encontramos puntos ciegos, visiones alternativas… pero no creo que podamos negar radicalmente el papel de la ficción en la vida, porque es «mentira». Ese no es el papel de la ficción, la ficción no es ni verdad ni mentira. Y, como decía más arriba, a veces los discursos conviven sin negarse mutuamente. Por eso aquel vídeo que comparaba los vídeos de Anita Sarkeesian con el PMRC me pareció tramposo, y ni siquiera porque piense que el PMRC no tuviera parte de razón en lo que respecta a la imaginería misógina (palabra que ni siquiera emplearon porque nunca se presentaron como feministas, sino como madres en defensa de las familias) sino porque en estos tiempos de internet cualquier crítica a las representaciones de la ficción es fácil que termine con un «las feministas no sé qué…». Si algo me quedó claro con los fragmentos de vídeo del PMRC es que había dos discursos en paralelo: la misoginia y el pánico moral, y las dos cosas no se cancelaban automáticamente como en una mágica operación matemática. Las mujeres que montaron la campaña sufrieron misoginia en tanto que mujeres y madres (Paul Stanley, por ejemplo, las instaba a que volviesen a la cocina a hacer galletas y Blackie Lawless comparaba jocosamente las siglas del PMRC «con ese problema que tienen las mujeres todos los meses») y, al mismo tiempo su discurso, tosco y poco elaborado, estaba entrelazado con el conservadurismo moral de la época, porque también les preocupaban las mujeres que se tocan demasiado y el rayo lesbianizador. Que se presentasen como madres hacía, o pretendía hacer, que su discurso resultase más «palatable» a la famosa «mayoría moral» de un amplio espectro político, es decir, un discurso natural y no ideologizado y, por tanto, antinatural. Sin embargo, presentarse como «madres preocupadas» también les atrajo el discurso misógino, encapsulado en el apodo que les endilgó Frank Zappa de “Washington Wives”. Por otro lado, el meter en el mismo saco la misoginia y la cosificación, de una forma tímida y pobre analíticamente, con el miedo a Satanás hizo que lo primero se diluyera en un discurso marrón de colores entremezclados que no se podía tomar en serio.

Me dicen que hay que poner imágenes porque muco texto, y no sabía qué poner aquí pero como luego hablo de esto pues ea. Aquí MichaelMyers, aquí unos amigos

Yo fui adolescente en los noventa y llevo treinta años escuchando metal (entre otros géneros, pero una parte importante de mi corazón está ahí: ahí queda para los que quieren ejercer el gatekeeping del género y esa tontería tan grande de «si no eres practicante no puedes criticarlo»; no, noy a citar tres canciones de grupos obscuros para satisfacerte), in and out of rock, mi madre poseída por la madre de Carrie me tiró la zapatilla a grito pelado y casi me desgarra un póster de yo qué sé qué inocuo grupo porque «Satán está en esta casa» (verbatim, no me resulta fácil olvidar esas palabras, aunque ahora me ría, porque encima siempre crecí sintiéndome mala). Defender de una supuesta censura un género que servía para canalizar la rabia, la ira, la frustración, para evadirte y montarte tus películas, de cualquier crítica que vieras como amenazante puede ser hasta entendible. Mejor ponerlo debajo del felpudo donde pone «pánico moral» y ya está. Del mismo modo, la fina línea entre la recomendación y la censura de la época del PMRC nos pone en guardia, con necesidad de cerrar filas con ese instinto gregario que tenemos, para lo bueno y para lo malo, en torno a algo para no ser vistas como el enemigo.

Yo fui adolescente en los noventa, decía. Fue la época de nuestros propios pánicos morales, si se quiere decir así, con el asesino del rol, el asesino de la katana, Alcásser y la preocupación natural sobre esa época turbulenta que es la adolescencia, sobre todo en las mujeres, que yo personalmente pasé con rabia y sudor. Así que la paranoia de mi madre, que veía todo como amenazante, creaba un escenario donde esos miedos se encarnaban en un elenco de personajes reales e irreales y, de haber sido por ella, me habría encerrado en casa para que no viese el sol hasta los treinta. «Satán» era la rebeldía adolescente que se oponía a ese destino, las malas influencias de una música que no comprendía y vestir de negro. Y la tele le daba un poco la razón. El batiburrillo de miedos inespecíficos y la preocupación que trae consigo la adolescencia (para todas las partes implicadas) se mezclaban de nuevo en ese todo marrón. Sin embargo, la paronia no quitaba que no hubiera preocupaciones legítimas. Satán para mí como atea no es una preocupación real, pero la misoginia y la violencia sexual sí lo son, como mujer. Por tanto, echar la vista atrás y reconocer que aquello existía en las letras y en los vídeos y preguntarnos qué discurso transmite, qué discurso interiorizas, de qué formas construíamos la imagen de nosotras mismas en un contexto tan homosocialmente masculino, no es «pánico moral», es análisis social. Y no uno en el vacío, como pasatiempo, sino que tiene implicaciones reales, algo que atestigua, por ejemplo, que la danesa Myrkur recibió amenazas de muerte por Facebook porque a los trve blackmetaleros no les gustaba lo que hacía. De la misma forma, discutir lo apropiado de la clasificación por edades de según qué productos culturales no es equiparable a la censura ni tampoco es un pánico moral de agarrarse las perlas si no se hace en esos términos. Más discusión (con vocación de entendimiento) es lo que hace falta y no el encogimiento de hombros del «no es más que teatro» o «no es sino una fantasía», que es el equivalente, en flojera intelectual, al recurso de «lo hizo un mago». Escuchar a Cannibal Corpse no te va a convertir automáticamente en un violador asesino y necrófilo, pero no podemos pretender que hay una barrera impermeable entre las ficciones y la realidad como si fueran compartimentos estancos.

¿Significa eso que a la ficción le están vedados los temás difíciles, que la ficción no puede hablar de violadores necrófilos? No lo creo. Siempre he creído que la ficción es una herramienta poderosísima para explorar temas complicados y difíciles, y por eso no quiero que todo se convierta en un plácido campo de amapolas y buenos sentimientos. La cuestión es que escoger temas difíciles solo por conmocionar es algo un poco passé ya. Explorar sentimientos violentos para cuestionar la moralidad bienpensante de la pequeñoburguesía igual queda bien en el abstract, pero permíteme si quiuero ver el desarrollo. Explorar sentimientos violentos no tiene por qué equivaler a glorificarlos y la defensa irónica, dentro de la cual entra tanto el argumento de la provocación como el de la burla a conveniencia (el «era broma» cuando ves que alguien se molesta), no te absuelve de toda crítica. Pero no todo es el miedo satánico del malo maloso o la corrupción moral. No puedo hablar de la adolescencia en general, pero puedo hablar de la experiencia de serlo y de tener amigas que también lo fueron. Recuerdo con qué ansia escrutaba los vídeos musicales buscando los códigos de lo que gustaba a los chicos, como mensajes encriptados, escrutar los cuerpos, los peinados, la ropa, el maquillaje, las posturas. Recuerdo poner los ojos en blanco con esos anuncios de la Heavy Rock de mujeres voluptuosas con poca ropa que posaban junto a motocicletas, pero al mismo tiempo interiorizar que mi moneda de cambio era de naturaleza sexual: tenía que ser joven y sexy, pero no demasiado puta. Aquello no estaba solo en el metal, desde luego, era el signo de los tiempos. Y con esos códigos de lo que significa ser mujer tenía que navegar el mundo, con la sensación de estar haciéndolo siempre mal.

“Girls on Film”, de Duran Duran, el soft porn de la época

Y todas estas cosas y otras muchas que no he verbalizado daban vueltas en mi cabeza, como alocados electrones, y estamos solo en la introducción. El PMRC, una organización liderada por mujeres adineradas entre las que se encontraba Tipper Gore, esposa del entonces senador Al Gore, al mezclarlo todo en un tosco pote sin un armazón teórico que lo sustentara, terminó siendo una cosa un tanto chusca y ahora lo observo como una suerte de oportunidad de perdida para hablar de cosas importantes, pero también puso en evidencia la misoginia latente de la industria. En 1985, una época metida de lleno en el conservadurismo, pero también de extendidos debates sobre la violencia sexual y la pronografía, elaboraron una lista de lo que llamaron las “filthy fifteen” (la traducción podría ser desde las «quince guarras» a las «quince indecentes»), una lista de canciones de pop y rock cuyo criterio de inclusión contaba con distintas categorías: drogas, alcohol, sexo o masturbación y el ocultismo. Las categorías desde luego nos indican que son de carácter moral, por el bienestar de la infancia, sin que se haga mención en ellas a la violencia sexual contra las mujeres (como sí se hará después, casi como un aparte, a la hora de describir algunas canciones, pero nunca desde un análisis social) y se cuidan mucho de usar la palabra feministas o misoginia: son madres preocupadas ante las, según ellas, alarmantes cifras de violaciones y embarazos adolescentes. Querían que la industria de la música tuviera un sistema que guiase a los padres sobre la idoenidad de la música que escuchaban sus hijos, al modo del sistema de clasificación por edades de las películas, con una pegatina pegada en la caja. Que fueran los ochenta, una época que, junto con el principio de la siguiente década, fue conocida como el satanic panic, no hizo sino emborronarlo todo. Su campaña terminó con la presencia en el Senado de algunos miembros de bandas defendiéndose de las alegaciones del PMRC, cuyos vídeos puedes encontrar en YouTube. Pero ¿qué fue exactamente eso del pánico satánico y por qué rima en las dos lenguas? ¡No tengo respuestas para todo, pero vamos a intentarlo!

Venga, me pongo a ello: Pánico satánico en los años ochenta

¿Qué es eso del pánico satánico? ¿Qué es un pánico moral? ¡Cuántas preguntas! El pánico satánico, por quitarme eso de encima ya mismo, es sobre todo conocido por una serie de casos de lo que podríamos llamar histeria colectiva en los que empezaron a sucederse denuncias de abusos sexuales en guarderías de EE UU con acusaciones cada vez más delirantes que empezaron a incluir sectas de adoradores de Satán, si bien la preocupación se fue filtrando en el consumo de determinados productos culturales como la música (el heavy metal en particular) y los juegos de rol, por nombrar los más conocidos.

¿Y cómo se llegó a eso? Mirad, para contestar a esta pregunta es como lo de que para hacer una tortilla hay que construir un universo. Así que primero hay que hablar de los años ochenta y para hablar de los años ochenta hay que entender qué pasó en los setenta como resaca de los sesenta. Lo siento, yo no pongo las normas.

Pues bien. Corrían los locos años 80, una época de crisis, recesión, reaganomics, laca, cochazos, mallas ajustadas, satanismo y pelos de colores. Los ochenta son conocidos no solo por el synth pop, el post punk o el hair metal sino como una época de pánico moral que puso su ojo de Sauron en la música, el heavy metal, pero también los juegos de rol (o sea, Dungeons and Dragons) y las guarderías. Si los setenta se ven hoy en día como la tremenda resaca de la revolución de los sesenta, los ochenta son la eclosión de todas las ansiedades que se fueron gestando la década anterior y que desembocaron en una tremenda paranoia colectiva. En lo que a la música se refiere, este momento de pánico moral acabó en comparecencias en el Senado en las que el grupo de campaña del PMRC (Parents Music Resource Center, Centro de Recursos Musicales para Padres) presentó pruebas de la supuesta peligrosidad de las letras de las canciones de la música popular, en especial del heavy metal. La lista de los daños que presentaban era tan larga como pavorosa: te llevaba al suicidio, la violencia, las drogas, la locura, las autolesiones y, por supuesto, el satanismo. Las comparecencias llegaron incluso a inspirar una serie de estudios dentro de la psicología que afirmaban que el heavy metal era pernicioso.

Vale. Eso está muy bien. Pero ¿qué es un pánico moral? Aquí es necesario introducir un poco de teoría. El término «pánico moral» es un término que proviene de la psicología, en concreto fue acuñado por Stan Cohen libro Folk Devils and Moral Panics (de 1972), donde analiza las subculturas juveniles, sus problemas y, sobre todo, la violencia entre mods y rockers. Cohen lo define de la siguiente forma:

«Una condición, episodio, persona o grupo de personas que emerg para ser definida como una amenaza a los valores o intereses sociales; su naturaleza es presentada de forma estereotipada y estilizada por los medios de comunición; se construyen barricadas morales por parte de editores, obispos, políticos y otras personas de pensamiento conservador; los expertos autorizados por la sociedad pronuncian sus diagnósticos y soluciones; surgen formas de afrontar el problema o (más a menudo) se recurren a ellas; la condición entonces desaparece, se sumerge, o se deteriora y se hace más visible»

Argumentaba que la existencia de la pequeñoburguesía, siempre pronta al pánico, en vez de encarar sus propios miedos acerca de la proletarianización de la sociedad, entró en pánico por unas fronteras morales simbólicas mientras el poder de la prensa garantizaba que el resto de la sociedad hiciera lo mismo. Según Cohen, una vez que la prensa había estigmatizado a los mods y rockers de la clase trabajadora, la policía, los magistrados y los emprendedores morales neofascistas habían amplificado esa supuesta desviación porque les aterraba la «permisividad». Cohen identificó también el papel fundamental que desempeñaron los medios de comunicación en exacerbar un problema social, de tal manera que se viera necesario que las autoridades tuvieran que internevir agravando y amplificando el problema. Es decir, el pánico moral no es algo que se construya, generalmente, sobre la nada, sino que exagera hasta el paroxismo preocupaciones reales, en muchos casos genuinas y, en el proceso, las desfigura. Cohen, eso sí, le ofrece un papel preponderante a los medios de comunicación, algo que es observable en muchos de los «pánicos», especialmente si ahora incluimos las redes sociales, si bien los juicios de Salem, ese mito fundacional del pánico moral antes de que fuera mainstream, consiguieron sobrevivir y florecer sin ellos. En este caso el pánico funcionó sobre todo gracias a la emoción colectiva (de miedo, de paranoia) y a las autoridades. En el caso de los juicios de Salem de 1692 fue la gente local la que quedó enredadada en una espiral de acusaciones donde se vieron doscientas denuncias, treinta juicios que llevaron a la mierte de quince mujeres, cuatro hombres y (I shit you not) dos perros antes de que las autoridades superiores pudieran intervenir para calmar la situación.

El hecho de que Cohen publicara ese libro en los setenta nos cuenta un poco de esa tensión que empezaba a vivirse en un momento en que el historiador Philip Jenkins llamó la década de las pesadillas. El pánico satánico de los ochenta se había estado cociendo a fuego lento en la década anterior. Los Estados Unidos se veían atacados desde el interior y desde el exterior. Nixon, garganta profunda y los experimentos de control mental empezaron a salir a la luz.

Si los sesenta habían cuestionado la familia tradicional y la autoridad patriarcal, durante los setenta el declive de esas instituciones se fue atribuyendo a la inmoralidad y a la indecencia en vez de a los cambios sociales o culturales. Los valores de la revolución de los sesenta, que exigían más autonomía para los niños, los jóvenes y las mujeres, desenterraron posteriormente las inquietudes legítimas y genuinas sobre la explotación, el abuso sexual y la violación (incluyendo, sobra decirlo, la extra y la tan silenciada intramarital o familiar). Mientras que los sesenta abogaban por la liberación (en el consumo de drogas, en los roles de género, en el sexo), los setenta, con su creciente preocupación por el crimen y la inmoralidad, abogaban por el control. Los setenta estuvieron marcados por una creciente sensación de ansiedad sobre el cambio social, así como el resurgir de los valores conservadores y un renovado interés en la religión tradicional. En respuesta a los cambios insinuados por los sesenta, los evangélicos cristianos de los setenta se sintieron cada vez más alarmados por la erosión de las estructuras de la familia tradicional, la moralidad sexual y el recato. Esta inquietud jugó un papel importante en la aparación de la derecha cristiana como grupo político influyente. Llevada por figuras como Jerry Falwell, un televangelista y líder político, la derecha cristiana, también conocida como la «mayoría moral», aspiraba a promulgar y aprobar leyes que reflejasen sus valores judeocristianos. Esta tensión se ve claramente en las películas de los setenta, que expresaban visiones conflictivas acerca de qué dirección tenía que tomar Estados Unidos, si el pluralismo y el egalitarismo o la autoridad y la tradición.

El pánico también estaba relacionado con la Nueva Derecha, que surgió en los ochenta en medio de la inestabilidad económica, incluso entre los blancos ricos de los suburbios. Varios grupos conservadores, incluidos los llamados «neoconservadores» (paleoconservadores, que diría Rick Roderick), libertarios y cristianos evangélicos ganaron notoriedad en los setenta. La Nueva Derecha estaba modelada como otros movimientos identitarios de clase media de la época, pero a pesar de las diferencias ideológicas se unieron en oposición al activismo de los sesenta y los primeros setenta. Las feministas, el activismo queer, el black power y los científicos eran el objtetivo principal de los conservadores. Los comunistas, claro, también estaban vilipendiados, retratados por los conservadores como hippies vagos, avariciosos y peligrosos. El activismo de los sesenta, en definitiva, estaba retratado como una amenaza directa a la amenaza de la familia nuclear, que era el pilar de los conservadores. La oposición de los evangélicos a la ciencia, evidente en las campañas por eliminar la teoría de la evolución de los libros escolares, contribuyó no poco a la imagen del científico como ser amoral, perturbador, siniestro o socialmente inepto.

En esta época de reacción, el feminismo tenía su antifeminismo. Phyllis Schlafly, una abogada antifeminista y promulgadora de los valores tradicionales (que las mujeres se quedaran en casa a cuidar de la familia en vez de ir a trabajar) tuvo un papel fundamental en la movilización de los conservadores y los cristianos evangélicos. Schlafly fue una activista católica que en 1972 empezó una campaña en contra de la ERA (Enmienda de Igualdad de Derechos o Equal Rights Amendment, en inglés). Cuando, en un programa de televisión, fue preguntada por aquellas madres que no tenían más remedio que trabajar porque necesitaban desesperadamente el dinero para alimentar a sus familias, ella respondió que «el sueño americano no es contratar a extraños para que cuiden de tus hijos. El sueño americano es una madre sacrificando su carrera profesional para darle a sus hijos el mejor cuidado posible» (1989). De nuevo, el pánico moral explotaba el miedo que sentían los padres de dejar solos a los niños con extraños, en una sociedad cambiante (por razones socioeconómicas) compuesta cada vez más de familias monoparentales.

Phyllis Schlafly: la verdadera cara del mal

El episodio más infame de lo que ahora conocemos como pánico satánico fue la llamada «epidemia de abuso infantil», posteriormente la epidemia de «abuso ritual satánico», de la que hablaré más adelante. Al principio, el término «satánico» solía acompañar a la palabra «ritual», pero el adjetivo perdió la popularidad al no poder demostrarse las repetidas acusaciones de que los acusados fuesen adoradores del diablo o de que formasen parte de un grupo satánico. Es interesante apuntar que el concepto de «abuso infantil» era algo nuevo en una época que empezaba a albergar concepciones ambivalentes sobre la infancia más allá de su simbolismo de inocencia o pureza, como muestran las películas de terror como El exorcista o La profecía y, en otra dimensión, La semilla del diablo. El reconocimiento del abuso sexual como entidad legal y social surgió en los años sesenta, a raíz de varios casos de maltrato infantil que tuvieron gran repercusión mediática. Es más, el eslógan que emergió de los casos en las guarderías, “believe the children”, daba a entender que antes no eran creídos y que había que escucharlos como testigos. El pánico se originó, hasta cierto punto, de preocupaciones genuinas acerca del problema hasta ahora silenciado del abuso infantil, que en lo legal cristalizó en la Child Abuse Prevention and Treatment Act (CAPTA) de Richard Nixon, aprobada el 31 de enero de 1974. La CAPTA marcó el primer intento exhaustivo de reconocer que un número considerable de niños en Estados Unidos sufrían daños o incluso la muerte a manos de sus padres o cuidadores. Antes de esto el abuso infantil no existía como una forma distintiva de maltrato y los casos de abuso se trataban, si es que llegaban a tratarse, de forma informal, en las familias, las comunidades o, como mucho, en una agencia de protección de menores. Las guías terapéuticas llegaban a aconsejar que no se emprendiese ninguna acción legal porque consideraban que las emociones que la investigación o el juicio provocarían eran mucho más dañinas que el propio contacto sexual indeseado, que apenas era traumático. Con esta ley, sin embargo, los pediatras (hombres) se convirtieron en la autoridad referente del abuso infantil, atribuyéndolo en muchos casos a las «malas madres» sin tener en cuenta ningún otro factor social o económico. La legislación posterior trató de abordar aspectos más concretos, pero siguió apoyándose en los criterios de los médicos, en masculino, y los testimonios de los hombres blancos de clase media de los suburbs. El pánico, desde luego, no hizo nada por solucionar el problema del abuso infantil, pero nos da la pista de que, en no pocas ocasiones, detrás de los llamados pánicos morales hay una preocupación genuina o un problema real, que se exagera y se distorsiona hasta ser parodiable.

¿Cómo empezó el pánico del abuso ritual satánico?

En agosto de 1983, una madre denunció en la comisaría de Manhattan Beach que su hijo de dos años y medio había sufrido abusos sexuales de su profesora en la guardería McMartin. Tras esta denuncia, el jefe de policía Harry Kuhlmeyer envió una carta a todos los padres, un total de doscientos, con la intención de alertar y preguntar a los padres (doscientos en total) sobre otros posibles actos criminales en las instalaciones. La carta incluía una descripción gráfica de los posibles actos criminales, explicando que Ray Buckley, hijo de la propietaria, podía haber incurrido en delitos de abuso sexual. La carta, para sorpresa de nadie, contribuyó más al miedo que a la investigación. Cerraron la escuela, un grupo especialistas en abuso sexual llegaron a Manhattan Beach para trabajar en el caso, entrevistar a los niños y se presentaron enseguida cientos de cargos contra Ray Buckley y su abuela, Virginia McMartin, la propietaria de la guardería, los empleados del centro y hasta policías. De esta época son los muñecos anatómicamente correctos donde los investigadores, la más prominente de todos Kathleen McFarlane, le pedían a los niños que señalaran dónde les habían tocado (un método cuestionable y que se demostró que sugestionaba a los niños). La investigación, que se discutió en los periódicos y en los programas de debate televisivo, suscitó la preocupación en todo el país y sirvió para desencadenar una ola de acusaciones que eran una variación del caso McMartin. El pánico se desató.

En cuanto a lo que se ha llamado «abuso ritual satánico», el término se le atribuye al doctor Lawrence Pazder que presentó un artículo en la APA, la asociación americana [sic] de psiquiatría, para su reunión anual. Un año antes, coescribió con Michelle Smith el libro Michelle Remembers (1980), un testimonio en primera persona que cuenta los supuestos recuerdos recuperados de la tal Michelle Smith que alegó haber sido víctima de un abso ritual y de control mental (perdón por el ripio) durante su infancia, en 1955, cuando tenía cinco años. El libro, estilística y estructuralmente, recuerda a las narraciones de cautiverio que cuentan con una larga historia en Estados Unidos desde las colonias, pero aquí se cambian los salvajes indios por satanistas. Las alegaciones de aquellos llamados «recuerdos» hace tiempo que se han desacreditado, puesto que, por ejemplo, Michelle aparece en el anuario de su clase de 1955 y además iba a clase a menudo, un tiempo en el que, según el libro, ella asegura que estaba encerrada en un sótano. Sin embargo, el libro fue un éxito y Michelle y Pazder dieron muchas conferencias. Otras memorias que se vendieron como «historias reales» fueron The Satan-Seller (1972), de Mike Warnke y He Came to Seth the Captives Free de Rebecca Brown. El libro de Mike Warnke fue la primera narrativa sobre la actividad de un culto satánico y se le reconoce como el catalizador del pánico satánico. Por otro lado, el libro de Rebecca Brown que se publicó mucho más tarde que los anteriores, presenta un relato mucho más sensacionalista. Si algo demuestran estas obras es que el discurso que alimentó el pánico satánico evolucionó y sobrevivió a finales de los ochenta y principios de los noventa.

Boys will be boys

Gracias a la diseminación de estas historias de a través de la televisión y la acceptación de los psiquiatras, los «supervivientes» de estas historias insólitas atrajeron un público importante y ganaron una mayor credibilidad. Por ejemplo, en el caso de los recuerdos, las teorías sobre la memoria y el papel del trauma en los trastornos psicológicos estaban cambiando. En los setenta y en los ochenta un grupo de psicólogos y psiquiatras empezaron a explorar la idea de que la gente podía reprimir recuerdos de abuso o trauma pero que éstos podían recuperarse en terapia. De este incidente nació la invención de la famosa muñeca que se enseñaba a los niños con un «dime dónde te ha tocado x» y ahora sabemos que los recuerdos no se recuperan como pensaban pero sí se pueden inducir. En la revisión del DSM-III-R se incluyó la «amensia psicogénica» y el trastorno de personalidad múltiple como diagnósticos verificables. EL DSM-III-R añadió además criterios para diagnosticar la multiplicidad en virtud de abuso satánico (MPD-SRA, “multiplicity pursuant to satanic ritual abuse”).

Es importante, entonces, señalar que la paranoia colectiva fue aprobada por varias instituciones y no solo por los medios de comunicación (que emitieron programas donde Pazder y Michelle Smith fueron no solo a promocionar su libro, sino en calidad de expertos, junto a Lauren Stratfor, la autora de Satan’s Underground). Las discciplinas psi (psiquiatría, psicología, psicoanálisis) dieron una pátina de verdad o, cuanto menos, legitimidad y verosimilitud a una realidad inexistente. Discursos de todo pelaje (de autoridad, sensacionalistas, testimoniales, abusos reales) se vieron mezclados en una ensalada de realidades y conceptos.

En una época donde la televisión llegaba a más hogares que nunca hasta el momento, los hechos y la ficción se mezclaron en la mente del estadounidense común, donde las representaciones de los suburbios o barrios residenciales (blancos de clase media) empezaron a vincularse cada vez más con los fenómenos sobrenaturales. Las películas y las noticias de los periódicos sensacionalistas mostraban extraterrestres, fantasmas y asesinos en serie demoniacos como las amenazas más peligrosas de estas zonas residenciales tan pacíficas. La demonización de los sesenta se intensificó con la presidencia de Ronald Regan en 1980 y se entrelazó con los relatos de los suburbs como un reino acechado desde dentro por fuerzas paranormales. Seguro que ya has adivinado que la película Halloween (1978), dirigida por John Carpenter, es un ejemplo perfecto de esta inquietud creciente. Si, como dice Paul Wells, «la historia del cine de terror es fundamentalmente una historia de la ansiedad del siglo XX», entonces las películas de terror de los setenta nos dicen mucho de cuáles eran las ansiedades de la vida estadounidense. Rosemary’s Baby (1968), si bien es una película de finales de los sesenta, refleja el miedo moral y social de los setenta en torno a la familia y la religión. Los temas de la película, como la manipulación religiosa, la paranoia, el engaño y la falta de control y autonomía del propio cuerpo, son aspectos fundamentales de los setenta. Del mismo modo, la película El exorcista (1973) trató el tema de la posesión demoniaca, la pérdida de la fe y cuestionó la idea de que la religión fuese, en última instancia, una fuente para el bien. La película, ambientada en la casa de Reagan y Chris MacNeil, una madre soltera con un padre ausente, refleja la tensión que rodeó el cambio en la institución de la familia.

En La profecía (1976) la venida del mismísimo anticristo sucede en el seno de una importante familia, dentro del mundo político. Damien Thorn, el hijo de Satán, es adoptado en secreto por un embajador estadounidense. Aunque la película no profundiza, como El exorcista, en los conflictos de los hijos que se rebelan contra sus padres, el tema queda ahí flotando. Con la creciente preocupación por la desintegración de la familia tradicional no es raro que el anticristo adopte la forma de un niño. Todas estas teorías sobre la posesión demoniaca se alimentaba de los miedos provocados por las cifras cada vez más altas de divorcios y de las familias monoparentales, sobre todo de madres, el lado oscuro de la revolución sexual y las consecuencias de estos cambios en el cuidado de los niños. En estas películas también se sugiere una ambivalencia hacia la infancia: inocente y, por tanto, necesitada de que se la proteja del mal, pero al mismo tiempo capaz de los horrores más terribles.

El mal no descansa, pero él tampoco

Para tener el plato completo antes de acabar por hoy nos falta un ingrediente que le daría forma a la parte «ritual» del abuso ritual. El reverso tenebroso de la camaredería hippy de amor libre y compañía de los sesenta fue el de las sectas, donde el amor no era libre y la camaradería mutaba en sometimiento. Decía que Estados Unidos se sentía amenazado desde fuera y desde dentro. Una de esas amenazas interiores fue la de las sectas, desde las sectas terapéuticas que te prometían alcanzar todo tu potencial, a la est (Erhard Seminar Training), o las más siniestras como la de Jim Jones que terminó en la masacre de Guyana en 1978, donde el horror provocado por aquel suceso pareció borrar de un plumazo toda cautela contra el discurso mesurado sobre los cultos y su influencia en la sociedad, especialmente al descubrir que la mayor parte de las víctimas habían sido niños. Los líderes, además, tendían a presentarse como padres severs pero afectuosos que imponían las normas de casa por el bien de los sectarios. Las sectas o cultos tenían el poder de los experimentos de control mental del MK/Ultra de lavar el cerebro de sus miembros y si los cerebros eran tiernos y jóvenes, mejor, pues eran más fáciles de «programar». Además, el miedo a los asesinos en serie, que adquirieron atención mediática con los casos de Ted Bundy y John Wayne Gacy, se coló en la psique colectiva como serias amenazas en especial a niños y mujeres. Desde principios de los setenta las ventas de libros sobre casos como el de Charles Manson habían demostrado ser una veta de lo más lucrativa. Algunos asesinos en serie publicaron sus cartas en la prensa, como David Berkowitz, «el hijo de Sam», y sus crímenes en Nueva York (cuyas cartas inspiraron el personaje de Rorschach en Watchmen) con un estilo sensacionalista y de pretensiones literarias donde pretendía retrarse como vengador de los fondos bajos de Nueva York, una criatura insaciable y no del todo humana:

“Hello from the gutters of New York City, which are filled with dog manure, vomit, stale wine, urine and blood. . . . Thirsty, hungry, seldom stopping to rest; anxious to please Sam. Sam’s a thirsty lad and he won’t let me stop killing until he gets his fill of blood.”

David Abrahamsen, Confessions of Son of Sam (New York: Columbia University Press, 1985)

Esta forma de concebirse a sí mismos permea muchas de las ficciones sobre psicópatas y asesinos en serie como criaturas sobrehumanas que reviven cuando cualquier otro tendría que morir y hasta te hablan en lenguas desconocidas como poseídos por el diablo (el Max Cady de Robert De Niro en El cabo del miedo, la película de 1991, es un ejemplo de ello). Los asesinos en serie ponían a prueba los marcos conceptuales que explicaban sus actos: ¿podía explicarlos enteramente el marco psiquiátrico o eran encarnaciones del mal? Michael Myers en Halloween es otra presencia casi preternatural, una máquina de matar que no descansa, incluso en El resplandor (1980) hay tintes de maldad sobrenatural. El lenguaje de la maldad y el poder demoniaco empapaba los medios de comunicación y las ficciones, sirviéndose como vasos comunicantes, influyéndose mutuamente, de tal modo que cuando una madre decidió denunciar un posible abuso no fue tan difícil asumir que podían existir sectas rituales de propósitos malvados acechando.

Robert De Niro en El cabo del miedo: el mal acecha

Y hasta aquí por hoy, ¡veremos qué más aventuras nos depara esta historia!

*Empecé a escribir esto en febrero, creo, estamos a 16 de abril y en ese tiempo, aparte de lo que me ha costado escribir y de pensar varias veces que para qué iba yo a escribir y publicar esto y pensar en abandonar, pues me dieron el libro, gracias por preguntar. ¿Qué hago yo escribiendo seis mil palabras con un encargo importante entre manos? Pues yo qué sé, tirando mi vida a la papelera en side quests que no van a ninguna parte, como siempre. ¡Gracias por leer!

La nostalgia y la internet de antes

Mira, de verdad. Odio poner títulos.

Llevo un tiempo pensando en la nostalgia hasta el punto de querer hacer un videoensayo (suena así como una cosa sumamente pretenciosa, pero no es más que un vídeo divulgativo de hablar de cosas) sobre la nostalgia desde la Odisea hasta nuestros días (vale, esto pretencioso no es, pero megalómano igual sí). Lo llevo pensando por dar una lectura más matizada de la nostalgia no como algo inherentemente reaccionario (querer volver a habitar un tiempo y un lugar tal cual lo era antes, idealizado y romantizado, cancelando el progreso) sino como un afecto que puedo generar alternativas al presente inspiradas en momentos del pasado que vivieron éxitos truncados. Y, de igual modo, que la mirada siempre vuelta al futuro no es necesariamente un síntoma de progreso sino una huida hacia adelante, hacia el abismo y el colapso. Y lo que estoy viviendo y leyendo en las reflexiones sobre cómo queremos que sea internet ahora, nuestro descontento con las grandes corporaciones que se han quitado la careta y han revelado ser el malo con bigote y el brazo en alto que siempre fueron, me ha recordado a ese poder de la nostalgia.

No sé en qué quedará todo esto, pero al menos en mi círculo (mira, te lo voy a decir: la amiga es Mastodon) sí que se habla bastante de cómo queremos que sean las redes sociales e internet y algo que suele salir con frecuencia es «la internet de antes». El antes de qué dependerá de a quién le preguntes, pero suele ser o antes de las redes sociales (corporativas) o antes de que todo se enmierdificara. Y surgen propuestas que sugieren, de un modo u otro, un retorno a herramientas de las que disponíamos antes y que quedaron sepultadas por la avalancha de las redes sociales: el correo electrónico, los blogs, los foros, las listas de correo. Como digo, mi circulo es pequeño y no sé cómo de extendida está la conversación en otros lugares, así que no hablaré en términos de revolución, pero, al menos yo, que también estoy en un momento de pensar mucho en cuál quiero que sea mi presencia en internet y me relación con los dispositivos móviles (relación que llevo pensando desde que existen, francamente), estoy disfrutando de una conversación que creo necesaria, independientemente de dónde finalice el camino.

Desde 2022 empezaron a proliferan los titulares de que las redes sociales estaban muertas. Hay quienes argumentan que las redes sociales fueron, desde el principio, una mala idea que parecía buena y que nunca tendrían que haber existido, por más que se hayan naturalizado como forma de comunicación con el tiempo y por el interés monetario de que así fuera. En nuestra traducción se pierde el matiz entre social media y social network, que parecen lo mismo, pero no lo son: mientras que lo primero es, bueno, un medio de transmisión lo segundo es un medio de conexión que empezó con la idea de organizar cosas offline (desde trabajo a amistades). Según esta lectura, los medios de comunicación social, lejos de ser la plaza pública, son más como gritar al vacío (o quizá de que te grite alguien desde su propio vacío). Como diría Naomi Klein, las redes nos convierten en un siniestro doppelgänger de nosotros mismos, lo que hace de nuestra existencia algo cada vez más espectral si pasamos demasiado tiempo al otro lado del espejo. Otros anuncian que tras su muerte viene una resurrección con alternativas más prometedoras y que nada tienen que ver con la última invención novedosa, sino cosas que estaban ahí desde siempre. En general, en medio de esta ola reaccionaria donde las redes comerciales han servido como vectores de odio, la sensación del potencial revolucionario latente de aquellos días se ha desinflado y ahora vemos la ingenuidad de dónde habíamos depositado nuestros sueños, que no lo desatinado de atreverse a soñar.

Y, en medio de esta ola reaccionaria, he visto muchas veces recomendar regresos a Ítaca: la vuelta a los blogs, la vuelta a los foros, la vuelta a las listas de correo. Paris Marx ha declarado su deseo de que 2025 sea «el año del ludita», la rebelión global contra las grandes industrias tecnológicas que no velan por nuestros intereses. Hoy mismo, de hecho, cuando preguntaba dónde podría compartir esos posibles vídeos locos, me han sugerido esto último: una lista de correo, «como toda la vida». Creo que este es un ejemplo perfecto de cómo ese impulso nostálgico puede ser revolucionario en tanto que rescata prácticas del pasado que tienen un perfecto sentido en el contexto actual, una vuelta a una suerte de internet artesanal de pequeñas dimensiones, como el derecho a reparar como se hacía antes en un mundo cada vez más consumista y derrochador. El propio decrecentismo tiene, si me apuras, un espíritu nostálgico. Para muchas, en cambio, este lamento melancólico de lo que pudo ser y no fue podría leerse como el derrotista signo de los tiempos: una humanidad herida de nostalgia que ha dejado de creer en el progreso. La cuestión es que el progreso que nos han vendido es una huida hacia adelante sin volver la mirada a los muertos que dejan detrás y que termina en el despeño por el abismo.

Hace no mucho, abrazar las últimas novedades tecnológicas (de internet o de allende internet) era casi sinónimo de ser progresista y dudar de su utilidad o necesidad era síntoma de abuela cebolleta que no se adapta a los tiempos y tenía un pie en la tumba (la física y la metafísica de la irrelevancia). Poco a poco, parece que va calando la idea de que «adaptarse a los tiempos», si los tiempos van contra el interés colectivo y del planeta, no es «progresista». Que a veces para progresar hace falta regresar. Que el mantra de «adaptarse a los tiempos» es un rodillo apisonador que atenta contra la vida. Que «adaptarse a los tiempos» en este momento de desarraigo forzado al que quieren llamar nomadismo, precariedad laboral y gentrificación de los barrios no es progreso. Que criticar el presente puede significar que, efectivamente, haya cosas que han ido a peor sin que sea nuestra mentalidad nostálgica la responsable del diagnóstico. Como le dije a mi doctora de cabecera el otro día, llevo yendo a ese centro de salud desde que era niña y puedo recordar cuando tenías una cita disponible a los dos o tres días y cómo ha ido, progresivamente, deteriorándose y pasando de una semana a cuatro semanas, como me sucede ahora. No creo que sea un lamento nostálgico del pasado idealizado querer recuperar un sistema de salud donde los tiempos de espera no te postran en tu casa durante cuatro semanas.

El recuerdo es necesario. Existimos personas (¡vampiro esisten!) que hemos vivido la era pre-internet y podemos comparar, lo bueno y lo malo, pero iremos desapareciendo. El otro día leí que había habido una ola de nostalgia por los 90 y es algo que me resultaba incomprensible porque yo, que fui una adolescente en los 90, recuerdo aquella época como algo bien feo (estética y políticamente) e incapaz de suscitar nostalgia alguna. Cinismo y moda de mierda. Luego me dicen que parte de esa nostalgia tiene que ver con que los 90 fueron la época preinternet y lo entiendo un poco más, intelectualmente, aunque me siguen pareciendo una cosa fea de cojones. Ahora ya hay más gente que no sabe qué es vivir sin un smartphone que gente que sí y esa gente sueña con cómo sería su vida sin la economía de la atención, igual atribuyendo erróneamente su malestar a tecnologías que consideran parasitarias, igual no. Por supuesto, muchos escépticos señalan que esas críticas se pronunciaron también durante la época victoriana y eduardiana, donde la gente se lamentaba de la constante interrupción de los telegramas, los teléfonos, los coches a motor y demás inventos de la industrialización y cómo eso afectaría a nuestra salud. El médico James Crichton Browne alertaba de qué consecuencias tendría para el cerebro tener que procesar mucha más información en un mes de lo que se les pedía a sus antepasados en toda una vida.

Visto desde nuestro presente, esto nos resulta risible y, sin duda, desenterrar estas advertencias médicas nos sirve para evaluar con algo más de mesura los titulares sobre el colapso de nuestra atención. Sin embargo, las comparaciones de «es que Sócrates ya decía que…» siempre me han parecido un recurso perezoso porque, comparar sin más épocas distintas no dice nada de la particularidad del presente y parece insinuar que son absolutamente intercambiables. Sí, es cierto que existe una corriente de pensamiento contemporáneo que recuerda a las teorías eugenecistas de degeneración moral del siglo XIX, especialmente en todo cuanto atañe al cacareado «declive de Occidente», pero ¿son esas teorías las que están detrás de toda preocupación genuina por el impacto de la tecnología en el tejido social y en la salud? Después de todo, maguferías aparte, también durante el siglo XIX contó con numerosos movimientos sociales que se preocupaban por las condiciones laborales, los efectos de la urbanización e indistrialización en los trabajadores. Puede ser reconfortante, en tiempos de emergencia climática, recurrir al pasado y decir: «¿ves?, antes también se preocupaban por el fin de la civilización y aquí seguimos, no pasa nada», pero quizá no sea lo más sensato ante el peligro al que nos enfrentamos ahora.

Tira cómica de Tom Toro para The New Yorker

Pero ya divago.

No tengo ninguna conclusión a este texto más allá de que estoy viviendo con alegría todas estas reflexiones en torno a qué redes queremos tejer y cómo en esta vieja-nueva internet y que, si hay cierto impulso nostálgico en recobrar algo de las redes de antes (más pequeñas, más calladas, más centradas en intereses comunes y menos generalistas) y traerlo al presente para hacerlo más habitable a mí me parece bien. No me parece sentimentalismo, ni ingenuidad, ni escapismo, ni otras de las muchas maldades que se le atribuyen a la nostalgia. El futuro no se construye en el vacío, sino que se fundamenta, entre otras cosas, en el recuerdo y en la memoria colectiva y a veces, como nuevos luditas y arqueólogos del presente, encontramos herramientas en el pasado que son pequeñas armas de resistencia.

Contra la tecnocratización de la vida

El otro día dirigí mi primerita partida de rol. Llevaba una semana nerviosísima pensando en ella, anticipando que me iba a olvidar de todo lo que había pensado, preparado, que me quedaría en blanco sin saber qué hacer llegado el momento. Las cosas, claro, casi nunca son tan malas como anticipamos, pero yo ya sé que con la ansiedad no se razona, se respira hondo y se actúa a pesar de todo. Salió bien, creo. Cuando terminó, mi chico me felicitó y, llevado por el entusiasmo, me dijo: «lo que te falta para ser mejor es…». Experiencia, claro, principalmente. Hablamos un rato de truquitos de máster y nos fuimos a dormir. Cuando me desperté me quedé un rato pensando en aquello y me di cuenta de que hubiera preferido disfrutar más de ese momento de triunfo, de haber hecho algo a pesar de la ansiedad que me daba y ya otro día pensar en la mejora. Pero también me quedé pensando en si verdaderamente quería ser una buena máster, si no me valía quedarme en ese estado mediocre, si quería dedicarle un esfuerzo a algo que me gustaba pero que no era el centro de mi vida. ¿Por qué no ser mediocre y ya?

Hace unos días hice una tarta red velvet. El roscón no está mal, un pan dulce sobrevalorado, si me preguntáis, pero no es algo a lo que me apetezca dedicar el tiempo que necesita. Una tarta red velvet, en cambio… El caso es que hice la tarta y calculé mal dónde estaba la mitad del bizcocho para hacer el corte, que quedó muy abajo. De sabor seguía siendo espectacular, pero en esta época donde lo importante no es que sea bueno sino que lo parezca, a la hora de compartir la foto dudé si hacerlo o no porque no tenía un aspecto de revista. Era imperfecta. Dudé un minuto, pero al final subí la foto, en toda su imperfección, con el corte mal hecho.

Estos dos ejemplos hablan por supuesto de mi perfeccionismo, esa necesidad de hacer las cosas muy bien (lo que significa también a aspirar a tener una ilusión de control sobre la vida que es inalcanzable) porque en el fondo me siento defectuosa. Una forma de tratar de compensar esa falta. Pero también habla de un imperativo cultural que desprecia la mediocridad, la medianía, la calidad regulera hasta en tus puñeteros hobbies, porque en esta cultura competitiva (por la atención, por los recursos) no puedes permitirte ser normal, es decir, imperfecto. Hace tiempo que dejé instagram, pero a veces me asomaba al abismo de las publicaciones sugeridas y la conclusión que sacaba era: estás viviendo mal. En esta cultura del click bait para que pinches en tal o cual publicación, lo que más veía eran publicaciones del tipo: «los cinco errores que estás cometiendo en el gimnasio sin saberlo», «estos errores en tu dieta que están impidiendo que logres tus metas», «no te sabes vestir, pero yo te enseño cómo», «te estás maquillando fatal, pero aquí te cuento cómo puedes mejorar». Las permutaciones de esta fórmula son infinitas: en tu trabajo, en tu tiempo libre, en tus estudios, en tus aficiones… lo estás haciendo mal, pero puedes hacerlo mejor. La publicidad lleva un siglo sabiendo que nada consigue más dinero que apelar a tus inseguridades, avergonzarte por tu imperfección. Al ejército de expertos que te dicen cómo exprimir tu vida (no desde el plano moral, aunque los hay, sino el de la optimización, que en el fondo también esconde un juicio moral) se suma una cohorte de influencers.

Esto es parte de la subjetividad neoliberal de la que ya ha hablado gente como Wendy Brown en la que el sujeto, la persona, se convierte en capital humano y tiene que trabajar sin descanso en su portfolio para competir en el mercado. ¡Ahora, también, en sabor tiempo libre! Hace cosa de un mes contaba en Mastodon que me está costando mucho recuperar la salud y que ir y volver a Correos me dejaba sin respiración y recibí un simpático reply guy que me dijo, en plan bot, que tenemos el deber como seres humanos de cuidarnos. La respuesta me dejó perpleja, pero sobre todo me quedé pensando en la elección de palabras. «Deber», ojo, no derecho. El lenguaje de la responsabilización tan propio de las políticas neoliberales e hiperindividualistas de Reagan o Thatcher donde cada individuo es una microempresa que debe gestionarse si quiere prosperar. En vez de garantizar que las personas ejerzan su derecho a la salud, la salud es un deber, una responsabilidad individual que deja de lado toda cuestión sistémica. Esto no quiere decir, claro está, que no tengamos ninguna opción o autonomía y que podamos elegir, dentro de nuestra pequeñita esfera de actuación, cosas que nos van mejor en lugar de cosas que nos van peor. Me pareció, sin embargo, un ejemplo perfecto de esta pendiente deslizante que ve a los trabajadores no como clase sino como individuos. Ahora todos somos emprendedores de nosotros mismos y tenemos que maximizar nuestro potencial como individuos.

Meme del cuadro «Young Woman on her Deathbed» (c.1621), o cómo se siente esta subjetividad neoliberal

Hace también algunas semanas compartieron por mi TL este artículo contra la IA porque estaba «externalizando el pensar». Estoy absolutamente de acuerdo con esta apreciación, que encaja con nuestra cultura de emprendedores tecnócratas y vaciados de contenido y la visión emprendedora del yo, una nueva cultura donde tenemos que trabajar constantemente en nosotros mismos para transformarnos, para mejorar, para ser más eficientes. ¿Es por tanto extraño que, con la carga que supone considerarnos pequeñas empresas, nos sintamos tentados a externalizar cosas? Para el sociólogo Alain Ehrenberg, en el libro con el elocuente título de La fatiga de ser uno mismo, la depresión en las sociedades modernas es un síntoma del agotamiento que produce esta nueva forma de entendernos, del arduo trabajo de la autodefinición, de tener que producir un yo, para nosotros y para los demás. Nuestras identidades son narrativas, es la forma que tenemos de darnos sentido, pero ahora nos narramos más que nunca porque el mercado nos impulsa a hacerlo. E incluso cuando no usamos las redes para «vender», ese trabajo del yo se da por descontado. Ponte un avatar, una imagen de cabecera, escribe a una bio. Descríbete, prodúcete, sé responsable de esa creación. En la era de producirnos a nosotros mismos, de trabajar en la marca personal, tenemos que activar el control de calidad de lo que producimos. Si la Ilustración trajo la idea del individuo autónomo, sin ley moral o tradicional externa que le dicte qué hacer y qué pensar, el neoliberalismo trasmutó aquello en la hiperresponsabilización. Y si todo es posible, ¿por qué yo no puedo? Claramente debe ser una falla mía. La IA es un síntoma, no la causa, de ese agotamiento, de la burocratización y tecnificación de todas las facetas de nuestra vida.

En el libro The Perfection Trap: The Power of Good Enough in a World that Always Wants More, el psicólogo e investigador Thomas Curran, él mismo un perfeccionista penitente, argumenta que de los tres tipos de perfeccionismo descritos hasta ahora (el impuesto por uno mismo, el impuesto hacia los demás, el impuesto socialmente), es el último el que ha crecido exponencialmente. Sentimos que se nos exige mucho más que antes, que los demás esperan una versión «perfecta» de nosotros en todas las facetas de nuestra vida, que esperan de que nos adscribamos a un estándar elevado. Si bien esta perfeccionismo impuesto socialmente es algo que percibimos y proyectamos en nuestras vidas, es decir, lo que creemos que se espera de nosotros y no tanto lo que todo el mundo espera de nosotros, no es que sea un fantasma inventado. Lo que antes valía ya no vale y cada vez hay que trabajar más para conseguir menos. En el capítulo diez, «El perfeccionismo empieza en casa», Curran refiere que las expectativas de los padres han ido creciendo en los últimos treinta años. La aprobación cada vez se cobra más cara. Si consigues cumplir con las expectativas, esas expectativas serán un poco más altas la próxima vez, como ese trabajador que termina pronto el trabajo y en vez de irse a su casa le dan más trabajo. Ni el amor ni el derecho a tener algo digno de llamarse vida deberían depender de los resultados. ¿Cuántos hemos sentido, además, que las buenas notas eran un deber cumplido pero no conseguirlas era una sutil (y no tan sutil) decepción? No es que estos padres sean unos tiranos que busquen torturar a sus hijos, puede que no crean ellos mismos ni el perfeccionismo ni en la meritocracia ni en las expectativas infladas, pero sienten que si no inculcan eso en sus hijos estos no podrán desenvolverse bien porque la economía exige que cada vez se esfuercen más para tener lo básico. Los padres son agentes de reproducción de valores sociales. Y de todos modos el perfeccionismo, como dice Curran, es nuestro defecto favorito, ese comodín que siempre sacamos en las entrevistas de trabajo cuando te preguntan por un defecto, porque en realidad no lo vemos como un defecto, sino como algo aprobado socialmente.

Este incesante producir (y consumir) es parte de la ideología del capitalista del crecimiento continuo en aras del propio crecimiento. ¡Mira todo lo que te estás perdiendo en la gran cornucopia que es la vida!, grita el FOMO. Si le sumamos, además, la meritocracia interiorizada, el pensar en ese «todo es posible (si te esfuerzas)», el estándar que nos ponemos, como la proverbial zanahoria delante del burro, es cada vez más inalcanzable y genera gran sufrimiento psíquico. No te maquillas bien, no haces ejercicio bien, no comes bien, no educas bien, no limpias bien, no estudias bien, no diriges (rol) bien, no haces tu ocio bien. Eres una empresa y tienes margen de mejora. Es tu responsabilidad. El cansancio se produce por el efecto acumulativo de todas esas exhortaciones que apelan a las máculas que tienes como ser humano, no por una tarea única. A la injuria del esfuerzo se suma el insulto de la vergüenza, dice Alain de Botton. Sentir que no llegas, que no cumples esas expectativas, es fuente de vergüenza. Por eso, además, tienes que esforzarte sin que parezca que te cuesta, lo que llaman el síndrome del pato de Stanford: desde fuera se ve un patito que parece fluir sobre el agua, grácilmente, pero por debajo (por dentro) el pato está moviendo frenéticamente sus patas para mantenerse a flote.

Cuando yo estaba terminando la universidad (cierto, en una carrera de letras, donde no se esperaba mucho de nosotros, porque «el que vale, vale, y el que no, a letras»), el ambiente era más relajado. No había tanta presión para quemar etapas de la vida, sino para explorar qué te gustaba, qué te apetecía, qué te llamaba, fuera y dentro del sistema educativo. Ahora incluso en carreras de letras, en asignaturas que no tienen gran trascendencia para el alumnado, el ambiente de ansiedad es palpable como una niebla densa. La universidad es cada vez más como la oficina, vas, fichas, vuelves a casa. En las privadas, donde he dado clases, muchísimo más. Los nuevos edificios, además, están pensados para impedir cualquier socialización en el espacio público: no hay sitio para sentarse a leer o comer o charlar con tus compañeros. No hay ni tiempo ni espacio para la exploración. Ese es un lujo que pocos se pueden permitir. El deseo mismo tiene que estar dirigido al emprendimiento, a la optimización.

En esta sociedad de producción que supera los límites planetarios, la información nos satura. No veo usar tanto la palabra «infoxicación» como hace una década, pero creo se sigue aplicando. Con este caudal informativo, de datos sobre lo que es y lo que no es correcto en cada faceta de nuestras vidas (que va, además, cambiando a la velocidad de la luz: el patito de Stanford es mi suegra diciéndole a la familia que ahora se pueden comer tres huevos a la semana, ahora uno al día, según los últimos estudios), ¿es de extrañar que queramos externalizar una parte de ese cansado trabajo del yo para que alguien gestione todo eso por nosotros y nos dé la versión resumida? Nutricionistas, entrenadores personales, psicólogos, profesores particulares, un ejército de especialistas en parcelas de la vida cada vez más compartimentadas que te ayudan a alcanzar tus metas. Me resulta tentador pensar con nostalgia en mi infancia y adolescencia, con mi madre cocinando abundantes platos de pasta los sábados, cocidos y albóndigas los domingos alternos, sin pensar en las calorías que tiene la pasta o si son las mejores elecciones nutricionales para los objetivos. ¡Eso son dos días de comidas trampa a la semana! Pero entiendo el peligro de esa nostalgia, porque esa falta de información es la que llevaba a mi suegra a usar Nivea como protector solar; o a recurrir al «esto [lo que sea] siempre se hizo así y qué bien estábamos» (spoiler: no). Sería, obstante, deseable que alguna de esas facetas de nuestra vida no estuviera guiada solo por los criterios de la optimización, de cuantificación, de burocratización y tecnificación. Me comentaba también mi chico de esos padres que van tomando decisiones en función de lo que dice un grupo de expertos u otro, pero sin que esas decisiones estén apuntaladas por un sistema de valores personal. Si tenemos miedo a equivocarnos en lo más pequeño, ¿cómo no va a paralizarnos el miedo en la crianza?

En estos tiempos, el deber, la responsabilidad, de todo sujeto, en tanto poseedor de «capital humano», es tomar siempre decisiones informadas. En una sociedad en la que ha desaparecido la red de protección que te salva si caes, supervisar tu salud y la de otros, en un cálculo constante de coste-beneficio, se convierte en un deber y se transforma fácilmente en hiperreflexividad. En un mundo en el que la prosperidad o el percance depende exclusivamente de tus decisiones, ¿cómo no vas a estar examinándote continuamente para ver si esa es la decisión correcta? Esa hiperreflexividad, entonces, es lo contrario al tan manido narcisismo y la autoindulgencia. Es consecuencia de la hiperresponsabilización de los sujetos, los supuestos héroes de su propia historia, dueños de su destino que, mediante las decisiones adecuadas pueden cosechar los frutos de la meritocracia. Y el resultado es el agotamiento, la fatiga, el cansancio.

Recuerdo a menudo estos días un texto de Mircea Eliade que me fascinó: «Invitación al ridículo», publicado por Siruela en El vuelo mágico. Lo compartí en mis tiempos jóvenes interneteros con gran calaje y ahora vuelvo a él, pensando en mi tarta mal cortada, en mis titubeos como máster de rol, en mis deficientes sentadillas, en el sistema cardiovascular a punto de entrar en combustión a la primera cuesta hace apenas una semana. Dice Eliade:

«Pienso que el ridículo es el elemento dinámico, creador e innovador de toda conciencia que se quiera viva y que experimente lo vivo. No conozco ninguna transfiguración de la humanidad, ningún salto audaz en la comprensión de ningún descubrimiento pasional fecundo que no haya parecido ridículo a sus contemporáneos.»

Lo perfecto, nos dice Eliade, es efímero, caduco. Equivale a la muerte (un libro perfecto es un libro muerto porque nace y muere en sí mismo). Lo ridículo en cambio es fecundo, es la vida misma en su imperfección, porque da lugar a lo imprevisible, porque conmueve. Esto entronca con lo que decía James P. Carse sobre los juegos finitos e infinitos. Distingue entre entrenamiento y educación en función de cómo afrontemos la sorpresa, es decir, lo inevitable, lo desconocido. Si buscamos prevenirnos contra la sorpresa, es decir, tener preparados todos los pasos para intentar controlar el resultado y buscar lo predecible, hablamos de entrenamiento. Si abrazamos la sorpresa, hablamos de educación. Un juego finito es aquel que se juega con el propósito de ganar, un juego infinito para seguir jugando. Nuestra sociedad, centrada en resultados y éxitos, no está interesada en la parte lúdica de jugar para seguir jugando, para descubrir, para el asombro. Si bien me considero más persona de la cultura de la culpa que de la vergüenza, confieso que el ridículo a veces me cuesta y busco el antídoto en la necesidad de control, en prevenir la sorpresa, pues es un mecanismo de defensa adquirido cuando te han humillado y se han burlado de ti. La idea, sin embargo, me parece tan potente, tan inspiradora que vuelvo a ella cada vez.

La edad y la enfermedad me han puesto en contacto con mis muy humanas limitaciones. Mi enfoque hacia el ejercicio está virando del control del cuerpo, con objetivos cuantificables, a la búsqueda de movimiento continuo, cuando puedo y el dolor me deja. Cómo no, en nuestra hubris humana del «querer es poder» hay muchísimo capacitismo. Activistas contra el capacitismo nos advierten que es mejor que empecemos ahora a darle la vuelta a nuestros prejuicios porque tarde o temprano nos ocurrirá algo que nos ponga rápidamente en el otro lado y el viaje será mucho más duro si no hemos hecho el trabajo antes. Los enfermos, los desempoderados, siempre son los otros, hasta que no lo son. Estoy tratando de dejar de lado la carrera de ratas de conseguir tal o cual. Siempre he defendido que contar calorías, ponerse objetivos cuantificables de tantos libros al año o pasos al día no es malo ni síntoma de nada. Por sí solas, son herramientas útiles, medidas que podemos usar tanto en pos de un objetivo como para valorar de forma algo más objetiva nuestro estar en el mundo si tendemos a no valorar lo que conseguimos. Querer hacer mejores tartas, mejores partidas, mejores marcas no es ser cómplice del capitalismo. Hay placer en eso. El cansancio, la fatiga, viene por la sobrecarga de mensajes sobre cómo optimizar la vida, pensar que la vida tiene que ser una carrera de objetivos que deja de lado el placer solo para considerar que hemos vivido. Que si vas al gimnasio solo porque te gusta y te sientes bien, pero no tienes objetivos te vas a desanimar y lo vas a dejar. Que para continuar con algo necesitas de objetivos mesurables porque el mero placer no bastará para mantenerte. Que no puedes quedarte en lo mediocre porque sería traicionar tu potencial. A veces es necesario abrir una espita en la vasija de lo posible, en la vasija del yo. El quiet quitting, ese «preferiría no hacerlo» de Bartleby, aplicado fuera del ámbito laboral a nuestro día a día.

La serpiente de Essex: inventando a los victorianos

He sacado (más bien excavado, con mucho esfuerzo) un ratito para escribir en el blog. Ando muy liada con el TFM y la salud ha estado regular, pero siempre tengo ganas de volver aquí a decir algo. Y como escribir aquí, por desgracia, no es una prioridad para el capitalismo, sentarme a contar algo no es algo que vaya a salir fácilmente. No voy a encontrar el tiempo, como quien encuentra una moneda en la calle: tengo que excavarlo en hendiduras de la roca del tiempo. Y cuando me siento aquí mi trabajo no es menos laborioso. Cada entrada es otro trabajo de pico y pala que me lleva un trabajo que por placentero no deja de ser esforzado.

Si de algo me alegro este fin de año es que en los últimos meses estoy sacando tiempo para leer. Leer me deja un poso que no me dejan otras cosas. Puedo no haber tenido un día «productivo», uno de esos días que doy vueltas nerviosa de habitación en habitación, de tarea en tarea, sin concentrarme en nada, pero si he leído aunque sean 25 minutos, un pomodoro de esos, siento que he salvado el día y me acuesto en paz. Este volver a leer con frecuencia me ha salvado incluso el año. Y me acabo de terminar un libro que calificaría como «delicioso» y que me parece muy apropiado para esta época del año. No sé si he usado alguna vez ese adjetivo para calificar un libro, quizá siempre me ha parecido injustamente algo cursi, pero lo he terminado con dicha y placer.

La serpiente de Essex es un libro escrito por Sarah Perry y publicado en España por Siruela. Curiosamente, hace algún año empecé a ver la miniserie (puede que Tom Hiddelston tuviera algo que ver en esto) y por razones misteriosas incluso para mí dejé de verla al segundo episodio. Se me cruzó un gato, otra serie, el desánimo… no lo sé, pero me estaba gustando y la dejé de ver. Algún año después me hice con el libro en español, algo raro tratándose de un libro cuyo original está en inglés, que es la lengua extranjera que puedo leer con más soltura, y no me arrepiento nada. Como ex traductora penitente tengo que decir que la traducción me ha requetegustado. He intentado quitarme esos atavismos, el de leer algo y pensar qué diría el original o cómo traduciría aquello (esto me sigue apretando la garganta y me hace sentir el vértigo de asomarse al abismo de ese salto de fe que supone cerrar el hueco que separa una lengua de otra), pero me siguen atravesando como flechas porque, más que atavismos, son flashes de Vietnam. He disfrutado mucho de este libro también porque me ha encantado la traducción, que es de Carlos Jiménez Arribas, e iba anotando mentalmente esa expresión, y esa otra, que había también desenterrado el traductor con maña de palentólogo, criptozoólogo a veces, muy en el tono de esta novela, que al fin y al cabo se teje en torno a la leyenda de la serpiente marina durante la época victoriana. Si ahora quiero ver el original y comparar algún fragmento es para entender los trucos de magia.

La gran serpiente marina, captura de Simon Cooke, via Victorian Web

El argumento es tan sencillo o tan complicado como lo quieras poner. Una mujer, Cora Seaborne, tiene la suerte de enviudar de su marido, un hombre estricto en sus días buenos y maltratador en los malos y empezar a vivir sin corsé. Paleontóloga aficionada, nada le gusta más que ponerse botas y abrigo de hombre y patearse el campo con la cabeza puesta en el barro, a ver qué encuentra. La fortuna la lleva también a Essex, donde en un pequeño pueblo el reverendo William Ransome tiene a la parroquia presa del pánico porque se dice que una serpiente gigante anda al acecho. Los dos polos opuestos se atraen, pero no es una historia de amor al uso (ni siquiera en los múltiples triángulos amorosos que pueblan la novela y que la convierten en un espacio euclídeo). Diría que es casi más una exaltación de la amistad y la camaredería. Se trata de una novela neovictoriana, es decir, una novela ambientada en época victoriana pero escrita en nuestra (ay, convulsa) época contemporánea. Las novelas neovictorianas suelen ser muy conscientes de su artificio como novelas, del lugar y el momento en el que están escritas y retratan la relación que tenemos con el pasado victoriano. Muchas de estas problematizan lo que entendemos por victoriano y vierten el presente en el pasado. Van de nosotros y de los victorianos. También, claro, hay pastiches y parodias. El tono aquí no es reverencial, sino de mirarse a la altura de los ojos. La definición de neovictorianismo es también tan estrecha o tan amplia como queramos hacerla.

Creo que lo primero que solté al empezar la novela fue que por fin encontraba algo «victoriano» sin que se leyese o se escuchase como «tener un palo metido por el culo». Andaba yo escuchando alguna partida de The Between, un juego de rol (¿neovictoriano?) que está inspirado en Penny Dreadful y artefactos por el estilo, y me sorprendía que la interpretación tendiese a ser relamida y de beber el té con meñique extendido, así que empezar este libro, con una traducción deliciosa, fue como que te ofrecieran limonada fresca un día de calor. Matthew Sweet escribió un libro muy famoso (ejem, sí, en unos círculos estrechitos) titulado Inventing the Victorians. La tesis es que los victorianos no eran una panda de estrechos y reprimidos con cien mil tabúes para todo, que les gustaba pasárselo bien (también en la cama) y que no cubrían con bombachos las patas de la mesa. Que fueron modernos, en contra de lo que Lytton Strachey pensaba al hacer una oposición ente ellos, los de Bloomsbury, los modernos, y los victorianos, esa panda de carcas. Matthew Sweet no fue el primero en decirlo, desde luego, pero el suyo fue un libro bastante popular como divulgación por el tono desenfadado y el uso de la cultura popular para ilustrar sus argumentos. No soy victorianista, así que no puedo corrobar o desmentir todas las afirmaciones, pero la propia Sarah Perry menciona este libro al final de la novela como una influencia importante en su proceso de documentación.

Xilografía de 1669 que lleva el título de ‘The Flying Serpent or Strange News Out of Essex’

La propia Perry creció en Essex, un condado inglés del que sé poco (salvo un dicho, ejem, tristemente popular que por lo visto se dice por ahí: Essex girl, easy girl) y en el que nunca he estado, a pesar de haber pasado un año en Norwich, que no está muy lejos de allí. Por lo visto, la autora de La serpiente de Essex escribió también un libro de ensayo titulado Essex Girls, donde explora la variedad de chicas que ha parido el condado, desde las mártires a las abolicionistas. Criada en un entorno muy religioso, tuvo una educación poco común y creció sin ver la televisión, pero aprendiendo a bordar, a tocar el piano, rodeada no de música pop sino de lectura y escritura. Esa educación insólita hizo que los demás la vieran como una excéntrica, la rarita de la escuela. Claramente, hay algo de Cora, la protagonista, y ella, pero también de William, el párroco.

En la novela y, supongo que en la Inglaterra contemporánea, Essex se contrapone al cosmopolitismo de la capital de tal modo que los londinenses, incluso aquellos de ideas progresistas, lo retratan de forma obcecada como paleto, provinciano, ciegos a sus propios prejuicios. Porque los capitalinos pueden ser tan o más prejuiciosos como los aldeanos sobre otras cuestiones como la clase social o el género, por ejemplo. Sobre esto último, Sarah Perry decidió crear un personaje femenino poco convencional y que reflexiona sobre las ataduras con las que tiene que convivir una mujer en la época; y lo hace, sí, enfrentada a los convencionalismos de la época pero sin que su entorno se rasgue las vestiduras, sin verse condenada al ostracismo. Algunos de los comentarios que recibe pueden verse como paternalistas, porque más que con rechazo, su entorno cercano los contempla con simpático desconcierto, como pintorescas excentricidades de una persona singular. Hay que ver, la chica esta, qué cosas tiene. Pero nunca nadie de ese círculo íntimo la expulsa, repudia o castiga de forma ejemplarizante para devolverla al redil. Su excentricidad se granjea icluso la admiración de hombres diferentes: el de la ciencia y el de la fe. Sí sale a relucir la superstición campesina (para frustración del párroco, William Ransome, que ve su fe como una extensión de la razón) cuando se atribuyen acontecimientos recientes a su llegada, como si fuera una bruja que trae consigo un maleficio, pero ni todo el mundo piensa igual ni se retrata la comunidad de forma homogénea. Hay una intención de acercar el mundo victoriano al presente, de establecer paralelismos, que son vasos comunicantes. Sucede también con los problemas de la vivienda que se presentan en la novela, de caseros abusivos, alquileres vampíricos para viviendas insalubres. ¿A que nos suena? Nosotros, tan modernos, quizá no hemos avanzado tanto después de todo.

Claire Danes como Cora Seaborne y Tom Hiddleston como William Ransome

Otro tema que me ha gustado mucho del libro es el retrato de la amistad, femenina y masculina. Es casi un lugar común decir que la amistad femenina se narra con menos frecuencia que la masculina, pero incluso las amistades masculinas parecen sucumbir en la ficción a un estereotipo de amistad entre bros. En Juego de tronos, por ejemplo, hay muchos ejemplos de amistades entre hombres y muy pocos entre mujeres, pero los hombres tejen esos lazos entre bros unidos por rasgos muy varoniles: el combate, la lucha, el honor. Esas cosas. Aquí las amistades entre hombres son… otra cosa. Hay admiración, romanticismo, camaradería, ternura. Pienso en una escena que ilustra esto a la perfección y que es un espoiler como un castillo, pero que no me resisto a contar. Uno de los protagonistas contempla el suicidio a la sombra de un robusto roble y reflexiona sobre los motivos que le quedan para vivir. No encuentra ninguno y lo que encuentra le parece una razón más endeble que la rama del árbol del que piensa colgarse. Hasta que, casi como una ocurriencia tardía, piensa en su amigo. Ese amigo que ha estado allí desde que se conocieron en la facultad de Medicina, que lo ha apoyado siempre, que ha creído en él y lo ha patrocinado para que prospere como cirujano. Y entonces, solo entonces, maldiciendo y con rabia, decide no suicidarse porque piensa en el daño que le haría a su amigo y lo mal que lo pasaría con su muerte. De mala gana, cabreado como una mona, porque cómo puede hacerle eso, su maldito amigo, elige la vida.

Hay un componente utópico en esos triángulos, de comuna inusual, que forman los amigos en esta novela. Personas diferentes, de estractos sociales e ideas distintas, cuyos caminos convergen en un momento dado de sus vidas para crear algo, efímero o duradero. Ambas duraciones, las cortas y las largas, son importantes. Algunos de esos caminos se separan, unos con más amargura que otros, otros permanecen, pero algo pervive siempre de esos lazos porque nos convierten en lo que somos. Los protagonistas caminan juntos y tienen conversaciones trascendentes, al amaencer, al atardecer, al anochecer, como en la trilogía de Richard Linklater, y, mientras, hablan y caminan tratan de econtrarse, de dar sentido al mundo, de darse sentido a ellos mismos. Hay en la novela una línea fina y porosa entre el amor el amistad (y también entre la amistad, el amor y sus opuestos, el rencor y la enemistad), la pasión física, encarnada, (que Cora ha enterrado bajo capas de abrigos) y la pasión intelectual. Ese tejido de relaciones complejas e improbables es lo que le da al libro una vida chispeante. Personas que navegan un mundo nuevo donde el avance científico, el conflicto político y la fe colisionan unas veces, discurren en paralelo otras y, en algún momento, llegan a converger. La serpiente marina es el tapiz, el lugar común donde se reúnen elementos dispares, pues simboliza ese choque entre el mundo nuevo y el mundo viejo y, si me apuras, qué siginifca el tiempo profundo de la historia, cómo los descumbrimientos nos hacen replantearnos lo que creíamos inamovible. El mito, la realidad del fósil o el artefacto, la narración, todo eso es necesario para dar sentido al mundo que se nos presenta en fragmentos.

En las novelas neovictorianas lo importante no es la representación fidedigna del pasado, sino lo que el pasado tiene que decirnos y qué le contaríamos nosotros. La pregunta no es tanto ¿eran así los victorianos? (pues sí… y no) sino ¿qué nos dicen?, ¿por qué queremos seguir hablando con ellos? A veces también nos ponen un espejo delante. La nostalgia, en tanto que instrumentalizada por regímenes reaccionarios de cualquier signo, tiene una reputación ahora, pero somos seres con pasado, con historia. No estamos siempre mirando al futuro, sin girarnos una sola vez, eso es algo parecido a huir. En ese sentido, no toda mirada al pasado es nostálgica, si entendemos nostalgia como el deseo de traer el pasado el presente, de sustituirlo por un sucedáneo de otra época. En todo caso, cualquier artefacto que tenga esa intención poética sería retrovictoriano, más que neo. Del mismo modo, la mirada al futuro como un mascarón de proa que no puede mirar a otra parte puede ser también un tipo de nostalgia: de lo que no ha sido pero puede ser. Sea como sea, lo del neovictorianismo, como todas las etiquetas que terminan usándose mucho, puede ser una categoría escurridiza, pero no es el objetivo de esta entrada hablar de todo ello. Diré solo para acabar que esta es una novela deliciosa, de las que te lees y acabas con el corazón calentito de ver ese tapiz humano y de escuchar qué nos tienen que decir esos seres de otro mundo que se parece un poco al nuestro.

La nostalgia, la televisión y la construcción de la identidad: I Saw The TV Glow (#spooktober3, yo qué sé)

Sí. lo sé. No estamos en octubre, estamos en noviembre, pero yo llevo mis ritmos, ¿vale? De hecho, debería ahora mismo estar escribiendo mi TFM, pero me he engañado (spoiler: no en realidad) diciéndome que, como parte del trabajo tiene que ver con una examinación de la nostalgia desde un punto de vista más comprensivo que el que se suele usar, puedo escribir esto para darle forma a mis ideas. En parte es cierto, pero seguro que podría «darle forma a mis ideas» escribiendo el TFM en lugar de esto. Pero, ¡caramba!, ¡yo me debo a vosotros, mis exiguos cuatro lectores! No os puedo dejar abandonados tanto tiempo. Para calmar mi conciencia, me he propuesto tratar de escribir esto en tres pomodoros (se oye una risa sarcástica en vuestros altavoces). ¿Lo conseguiré? Lo descubriréis al final del artículo. Ostras, lo he llamado «artículo» y todo.

I Saw The TV Glow (2024), el motivo por el cual estoy hoy faltando a mis obligaciones

Una de las películas que vi durante este Spooktober en el que me había propuesto ver una película de terror al día fue I Saw The TV Glow (2024). ¿Sabéis esas pelis o libros o lo que sea que no os gustan tanto cuando las veis, pero luego, pensando sobre ellas, empezáis a descubrir cosas y os gustan cada vez más? Creo que esta fue una de ellas. No me pareció una película de terror, más bien un drama, aunque puedo entenderlo si ampliamos el significado de la categoría «terror psicológico» al desgarro que te deja presenciar la muerte en vida de un personaje. De Jane Schoenbrun, le directore1, había visto We’re All Going to the World’s Fair (hecha con dos mil dólares y unes amigues en los bosques, así tal cual), que me había dejado un tanto fría, aunque en retrospectiva esta y I Saw The TV Glow tienen puntos en común: la soledad y la incomunicación, nuestra relación con los medios audiovisuales y el salto a la madurez dentro de una cultura audiovisual… Jane había descrito I Saw The TV Glow (que cuenta con un presupuesto de diez millones de dólares) como una alegoría de descubrir que eres trans. Los tropos que acompañarían a la experiencia y que se muestran en la película asociados al género de la fantasía, son el ser enterrado y enterrada en vida, pero también entrar en un plano de realidad diferente. Como persona cis, no puedo hablar de esa experiencia, pero el desgarro de no reconocerse y no ser reconocide (que aparece también de forma literal y figurada en la película) es algo palpable. Mi marido y yo no podíamos dejar de decir lo tristes que nos sentíamos viendo la peli, incluso aunque no sea una película solo sobre la tristeza. De lo que me siento con algo más de autoridad para hablar es cómo la película reflexiona sobre la televisión y los géneros formativos (en este caso, fantásticos) que vimos en nuestra adolescencia, con una mirada, creo, más sútil y comprensiva que el «cualquier mirada al pasado revela una nostalgia condenable, la negación del futuro y la mejor opción es dejarlo caer».

Liminalidad: sitios de transición

No hace falta señalar que la palabra «nostalgia» se ha convertido en un campo de batalla político: las miradas regresivas a la mitología nacionalista de Trump y el Brexit, las trad wives, los remakes de los ochenta donde los niños jugaban libres montados en sus bicis… Todo ha sido interpretado como las trepidaciones que sienten las democracias liberales de la enorme sacudida que supuso la crisis financiera de 2008 y el lento movimiento telúrico que está hundiendo la democracia. Aunque esa nostalgia se asocia más a menudo como un movimiento reaccionario de las nuevas pero viejas políticas de la derecha, la izquierda tampoco está libre de una sentimentalidad nostálgica que lamenta la pérdida de pasados que nunca fueron tan progresistas como nuestra amnesia nos da a entender. La canibalización del pasado como industria lucrativa es la marca de los dosmiles. Dos libros que ando hojeando ahora mismo para mi investigación (Netflix Nostalgia: Screening the Past on Demand y The Aesthetics of Nostalgia TV: Production Design and the Boomer Era, ambos, curiosamente, publicados en 2019) incluso se atreven a declarar que las plataformas de streaming como Netflix llevan en su algoritmo la nostalgia inscrita, hasta el tuétano2. Netflix nos ofrece una desoladora puesta en abismo de nostalgia mediada comercialmente. Vamos, lo que alguna vez he descrito en mis círculos íntimos como la cultura del ciempiés humano de alguna parte de la comunidad creativa friki y que no podría poner en mi TFM: te alimentas de lo que ya cagaron otros. El cómic de la serie en la que se inspiró la película fue la inspiración de mi libro. Algo así.

La fascinación del ritual televisivo

Me irrita particularmente que no se pueda concebir una mirada compasiva hacia aquellos productos culturales que fueron formativos en nuestra adolescencia y juventud al mismo tiempo que ofrecer una mirada crítica. En otro libro que ando leyendo a ratitos, Immediacy, de Anna Kornbluh, la autora dice que la marca de nuestros tiempos es precisamente esa falta de mediación, de distancia crítica, donde todo es «la exposición inmersiva de Van Gogh», la total identificación con el objeto. Dice Kornbluh en varias entrevistas que es frecuente que personas que por lo general son articuladas, reflexivas y capaces intelectualmente, cuando la escuchan criticar Fleabag por mostrar esas características de nuestro capitalismo salido de madre (el mírame, aquí estoy, ríndete a la experiencia) que ella critica, de lo único que son capaces es de decir es «ay, ¡pero es que Fleabag me encanta!», como a la defensiva. Francamente, podría ser algo que yo misma dijese. Y, sin embargo, hay películas y series que miran al pasado justo con la actitud descrita en el inicio de este párrafo que ya me está quedando demasiado largo. En TV Glow, Maddy (interpretada por Brigette Lundy-Paine) le descubre a Owen (Justice Smith), otro adolescente solitario y aislado, la serie The Pink Opaque una serie de fantasía à la Buffy the Vampire Slayer (como varias críticas han reconocido, una serie con la que incluso comparte tipografía, aunque a mí me recordaba más a la serie Charmed o Embrujadas, que me tragué religiosamente cada vez que la echaban sabiendo que aquello era mortadela, quizá porque nunca he visto Buffy) que va de dos mejores amigas que se conocen en un campamento de verano y descubren que tienen poderes y desde entonces tienen que andar matando a todos los malos sobrenaturales enviados por el malo malísimo, Mr Melancholy (nada de alegoría aquí tampoco). Maddy es una emo lesbiana en 1996 que se identifica totalmente con Tara, la punkita de la serie, porque además de estar buena no deja que la vacilen y encima «es experta en demonología». Owen es más tímido, lacónico y circumspecto, y se ve a sí mismo como la más femenina, Isabel. Toda esta parte de la película es cómo nos relacionamos con las series todas las raritas cuando no tenemos nada más, ni amistades, ni familia en la que confiar, ni nada, pero también cómo conseguimos crear vínculos con otras personas que se identifican con aquello que nos habla casi personalmente, cómo nos reconocemos a través de la ficción, a nosotras mismas y entre nosotras (aquí uso el femenino como genérico porque ha sido mi experiencia de joven y adolescente, y creo que lo sigue siendo en cierta medida, aunque con esa distancia de la que habla Kornbluh y menos mitificación).

Owen y Maddy y un mélièsiano Mr Melancholy

La película también es un comentario sobre ese miedo desde que el cine es cine (y la televisión, televisión, o la literatura, literatura) de que la ficción pervierta a tu prople. Antes te los volvía satánicos, ahora tienen el rayo mariconizador. Hay un momento en el que el padre de Owen, cuando éste le pregunta si se puede quedar un poco más tarde para ver The Pink Opaque, le dice: «pero ¿eso no es una serie para niñas?», con un tono despreciativo. También sobre ese ritual casi sagrado de reunirse a una hora y en un lugar delante de la tele cuando no había la oferta de plataformas actual. El televisor como objeto casi totémico, el brillo del televisor como algo sobrenatural que te invitaba a otro mundo, la cinta de vídeo grabada de la tele como un objeto mágico (Maddy le graba cintas a Owen de The Pink Opaque y se las deja en la sala de fotografía). Y lo duro que podía ser en la adolescencia preinternet, si tus gustos eran un poco raritos, encontrar a alguien a quien le gustase lo mismo que a ti (o sea, hacer amigos). La película no glorifica aquella época, nos muestra la soledad, el ostracismo, pero también la intensa comunión de ese ritual televisivo y parece que una pregunta flota en el aire: hemos ganado cosas, pero ¿habremos perdido algo? TV Glow va en gran medida sobre la nostalgia, es decir, lo que recordamos (mal) del pasado que contribuyó a que fuésemos quienes somos. La clave es la involuntaria falsificación del recuerdo. Hay un momento en la serie en el que Owen se pone a ver The Pink Opaque años después, en su treintena, porque ahora está disponible en una plataforma de streaming y apenas reconoce la serie: está tan llena de clichés, es tan infantil, tan cutre. Las imágenes que nos muestra la película de la serie inventada son ahora diferentes a las que nos enseñó al principio: menos surrealistas, más infantiles (no son dos muy amigas adolescentes, sino niños). Y cuando la vuelve a ver, vuelve a cambiar. Ahí están las promesas y las trampas de la nostalgia, que el pasado no es un objeto inerte que permanece siempre estable. Recordamos proyectando en la memoria, proyectamos en incluso en lo que vemos en el presente.

Más liminalidad

La película, además, no es un pastiche. Ha conseguido crear su propia estética que recrea los 90 como una fantasía y no se siente como una fagotización de otras series, cuenta con su propia banda sonora que tiene ecos del pasado sin ser una imitación. Que el malo, además, sea el Señor Melancolía que quiere encerrarnos en el Midnight Realm, el reino de la medianoche, nos da a entender que la nostalgia es mala cuando nos invita a quedarnos para siempre en ese pasado que no es pasado, una liminalidad para siempre. Un lugar liminal (de limen, en latín, que significa «umbral») es un lugar o un estado que se ve o se siente como entre dos lugares o estados, es decir, de paso, de transición. La adolescencia es el estado liminal por excelencia, porque no eres ni adulto ni niño. La película está llena de imágenes de liminalidad (pasillos, puertas y otros lugares de paso) y de lugares vacíos usualmente concurridos (la escuela, el comercio, los aparcamientos), imágenes de posibilidad, pero también de pérdida. Ese lugar liminal puede parecernos mágico (en lo fantasioso o en lo terrorífico incluso), pero la vida allí es una vida no vivida. No del todo. Es esta examinación de la nostalgia que aporta algo más sofisticado y sutil al debate la que hace que I Saw The TV Glow interesante en ese aspecto.

The Pink Opaque

(Y yo me quedo abruptamente aquí, porque por supuesto que no he conseguido escribir esto en tres pomodoros, sino que llevo más de dos horas y media de mi vida con esto, gracias).

  1. Jane es una persona no binaria y siempre que me dirija a ella usaré lenguaje no binario. Espero no equivocarme y que no resulte confuso usar varios géneros gramaticales en el artículo. ↩︎
  2. Añado la nota para aclarar que no todos los ensayos de Netflix Nostalgia condenan la nostalgia per se o la ven como una herramienta que desarticula cualquier movilización política, pero por cuestiones de claridad y de pomodoros no me puedo meter en ese jardín ahora mismo y he decidido simplificar. ↩︎

Spooktober #2: The House of The Devil (2009) y The Funhouse (1981)

Supongo que nadie esperaba que fuese a escribir de todas las películas que veo, ¿no? ¡No tengo tanto tiempo!

Estamos a 18 de octubre y he visto 17 películas (llevo una de retraso porque un día no me apetecía ver películas, sino estar tumbada en la cama leyendo, así que mañana sábado tendré que hacer sesión doble). Algunas de ellas memorables, otras entretenidas y otras perfectamente olvidables. En según qué círculos, decir que algo es «entretenido» se recibe con condescendencia, indulgencia, quizá complacencia y otros nombres que terminen en -encia. ¿Ah, que te… entretienes?, pregunta nuestra interlocutora imaginaria después de darle un sorbo al té con el meñique levantado. El entretenimiento no es arte, el entretenimiento no es transformador, no hay nada que aprender del entretenimiento. La ironía de esta cultura en la que estamos inmersos es que vivimos abrumados por la cantidad de contenido que se publica, pero parece que para destacar en el cúmulo ese algo tiene que epatar, que dejarte el culo clavado al asiento y la cabeza dando vueltas como si fuera la calavera en llamas del geocities. Venden las hipérboles porque estamos absortos en la inmediatez, donde la distancia no existe: «esta puta mierda es tremenda basura» o «la mayor obra de arte del siglo XXI». Hay que huir de la tibieza, nos dicen. Así que lo entretenido queda entonces en el medio, olvidado, meciéndose solitario en el columpio, mientras los capuletos y los montescos se pelean en el patio. Y, sin embargo, hay cosas tibias, perdón, entretenidas de factura impecable, que hasta podemos llamar buenas.

Venga, pasa, que te lo destripo todo.

Una de ellas es House of The Devil (2009), de Ti West, que casi podría ser un precedente de ese ‘elevated horror’ del que hablaba el otro día si no fuese porque la pretensión de Ti West no es otra que entretener. Oíd: no he visto aún nada de Ti West que no me haya gustado. Pienso dejar que me ponga a prueba y cambiar de opinión porque me voy a tragar hasta las sobras, bendito sea. Y esta película me encantó. Me encantó el ritmo pausado, la recreación de los ochenta que son más los ochenta que las películas de los ochenta que ahora parecen caricaturas de los ochenta, el uso del sonido y del espacio… El título no engaña: claro, conciso, sin subtexto y nada alegórico. Es una película ambientada en 1983 en Connecticut sobre una estudiante universitaria (Samantha, una chica de mirada de cervatillo, interpretada por Jocelin Donahue y un peinadito muy de Los ángeles de Charlie) que necesita dinero y busca trabajo como niñera. Encuentra uno… pero en lugar de niños resulta que tiene que cuidar de una señora mayor en una mansión en las afueras durante una noche de eclipse lunar, para más inri. La película comienza con un prólogo sobre la paranoia y el pánico moral de los 80 con el pánico satánico, que dan una pista sobre la atmósfera inquietante en la que tanto la estudiante como la espectadora viven cada detalle y minúsculo incidente, alimentando la tensión y la sospecha. Tal es la tensión que se vive que cuando comienzan los ataques y se revela por fin que, efectivamente, la familia de aspecto ominoso forma parte de un culto al diablo que busca una virgen para inseminarla el maligno, la tensión se evapora, el espectador se relaja. Y Ti West, que domina los códigos del terror, lo sabe y lo usa no como un efecto secundario de tener que cerrar una trama, sino adrede, sabiendo que esa tensión acumulada y sin alivios por medio de jump scares que la liberen necesita al fin una salida. La incertidumbre, la paranoia y la sospecha siempre son más perturbadoras que la cruda realidad, incluso si la cruda realidad es que Satán existe y su venida a la Tierra está próxima. El terror no nace de la incerteza de lo que pueda suceder, sino del aplazamiento de la certeza.

La espera, el tedio

Hablo de «códigos del género» y no de pastiche, aunque la película se podría considerar un pastiche, porque si algo tiene el género es que, de forma consciente o no, es siempre autorreferencial con el canon que lo sustenta: el género es formulaico, las convenciones cristalizan, se rompen o se dan la vuelta, pero si algo lo define es que es formulaico. Así pues, la película no solo hace referencia a una cultura de conspiraciones y recelos alimentados por las historias de abusos rituales y sacrificios ocultos, sino a las películas del género de la época en la que se ambienta, guiños que se expresan también en los movimientos de cámara. La película incluso se estrenó también en VHS en un lujoso estuche para rendir tributo a los días del videoclub y las tiendas de vídeo, por si los otros guiños eran demasiado sutiles de captar. Si hace unos días hablaba de esa polémica del cine de terror enciclopédico o ensimismado que se olvida de dar miedo, The House of The Devil no. La película, salvo la traca de liberación final (que para los estándares de género es incluso contenida, aunque ojito con la escena estroboscópica), es morosa y se detiene en ese aburrimiento que nos han robado la sobrestuimulación digital las veinticuatro horas del día y que Ti West en 2009 sabe que ya son reliquias del pasado, como la cinta VHS1. Ese qué hacer en la salita de estar mientras tu amiga discute las condiciones y el salario del trabajo en otra habitación, esa apatía y fastidio cuando lo que echan en el único canal de la tele no te gusta, o no te entretiene, y no tienes otra cosa que una única cinta de walkman que escuchar una y otra vez. El terror se germina en esos espacios de tedio, en el aburrimiento que te lleva a deambular por una casa y rebuscar en los secretos del armario de unos extraños. Para recrear esa demora, West recurre a una obsesión casi escopofílica por el detalle donde la cámara se recrea (hah, see what i did there?) en objetos y espacios, como si en lugar de un slasher estuviéramos viendo una película de fantasmas (una demora quizá también dictada por el irrisorio presupuesto de menos de un millón de dólares con el que contaba2), pero no en el cuerpo de la chica, que no incita a nada sexual. Todo un homenaje a lo artesanal en una película, escrita, dirigida y montada por el propio West a manita. Él se lo guisa, nosotros nos lo comemos y nos churrepeteamos los dedos.

Esos incómodos momentos en los que no hay nada que hacer

Otra película de la que quiero hablar hoy, porque tiene también cierto tono moroso parecido a la de West es The Funhouse (1981) dirigida por Tobe Hooper, por la que confieso que no daba ni un duro y resulta que me gustó bastante y lo pasé muy bien viéndola. Por un lado, si The House Of The Devil quiere rendir tributo a una veta del género replicando sus texturas, aquí comienza directamente con un descarado homenaje a Halloween de John Carpenter (que se había estrenado solo tres años antes, en 1978), con su famosísima cámara del asesino en primera persona, y luego a Psicosis de Hitchcock en la escena de la ducha, aparte de toda la memorabilia de la Hammer que el hermano de nuestra chica final tiene en casa. Los monstruos son familia y las alusiones sutiles son para burguesas3. Habrá muchas más de estas, como artefacto lleno de juegos de espejos que es, incluso una a su propio cine, pero en cuanto la trama echa a rodar lo que hay es casi una hora de película costumbrista que se deleita en el mundo de los freaks, en el placer grotesco de los personajes que pueblan las ferias, donde los normales pasan a ser los raros y los raros normales. La trama es sencilla: la chica que ha sido asaltada por su hermano fan de la Hammer en la ducha va a la feria del pueblo en la primera cita y a un iluminado en pleno éxtasis adolescente se le ocurre que la mejor forma de pasar la noche es dentro del tren de la bruja, cuando todos se hayan ido. Desde allí observan cómo el hijo del feriante jefe, que lleva una máscara de la criatura de Frankenstein para, je, ocultar su monstruosidad, mata en un arrebato a otra feriante, la pitonisa, son descubiertos y masacrados uno a uno. Todos menos Amy, la más virginal. Sin embargo, las muertes en sí no son lo más destacado, aunque dejan fotogramas inolvidables. Lo más destacado es el costumbrismo grotesco. Igual que la protagonista, me parecía fascinante cómo podía quedarme embobada escuchando a un feriante anunciar su espectáculo de animales mutantes, una repetición que no acababa nunca, como un recuerdo obsesivo.

Entra, lo pasaremos bien

Salta enseguida a la mente el imaginario de Bradbury de La feria de las tinieblas (Something Wicked This Way Comes, 1962), pero donde en Bradbury hay permiso para la melancolía y la dulzura por la pérdida de la inocencia4, en el mundo de Hooper no hay tiempo para esas cosas. El mundo de The Funhouse ya está roto desde el principio y lo que en Bradbury se sugiere (la ansiedad sexual, por ejemplo), aquí se muestra en crudo, sin nada que ofrezca el consuelo de recordarte que hubo pureza en el mundo. Las imágenes están corrompidas porque así lo está mirada: sucia. Es un carnaval de lo cotidiano, un poco como Bradbury también, pero un carnaval de la sordidez. Un mago disfrazado de Drácula con un traje que ha visto ya muchas actuaciones y en el que puedes proyectar manchas de espagueti hace un truco de magia desganado, fumando y declarando su siguiente paso como quien lee el BOE. La desmitificación del asombro infantil hecho carne. La cámara se posa en aspectos materiales de la feria, en los cuerpos de mujeres exhibidas, en un feriante de mirada turbia invitándote a entrar a su tétrica atracción, «un mundo de oscuridad» en el que ni el visitante, ni los protagonistas de la película ni el espectador no encontrarán «ni alivio ni escapatoria». No hay sublimación, el sexo es sucio y sórdido. En un momento dado, la pitonisa, vieja y con un maquillaje burlesco acorde al personaje, accede a hacerle una paja al hijo del feriante con la máscara de criatura de Frankenstein a cambio de dinero. La escena es incómoda no solo por lo extravagante de los personajes, sino por la combinación nada sensual de consuelo materno y guía sexual que, por supuesto, acaba en eyaculación precoz, humillación y muerte. La criatura aquí tampoco tiene nombre, aunque no termina de rebelarse contra su creador, que espera encontrar en su monstruosa progenie consuelo y ayuda para la vejez.

La atracción de lo sórdido

Y nuestra chica final… Sabes desde el minuto uno que la chica final, si va a haber una, es Amy Harper, pero también ella es presentada con cierto grado de sordidez. En primer lugar, porque la aparición inicial es la de entrar en la ducha con un plano frontal de los pechos. Después la cámara nos muestra una polaroid que le ha sacado el hermano en recuerdo a su vejación que es el equivalente de los ochenta a cuando te sacas una foto con la cámara frontal del móvil sin querer: nada favorecedora (mientras en la tele se oyen las palabras “it’s the bride of Frankenstein!”, un anuncio que tiene caracter prospectivo). También es mentirosa y un poco engreída, como dictan las hormonas, pero es que los padres (el supuesto contraste burgués a la familia tenebrosa de la feria): no son ningún modelo de conducta: beben, dicen estupideces, pasan de los niños y no apartan la mirada del televisor. Y el hermano pequeño, claro, es un monstruito. Amy parece tímida para iniciarse en el sexo, pero tampoco es que la idea le resulte aversiva. Y es por eso que, en la escena final, donde Amy se encuentra en las tripas de la atracción rodeada de engranajes, cables, y hasta una fuga de vapor por algo roto, una escena convertida a su vez en otro tren de la bruja como en una estructura de cajas rusas, al ver los ganchos metálicos que corren por un riel en el techo te preguntas quién acabará en esos ganchitos. Si esto será un slasher a lo Halloween o más como La matanza de Texas. Hooper es tan bromista como el niño, se ríe de sí mismo y aprovecha para provocarte sabiendo que vas a pensar en esos ganchos en el contexto de su otra película en la que no hay chica final que valga. La novia de ‘Frankenstein’, que ahora va sin careta en toda su monstruosidad, se salva de chiripa y no por su talente resolutivo, y abandona la atracción a la luz del día ante las carcajadas de la mendiga de negro y la gigantesca muñeca oronda que preside la atracción. Al fin y al cabo tiene que volver a su otro tren de la bruja, la casa familiar, con el monstruito y los padres ausentes.

“¡No quiero volver a casaaaa a aaa!”, llora la chica final

Resulta curioso pensar en estas dos películas, tan separadas en el tiempo, como ejemplos de homenajes o pastiches o cine meta, pues lo son de modos distintos. The House of The Devil no recuerda a ninguna película concreta de los ochenta, sino que recrea la atmósfera, la textura, el estilo de un determinado tipo de películas. The Funhouse está llena de guiños a ejemplos concretos del género. De todos modos, como decía al principio, cuando hablamos de género, con sus códigos, sus tropos, su carácter formulaico, ¿dónde acaba lo formulaico y empieza lo reflexivo? ¿O cuando se pasa de lo reflexivo a lo meta? ¿Cuando se explicita? ¡Pero eso da para otra entrada que ahora no me apetece escribir!

  1. Una de las críticas que hace Ti West en 2009 es precisamente que hay una deriva hacia el frenetismo, el sensacionalismo pornográfico y la epatación en el cine de terror, en detrimento de la demora en los personajes, los espacios, las situaciones, es decir, la cotidianeidad. “Horror is really unfortunate now. It’s like porn. What seems to have happened is that everyone decided the horrific stuff is what makes these types of films successful so there is no time spent on the “real life” aspect anymore. It becomes just one kill or cum-shot after another. Mainstream horror is only about titillation. That, to me, is the same as pornography.” La comparación del terror espectacular con el porno resulta simpática ahora que ha dirigido un tríptico de pelis que se inspiran en la industria del porno. (Entrevista con Lena Dunham, https://www.interviewmagazine.com/film/ti-west) ↩︎
  2. Es interesante hacer un análisis sobre una película rodada en 2008, durante el estallido de la frisis financiera, con la austeridad de la película. Si los 80 paracían muchas veces en la cultura popular como una era de bonanza, con su estética colorida, aquí los tonos que en mi recuerdo son desaturados están infectados por la tiranía de la austeridad. Y tampoco es por ponerme full marxista, porque a veces el cincel este da para lo que da, pero la chica en apuros económicos que acepta el trabajo de una familia adinerada también daría para una parábola con moraleja: si no estuviésemos desesperadas por conseguir dinero para vivir los lunáticos con pasta no nos joderían la vida. Puede que en los ochenta hubiera final girls, pero ya no estamos en los ochenta, Dorothy: te quieres morir y ni eso te dejan. ↩︎
  3. Decía Ti West en la entrevista que he enlazado en la nota 1 que no le gustaba la palabra homenaje porque le sonaba a parodia y él no hacía eso, pero aquí las escenas iniciales potencialmente peligrosas están desactivadas por la parodia: el cuchillo que lleva el chaval es de goma. El rollo psicosexual de Psicosis se mantiene, en cambio, con la desnudez de la chica y la malicia del chico. ↩︎
  4. Hablo de melancolía, porque aunque Bradbury está justamente asociado a esta época del año por su escritura nostálgica, La feria… no es tanto un canto a la nostalgia como una examinación de la misma, que no nos juzga por cómo mitificamos ciertos aspectos de la juventud, nos da permiso para lamentarnos, pero trata de explicar cómo se construyen. Joder, ha sido escribir esto y tener ganas de volver a leerme la novela. ↩︎

Spooktober #1: vampiros góticos contra vampiros grunge y terror elevado

He decidido que mi spooktober este año va a ser verme una peli de terror al día. Según mis propias normas, esto significa que puedo ver cosas que ya haya visto y que me apetece volver a ver. Las primeras dos películas que he visto son Horror of Dracula (1958) y The Addiction (1995) y no puede haber vampiros más distintos.

Mientras veía la segunda pensaba en un debate que tuvimos sobre lo que se ha venido en llamar el ‘elevated horror’ hace poco a raíz de este artículo. Básicamente, la tesis central del argumento, tal como yo lo interpreto, es que este género de cine de terror más intelectual que visceral (¿pun intended?) es una bestia que se devora a sí misma a base de ensimismarse en sus códigos y la prueba está en Longlegs (2024), que es el cementerio de canelones de terror elevado donde todo este género pretencioso viene a morir. Mucho estilo y poca sustancia. Básicamente como ese debate entre el grupo de virtuosos tipo Dream Theater (perdón, soy vieja) o, no sé, el death rock de Christian Death: unos saben mucho y tocan muy bien, pero no te llegan, y los otros no tocan tan bien, pero tienen alma. Ese tipo de cosas. También está un poco ese concepto del «turista del género», como dice el autor del artículo, ese que te dice que él, terror, terror, lo que se dice terror, tampoco llamaría a su película1 (como pasa con otros géneros, como la ciencia ficción, y entonces nos encontramos con nombres como «ficción especulativa»). Los que consumimos género podemos ser muy susceptibles, así que cuando leemos eso pensamos que ya nos están mirando por encima del hombro. Cabe, sin embargo, la posibilidad de que los directores verdaderamente crean que lo suyo es otra cosa. O puede que como turistas del género, genuinamente curiosos pero algo novatos, se sientan inseguros de ser encerrados en una categoría de la que igual no dominan todos sus códigos.

Longlegs: preciosa fotografía, preciosos encuadres, tremendo truño sin sentido

Por supuesto, nadie llama a sus películas ‘elevated horror’ porque ni el más inepto de los directores o publicistas es tan gilipollas. La categoría nace de fuera para designar un puñado de películas con una estética determinada, pretendidamente intelectual, con «mensaje», tipo It Follows (2014), The Babadook (2014, caramba), o Get Out (2017). Como categoría es escurridiza y al final reúne a su alrededor una constelación de estilos que abarcan desde la lentitud y la ausencia de sustos abruptos (A Quiet Place, 2018) a películas donde predomina la atmósfera (The VVitch, 2017). Películas de las que, por su estética austera y nada excesiva, la crítica destaca (jerárquicamente) que «trascienden el género»: nada middlebrow, muy highbrow (to hell) (perdon’t). La etiqueta se arma de todo aquello que no es, no de aquello que es. En ese sentido, si no consideramos que la etiqueta tiene una carga histórica surgida de un contexto (películas de los dosmiles), la podríamos aplicar retroactivamente a películas como Rosemary’s Baby (1968) o The Wicker Man (1973). Y tendríamos un problema. Cualquier artefacto con una metáfora y un afecto (o sensación, emoción) predominante, que se cuece a fuego lento, huye de lo abyecto, que lo vertebra todo y desemboca en la locura sería ‘elevated horror’, desde Repulsion (1965) a tu puto doctorado.

Herditary, avísame cuando sepas qué quieres ser de mayor

Por acotar un poco la definición, en esas películas predomina la alegoría; se podría incluso decir que la alegoría precede a la película. Una se puede imaginar cómo alguien se sienta y dice: quiero hacer una película sobre [idea/concepto]… y con eso en mente se monta todo lo demás. Los sustos, las situaciones, los personajes… todo tiene que estar al servicio de la alegoría. En otras películas, esas lecturas surgen a posteriori, de forma «orgánica». George A. Romero dice que nunca pretendió que La noche de los muertos vivientes fuese una película sobre el racismo, o sobre la guerra de Vietnam, sino que ese significado se lo da la crítica (profesional o no)2. Él quería contar una historia de zombis. Esas lecturas son posibles y, además, no se cancelan entre sí, pero surgen de las ansiedades sociales soterradas en el momento de la creación de la obra y de las que el autor o autora no es consciente (o diga que no lo es para perpetuar el misterio). Por el contrario, es difícil ver Get Out sin leerla como una alegoría sobre el racismo en EE UU y no cualquier otra cosa porque todos los elementos están al servicio de esa lectura. Personalmente, aunque las alegorías en el arte cuentan con sus críticos, no tengo nada en contra de eso, si está bien hecho. Get Out me parece una película fantástica, donde además se pasa miedo (no como insinúa el autor del artículo, que asegura que no da miedo) y no me parece que sea una película que se esconda de los tropos del género, sino que los celebra: hay algo decididamente lúdico en la película, pero Jordan Peele ha visto terror y ha pensado en qué significa consumir un género hasta hace poco muy blanco, creado para blancos (esta lectura es más visible en Us, de todos modos). Siempre me ha atraído especialmente un tipo de terror que esconde más de lo que enseña, donde predomina una atmósfera opresiva y amenazante, con o sin alusiones a lo sobrenatural y en la que no hace falta enseñar hasta las bragas del monstruo3 porque el monstruo no tiene cara. Es un gusto, no un dogma. Es una parte fundamental de lo que me atrae hacia el género, pero también he disfrutado muchísimo todas las de Ti West, con su amoralidad y regodeo en lo camp (Maxxxine, por ejemplo). Y, sin embargo, no me gustó demasiado Hereditary4.

Leer el género fantástico como una metáfora social es algo que la crítica ha hecho desde que se instauró la crítica como institución. Puede que la propia crítica haya pretendido dignificar el terror argumentando, por ejemplo, que Halloween no es un slasher «sin más», sino que nos habla de la ansiedad de la clase media blanca que habita los suburbios en EE UU, de lo utopía de unos que es la distopía de muchos, y por eso merece la pena ser estudiado y, así sí, canonizado. Quizá sea ese «sin más» el que resuena en la etiqueta de ‘elevated horror’ (o, como también se le ha llamado, ‘post-horror’, ‘smart horror’…): la necesidad de dignificar un género asociado al consumo de masas como algo más, es decir, como arte.

Un sex symbol de la época

En todo eso pensaba cuando veía The Addiction (1995) de Abel Ferrara, sobre todo si lo comparaba con Horror of Dracula (Terence Fisher, 1957), una película de la Hammer destinada a ser consumida como entretenimiento. Con esta última hay que hacer un ejercicio de arqueología para entender por qué un crítico del diario The Spectator casi la consideraba porno porque ver un primer plano de un vampiro (Christopher Lee, ni más ni menos) chupando la sangre del cuello de su víctima, con los labios y los dientes manchados de rojo no era su idea de una velada feliz. Christopher Lee traía la sensualidad y el erotismo animal al vampiro que no tenía el Drácula de Lugosi. Es el aristócrata depravado que conquista a las damas de clase media y se las roba a sus presuntuosos, estirados y estrechos maridos. En ese sentido, se rescata de la novela ese subtexto del vampirismo como perturbador de los valores de la familia victoriana. Cada vez que Mina imploraba que le dejasen las ventanas abiertas para que pudiese entrar el vampiro me era imposible no pensar en aquello de «tienen que buscar fuera lo que no les dan en casa». El Arthur intepretado por Michael Gough se pasa más tiempo que nadie en toda la película siendo la auténtica damisela en apuros, perdido, indefenso y asustado, y el Van Helsing de Peter Cushing, con su fría ciencia, tiene los labios fruncidos de estar chupando un limón.

«¿Qué ha visto en el Drácula ese que no tenga yo?» (Michael Gough como Arthur, aka la damisela en apuros)

El vampiro se quitaba el corsé del código Hays5 (ese listado que censuraba cualquier obscenidad en el cine, desde la vestimenta a los insultos procaces, en aras de la moral), ya no solo con la introducción del color (que tiene un efecto extraño en la película, pues trata de evocar realismo y sin embargo le da a la cinta una cualidad irreal, casi de ensoñación), sino con el tono libidinal de las acciones de los personajes. Por supuesto, esa animalidad que Drácula despierta en las mujeres tiene que ser reprimida y castigada, las mujeres devueltas a la castidad, porque si algo es Drácula es una lucha patriarcal por el poder de las mujeres. Todo esto, eso sí, bien empaquetado para (casi) todos los públicos, con un monstruo y unos tropos del género bien discernibles.

Vuelve a tu féretro y deja los tocamientos, perra (Peter Cushing, mirada fría, labios apretados, como Van Helsing)

En el caso de The Addiction el vampiro es otra cosa. Incluso más que con el terror elevado, aquí el vampirismo es una larga y extendida metáfora que la película no para de recordarte, por si se te olvida con el hecho de que la protagonista, y vampira a los cinco minutos, es una estudiante de Filosofía que está haciendo el doctorado. Es una película de teoría-ficción que usa la figura del vampiro para hablar de temas como el mal (en forma de Holocausto, los crímenes de guerra), la violencia, el angst existencial, la culpa, la adicción, el contagio, los estragos del capitalismo y del imperialismo. Estamos en 1995, la época del grunge, una época sucia de la que nos quedan solo recuerdos turbios, oscuros y tenebrosos, como la propia película. Impera la incertidumbre, la inestabilidad. Estos son vampiros posmodernos que visten de negro, mencionan a Nietzsche entre dientes (estoy que me salgo con las bromas) y pontifican sobre la voluntad y el libre albedrío en un estilo que en mi cabeza no dejaba de evocar aquello que decía Rick Roderick sobre el efecto Nietzsche y la Übermensch Wagon:

I am a child of the sixties, so I am very familiar with the so-called “Nietzsche Effect.” And that’s the effect that Nietzsche has on adolescent young males who read him for the first time. . . and begin to name their cars “Übermensch-wagons” and begin to quote Nietzsche in order to date women who dress in black, as I am dressed today.

Súbete a mi ranchera Superhombre y vámonos por la carretera, ramera

Obviando el encuentro con un vampiro llamado Peina (Christopher Walken), con siglos de experiencia viviendo «más allá del bien y del mal» (así lo enuncia), o un aforismo inventado que podría haber salido de la boca del filósofo alemán («la medicina no es más que una metáfora extendida de la omnipotencia»), el mayor «efecto Nietzsche» de la película es cuando, tras recibir el título de doctorado, Kathy, la protagonista decide reunir en su casa a la nata intelectual de la universidad junto con los demás vampiros posmodernos y, anunciando lo que está a punto de acontencer con un «ahora voy a hacer una demostración de lo que he aprendido estos años», convierte la celebración del conocimiento en una orgía perversa de destrucción que tiene ecos del Saló de Passolini6. Una performance de filosofía nihilista, el baile de los vampiros de los fondos bajos de Nueva York. La película no se compromete tampoco con ninguna «filosofía»: a veces parece que el vampiro es la figura que rompe con las convenciones burguesas, otras es una figura totalitaria y fascista. El vampirismo aquí retoma esa eseencia proteica para ser, todo a un tiempo, una exploración de la maldad humana, la hipocresía, el cinismo, la libertad radical, el existencialismo (todos los encuentros vampíricos empiezan con un «dime que me vaya como si de verdad lo quisieses», pero el vampiro no tarda en culpar a la víctima insinuando que en realidad no quiere, que es demasiado blanda). Los humanos somos yonquis del mal, aquí no hay nada romántico ni aristocrático y Peina hasta le dice a Kathy para bajarle los humos del superhombre que se le estaban poniendo que el aliento le huele que da asco. No es que las asociaciones le sean impuestas ad hoc a la figura del vampiro, todas están ahí casi ya desde el vampiro de Polidori, pero en esta película importa más el concepto que seguir las convenciones de un género.

Vampira, te apesta el pozo

Pensando en otras películas de terror de los 90, sobre todo comparadas con el terror de los 70 y 80, tienen ese carácter cerebral (o intelectual) del que se acusa (o se ensalza, según qué espectador) al ‘elevated horror’ de ahora. Estamos en la década de Scream (1996), The Blair Witch Project (1999), o películas a caballo entre el thriller y el terror como El silencio de los corderos (1991)7. Es la época de películas de terror que no quieren ser llamadas terror, la época del smart cinema8, de películas como Happiness (1998). El género™ estaba en la televisión, en Expediente X, que en su primera temporada traía cada semana un monstruo clásico (vampiros, hombres lobo, súcubos, mutantes) a las casas de los espectadores. El terror en el cine parecía tender hacia lo autorreflexivo, al tiempo que, a juzgar por The Addiction, rechaza el intelectualismo académico como una falsa búsqueda de conocimiento. Si hubiera que buscar antecedentes a esetipodehorrorquenopuedesernombrado de la década pasada en los dosmiles, quizá los encontremos en esta veta de cine de los 90, oportunamente contagiada por un estilo cinematográfico presente en otras películas de la época. Lo que desde luego no es la película de Ferrara es una alegoría. Hay una metáfora extendida, sí, pero estalla en varias direcciones. ¿Qué cual es el mensaje? Me imagino a Ferrara diciendo «conque estás buscando un mensaje, ¿eh, gilipollas?».

Y ahora os dejo, que tengo que ver la siguiente y se me acumula el trabajo.

¡Soy un fantasma porque llevo sábana! A Ghost Story (2017): post-terror o lo que sea, pero podría ser portada de post-punk o de un disco de Have a Nice Life
  1. Ari Aster con todas sus películas ↩︎
  2. Todo esto me ha recordado a la cita apócrifa aquella, atribuida a gente desde Robert Browning a Hegel: cuentan que Elizabeth Barrett le preguntó a Robert Browning sobre el significado de un pasaje en uno de sus poemas, a lo que Browning respondió «bueno, señorita Barrett, cuando escribí ese pasaje solo Dios y yo sabíamos qué quería decir; ahora [después de la crítica] solo lo sabe Dios». ↩︎
  3. Esto es casi una broma privada entre Costillo y yo, que no sé cómo un día entramos al cine a ver Mamá (Andrés Muschietti, 2013), cuyo papelito promocional tenía una entrevista con el directr donde aseguraba que «no querían enseñar mucho al monstruo». La película nos lo enseñó de todas las formas posibles y salimos diciendo que les había faltado ponerle un primer plano de las bragas. ↩︎
  4. Probablemente este sea el punto en el que estemos más de acuerdo el autor del artículo y yo: Ari Aster te la vende como una película sobre el trauma (yet again), pero en realidad esa parte emocional de la película es bastante de cartón piedra, un prop absurdo, y el director ni se la cree en realidad, porque luego te dice que esto no es un drama familiar sino otra conspiración satánica de medio pelo. La película no sabe qué quiere contar. ↩︎
  5. El Drácula de Todd Browning es de la era pre-código, pero aun así no se ve nada voluptuoso, ni en sus ademanes ni en las tres vampiras, que son más etéreas que carnales. ↩︎
  6. No la he visto porque no creo que pudiera soportarlo, pero la escena me recordó a lo que he leído y me han contado de esa película ↩︎
  7. ¿Que por qué algunas películas las pongo en inglés y otras en español? No lo sé. ↩︎
  8. El término ‘smart cinema’ fue acuñado por el crítico Jeffrey Sconce para designar una suerte de sensibilidad que veía compartida en un corpus de películas que crítica y público contraponían invariablemente al mercado del Hollywood comercial. Esa sensibilidad, decía, privilegiaba la ironía, el humor negro, el fatalismo y el relativismo. ¿Ejemplos que pone? Welcome to the Dollhouse (1995), Magnolia (1998), la propia Happiness (1998) antes mencionada. Los 90, vaya. ↩︎

Hasta el toto de la «salud mental»

Sí, la verdad. Estoy hasta el toto de la «salud mental».

Empezar así parece una de esas declaraciones incendiarias del enfant terrible de los suplementos de cultura de cualquier semanal diseñadas para captar la atención por medio de la provocación. Y en parte, no os voy a engañar, quiero llamar la atención, pero lo mío no es provocar. Es que de verdad hasta el toto es del concepto «salud mental». Me exaspera, me llevan los demonios.

En un intento de impulsar mi vida cultural, me apunté a un taller de lectura que, se supone, iba del binomio mujeres y locura en la literatura. No «mujeres y salud mental», lo ponía muy claro en el título, sino mujeres y locura. Sin embargo, cuál no sería mi asombro cuando en la primera sesión apenas se pronunció la palabra «locura» y, en un determinado momento, el ponente que hacía las veces de moderador dijo algo así como: «sí, esta novela es muy interesante para hablar de cosas de… eh… salud mental». El titubeo ya es bastante revelador porque, en primer lugar, por más que hablemos de salud mental en realidad no sabemos de qué estamos hablando y tropezamos conlas palabras y, en segundo lugar, indica que estamos ante una expresión eufemística que oscurece el significado más que iluminarlo. Sabemos que en el lenguaje clínico la «locura» es un término cuestionado, pero tiene una dimensión estética a la que entiendo que se refiere el curso. Y sin embargo apenas nadie se atrevió a hablar de locura porque, bueno, nos da palo. La expresión es eufemística porque busca no estigmatizar, aunque acabe haciéndolo, y porque lucha por encontrar el término opuesto a la salud cuando hablamos de sufrimiento psíquico. El resultado es que las cosas que ilumina son una serie de malestares fáciles de digerir en el discurso público mayoritario, como lo son ahora la ansiedad y la depresión, pero oscurece cualquier otro padecimiento que no entre dentro de lo fácilmente digerible, como la psicosis, la esquizofrenia. Es un término, no sé cómo decirlo, muy clase media, con su moral de clase media.

Hablamos de «salud mental» incluso para referirnos a lo que creemos lo contrario con rodeos como «problemas de salud mental» porque no podemos hablar de «enfermedad», dado que no estamos en el paradigma biomédico. «Trastorno» es el término clínico empleado en los manuales diagnósticos, pero también nos suena estigmatizante o no queremos emplear el término para no refrendar el discurso psiquiátrico. A veces, hablamos incluso de «problemas de salud mental» para cosas que no son o no tendrían que ser «problemáticas», en un sentido cercano a lo patológico, si se quiere, y así metemos emociones que creemos negativas, neutras o positivas en un cóctel de consejos sobre cómo vivir. Ahí, el término «salud mental» está más cerca de la moral que de cualquier cosa relacionada con la salud o la enfermedad. Es más, la invocación al eufemismo de la salud mental se suele hacer en contextos en los que no se entiende la forma que otras personas tienen de vivir, infiriendo que si Pepita hace tal cosa (desde, yo qué sé, el culturismo al BDSM) es porque tiene que tener problemas de salud mental. «Eso no puede ser bueno para la salud mental», decimos, porque no queremos reprobar directamente a nadie y llamar «degenerada» a la gente queda un poco desfasado en este siglo, y nosotras ante todo somos muy modernas. Y, sin embargo, todo esto es muy como de los famosos otros victorianos de Foucault. También nos vale como justificación de nuestras acciones. Apelamos a la «salud mental» cuando nos tomamos un descanso o decidimos dejar una relación cuando los descansos y las relaciones forman parte de nuestra vida ética tanto como de nuestra vida psicológica. Lo hacemos porque, en el discurso mayoritario, no puedes estar en contra de la salud mental porque es el equivalente contemporáneo al «quién piensa en los niños». Así que, apelando al concepto «salud mental», esperamos justificar nuestras elecciones ante los demás con el sello aprobatoria de las autoridades en salud mental. En ese contexto, cuando apelamos a la salud mental estamos apelando a un discurso de autoridad que nos dé permiso sobre cómo vivir. Sin embargo, psicologizando las acciones les privamos de esas otras dimensiones éticas y políticas que conforman nuestras vidas.

Lo que nos han enseñado las teóricas de lo afectivo es que las emociones negativas (esos “ugly feelings” que describe Ngai1) tienen cabida en nuestras vidas y, además, son productivos, en lo individual y en lo colectivo, en lo personal y en lo político. Dedicarse a un proyecto creativo que nos enciende el alma puede ponernos al borde de la locura; forjar relaciones profundas con los demás es una tarea muchas veces incómoda y desagradable; los lazos políticos ponen a prueba nuestro bienestar. Muchas de las cosas que hacemos pueden ir en contra de la «salud mental» y aun así ser enriquecedoras y gratificantes. Y, a veces lo que parece positivo y alineado con la «salud mental», como perseguir la felicidad, esconde regalos envenenados y quedamos atrapadas en el optimismo cruel2. Las personas cabreadas (muchas de ellas, las personas situadas en los márgenes, como las personas queer, racializadas, las psiquiatrizadas, discas o migrantes), no lo están muchas veces por patologías psíquicas, sino por heridas sociales y violencias sistémicas. Lee Edelman vino a decir que él no pensaba en los niños porque pensar en los niños suponía seguir aceptando un marco político conservador que garantizase como fuese la heterosexualidad en virtud de capacidad reproductiva3.

Volviendo a la relación entre moral y salud mental, resulta curioso que persistan estas asociaciones, que, por supuesto, no son nuevas: desde las histéricas que no se ajustaban a la sociedad patriarcal hasta nuestros días. El término salud mental tiene una historia que comienza con el movimiento de «higiene mental», un movimiento que empezó con ideas reformistas de los manicomios, pero que sutilmente venía a sugerir que las personas con enfermedades mentales eran sucias y que tenían que limpiarse por medio de determinadas prácticas sociales y privadas; un movimiento, por cierto, con fuertes conexiones con la eugenesia, especialmente la social en aras de la «prevención», porque lo de la limpieza ya se sabe. Los participantes de las propuestas reformistas del movimiento de «higiene mental» fueron los primeros en usar el término «salud mental» enfocándonse en los «maladaptados» para que pudieran corregir sus conductas antes de que la enfermedad mental se desarrollara y asentara y fuera incorregible. Estar sanos, tener buena salud mental, era estar «adaptados» al sistema (del trabajo, de las condiciones de vida). El foco, entonces, no estaba en lo patológico, sino en lo prepatológico, donde emociones y conductas no patológicas tenían que ser observadas por si acaso. ¿Las conductas, o mejor dicho, actitudes sospechosas? La maladaptación, por supuesto, pero también la infelicidad, la ineficiencia, la incompetencia y la conducta antisocial, muy especialmente en la infancia4. Es curioso pensar que la aparición de la salud mental estaba ya desde sus inicios asociada a la sospecha.

Que «salud mental» es un término poco claro tampoco es una reflexión novedosa, porque casi desde su institucionalización hubo voces que se hicieron eco de este significado ambiguo5. Ahora que se ha popularizado tras su difusión, quería recalcar ese carácter eufemístico, moralizante y alterizador que conserva y que incluso se ha recrudecido. No nos damos cuenta de que usando un eufemismo estamos arrinconando experiencias con las que no nos sentimos cómodas, quizá en parte por ese carácter moral que ha adquirido el eufemismo, pero al final este tipo de discursos terminan en lo que Grey llama una «alterización benevolente»6. La benevolencia es una actitud condescendiente hacia el otro que, dentro de este discurso, no puede abandonar la posición de otro (el rarito, el extraño). Me parece positivo que se hable de la dimensión psicológica de nuestras vidas, de nuestras alegrías y de nuestros padeceres, de nuestros afectos y desafectos. Es comprensible que dudemos con el lenguaje relacionado con el sufrimiento, especialmente aquel que nos es ajeno. Pero usar «salud menta» como un cajón de sastre en el que todo cabe no es una estrategia política eficaz y sería positivo articular otros discursos que nos permitan hablar del otro sin estigmatizarlo, ni patologizarlo, ni invisibizarlo.

  1. Ngai, Sianne. Ugly Feelings. 1st paperback edition, Harvard University Press, 2007. ↩︎
  2. Berlant, Lauren, y Hugo Salas. El Optimismo Cruel. 1a. edición, Caja Negra, 2020. ↩︎
  3. En una nota muy personal, creo que esto es a lo que se refería mi profesor de antropología cuando decía que «no todos los maricones queremos la casa con niño y perrito». Es decir, el maricón (Edelman no habla de sujetos mujeres) es aceptado en tanto que reproduzca las estructuras sociales de casa con niño y perrito porque decirle que no a los niños es decirle que no al futuro. Edelman, Lee. No Future : Queer Theory and the Death Drive. Duke University Press, 2004. ↩︎
  4. Los libros de Nikolas Rose son muy buenos para entende estas ideas. Ver, por ejemplo: Rose, Nikolas. Governing the Soul : The Shaping of the Private Self. Routledge, 1991. Rose, Nikolas S. Inventing Our Selves : Psychology, Power, and Personhood. 1st paperback ed, Cambridge University Press, 1998. ↩︎
  5. Ya en 1958, se relató que «difícilmente encontremos un término dentro del pensamiento psicológico actual tan impreciso, elusivo y ambiguo como el término “salud mental”». Y más adelante, el autor opinaba que la salud mental corría el riesgo de «convertise en un movimiento popular que vive de eslóganes y presente diez reglas fáciles para vivir mentalmente saludables para siempre» [mi traducción]. Citado en Roberts-Pedersen, Elizabeth. Making Mental Health : A Critical History. Routledge, 2024. ↩︎
  6. Flick Grey, ‘Benevolent Othering: Speaking Positively about Mental
    Health Service Users’, Philosophy, Psychiatry & Psychology 23 (2016): 241–51. ↩︎

Lo acogedor, lo cuqui, lo reconfortante

Durante un tiempo que estuve bastante deprimida, hace unos años, pasé bastantes horas jugando a House of the Dead: Overkill, disparando zombis sin pensar, viendo Juego de tronos, un episodio detrás de otro. Ahora, cuando estoy triste o cansada, me ha dado por ver series de crímenes británicas de estas que podrían llamarse “cosy mysteries”, o “cosy crimes” o, simplemente, “cosies”. En realidad, esta es una categoría tan difusa que no es fácil saber qué podría o no entrar, pero bueno, series de detectives poco truculentas.

Qué me pongo depende del estado de ánimo. Por ejemplo, en las últimas semanas, cuando mi estado era de tristeza o cansancio, privilegiaba Shetland, una serie escocesa basada en las novelas de Ann Cleeves, de un policía caracterizado como buena gente que persigue crímenes locales sin llevar pistola y con empatía por (según qué) criminal. Muchos de estos criminales no son la encarnación de la maldad, sino un pobre hombre o una pobre mujer que, de repente, por alguna cuestión banal, matan a alguien. Cada crimen, pausado, eran dos episodios, al menos en la primera temporada. Luego la serie se vino arriba y abandonó un poco ese tono local para buscar historias más grandilocuentes entre el tráfico de drogas y de personas. No sé si contaría como cosy, ni siquiera en la primera temporada, si nos atenemos a la definición que da la Wikipedia, que nos dice que los detectives de los cosies son amateurs. En cambio, cuando me sentía con un poco más de vida, me ponía Sherwood, también británica, pero que nada tiene que ver con la anterior en fondo y en forma, pues el trasfondo de la serie es el legado perverso dejado por Thatcher y su desmantelación de sindicatos en la huelga de los mineros en Yorkshire. Si la primera es cosy, o se le acerca, la segunda es más lo siniestro de Freud.

La casita junto al mar del inspector Pérez: a quién no le va a gustar

La casita junto al mar del inspector Pérez: a quién no le va a gustar

El caso, estaba pensando hoy durante el insomnio, es que estas ficciones reconfortantes, el videojuego de House of the Dead: Overkill y Juego de tronos (al igual que The Expanse, que también me he apretado últimamente) comparten todas unos rasgos comunes: el carácter formulaico, la repetición, el hábito. Unas se prestan más que otras a darle la vueltecita de tuerca a la fórmula, pero la fórmula para generar satisfacción tiene que ser reconocida. Y si atendemos solo a lo formal, esa es una de las razones que las hacen reconfortantes: la familiaridad. El cosy alude a lo hogareño, pero también al cuidado y, en cierto modo, lo maternal. La etimología no está clara, pero uno de los orígenes propuestos es el kōsa del alto alemán antiguo, emparentado con el alemán kosen: acariciar, o cuddle, en inglés. Los cariñitos, los arrumacos. Así, estos géneros nos infantilizan, nos devuelven al seno materno, donde nos sentimos protegidos y cuidados y su familiaridad nos da la confianza de que podemos repetir y volver siempre como a la casa-refugio. Son unas tiritas terapéuticas porque los asociamos con el cuidado, no porque nos curen. Y como tiritas hay que usarlos, porque por más placer que encontremos en la repetición, como el niño que pide que le cuenten la misma historia una y otra vez, la reproducción automática de la plataforma nos puede llevar de la repetición acogedora a la compulsión pesadillesca sin que nos demos cuenta. Pero por solo unas horas escapamos del bosque del sinsentido y volvemos a ser un poco niños en la casita de juguete donde nos espera la madre arquetípica que nunca tuvimos.

Hay algo femenino (un femenino burgués y acomodado, sin duda, no en vano la tatarabuela de todo esto es Agatha Christie) en los cosies, sobre todo si los comparamos con los hard-boiled. Una de las características del cozy es que la violencia y el sexo, de haberlos, nunca aparecen en pantalla y si acaso son un rumor lejano. Son como la abuelita que lo mismo te hornea unas galletas, te teje una bufanda o te resuelve un crimen. De hecho, escribiendo esto me entero de que hay una serie que se titula Murder, She Baked. Los crímenes, debidamente higienizados, son ese acontecimiento peculiar que rompe la apacible monotonía del lugar, una pequeña extravagancia que entretiene por un tiempo al detective diletante, pero que, una vez resueltos, no perturban el orden de la comunidad. El ambiente es más nostálgico que utópico, con su visión pastoral del mundo. El tono emocional es de apacible felicidad, nada estridente, el lugar tranquilo (sin monstruos con capacidades auditivas sobrenaturales) donde te gustaría vivir. Si buscamos en la ficción lo que no tenemos en casa, los cosies quizá no marcan la hoja de ruta de lo que construir, pero dicen mucho de las heridas del mundo capitalista.

Lo amas y lo odias

Mientras pensaba en lo cosy me acordaba de otra categoría que ha sido estudiada recientemente: la de lo cuqui (o lo lindo, o lo “mono”, según se traduzca el cute), recientemente por Simone May (El poder de lo cuqui) y Sianne Ngai (Our Aesthetic Categories). Tanto lo cuqui como lo cosy comparten el aura de domesticidad y, en cierto modo, de pequeñez y sentimentalidad. Esas ganas que te entran de lanzar hipocorísticos o hablar con diminutivos ante lo cuqui y, quizá un poco menos, lo cosy. Lo cosy evoca fantasías de la infancia en tanto que lugar de refugio, pero no es infantil en su diseño, sino maternal. Lo cute (cuya etimología viene de acute tras haber perdido la a, pero que cambió de significado en el siglo XIX de ser algo bonito a las emociones placenteras que se derivan de los rasgos asociados a lo joven) se proyecta “peluchísticamente” en bebés, gatitos y otras cosas redonditas y chiquititas; también se conecta con lo infantil, pero el objeto cuqui sugiere indefensión de una forma más siniestra: la vulnerabilidad activa el deseo de proteger o de destruir. Como a Baby Yoda. Aunque lo relacionado con lo doméstico pueda evocar secretos ocultos, hay una ambivalencia en lo cute que no parece haber en lo cozy: decirle a alguien que es muy mono puede ser un cumplido o el insulto definitivo.

Así que una llega a casa cansada, o triste, o con una emoción indefinida que busca consuelo y echa mano de la ficción. Los géneros llevan asociadas unas expectativas emocionales. Como dice Laurent Berlant, ponerse a leer (o a ver una película, o una serie) es estar a la expectativa de qué forma tomará aquello que tenemos entre manos. Cuando empiezas algo, ese algo (perdón por la obviedad) no está acabado, así que yo espero y deseo encontrarme lo conocido, ese repetición reconfortante que me asegura que hay un orden en el mundo, que hay un sentido, pero siempre aguarda la sorpresa mientras la forma concreta se va desplegando ante mis ojos. Las resonancias afectivas de categorías como lo cosy se van activando entre un crimen inesperado y el siguiente. Hay veces que, aburrida, simplemente dejo la serie de fondo, como un decorado, mientras pienso en otras cosas. Pero los ecos de los afectos que pensaba que necesitaba perduran un poquito más hasta que se desvanecen.