Decrecimiento personal

El otro día cumplí años, así que me puse a pensar en la muerte. Creo que oficialmente he vivido ya más años de los que me quedan por vivir. He traspasado la línea de la mitad del camino de mi vida. Pensar en la muerte implica pensar qué quieres hacer con la vida. Porque pensar en la muerte equivale a pensar en la finitud de la vida. Que piense en la muerte no significa que me ponga a imaginar escenas truculentas sobre cómo morir que podrían abrir cualquier episodio de A dos metros bajo tierra o que esté todo el día rumiando sobre sucesos mórbidos y enfermedades, que me aterran. Significa acercarme al hecho de que nuestra vida es finita (no hay un juego de palabras intencionado aquí, pero es gracioso que también lo sea en la otra acepción de ser delgada), que es algo milagroso y efímero, que estamos aquí y mañana no estamos, que no podemos detener el paso del tiempo. Sé que hay gente a la que pensar en esto les da ansiedad, pero a mí, aunque me da muchísimo vértigo, me libera. Para algunos, pararse a pensar cómo quieres que sea tu vida una vez superada esa mitad simbólica se asemeja mucho a ese concepto de la crisis de la mediana edad, pero no creo que esté pasando una crisis de la mediana edad. En primer lugar, porque vivo en crisis desde que descubrí de pequeña que era un yo y no un otro, y en segundo lugar porque las las crisis de la mediana edad nos suenan, colectivamente, a una huida hacia adelante, una negación apresurada del hecho de que vamos a morir, así que lo dejamos todo, nos compramos una moto y damos la vuelta al mundo, o nos apuntamos a triatlones abandonando todo lo que fuimos antes. En esta caricatura que tenemos como sociedad de lo que es una crisis de mediana edad hay mucho de edadismo (el hecho de que personas de cierta edad que no deberían hacer según qué cosas «de jóvenes»), pero también la intuición de que hay formas infantiles de escapar sin mirar atrás de nuestra realidad más humana.

Siempre he tenido una mala relación con el tiempo y probablemente esta sea la principal causa de mi ansiedad. Vivo con ansiedad el tictac del paso del tiempo como lo debieron sentir los primeros ciudadanos que fueron testigos del invento de los relojes, oigo cómo discurre acompasadamente día a día, hora a hora, tratando de dominarlo semana a semana, bajando los brazos un lunes a las cuatro de la tarde porque ya se fue el día, pero volviendo a querer dominarlo el martes por la mañana. Vivo con angustia el saber que vivir es elegir, que nunca tendré tiempo de hacer todo lo que quiero y que el tiempo no es una cosa que se pueda recuperar porque nunca fue una posesión que tuve y perdí. O podría decir que es así como lo vivía, en pasado, porque estoy sanando mi relación con el tiempo y, por tanto, con la vida, con esta vida humana y mortal. Creo que nunca la sanaré por completo y siempre quedará un poso de desasosiego cuando tenga que elegir entre dos cosas que me gustaría hacer, abrumada por el peso de la decisión y queriendo mantener ese limbo del titubeo lo máximo posible para no afrontar las consecuencias (siempre más definitivas y terribles en mi imaginación) de la decisión. Pero ahora sé, ay, sé, que demasiado tiempo viví con la insana inquietud de revolverme por estar haciendo algo cuando podría hacer otra cosa y que esa no es la forma de pasar la vida. Daba igual lo que hiciera y cuánto me gustase aquello que estuviese haciendo, siempre quería escapar del presente y estar en otra parte. Muy probablemente porque nunca he querido ser yo, sino otra persona, una persona mejor, más merecedora de lo que sea que mereciese una persona. Siempre quería hacer aquello que no estuviese haciendo porque es una forma de escapar de una misma. La aparición de las redes sociales lo empeoró todo porque de repente cada vez había más gente haciendo cosas, modelos de personas, seguro que todas mejores que yo haciendo mejores cosas de las que yo hacía o podía hacer, de repente a golpe de clic el mundo se presentaba ante ti con esa engañosa apariencia de posibilidades infinitas que podrías tener si tan solo te organizaras mejor…

Ahora entiendo que aquello, aparte de ser una forma turbia y turbulenta de vivir, significaba que no estaba aceptando mi propia finitud, que era un «ser para la muerte». Querer hacerlo todo y no hacer nada, mejor dicho, no comprometerse con nada de verdad, era una forma de vivir en una ilusión de infinitud y control, pero a fin de cuentas más angustiosa. Vivir, vivir con cierta presencia e intención, es elegir. Esto ahora y quizá luego eso otro, y tolerar la incertidumbre de que quizá no haya un luego. Ahora estoy tratando de sustituir el FOMO (fear of missing out) por el JOMO (el joy of missing out). El saber que no lo puedo hacer todo, que siempre, a cada exhalación está ocurriendo algo interesante en el mundo que me perderé porque soy finita, pero que he elegido hacer otra cosa que me alegra el corazón y es importante para mí.

Sin embargo, no siempre vivía o he vivido así. Algo en mi forma de relacionarme con el tiempo cambiaba cada vez que me iba de vacaciones. Cierto es que el tiempo de vacaciones es, si se quiere, un tiempo fuera del tiempo, una suerte de tiempo irreal en el que ya no es solo que tengas más libertad para elegir porque no estás atado a los turnos del trabajo, sino que parece un paréntesis o una nota al pie en los ritmos de tu propia vida. Pero de vacaciones nunca he tenido prisa, ni angustia por elegir, he aceptado con paz y agrado que es imposible verlo todo, que si decido ir a un sitio no puedo estar en otro, y que no tiene sentido correr y huir hacia adelante para poner una muesca haber pisado un lugar para hacerse la foto y marcar la casilla de completado, como si esa muesca significase algo. No siento que tenga que llenar mi tiempo de actividades o listas de tareas para dar sentido a mi vida. Aunque disfrute planeando viajes, investigando maravillas que podría visitar, una vez en camino disfruto de ese camino y nunca me puede la ansiedad de tener que verlo todo, de dar la vuelta completa y, cuando se trata de elegir, elijo sin angustia y hasta con una sonrisa melancólica, aceptando que ese otro sitio que no voy a ver, seguirá allí sin mí y que es maravilloso que exista aunque yo no vaya a verlo nunca. De vacaciones, puedo elegir, puedo aceptar la finitud de mi existencia en comparación con la aparente infinitud del mundo que me rodea, me levanto y en cierto modo fluyo con los ritmos del sol y de la luna. En mis últimas vacaciones, en Galicia, con mi familia, he salido a pasear y he leído, he dado caminatas por el monte y he charlado con mis amigos, no he hecho mucho más y nunca he sentido que estuviese «perdiendo el tiempo», aunque me reía con la certeza de que para muchas personas aquello sería malgastar las vacaciones. ¡Qué aburrida, habiendo tantas cosas por hacer…!

Entonces, pensaba, si no se trataba solo del hecho de que en vacaciones tengo más tiempo (siendo, de nuevo, una expresión torpe pero reveladora de cómo concebimos el tiempo, como una cosa que se tiene y no una cosa que se es), había esperanza para mí y no estaba condenada a vivir así. No era por el entorno, «vacaciones», que yo podía vivir con tranquilidad las elecciones que se toman de vacaciones, sino por cómo me relacionaba yo con ese entorno cuando no estaba en la rueda de «ser alguien», o «acumular experiencias» o «fabricar recuerdos», como llaman por ahí al hecho de vivir, haciendo de la vida una cartera de inversiones con retorno que nos haga creer que tenemos algún control sobre las cosas. Volver a Madrid, sin duda, me volvió a provocar ansiedad porque aquí no despierto con el sonido de los pájaros y las olas del mar cercanas sino con las obras que levantan mi calle. Porque para escapar del calor vivo encerrada y a oscuras, los paseos matutinos y vespertinos no son tan agradables y pueden ocurrir en franjas temporales estrechas, por lo que mi cuerpo ya no entiende de ritmos circadianos y se rompe el sueño. Porque paso más tiempo sola en lugar de saber que a dos pasos hay una comunidad cercana que estará ahí si la necesito. Pero dentro de esa realidad, para mí triste, hay algo que puedo hacer para relacionarme mejor con el tiempo, limitadísimo, del que dispongo que no tiene nada que ver con querer hacerlo todo sin comprometerme con nada. Con elegir, con júbilo, pasar tres horas leyendo en lugar de ver la serie de la que todo el mundo habla. De decidir que, si quiero una vida tranquila, no voy a hacer ese curso que tanto me llama porque ya tengo bastante con un solo proyecto. Que no pasa nada si no tengo una carrera profesional y me «conformo» con existir. Que puedo aceptar que nunca seré Alguien, escritora, o académica con una voz respetada en el ágora pública, pero escribir estas palabras que leerán cuatro o cinco personas es algo que (me) importa y me ancla a la vida, resuena como un acto que tiene importancia para mí. Que no pasará nada si no aprendo sueco y solo hablo, mejor o peor, dos idiomas aparte del mío. Que no pasará nada si jamás veo una aurora boreal y que puedo sonreír sabiendo que las auroras boreales seguirán existiendo mucho tiempo después de que yo no esté.

Por eso llamo a esta fase de mi vida, que se viene fraguando unos cuantos años, la de decrecimiento personal, pues implica desprenderme de lastres de los pesos que yo me he puesto por creencias dañinas. Y es que si la ilusión de control que pretendemos mantener sobre nuestras vidas se fundamenta en fingir que la infinitud siempre a nuestro alcance, que podemos crecer indefinidamente sin coste para nosotros y los que nos rodean, es porque el marco de nuestra existencia se rige por el mismo patrón fantasmático de crecimiento ilimitado sin consecuencias. La ilusión de que podemos crecer sin ningún impacto para los ecosistemas y las comunidades. Creo firmemente que construir un modelo de vida más lenta, más cercana, más sostenible es algo beneficioso para la humanidad en su conjunto, aunque luego tú decidas dentro de los límites planetarios que quieres vivir un poco más rápido. Imaginad que redefiniésemos los propios términos de lentitud y velocidad en este mundo que va cada vez más rápido, volviendo deseable unos ritmos más pausados, calmosos, que incluyan a más gente. Imaginad que se abriesen posibilidades de asombro accesibles en nuestros barrios que no nos espolearan a necesitar ir a la otra punta del mundo para maravillarnos (o para huir del desasosiego que nos causa nuestra finitud). Imaginad más tiempo para conexiones profundas en los que, por momentos, pareciera que la comunidad late dentro del mismo compás, como sucede en algunos momentos de vacaciones que, aunque no estemos haciendo lo mismo a la vez, se compone una melodía armónica con nuestras idas y venidas. Imaginad más parques y más árboles, más fuentes y lagunas que hicieran de los paseos un momento apetecible, que bajaran las temperaturas de las ciudades para que se pudiese deambular por ellas más allá de tres horas al día. Me parece la utopía necesaria por la que luchar, qué digo, el mínimo de una vida digna. Por eso este decrecimiento personal mío de querer menos cosas, de desprenderme de lo ilusorio que crea fantasías de poder y control, es para mí algo íntimo pero también comunitario, emparentado con el decrecimiento como lo entendemos en política. Creo en la necesidad de conjurar ese fantasma que nos hace pensar que podemos crecer ilimitadamente sin perjuicio para la vida humana porque nos negamos a aceptar la finitud de los límites planetarios como nos negamos a aceptar nuestra propia finitud. Recuperar la pausa, la lentitud, como un modelo de vida que no vaya asociado al aburrimiento es una parte fundamental de ese proyecto. Incluso eso que llamamos «aburrimiento» quizá no sea más que la incomodidad de darnos cuenta de que, hagamos lo que hagamos, somos tiempo que se acaba, esa incomodidad que nos empuja a hacer cualquier cosa para no pensar en ello. Es fácil dejarse atraer por pensamientos megalómanos si con eso creemos por un momentos que estamos desterrando a la muerte.

Hablé antes de «conformarse» con existir. Si sois como yo, una maraña de emociones a veces propensa a la rabia inconformista, quizá os hayáis retorcido al leerlo. ¡Qué poco nervio, qué poca sangre, qué muerto en vida aquel que se conforma! ¡Hay que rabiar contra la naturaleza misma! Aceptar las cosas y conformarse es enemigo de la revolución. Pareciera que conformarse (con lo que hay) fuera privarse (de lo que podría haber), sublimar la carencia como un ascetismo espiritual. Para los überliberales, el imaginario del conformismo evoca una distopía de carencias propias del subdesarrollo porque limita, por ejemplo, el sacrosanto derecho a usar el coche para todo. Para otros, quizá, esté más cerca de la romantización de la pobreza. Estos decrecentistas y demás enemigos del progreso nos quieren imponer un ideario de carestía y resignificarla para que veamos como deseable el tener menos. Bajar el listón. Revertir el natural e incontestable proceso de mejoría continua de la humanidad. Encerrarnos en nuestras ciudades, confinarnos a nuestros barrios. Devolvernos a la Edad de Piedra. ¡Cómo que conformarnos! ¿Qué cobardía es esa? ¡Hay que querer más siempre, aunque no sepamos qué queremos! ¡Si Bill Gates tiene un jet privado yo también tengo derecho!

Y, sin embargo, la auténtica valentía es mirar de cara a la finitud, los límites de la vida colectiva y la vida íntima. Y, dentro de esos límites, hacer que aquel que ni siquiera puede decidir con conformarse con la existencia porque vive en la subsistencia consiga llegar a ese punto en el que respirar con alivio porque la existencia no le ahoga. Qué privilegio, tener la opción de conformarse con existir. Porque la existencia puede ser disfrutar del tiempo que se nos es dado en lugares cuyos límites geográficos siguen siendo los mismos pero donde se han multiplicado las opciones, donde la lentitud no implica aburrimiento. Porque no somos dueños de nada y tu tiempo no es tuyo, habitamos un tiempo comunitario de necesaria dependencia y solidaridad donde las negociaciones son inevitables, en tu pareja, en tus relaciones, en tu familia, en tu comunidad, en tu ecosistema.

Es difícil aceptar esto, pero el dolor de aceptarlo es preferible al dolor de ignorarlo sin saber qué te está doliendo.

Recuerdo mucho dos cosas que me dijo una psicóloga la primera (y larga) vez que fui a terapia. Después de haber mejorado mucho mis ataques de ansiedad paralizantes que me hacían marearme en mitad de la calle, de recuperar una rutina que me permitía ir al gimnasio tres veces por semana, trabajar, leer y hacer las cosas de casa, yo seguía con una inquietud interna, una piedra en el zapato, que me decía que podía o incluso tenía que hacer más cosas. Cuando le dije que aún había margen de maniobra en esas horas del día, me dijo: «¿pero tú qué crees que le da tiempo a hacer a la gente?». Me revolví, buscando miles de ejemplos -cercanos o sacados de las redes sociales- de gente que parecía un genio del renacimiento en pleno siglo XXI, que hacía muchas más cosas que yo, que llevaba una vida menos anodina que trabajar y leer y cumplir con el hogar e ir al gimnasio, que multiplicaba sus horas del día como en el milagro de los panes y los peces. Finalmente, le espeté, con irritación e impaciencia: «pero… ¡es que no estoy escribiendo!». Difícil olvidar la cara que puso en ese momento, la máscara profesional que cae y revela la reacción humana y espontánea, cuando me contestó: «eres una insatisfecha». Vuelvo a menudo a aquel momento cuando me retuerzo ante la tiranía del tiempo, el dolor y el sacrificio anidados en el acto de elegir, cuando contemplo la realidad descarnada de que si escojo eso quizá no podré hacer aquello. Ahora me doy cuenta de que estoy rabiando contra lo imposible, independientemente de lo bien o mal que gestione ese tiempo desconocido que me ha sido dado. Que no hay escapatoria al hecho de escoger y que no tiene sentido lamentar lo imposible cuando puedo abrazar lo posible. Que no hay tantas elecciones irreversibles, y lo que es esencial ahora puede no serlo tanto mañana. Que conformarse y aceptar no es otra cosa que saberse humana, que el sacrificio y el duelo por lo que dejas caer son inevitables, pero hay un gozo también en abrazar la pequeñez de lo que conservas. Y saber que incluso aunque consiguiera organizarme mejor y ser capaz de hacer muchas más cosas, quizá eso solo me crease la ilusión de la omnipotencia y un delirio de grandeza donde cabrían todavía más cosas, donde puedo crecer ilimitadamente sin consecuencias.

Tendré que recordármelo mucho cuando todo en el entorno me invite a olvidar los límites, cuando me nuble la pasión, cuando Instagram despliegue ante mí el lienzo infinito de las vidas que no estoy viviendo. Oliendo ya el otoño y la vuelta al cole, crecida por las posibilidades que se abren con el nuevo urso, a punto he estado de matricularme de otro máster, un grado por la UNED y un idioma. Más allá de que mi cerebrito con tendencia a obsesionarse con cualquier cosa sin previo aviso, me pregunto ahora cuánto de eso es pasión y cuánto una huida del hecho mundano de vivir. No hay nada malo en el deseo, el deseo que funciona como brújula de aquello que es importante para ti, pero vivir solo o sobre todo en el deseo es una negación del aquí y el ahora, de negarse a ocupar el espacio acotado del presente. Porque mientras que en el futuro del deseo todo es posibilidad inagotable sin éxitos ni fracasos, el presente implica un compromiso con un desenlace, que puede salir bien o no, pero siempre con un término. Mientras que las infinitas posibilidades del deseo nos envuelven en una nube de euforia todopoderosa, que es solo potencia, el presente nos devuelve a las constricciones del acto que tiene consecuencias.

No sé cuántos años me quedan por vivir, pero ya son menos de los que he vivido y la mayor cercanía con la muerte me recuerda que no hay nada de malo en vivir una vida pequeña e imperfecta, con errores. Que hay un gozo particular en dejar caer el peso de las cosas, un gozo secreto en dejarlas marchar. Dejar pasar las batallas como dejo pasar en paz esos lugares que no podré visitar, quedarme con una porque dos son demasiadas. Yo no sé qué le da tiempo a hacer a la gente, pero este tiempo soy yo.

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Metamodernismo

¡Atención, atención! Se viene un post con fotitos, y quizá memes, ¡espero que os guste más! Yo, como siempre, haciendo lo contrario a lo que te dicen que hagas los gurús de la emprendeduría si quieres tener público: mucho texto, nada de dibujicos.

Contaba hace ya alguna entrada que mi línea de investigación actual aúna la cultura terapéutica (o, si lo preferís, psicologización -y patalogización- de la sociedad, de nuestros afectos), BoJack Horseman y metamodernismo. Me ha costado un poquitín explicar eso de la cultura terapéutica, o lo de que los saberes psi ocupen terrenos que antes ocupaban otros saberes (como, qué sé yo, la filosofía, la sociología, las ciencias políticas), en algunos casos, con el añadido de ergirse en los valedores de la última palabra sobre algo y de convertirse en el vernáculo que usamos para hablar de nuestros afectos, recurriendo al DSM como atajo. Hoy quiero hablar de metamodernismo, y para eso tengo que hablar un poco de BoJack Horseman. Primero, en cambio, quiero aclarar que no tengo una postura clara al respecto de la «cultura terapéutica», porque hay mucho que desgranar en algo tan extenso. Creo que el movimiento por la «salud mental», conceptualicemos eso como lo conceptualicemos, ha tenido aspectos positivos y negativos. Como positivo, claro está, es el hecho de sacar tímidamente a la luz algunos padecimientos y, además, hablar de ellos de forma sistémica y no como reacciones individuales aisladas. Creo también que hay una renovada corriente de patologización moralizante, no solo de afectos, sino de personas que estigmatiza comportamientos que somos incapaces de comprender. Esto no es nuevo, claro, solo otro momento histórico de recrudecimiento de la moral conservadora. Quizá porque el propio concepto de «salud mental» no está bien definido, no podemos hablar de su opuesto sin recurrir a etiquetas como «enfermedad», o el aparentemente objetivo «trastorno». Mejor o peor entendidas, la «depresión» o la «ansiedad» han calado en el discurso mayoritario, pero dejando en los márgenes muchos otros padecimientos. Pero desvarío, para variar (vaya, no pun intended, de verdad). BoJack Horseman. Metamodernismo. De eso quería hablar.

BoJack Horseman es, sin lugar a dudas, una de las series de mi vida como en su momento lo fueron otras (Dos metros bajo tierra fue otra. hace ya un par de décadas… qué viejas somos y cómo hemos cambiado). El primer episodio de BoJack no fue un sumergirse explosivo e instantáneo al fondo de la serie, lo vi incluso extraño, interesante, sí, pero quizá no para mí. Muchas gracietas, animales antropomorfos haciendo y diciendo tonterías, un poco absurdo, un protagonista idiota… Luego ya estuve dentrísimo, todo PEC, como dicen ahora, aunque a veces necesitase salir a la superficie a respirar. Existencialista, cómica, dramática; reír y que se te congele la risa en la cara; luego llorar. Pero, aparte de eso, sacando las poquitas herramientas de interpretación que poseo, me llamó la atención que parecía una serie posmodernista… pero no. Sí, había autorreflexividad, siendo una sitcom animada que habla de las sitcoms y la cultura del espectáculo, había intertextualidad, había ironía, pero… no. Sentía algo en el tono y la formulación de la serie, en los momentos de vulnerabilidad, incluso los más crudos, que parecía ser algo más que un ejercicio posmoderno de ironía solipsista, sin nada que decir más allá de la propia serie, de recordarnos que estábamos ante una serie. Y entonces, buscando, me topé con la palabra metamodernismo y algo hizo clic.

Muy resumidamente, se ha propuesto que, en primer lugar, como periodo histórico, ya no estaríamos en la posmodernidad, que la estamos dejando atrás. Siempre es difícil apreciar el momento presente sin el beneficio de la retrospección, pero hay quien dice que el 11 de septiembre, la crisis financiera de 2008 y, más adelante, incluso la pandemia de 2020 y, podríamos añadir entre todo eso, la conciencia de la grave crisis climática a la que nos enfrentamos como especie, aquella montaña de mierda que echó a rodar produjo cambios inevitables en nuestra psique. Estos cambios nunca se aplican a toda la sociedad, por supuesto, porque la sociedad no es homogénea, pero esas heridas, esas rupturas, nos enfrentaron con algo para lo que el distanciamiento irónico o el cinismo quedaban agotados como propuesta. O al menos así lo empezaron a sentir algunos. No es que no nos hallamos encontrado antes con problemas que requieren de soluciones globales, de estrategias comunes, pero parecía haber un cambio de sensibilidad respecto al tono de nuestros mensajes en el que no primaba el cinismo, el que la suelte más gorda, el desapego irónico como armadura. La esperanza, incluso si había que buscarla entre las ruinas, la búsqueda de significado en un mundo de posverdades y confusos juegos de espejo, la profundidad parecían estar de vuelta. Pero el retorno, ya sabemos, nunca es el retorno de lo mismo. ¿Cómo volver a las grandes narrativas que daban cuenta de todo, a esos grandes significados, con el peligro totalizador que tienen esos relatos para aniquilar o apisonar la diferencia?

Timotheus Vermeulen y Robin van den Akker, dos críticos culturales neerlandeses, proponen que el metamodernismo es una corriente que oscila entre el modernismo y el posmodernismo, un movimiento pendular. Lo formulan aquí en términos de sensibilidad cultural, no histórico, y el péndulo sirve como mecanismo de contención de los excesos de una y otra propuesta estética. El impulso hacia el entusiasmo y los grandes significados o incluso verdades profundas (preguntas sobre la cultura, la naturaleza humana, la política) que ellos identifican con el modernismo está ahí, pero si las respuestas se nos van de madre y el péndulo apunta a la megalomanía ya está la ironía para embridarlo y contenerlo, matificarlo o suavizarlo, acercándolo con su movimiento oscilatorio hacia su otro opuesto, que ellos identifican como el posmodernismo. La búsqueda del mensaje sincero, del posicionamiento sin disfraces, en la obra de arte está ahí, pero si la sinceridad, la espontaneidad, resulta problemática porque vira hacia el fanatismo, está de nuevo la distancia irónica para contenerlo, para matizarlo. Vuelve a haber, nos dicen, un interés genuino por el yo y la expresividad cuasirromántica (hay quien argumenta que todo eso nunca se fue) que trata de despojarse de un escepticismo (¿acaso hay un yo que hable?) paralizador; pero si deviene en ombliguismo, exaltamiento o en solipsismo. el péndulo lo aleja de sí y lo acerca al Otro. Roto para muchos el espejismo de la individualidad, de que no existe la sociedad sino un conjunto de individuos (y, no olvidemos, “de sus familias”, que dijo la infame), resurge la necesidad de conexión profunda no mediatizada por el escudo protector del cinismo. La pandemia nos enseñó, entre otras cosas, que somos interdependientes (no solo entre humanos, sino con animales y naturaleza), y que somos tanto vulnerables al daño como capaces de infringirlo (porque somos contagiados pero también somos vectores de contagio). La conexión es difícil, sí, pero es necesaria para la supervivencia conjunta, de la especie y del planeta. Por eso, aunque BoJack Horseman fue la primera serie (con su doliente personaje antropomorfo claramente posmoderno que ponía de manifiesto las limitaciones, cuando no lo enfermizo, del cinismo y el individualismo) que me trajo al metamodernismo, si hay una cita de una película que encarna el espíritu del metamodernismo es esta:

Kwan, de hecho, cuando le dijeron que su película era muy posmoderna contestó que no se equivocasen, que su película era metamoderna y no lo hacía por estar usando un término de moda (aunque yo haya descubierto que es un término de moda más en internet que, de momento, en círculos académicos, como es normal, por otra parte, dados los tiempos de uno y otro círculo), sino porque de verdad sentía que el espíritu de la película no encajaba en aquella definición, que su espíritu era otro. Sí, la película es seria y absurda, cómica y trágica, irónica y sincera, quizá el mayor exponente fílmico de qué es eso del metamodernismo que se haya hecho hasta ahora. Es la encarnación de los memes de internet que pasaron de ser predominantemente cínicos y corrosivos a combinar el desgarro con la ternura, pero sin renunciar a la bobería cuando hace falta darse distancia. Una vulnerable ironía, quizá. Es revelador, además, que Waymond en ese diálogo use la palabra naive, ingenuo, porque una de las cosas que se han propuesto del metamodernismo es la vuelta a la ingenuidad modernista (que los rasgos que se asocian desde estos análisis al modernismo o al posmodernismo sean más o menos acertados es ya parte de otra discusión). Hay mucho que discutir en la conceptualización que Vermeulen y van den Akker hacen de posmodernismo y modernismo y los afectos que les atribuyen, y mucho que escribir sobre a qué se refieren con ingenuidad, sinceridad, autenticidad, significado. Sin embargo, para mí resulta evidente que hay una serie de producciones culturales que son… otra cosa.

El metamodernismo, cómo no, también está muy asociado a los cambios que se han producido en la cultura de internet. Yo, que ya tengo una edad, recuerdo cuando, en los comienzos de Twitter, petarlo era decir la burrada cubierta de ácido-sulfúrico más grande, el que no te importase nada y mucho menos el otro que te lee. Éramos (y me incluyo) un conjunto de egos sin la más mínima conciencia por el otro, o al menos el otro que no fuera el otro seguro, conocido, nunca el extraño. Primaba el cinismo y la ironía, como si aquella internet fuera de verdad un universo aparte desconectado de todo. Ahora no estoy en Twitter (o X, me la suda), aunque mantengo una cuenta oculta para fisgar, pero incluso cuando me fui, con muchos otros, el discurso ya estaba cambiando hacia la responsabilidad y la preocupación por el daño generado, a las repercusiones que las redes sociales tenían sobre las vidas de la gente. Los memes estaban cambiando. Se hablaba de cuidar (del cuidado del otro, del poder de nuestros mensajes), de la necesidad de la esperanza, pero también de la necesidad de encontrar una salida adecuada a los momentos de desesperanza. Se hablaba, sí, de salud mental, y de empatía. Como matizaba antes, por supuesto que este no es el comportamiento generalizado, porque nada es homogéneo, y esa tendencia coincide con el nihilismo y el autoritarismo. Pero ha avanzado y ganado posiciones.

Si bien sé que el metamodernismo también se aplica a la literatura (una literatura que yo misma, con cierta reticencia y matices, pero sin dudar tanto, habría tildado de «posmodernista», seguramente también por falta de un término mejor), como las corrientes de la «new sincerity» de Foster Wallace, casi todos los ejemplos más claros con los que me he topado han sido en el cine y en las series. Pienso en una serie con la que crecí como Matrimonio con hijos, con episodios que me hicieron llorar de la risa, pero que era una destrucción sin miramientos (y probablemente necesaria) de la familia nuclear americana, que poco tiene que ver con series como Fleabag. En comedia, ahora la tendencia es más reírse con que reírse de. No es que se abandonen las convenciones posmodernas (las icónicas miradas a cámara de Fleabag que te recuerdan constantemente que estás ante una serie de ficción, por ejemplo, y que sin embargo son miradas muchas veces cargadas de vulnerabilidad, no solo un fuego artificial de la ficción para decirte que ahí está), sino que están al servicio de algo más allá que el propio universo televisivo. Jordan Peele reescribió el final de Get Out (atención, espoilers… duh!) en el que inicialmente Chris acababa detenido y en la cárcel porque, cuando hizo la proyección preliminar de la película, el ambiente en la sala era tan sombrío y gélido que pensó que la película necesitaba de algo más de esperanza, pues la realidad afroamericana ya estaba trufada de realismo trágico, lo que demuestra una preocupación por la dimensión afectiva de la película más allá de ser un artefacto. También se ha descrito como metamoderna la película de Barbie, un éxito comercial en Hollywood que combina el pastiche, la intertextualidad y la autorreferencialidad con el comentario social para el público mayoritario, con no pocas dosis de tontuna y vulnerabilidad.

BoJack Horseman no es una metaserie, una serie solo sobre las series. Es una serie sobre el impacto de las series en nuestras vidas, sobre lo que nos atrae de ellas, pero también del peligro de tomar los códigos de la ficción como una guía para la vida. Habla de emociones, de trauma y de enfermedad poniendo siempre la distancia necesaria para que no la tomemos como terapia; ese fue el error de un BoJack que, nacido en una familia disfuncional, se crió con la televisión y no tenía otra forma de enfrentarse a la vida porque nadie le enseñó cómo hacerlo. Reconoce el valor y la importancia de los afectos sin convertirlos en mera carne para el despacho del terapeuta. Cuando la terapia hace presencia en la serie, es representada con ese movimiento pendular que va desde la empatía a la ironía o la parodia. Oscura muchas veces, previene de los efectos destructivos del cinismo y nos recuerda la necesidad de responsabilizarnos de nuestros afectos. Es una serie que por medio de la autorreferencialidad te recuerda que es una serie, sí, pero que no por eso elude el compromiso o siente que eso le da carta blanca para hablar de todo como le salga del nardo, porque, total, es solo una serie y tú un copito de nieve.

(Breve interludio tangencialmente relacionado)

He pasado una época muy mala de ansiedad por cosas de la vida, así que me puse a revisionar Juego de tronos para ver algo sin pensar mucho. En un momento, no sé si de la octava temporada, Sandor Clegane y Sansa Stark se vuelven a ver las caras en Winterfell. Clegane le dice a Sansa que ya no es un “little bird”, un frágil e inocente pajarillo, y ella le responde, ante un estupor que había enterrado en el olvido, que si no hubiera sido por Joffrey, por Littlefinger y por Ramsay, ella seguiría siendo un “little bird”,un ingenuo e inocente pajarillo. Es decir, la tortura, la manipulación y la violación te vuelven más dura y hay que darle las gracias por ello, lo que no es otra forma de validar que son formas de correctivos, aunque sea para el bien, como «superación personal». Por lo que sea, a ellos una buena violación no les vale como correctivo pedagógico de cara a ser hombres mejores, a no ser, por supuesto, que sean unos «desviados», en cuyo caso la violación sí que es un correctivo. Esta actitud no encaja mucho dentro de la sensibilidad metamoderna.

Anteayer terminamos de ver The Expanse y, como sigo en esa fase de necesitar tiempo libre en el que no pensar demasiado, me he puesto a leer los libros (go figure… A saber si me arrepentiré, con esos tochos de 500 páginas cada uno) porque necesitaba algo palomitero en la ficción y haber visto la serie me ayudaría a no perderme si tenía problemas para concentrarme. Pues no voy a venir a decir aquí que The Expanse es metamoderna, porque ya sería el meme del niño de El sexto sentido, que ve metamodernismo por todas partes, pero aunque a The Expanse se la ha comparado con Juego de Tronos por la inmensidad del universo, por la narrativa desde el punto de vista de cada personaje, por la trama política a escala imperial y también, claro, por la aventura, me atrevo a decir que la sensibilidad detrás de cada una es radicalmente diferente. O si no radicalmente diferente, al menos sí con mayor inclinación hacia la esperanza, la interconectividad, la vulnerabilidad y, en muchos casos, desbordando ternura sin ridiculizarla. Por supuesto, no es la única serie de ciencia ficción en que eso suceda, pero la comparación es curiosa.

Sí que he leído algo que me ha recordado a lo de Sansa, muy al principio, cuando Miller empieza a idealizar a una desconocida Julie Mao de forma un tanto problemática. Cuando Miller se acerca al dojo donde entrenaba Julie le cuentan que en algún momento fue atacada. Él pregunta si fue violada, pero nadie lo sabe. Un ataque, desagradable, lo bastante como para que se apunte a jiu-jutsi para aprender a defenderse. Y entonces Miller tiene su filípica interior en la que, dice, la mitad de las víctimas de una agresión (no especifica de qué tipo) hacen como si nada hubiera pasado o como si no importase; luego, dice, están los victimistas profesionales, los que convierten su papel de víctima en la justificación de todos sus actos; y por último las que apechugan, se quedan con la moraleja del asunto y se apuntan a jiu jitsi tiran hacia adelante. Esas son las buenas. No me meteré en lo que pienso de esto porque necesitaría tres entradas. Sin embargo, la filípica está muy al principio del primer libro de 500 pp de una saga de nueve libros, en boca del mayor abanderado del cinismo: Miller, el detective posmoderno. Un personaje con su propio viaje pendular hacia… el otro lado. Porque la serie, aunque nos complique el retrato de la bondad y la maldad, aunque esté llena de personajes con grises, nunca deja de creer en que la bondad existe, en que es necesario creer que exista. Que existen acciones mejores que otras, quizá no en términos absolutos, sino aplicadas a los contextos en los que suceden y donde hace falta tomar decisiones. Si el viaje de Miller es precisamente alejarse del cinismo, el de Holden (¿un modernista?) es de buscar el código moral absoluto, perfecto y eterno que valga para cualquier acción. Personajes que en otras series serían la encarnación del macho, como Amos, quedan prendados por la bondad, se conmueven por el sufrimiento ajeno y tratan de hacer lo correcto o de confiar en aquellos que pueden hacerlo. Amos sigue con adoración a Naomi, primero, luego a Holden, porque suponen una guía moral, porque tratan de hacer el bien, aunque a veces se equivoquen.

Estas son las últimas palabras de Naomi en el episodio (cero espoilers):

The universe never tells us if we did right or wrong. It’s more important to try and help people, and to know that you did. More important that someone else’s life gets better, then for you to feel good about yourself. You never know the effect you might have on someone, not really. Maybe on cruel thing you said haunts you forever. Maybe one moment of kindness gives them comfort or courage. Maybe you said the one thing they needed to hear. It doesn’t matter if you ever know. You just have to try.

Ayudar, donde puedas, como puedas, llevar ese poco de esperanza aunque no sepas exactamente cómo será recibida, pero merece la pena el intento. Salir del ensimismamiento para arropar al otro. Actitudes como estas que quizá antes serían vistas con sorna, ahora son recibidas con cada vez más comprensión y empatía. Nos reíamos de los buenos, ahora nos reímos con los buenos.

(Fin del larguísimo interludio)

Desde el punto de vista académico, como decía, hay muchas cosas que definir, seguramente nos hagan levantar una ceja: sinceridad, autenticidad, significado… ¿Qué quieren decir con eso? ¿Acaso la autenticidad no era un mito porque ahí dentro, llamémosle conciencia, somos muchas, todas igual de auténticas? ¿Acaso la ficción, si bien nunca fue sinónimo de verdad o mentira -a lo sumo de verosimilitud-, no se opone a la sinceridad en tanto que artificio estético? Sin embargo, y como persona que tiende a ser la puñetitas que se hace preguntas con todo, no sé si os habrá pasado, pero de un tiempo a esta parte empecé a pedirle a la ficción lo que no le pedía al ensayo. El ensayo está para matizar, socavar, cuestionar, dudar, titubear incluso. Pero yo misma, cuando escribí ficción (para las polillas del armario), quería librarme de esa parte agotadora para poder decir sin paralizarme, y equivocarme después, sin cuestionarme de antemano. Quería poder afirmar algo, no titubear. Buscaba mentalmente la ficción que se posicionase, que se situase, aunque luego hubiese que retractarse ante un punto ciego que había pasado por alto, pero que tuviese la valentía de afirmar sin escamotearte el contexto de la interpretación, aun a sabiendas de que lo esté haciendo en el marco de la ficción. Salir de los grises, del todo da igual. ¿Es eso sinceridad? No tengo ni idea.

Leyendo y pensando sobre metamodermismo me vinieron a la mente las palabras de uno de nuestros genios contemporáneos, Alan Moore. En el documental The Mindscape of Alan Moore hablaba, cómo no siendo mago, de la magia y la relación de la magia con la escritura y la ficción. Primero dice “I traffic in fiction, I do not traffic in lies”. Mucho se ha discutido de la «verdad narrativa» y qué significa, no me voy a meter ahora en ese jardín, pero ya me tocará. También, como buen mago, echa mano del alquimismo e introduce el solve et coagula para identificar y caracterizar periodos estéticos. Decía que ya habíamos tenido un necesario y fundamental periodo de solve, de deconstrucción o posmodernismo, y que ahora necesitábamos un coagula. Quién sabe si no es el momento en el que nos encontramos. Quizá estemos en un periodo entre periodos y el metamodernismo sea eso: un momento de transición. De ahí la imagen pendular que identifican Vermeulen y van den Akker, no un coagula, porque no es una síntesis ni una fusión, son fuerzas magnéticas que nos llevan de un lado a otro, pero que nunca, por ahora, termina por detenerse. Metaxis, un término que cogen de Platón, es ese lugar que está entre dos lugares.

Mucho se ha escrito y hablado de la nostalgia y la melancolía como los afectos de nuestra época. La nostalgia cultural de los 80, de los tiempos cuando las cosas iban bien, de la edad dorada, de la niñez, cuando los hombres eran hombres, las mujeres mujeres y los niños rodaban en bicicleta, con alegre despreocupación, por las calles de Hawkins. Miramos al pasado, se dice, porque no somos capaces de imaginar el futuro. Estamos atrapados en un presente que es la imagen especular del pasado. En algunos círculos parece entenderse que la nostalgia es siempre reaccionaria, que no existe la mirada productiva al pasado que nos pueda servir en el presente en el futuro. Resultaría extraño y fútil abolir una emoción tan humana como la nostalgia, condenándola al exilio. Sin embargo, hay una diferencia clara entre mirar al pasado sabiendo que es pasado y que, por lo tanto, no volverá jamás y la de mirar al pasado queriendo regresar o traerlo de vuelta (lo que terminaría como en Cementerio de animales de Stephen King). La nostalgia no tiene por qué ser la enemiga de la utopía. De hecho, si nos ponemos así, también podríamos que en ese volver la vista al pasado en el que concebíamos utopías existe también una mirada nostálgica, incluso melancólica, de la utopía. ¿No podemos crear conjuntamente a partir del pasado un artefacto que nos impulse al futuro?

La utopía sin duda había quedado bajo sospecha como otro de esos metarrelatos o grandes narrativas que podrían transfigurarse deprisa en un totalitarismo más. Al mismo tiempo, nos plantan el neoliberalismo como una utopía, en el sentido de irrealizable y en el sentido de paraíso mítico para unos pocos; porque ya lo decía Miéville (no iba a citar a Alan Moore y no citarlo a él): vivimos en una utopía, solo que no es la nuestra. Los propios van der Akker y Vermeulen consideran que, al menos dentro de las artes, parece que hay un resurgir no solo de la esperanza sino de la utopía. Esta nueva sensibilidad cultural convive, pues, con las fuerzas destructivas del nihilismo, del autoritarismo, el que prefiere arrasar con todo (planeta y personas) si ese todo no va a ser suyo. No sabemos aún qué forma tomará, en qué se metamorfoseará, pero que se haya abierto esta grieta es esperanzador. Esperanza sin optimismo, como en título de Eagleton. Quizá. Pero esperanza.

Pues escríbelo en el blog

Hace ya unos cuantos años seguía con pasión a un bloguero de libros del que no daré nombre para conservar su parcelita de intimidad y que se dedicaba especialmente a la literatura fantástica (de ciencia ficción, de terror, de fantasía, especulativa… you name it). Me maravillaban sus reseñas, creo que no he vuelto a encontrar nada con el mismo ojo crítico, capacidad de análisis y de argumentación y comentarios tan bien engranados. Daba gusto leerlo por lo que decía y por cómo lo decía. No escribía muy a menudo, pero cuando lo hacía era una joya. Para mí sorpresa, no tenía muchos seguidores (uf, qué pereza me da esa cosa de seguidores-seguidos en la que se ha convertido esta cosa de internet) y apenas tenía comentarios. No sé si era porque sus reseñas eran muy elaboradas y pareciese que no había mucho que añadir, porque había «mucho texto» y eso en este mundo de inmediatez donde las cosas importantes tienen que ir en negrita no sea que te pierdas no atraía la atención. A mí me fascinaba el detalle, el uso del aparato crítico sin ser pedante (aunque supongo que para muchos esa era la imagen que transmitía) y la habilidad para buscar relaciones.

No sé cuánto tiempo duró, algún año, pero finalmente lo dejó. Yo no entendía que no fuese más conocido o más alabado, incluso, que no tuviese más retuiteos o más comentarios, pero ya sé que los gustos y las afinidades no tienen que ser compartidos. En aquel momento yo tenía tuiter, él tenía tuiter (no es una historia de amor, y ahora lo tiene en privado) y un día le dije que echaba de menos sus reseñas y que me encantaban, las leía siempre con fruición. Lo que me contestó se ha quedado grabado en mi memoria y en mi corazón para siempre: ya no le merecía la pena. Las reseñas le costaban mucho trabajo, sudaba cada frase y tenía muchísima ansiedad con cada una que emprendía, pero casi nadie le leía o le comentaba. No merecía la pena sufrir tanto para tan poco retorno. Le entendía perfectamente y me moría de rabia: a mí me parecía un genio. Más adelante, dejó algún mensaje preocupante en el que compartía sus problemas de ansiedad y de depresión. Se sentía solo, jamás había tenido una relación sentimental y la ansiedad paralizante no mejoraba con nada. Se sentía triste y desesperanzado. No publicó en un tiempo y yo me di de baja de tuiter, pero pensaba mucho en aquel desconocido con el que podía identificarme un poco. Ahora parece que está bien, aunque su cuenta lleva con candado mucho tiempo, y sobre todo publica en instagram. Sus minirreseñas de instagram me siguen pareciendo crema pastelera, y eso que últimamente no leo género (bueno, no leo casi nada, porque, hola, ansiedad). Pero sigo pensando en aquella respuesta que me dio: «te agradezco mucho tus palabras, pero no me compensa ya».

Es fácil sacar el argumento economicista, donde «retorno» solo significa que inviertes un tiempo mensurable del que no sacas rédito: en comentarios, en reblogueos, en conversaciones o alabanzas. Es fácil pensar en la metáfora economicista cuando toda la cultura neoliberal nos ha convertido en empresarios de nosotros mismos donde toda actividad humana se ve bajo el prisma del beneficio. Y sin embargo él no hablaba de compensaciones cuantificables. Hablaba, creo, de que sufría mucho escribiendo y no conseguía conectar. Hablaba de naturaleza humana, de interactuar, de emplear un esfuerzo en compartir algo que te apasiona y recibir el canto de los grillos como respuesta. De la lenta, inexorable y dolorosa extinción de la conducta. Lo pasas mal y el pasarlo mal supera el escaso placer que obtienes. Entiendo que de los que leían habría gente que se quedaría sin palabras con esas reseñas, ¿qué añadir, qué replicar? Yo misma nunca decía nada y me limitaba a admirar desde la sombra. Ahora pienso que podría haber escrito al menos un «joder, cómo me gustan tus reseñas, las espero como agua de mayo». Igual con eso no habría impedido que dejase de escribir, igual incluso le habría dado más ansiedad, qué sé yo, porque quizá es una persona muy perfeccionista que se bloquea con las expectativas ajenas. Está claro que no todo está en nuestras manos, y menos con desconocidos. Pero ahora pensaba que ojalá más gente hubiera escrito diciéndolo lo mucho que molaban sus reseñas. No hacía falta decir nada más.

Parece que cuando surge un tema «intelectual» (le empiezo a coger gato a esta palabra) nos sentimos con la obligación de estar a la altura, de responder con la misma elocuencia, lucidez, sofisticación, qué sé yo. Que decirle a alguien que se ha currado un texto estupendo «me ha encantado» o «joder, qué interesante» es una respuesta burda, zopenca y ridícula. Que no queremos parecer tontos. Y no sé por qué habría de serlo. ¡Digamos cosas bonitas aunque nos sintamos idiotas! Yo trato de aplicarme el consejo aunque no siempre lo consigo porque me quedo paralizada con absurdidades y luego me doy cabezazos por no haberlo hecho.

Hoy me he vuelto a acordar de esta persona porque en un breve periodo de tiempo he tenido varios encuentros con mis pequeñas aflicciones. Me he abierto un poco con temas que son importantes para mí y sin saberlo al principio quizá esperaba un suave coro de apoyo y validación, el mismo que he visto recitar a otros y me he sentido pequeñísima y vulnerable. La vida, cómo no, está llena de desencuentros. A veces esperamos cosas que no recibimos, a veces las demás personas no saben que esperamos algo y no podemos explicitarlo todo porque, aunque la comunicación poco tiene de «natural» y necesitamos comunicar nuestras necesidades, no podemos estar dando instrucciones precisas a cada instante o sería una conversación con chatgpt y no un coloquio más o menos orgánico entre humanos.

Hace tiempo renuncié a la ficción porque no creo tener ni la imaginación ni el talento necesario, pero la escritura es vital para mí. Puedo pensar, tener ideas y querer comunicarlas. Y si bien cuando empecé aquí me dije que trataría de ser resiliente y de no renunciar incluso aunque el silencio me empujase a extinguir la conducta, hoy me he vuelto a acordar de aquel chaval de reseñas maravillosas que dejó de escribir y me he visto un poco reflejada en él (menos por la parte del genio, ja, porque eso no lo compartimos: no estoy mal, pero muy lejos de la genialidad). De momento no sufro escribiendo. Me frustro cuando es algo complicado y no consigo ni la estructura ni las palabras, pero me puede el goce de hacerlo, o haberlo hecho. Me dije que escribiría tratando de dejar a un lado el perfeccionismo y la autoexigencia paralizante porque si no jamás haría nada. Lo consigo a veces. Sin embargo, a veces cuando comparto algo, por aquí o por otros canales, algo que es tan parte de mí como estos huesos y esta carne que me sostiene y recibo silencio se me pasa por la cabeza dejar de escribir. ¿Para qué? Encima en este mundo tan saturado de escritura. Pero a veces vuelve la terquedad, la confianza en tener algo que decir, en que es interesante. No para todos, no puede serlo, como a mí no me interesan otras cosas que sí comparten otros, pero interesante para alguien. En alguna parte.

Hace unos días conté una anécdota que me llegó al alma. Me estoy leyendo (despacio, porque la cabeza no me da para mucho por la ansiedad y el estrés) una colección de ensayos que se titula How to Read Now, de Elaine Castillo, una escritora filipino-estadounidense que desconocía hasta ahora, y que estoy disfrutando como gorrino en charca. Me encanta el vitriolo que desprende en cada ensayo y que se proclame a sí misma una virgo bitch. Las ideas que vertebran los ensayos no son nuevas (el hombre blanco cishetero como la identidad no marcada, el racismo, la decolonialidad, las vidas migrantes que están ahí solo para enseñar empatía y de paso generar su poquito de trauma pornográfico), llevan circulando por internet ya una década, pero su perspicaz forma de analizar los textos y la pasión con la que escribe me tienen ganada. De todo aquello, hasta ahora me he quedado con una anécdota quizá trivial pero que resonó demasiado con mi experiencia. Contaba una anécdota enmarcada en uno de los periodos más deprimentes e inanes de su educación en un programa (ahora no recuerdo si de grado o de posgrado) de escritura creativa en una facultad británica. Lamentaba por supuesto el racismo, pero también la escasez de curiosidad intelectual no ya de sus compañeros de curso, sino incluso de sus profesores. Cuenta que le habían mandado leer Daisy Miller y Otra vuelta de tuerca, de Henry James y que se acercó a las lecturas con un tanto de desidia, indiferencia más bien, pero Otra vuelta de tuerca le voló la cabeza. Un libro tan corto, pero que en cuanto empezó a leerlo sintió ese trueno que te anuncia que aquella lectura iba a ser fundamental en su vida. ¡Había tanto en ese libro! ¡Tanto que comentar! Desde que lo acabó estaba deseando que llegase la sesión en la que hablasen del libro, hervía de pasión. Pero llegó el día y la profesora (blanca, nos dice) empezó preguntando quién había hecho las lecturas, un poco con desgana, como quien pasa lista. Y antes de que nadie pudiese bostezar, protestar o mirarse la raya del pantalón, la mujer espetó: «bueno, ¿sabéis qué?, esta es una de esas sesiones en las que no me importa si no habéis leído el libro, porque menudo pestiño, ¿verdad?, con esas frases tan largas y enrevesadas, puf, ja, ja, ja». Y Elaine sintió que le pinchaban el globo de la pasión, se hundió de repente en su asiento. Aquella muchacha siempre locuaz en clase, que se leía lo que tocaba y la literatura secundaria que encontrase, se quedó sin palabras de pura desilusión e incredulidad. No volvió a abrir la boca en todo el semestre.

Salvando las muchas distancias (yo me puedo encontrar edadismo o misoginia, pero no tengo que enfrentarme al racismo), me ha recordado a múltiples anécdotas. Una de las últimas ya la conté no sé si en la primera o en la segunda entrada de este blog. Llevaba un tiempo dándole vueltas a la idea de que EE UU es el único país que había consagrado la felicidad en su constitución y a qué tipo de felicidad se podrían referir. Había encontrado un podcast en el que entrevistaban a un tipo que había escrito un libro sobre eso y la influencia estoica en los padres fundadores. Estaba deseando llegar a clase (estoy en un máster de es-tu-dios nor-te-a-me-ri-ca-nos, no olvidemos) y en un momento en el que se mencionaba algo relacionado aproveché para lanzar la pregunta. La respuesta de la profesora fue: «ah, una pregunta filosófica, je, je, je». Y ahí quedó la cosa. Ni una explicación, ni la voluntad de investigarlo o preguntarlo. Sentí yo también el hundirme en el asiento y el desinflarse de la pasión. Y no volví a abrir la boca. No ha sido el único momento en el que no he sabido qué hacer con esa pasión, con esa acuciante curiosidad y encontrarme cohibida en entornos donde la pasión y la curiosidad intelectual se presuponen. Igual yo también soy una virgo bitch.

Hace algún mes escuché un podcast en el que citaban a Zizek para explicar cómo había cambiado la relación entre el deseo y la enfermedad (todo a raíz de un libro de Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio, creo recordar). Antes se consideraba problemático sentir demasiado deseo (no hablamos solo del sexual), no entraba dentro de la sociedad contemporánea y había que reprimirlo. Ahora, en cambio, dado que el deseo va asociado al consumo y el emprendedurismo, la patologización es la falta de deseo, o no tener suficiente deseo de hacer cosas, probar cosas. El deseo es un imperativo y la falta de ganas de hacer más cosas (se entiende que en un contexto no depresivo) es pernicioso. Recuerdo intercambiar ideas con Maltita en Mastodon sobre que, decía ella, lo excesivo sigue siendo patologizado y, si leéis este blog, sabréis que estoy de acuerdo. La intensita (o sea, la que no se calla, la que tiene opiniones, la que se enfada, la que no pide perdón por sentir y, sí, la que tiene apetito sexual y no lo esconde) es la nueva histérica y la sola palabra es patologizante y muestra sin mucho disimulo la intención domesticadora. Creo que hay un sesgo de género. Pero también creo que la idea de Zizek y Han iba por esa alianza del deseo asociado al consumo y mantener la rueda en movimiento.

Soy intensita y soy sensible. Además, durante décadas han usado conmigo el silencio como castigo. Me duele cuando comparto algo con entusiasmo y recibo silencio o tibieza mientras otros son jaleados. No hay maldad en esas acciones, ninguna voluntad, pero no las hace menos dolorosas. Y la mayor parte de las veces no me atrevo a decir nada para explicitar mis deseos porque me aterroriza la invalidación de «es que eres muy sensible», como si eso convirtiera mis necesidades (el ánimo, la palabra amable, el aliento, la confianza) en ilegítimas. No conozco a aquel bloguero, pero entiendo su ansiedad y por qué dejó de hacerlo. Entiendo la dificultad de sentarse aquí (o allá, o entre personas de carne y hueso), contar algo que te ha supuesto un esfuerzo y recibir una cierta indiferencia. Yo me propuse que aquí seguiría, aunque duela, aunque nadie comente, a pesar de la dificultad y la incertidumbre. Un año, mínimo, ese es el trato. Pero, no lo digo solo por mí (pues yo misma tengo que recordármelo a veces y fallo, siempre pensando que, haga lo que haga, meto la pata), decir cosas bonitas siempre es un plus. Seamos bonitas.

A vueltas con la cultura terapéutica

La primera vez que pensé, sin saber que le habían dado un nombre, en esto de la «cultura terapéutica» fue tras una conversación con una compañera. Para mi desgracia, no recuerdo bien cuál era el motivo del desahgo, o el intercambio. Sí recuerdo que había un componente emocional, nada muy privado ni hondo ni traumática, solo un intercambio cualquiera sobre el estrés o el cansacio o qué sé yo. Tampoco recuerdo sus palabras exactas, pero recuerdo que me sorprendió su lenguaje, que no era la típica conversación trufada de tópicos a la que recurrimos cuando no sabemos qué decir, sino un lenguaje «terapéutico» lleno de expresiones más propias de una consulta (o de una pseudoconsulta, pero qué gracioso pensar ahora que consulta sea también query) de una psicóloga que de una conversación donde estuviésemos reconociendo y exponiendo nuestra vulnerabilidad. Recuerdo que llegué a casa y le dije a mi marido que más que hablar me quedé con la sensación de que me estaba haciendo terapia. Y con eso mo quería decir que me estuviese analizando, diagnosticando o haciéndome una historia clínica, ni tan siquiera que no me estuviese escuchando o tratando de establecer una conexión (intenciones que no puedo conocer), sino que, en todo caso, los lugares comunes del lenguaje conversacional estaban sustituidos por otros como «gestionar emociones» y «cuidar la salud mental», cosas así.

Tras ese intercambio, que me dejó perpleja, fue cuando me puse a observar qué ocurría y veía que ese lenguaje se había infiltrado en todos los rinconces. En la calle y en las redes sociales, por medio de la divulgación y las cuentas de influencers, así que no era de extrañar que nos hubiese calado a todas y lo estuviésemos incorporando al repertorio de recursos, tanto si buscamos conectar como si no sabemos qué decir. Mucho menos aun cuando nos hemos convertido todos en emprendedores de nosotros mismos, no solo en el trabajo sino en nuestra propia subjetividad. Que haya que «trabajarse» dice mucho de cómo la ideología neoliberal nos tiene sorbido el seso. Y me empecé a preguntar qué ganamos y qué perdemos recurriendo a esas fórmulas (bien, mal, regular, de aquella manera) fuera del contexto clínico. Puedo hablar, en primer lugar, de lo que sentí en aquel momento y es que no había verdadera escucha, no había conversación sino un atajo para llegar a algún sitio. Porque la conversación y la terapia no son lo mismo. El lenguaje terapéutico, además, estaba impregnado de esa jerga empresarial y emprendedora de hacerse cargo de tus emociones («gestionar», ya sabes, como si fueras el contable de un banco), ser tu mejor versión, trabajarse y no sé qué otras historias más. Nuestros asuntos personales se convierten invariablemente en problemas que analizar y resolver, a menudo con la intervención de los expertos (ya sea la consulta o empleando el lenguaje que imaginos que ocurre en ese contexto). El enfoque administrativo, gerencial, que ha colonizado todo.

Lo primero que pensé de que la conversación estuviese terapeutizada fue que se perdía la oportunidad de crear, juntas, un lenguaje íntimo y privado que diese sentido a esa experiencia, la posibilidad de nombrarlo en nuestros términos para la ocasión. Lo importante ni siquiera era encontrar el nombre, era buscarlo, navegar entre significados. Porque ¿qué buscamos al contarle los problemas a una amiga en vez de al terapeuta? Obviamente aquí difícilmente hay un «nosotras», un ente homogéneo con una sola motivación, pero seguramente aunque la respuesta sea «ayuda», me atrevería a pensar que, en general, la ayuda que buscamos de un amiga, o una compañera que nos cruzamos en el pasillo en un momento de estrés, no es la misma que buscaríamos en la consulta. De otro lado, la mirada administrativa, gerencial, que busca analizar e intervenir, puede convertir en problemas aquello que no necesariamente lo es. Estar triste, por ejemplo, en muchos casos no es una llamada a la intervención, a buscar un análisis de riesgos, sino un afecto como cualquier otro que va y viene. En todo caso, el enfoque gerencial crea el problema y, al hacerlo, se mantiene y propaga el discurso, el lenguaje experto al rescate. Las emociones no son ni un problema ni el problema. Es más, el enfoque gerencial de detectar riesgos, problemas y soluciones en cualquier ámbito de la experiencia humana es la muerte de la conversación.

Cultura terapéutica

Estoy estudiando un máster en Estudios Norteamericanos. La razón es que los dos que había empezado no los llegué a terminar por… cosas. Así que este fue un bonito descarte más o menos relacionado con mis estudios y mis intereses. Yo quería hacer un TFM porque me gusta mucho la investigación y, bueno, quizá luego subir de nivel. El caso es que el TFM del máster que estoy estudiando, que no defenderé, creo, hasta la convocatoria extraordinaria de febrero, irá de BoJack Horseman, metamodernismo y cultura terapéutica. No son temas al azar, o porque toca, sino intereses cada uno que parten de un lugar profundo sobre el que apuntalar una curiosidad académica. Estoy bastante orgullosa de estas conexiones, no solo porque creo que por fin encontré un hilo coherente, también porque no son solo un trámite a seguir sino que parten de un interés genuino por dar(me) respuestas, por chiquititas y modestas que sean, a cosas que me importan, que es lo que creo que debería ser toda investigación.

Ya hablaré, seguro, de BoJack Horseman (cualquiera que me conozca sabe lo mucho que disfruté de la serie por las cosas que cuenta y cómo las cuenta) y de metamodernismo (¡cha-cha-cha-chan!) pero mientras voy a tratar de explicar qué narices es eso que se ha venido en llamar «cultura terapéutica», hasta donde llegan los acuerdos. La cultura terapéutica, o cultura de la terapia, en función de cómo traduzcamos “therapy culture”, “therapeutic culture”, es un término bastante vago que se refiere principalmente a la prevalencia de los discursos relacionados con las disciplinas psi en nuestras sociedades contemporáneas más allá de los contextos clínicos, llegando a desplazar otros discursos. Podríamos llamarlo también la psicologización del individuo o de la sociedad. En este sentido, no es solamente una referencia a la literatura de autoayuda, la psicología pop o la industria de la felicidad en la cultura popular, sino que incluiría (especialmente en determinadas escuelas) un análisis crítico de las propias disciplinas psi (psicología, psiquiatría y -que me perdonen algunos- el psicoanálisis). Ese es el foco del análisis, que según donde se escore, entroncaría con las medical humanities, o humanidades médicas, o hacia el que se ha llamado el giro afectivo. Las humanidades médicas no son más que una mirada desde las humanidades a la medicina y otras profesiones relacionadas con la salud: narrativas sobre la enfermedad, reflexiones éticas sobre la práctica médica, representaciones culturales de ideas de salud y enfermedad, etc. Ponen de relieve la obviedad de que el dolor, la vida, la enfermedad o la muerte son mucho más que categorías médicas y forman parte de la experiencia humana. Por su parte, el «giro afectivo» tiene que ver con el renovado interés en las emociones en la vida social de los individuos, sus implicaciones políticas y sus usos culturales.

Mi interés por este giro terapéutico tiene, cómo no, un sustrato personal, es decir, parte de alguien que ha vivido, tanto en primera persona como en el contexto familiar, la psiquiatrización. Qué significa el diagnóstico, si un diagnóstico equivocado se debe a la mala praxis o también hay algo cuestionable en la forma de llevar a cabo los diagnósticos en general, incluso en la propia categoría diagnóstica, cuándo y cómo benefician los diagnósticos y cuando son iatrogénicos, en qué contexto se realizan. También me mueve la preocupación de hasta dónde debería llegar el poder de la psiquiatría, en qué medida se parece o ha ocupado el lugar de la religión y en qué se parecerían la confesión y el arrepentimiento del catolicismo en un contexto clínico. Y, más allá, qué son los trastornos mentales, si es culpa del capitalismo (neoliberalismo, dicen algunos) de la biología, la genética; si verdaderamente existe una epidemia o crisis de «salud mental», a qué nos referimos con esta expresión tan elástica de «salud mental» y a quién deja fuera este discurso mayoritario o mainstream sobre «salud mental»; si el lenguaje terapéutico ha desplazado a otros lenguajes y, de ser así, en qué nos beneficia y en qué nos perjudica aplicar el lenguaje terapéutico para designar nuestras experiencias en lugar de otros estilos narrativos. Y, más allá incluso, dónde queda la ética y la política en todo esto.

Yo no tomo «cultura terapéutica» como un término despreciativo, sino descriptivo. De hecho, incluso en lo que veo en un principio con ojo crítico, tomo ahora la actitud de que primero hay que entender y luego juzgar y me gustan los análisis sofisticados. Sin embargo, observo que en general la literatura se ha acercado (o ha construido, por qué no, quizá) al fenómeno más desde la crítica, en muchas ocasiones, moral. Como suele suceder, las críticas o los análisis críticos vienen de uno y otro lado, vamos a llamarlos izquierda y derecha. Muy resumidamente, tenemos dos, incluso tres, escuelas analíticas de la cultura terapéutica. De un lado, la corriente marxista y la neomarxista y la tradición foucaultiana de la gobermentalidad, de otro la escuela que podríamos llamar tradicionalista. Ambos lados coinciden, de forma muy simplificada, en que la cultura terapéutica individualiza problemas que podríamos llamar estructurales, bien por la desaparición de la religión como cohesionador social o por la atomización del individuo dentro del neoliberalismo. El primer texto canónico que inauguró la conversación sobre la cultura terapéutica fue el libro de Rieff The Triumph of the Therapeutic. Uses of Faith After Freud (1966). En su análisis sobre la cultura terapéutica tras la Segunda Guerra Mundial, Rieff sostenía que la cultura terapéutica significaba un importante cambio cultural que socavaba las fuentes tradicionales de moralidad colectiva como la religión organizada y otras autoridades establecidas, un lugar que empezaron a ocupar las llamadas disciplinas psi. En lugar de buscar la salvación por medio de la trascendencia religiosa, los individuos buscaban el desarrollo personal y la felicidad a través de medios psicológicos. Esta transformación cultural elevaba los psicólogos a un rol que antes ostentaban los curas, y se ensalzaba el bienestar personal como el fin último de la existencia. Sin embargo, otras perspectivas que podríamos llamar tradicionalistas sustituirían la religión por la filosofía, donde habría que volver a los estoicos para una versión más elevada de la felicidad que nuestra gratificación instantánea actual a través un hedonismo degradado. Considero que aquí entrarían las críticas de lo woke, la idea de que somos una cultura frágil llena de «copitos de nieve» y que no tiene problemas de salud mental, sino de resiliencia. Estas visiones tradicionalistas, por tanto, comparten una visión nostálgica de un pasado siempre mejor del presente actual.

En el caso de la tradición marxista, que en función del análisis y la perspectiva podría encajar en un cierto tradicionalismo, lo que se habría perdido es el colectivismo, la lucha colectiva y el desapego por la política. La crítica a la cultura terapéutica vendría dada porque ésta nos incita a replegarnos sobre nosotros mismos en lugar de luchar por reparar las injusticias sociales (la dicotomía del psicólogo o el sindicato). En esta tradición podríamos meter a la escuela de Frankurt o a un frankfurtiano contemporáneo como Adam Curtis en The Century of the Self. Parte de la tesis de Adam Curtis en ese documental (aunque con una rendija en la esperanza) no deja de ser que la posmodernidad nos volvió a todos unos cínicos incapaces de comprometernos en la política, presa del individualismo consumista, replegados sobre nosotros mismos y buscando consuelo en las más variopintas terapias como forma de liberación. Dentro de la tradición de la gobermentalidad destaca el sociólogo Nikolas Rose, quien influido por la genealogía de Foucault estudió el desarrollo histórico y la progresiva influencia de las disciplinas psi en la conformación de subjetividades dentro del neoliberalismo. Convertido en un régimen de verdad, el lenguaje y las técnicas terapéuticas dan forma a nuestras relaciones (con nosotros mismos y con otros) y han influido en las formas de gobierno de las instituciones. Para Rose la cultura terapéutica no señala un repliego de la política, sino que es un acto político en sí mismo, como tecnología del poder que regula nuestra psique y subjetividad (lo aceptado o inaceptado, por ejemplo) reconfigurando así nuestras orientaciones políticas.

De Rose recomiendo mucho su libro Our Psychiatric Future, de 2018 (hasta donde yo sé, el último que ha publicado sobre este tema) sobre el tema, ya un poco alejado de la gobermentalidad, y con un análisis fino del papel de la psiquitría en nuestra cultura lejos de reduccionismos simplistas y las falsas dicotomías, y que supone un buen resumen no solo de la trayectoria de sus ideas, sino de algunas partes del debate actual sobre si necesitamos terapia o un sindicato (o, mejor dicho, cuándo necesitamos terapia y cuándo un sindicato), qué hacen las etiquetas de trastornos mentales, qué papel han jugado los pacientes y supervivientes de la psiquiatría y sobre el complicado estatus de la psiquiatría como ciencia y qué papel puede jugar en el futuro. Rose adopta aquí una posición que me encanta, en el papel de tocapelotas, aceptando y criticando puntos tanto del movimiento antipsiquiatría como de la visión simplista de la psiquiatría como de instrumento de control, sin dejar de darle lo suyo a la propia psiquiatría biologicista.

Por supuesto, dentro del giro afectivo, más gente se ha sumado a la fiesta. Por ejemplo, la socióloga Eva Illouz ha centrado parte de su investigación en la relación entre capitalismo y las emociones, desmontando la idea de que el capitalismo es una maquinaria fría y racional desapegada del mundo emocional. Illouz ha estudiado el papel de la psicología en lo que ella llama el «capitalismo emocional» y cómo la intimidad se entiende y se expresa en términos económicos (de rendimiento, de interés, de coste-beneficio en una apuesta amorosa, por ejemplo). Illouz también ha estudiado el papel de la familia, el trabajo corporativo y los medios de comunicación de masas en la diseminación de estos lenguajes (incluso tiene un libro sobre Oprah, ahí es nada). La postura de Illouz, más que incidir en el repliegue del individuo hacia su intimidad, parece recalcar que esta cultura terapéutica ha difuminado las fronteras entre lo privado y lo público. Dentro del giro afectivo y más dentro aun, la fenomenología queer, cabe mencionar a Sara Ahmed. En La promesa de la felicidad, Ahmed ha estudiado entre otras cosas no qué es sino qué hace la felicidad, qué horizontes prometedores nos ofrece y por qué puede ser bueno resistirse a sus cantos de sirena. Dentro de la idea de felicidad muchas veces hay idearios imperialistas (nuestro modelo de sociedad es el que produce sujetos más felices, así que tenemos el derecho moral de exportarlas) o la asociación de la felicidad con el matrimonio que bien le sirve a la heteronorma. Menciona Ahmed a la “feminist killjoy”, la feminista aguafiestas y cascarrabias que señala en una cena los comportamientos machistas del cuñado sin dejar la fiesta en paz. Estar cabreada y un poco fatalista a veces es buena cosa, amigas.

En este punto, cabe decir que precisamente para el feminismo, si bien alerta de sus potencialidades corrosivas, la cultura terapéutica ha tenido aspectos positivos en tanto en cuanto ha socavado la legitimidad de las mismas figuras de autoridad patriarcal como el sacerdote, el padre de familia o el marido cuya pérdida parecía lamentar Rieff. Dentro de parte del feminismo (por ejemplo, Wright, en un artículo de largo título de 2008 que no voy a citar aquí, que esto es un blog y paso de la ANECA), se cuestiona quién construía esa autoridad, a quién beneficiaba, y en qué medida ese lenguaje terapéutico ha ayudado a las mujeres a identificar y nombrar dinámicas opresivas e incluso a revitalizar movimientos sociales. El debate está servido. En todo caso, no hay una sola cultura terapéutica, sino varias culturas terapéuticas que hay que analizar en su contexto. Las primeras obras que estudiaron esta medicalización o psicologización lo hicieron en la cultura angloamericana bajo unos parámetros muy concretos.

Espero que haya quedado claro al menos este rápido esbozo de a qué nos referimos con esta cosa de la cultura terapéutica, porque yo me tengo que marchar a sacar a la perra y me prometí no comemerme la cabeza con estas cosas que leen cuatro gatos, escribo de gratis y no son más que apuntes preliminares a la carrera. Si no, pues yo seguiré volviendo sobre este tema, que al fin y al cabo es lo que estoy investigando. Obviamente, me reservo el derecho a cambiar de opinión en público y todo.

«Dame conocimiento, que poder ya tengo»

La frase no es mía, os lo digo desde ya, pero la he hecho mía. La frase es de un amigo bien conocido por tener frases memorables en las partidas de rol y, un día, ante el ofrecimiento del vino del foso, le espetó al malo: «dame conocimiento, que poder ya tengo». Y, veréis, yo no tengo poder, soy lo que en inglés se conoce como underdog, una perdedora, I’m a loser baby why don’t you kill me etc, pero voy por la vida, perdón por la intensidad, con hambre de conocimiento. Entro en clase pisando con fuerza y con ganas de gritar: «¡dame conocimiento, que poder ya tengo!». Entro en el despacho escuchando el enésimo curso de lo que sea con ojos hambrientos de respuestas. Hace un par de semanas, después del seminario, me encontré a la profesora en el baño y ardía en deseos de conocer su opinión sobre la escena de una película que habíamos discutido. Por suerte para ambas, he tenido la socialización suficiente como para establecer los filtros apropiados en esas situaciones (en otras, quizá no tanto) y tiré del catálogo de la conversación de aseo, pero hasta a mí me sorprendió ese deseo desgarrado, por saber, por compartir, por preguntar. Lo había sentido cuando terminó la sesión, pero ya habíamos estado diez minutos más de la hora de cierre y, gracias a la socialización, pensé que hacer esa pregunta incluso ante la incitación de la profesora con su: «¿algún comentario más…?» no me granjearía precisamente la simpatía de los compañeros. Yo misma tenía un tren que coger, eran las 20:10 y tardaría dos horas en llegar a casa (gracias por tanto, transporte público), pero el deseo, el hambre, era casi irresistible.

Estoy estudiando un máster, con esperanzas por fin de acabarlo, y con bien (buena confianza, buena experiencia, ojalá buenos resultados) y me doy cuenta de que esas horas a la semana son las únicas de las que dispongo para hablar con alguien de temas que me apasionan. Para compartir. La primera sesión quería atarme el brazo para no levantarlo más y casi terminé pidiendo perdón por hablar demasiado. Lo estoy haciendo a tiempo parcial, dividido en dos cursos, así que era la segunda o tercera vez en dos años que me oía reconocer en voz alta que esas eran las únicas horas a la semana que tenía para mantener una conversación sobre temas de mi interés. Porque, además, llego a casa de noche y yo estoy encendida a pesar del cansancio mientras que mi pobre marido apenas puede ya mantener los ojos abiertos del sueño (gracias por tanto, capitalismo). Y cualquier cosa puede encenderme. Cuando algo a priori pensaba que no me interesaría, de repente saltan chispas de preguntas en mi cabeza: «¿de dónde viene esto?, ¿estará acaso relacionado con aquello?». Consigo apasionarme por cosas antes para mí insólitas. Quiero saber, y el saber nunca se acaba, es inabarcable, pero, aunque puede ser muy frustrante, hay placer en esa inagotabilidad.

Y, por eso, cuando me rondaba la idea de volver al mundo blog, le pregunté a este amigo si no le importaba que usara su frase exitosa para ello. Permiso concedido, y aquí estamos. Sin embargo, como nombre de dominio iba a quedar larguísimo. «Dame conocimiento», a secas, parece un portal de apuntes para la EBAU o un ofrecimiento megalómano que no puedo satisfacer. Y ya hemos quedado en que, poder, lo que se dice poder, no tengo. «Loca del desván», en cambio, era algo que llevaba usando como nombre de la tinyletter y de lo que también me apropio. Ese libro seminal de Gilbert y Gubar sobre genealogía y escritura de mujeres que toma a la confinada Bertha Mason de Jane Eyre como arquetipo decimonónico de mujeres constreñidas por la lógica patriarcal, pero que podemos estirar hasta nuestros días. Como muchas otras, me apropio y hago mío el estereotipo de loca y exaltada, que no es otra cosa que aquella que rebasa los límites que te impone el culto de la buena feminidad. No seas demasiado grande, no ocupes demasiado espacio, no vistas demasiado llamativa, no quieras saber demasiado. Ahora es el «intensa», con el que las nuevas generaciones parecen tener una relación irónica. No aprendemos con grandes correctivos, sino pequeños. Una mirada acusadora, un reproche de pasada, un silencio como castigo, hasta que aprendes a disimular y después a emular aquello que te compra una entrada de aprobación. Emular lo que crees que es aceptado. Esto no sucede solo en lo macro (el heteropatriarcdo, si queréis), también en lo micro. Toda cultura, todo grupo, tiene esas normas implícitas que se mantienen por repetición, y sus pequeñas subversiones. Pero ¿veis? Ya desvarío.

Soy intensa. Tengo emociones intensas y tengo pasión. No quiero sonar soberbia (qué exceso), pero tampoco quiero tirar de falsa modestia: el año pasado nos dijo una profesora que igual pensábamos que se lo decía a todos los grupos, pero que lo había comentado con otra compañera y habíamos sido un grupo de verdad excelente y yo sabía que también lo decía por mí. Me sentía de verdad incluida. Durante muchas sesiones, sentía que mi opinión era tenida en cuenta, que formaba parte de la conversación. La cosa no iba de tener razón, sino de ser escuchada. Incluso en una de las clases, una compañera que venía de Erasmus me dijo en un aparte que le encantaban mis comentarios y yo me puse como un globo. Pero no siempre me he sentido así. La mayor parte de mi vida me he sentido tonta. Incapaz de estar a la altura. Y ahora no es que me vea como una genia, porque no lo soy, pero me descubro haciendo asociaciones de las que antes no era capaz. Algunas llegan a alguna parte, otras a ninguna, pero el viaje siempre merece la pena.

Y ayer lo tuve claro: no he llegado aquí (y entended este «aquí» como un lugar nada especial, no tengo títulos ni reconocimientos, no es más que un estado del que me siento orgullosa y que me proporciona felicidad) por mi inteligencia, he llegado por mi pasión. No digo que sea tonta, ya no me lo siento, pero no soy particularmente lista. Es el hambre lo que me ha impulsado. Vengo de familia humilde, mis padres no tenían estudios y nunca he tenido un entorno «intelectual», pero este terruñito humilde, este puñadito de tierra, lo he conquistado porque soy una intensa. Creo que mis padres, a su manera, también lo eran: no tenían estudios, pero tenían pasión. Yo le contaba a mi padre las cosas que aprendía y me escuchaba con genuino interés. Cuando decidí dejar Periodismo tras cuatro meses de aburrimiento se sintieron decepcionados, sí, pero no me impidieron pasarme a Filología Inglesa. En parte porque mi hermano ya pagó por mí, ay, cuando le convencieron que no desperdiciara su inteligencia y capacidad para los estudios en una carrera como Historia y estudiara Ingeniería de Telecomunicaciones. Creo que supieron de su error. Veinte, treinta años después, mi hermano nunca te hablará con pasión de nada relacionado con Teleco, pero sigue hablando de Historia. Él pagó, yo pude seguir mi corazón.

Atesoro esa pasión porque me hace feliz, así que, aunque sé que hay contextos donde hay que modularla, no pienso renunciar a ella y pienso compartirla aquí porque me estalla el pecho. Me hace feliz investigar, meterme en jardines, hacerme preguntas, lanzar reflexiones. El otro día no conseguí llegar al gimnasio porque estuve hora y media de reloj hablando en voz alta simulando que hablaba con mi futuro tutor de TFM. Encima en inglés, que hay que aprovechar para practicar. No voy a mirar en el DSM si tratan esto como un síntoma, pero hasta hoy solo se lo reconocía a mi marido (que me monto películas en voz alta) porque me da miedo que la gente crea que estoy cucú. No busco una «carrera académica», primero porque ya es tarde (casi respiro aliviada, porque me da libertad), segundo porque no creo tener el carácter adecuado, pero aprender me hace feliz y no puedo imaginar mi vida sin ello. Me gusta el reto intelectual de plantearme una pregunta y tratar de darle una respuesta un tanto sofisticada. En general, vivo con pasión, pero esto es lo que más callo porque no quiero parecer pedante.

Si tiene un lado oscuro es que muchas veces también me hace sentir sola porque no es algo que pueda compartir a menudo. El otro día leía una entrevista con Nikolas Rose en la que decía que habían formado su grupete de lectura en la universidad para leer a Foucault y se habían montado el seminario a su manera. Por mucho que yo esté orgullosa de esta llama, el conocimiento, por más cliché que nos parezca, no se construye de forma individual. Y aunque los grupos y yo no nos llevamos bien porque tengo que enfrentarme a muchas inseguridades, me daba envidia imaginarlo, personas afines y que se respetan, construyendo algo juntas. Me pasa también, esa envidia, con esas personas, antes desconocidas entre sí, que construyen comunidad a través de sus podcasts sobre su pasión nicho (es flipante la de podcasts de Filosofía que hay, por ejemplo). De hecho, escuchar podcasts ha sido fundamental en esta conquista de terruñito, porque participaba, aunque fuera de forma silenciosa, de una conversación y me ayudaban a entender conceptos.

Incluso en mi propio entorno académico de máster, a veces me encuentro teniendo que justificar que yo no quiero hacer el TFM como un trámite, un medio para un fin, sino porque de verdad quiero investigar algo que me interesa. Hacerlo bien, disfrutarlo. No estoy aquí porque tenga que dejar muescas o perseguir hitos y, ea, ya está, a otra cosa, mariposa. Esto no invalida el otro lado, la necesidad de hacerlo porque da puntos para las oposiciones, o porque nos han convencido de que sin un máster no vamos a ninguna parte. Estamos todas metidas hasta las trancas en la maquinaria neoliberal, la financiarización de la vida cotidiana que rige cada una de nuestras decisiones (somos «empresarios de nosotros mismos, invertimos en nuestro futuro, el coste riesgo-beneficio», esas mandangas). Disfrutar de algo es tanto un privilegio como una rebelión. Yo tengo el privilegio de poder estudiar, aunque no lo estoy haciendo en las condiciones que me gustaría (estoy muy cansada, titis), pero también hacerlo por gusto y no para sacarle rédito es mi pequeña rebelión.

Ayer vi un titular de estos de ciberanzuelo que me dejó picueta: «elogia a tu hijo para que rinda en los estudios», o alguna mierda por el estilo. No porque lo merezca para el desarrollo de su persona, su confianza, no, para que rinda en los estudios. Mientras escribía esto, me he acordado de una escena de una de mis películas favoritas (Before Sunrise, Richard Linklater, 1995; joder, qué viejas somos) en las que Céline le cuenta a Jesse cómo sus padres, cuando era niña, trataban de reconvertir todas sus entusiastas y fantasiosas aspiraciones en trabajos trabajos prácticos con los que ganar dinero.

“My parents have never really spoken of the possibility of my falling in love or getting married or having children. Even as a little girl, they wanted me to think about a future career as a TV newscaster, or a dentist, or something like that. Yeah, I’d say to my dad I wanted to be a writer and he’d say journalist. I’d say I wanted to have a refuge for stray cats and he’d say veterinarian. I’d say I wanted to be an actress and he’d say TV newscaster. It was this constant conversion of my fanciful ambitions into practical moneymaking ventures”.

Hay que aplicar el principio de realidad a los nenes desde bien pequeñitos, que el mundo es muy duro y cuanto antes lo sepan mejor, mentalidad tiburón y no sé qué. La movida es que los adultos también necesitamos nuestras “fanciful ambitions”, un reducto donde hacemos las cosas porque disfrutamos con ellas y, por tanto, no importa si las hacemos mal, si no sacamos rédito de ellas, si no les damos forma definida con la que, aunque no las vendamos, puedan ser vendidas. Puedes querer escribir sin querer ser escritora, puedes querer pintar sin querer ser pintora, puedes querer hablar de libros sin querer ser boockaster. Hacer cosas por algo distinto a que formen parte de nuestro portfolio, nuestra carta de presentación ante los demás, para que nos vean como personas valiosas en las que invertir.

Yo quiero llegar a viejita con esa misma pasión de gustos informes e inconexos, con la misma sed de respuestas y la misma devoción por el misterio. Una de mis mayores inspiraciones es mi suegro al que, con ochenta años, van a operar pronto de la vista (de cataratas y miopía, que tiene más dioptrías que yo kilos, y le van a implantar una lente, todo muy ciberpunk), pero nunca para de buscar la forma de tratar de leer, de ver series, películas porque le apasiona, disfruta con ello, se le iluminan los ojillos de topo cuando te habla de algo que le gusta que da gloria verlo. Cuando sea viejita y me tengan que cambiar el pañal, si aún conservo un poco la cabeza, quiero gritarle a la enfermera: «¡dame conocimiento, que poder ya tengo!».

Hola, mundo

Hace ya bastante tiempo que decidí volver a un blog, del que nunca debí marcharme. Escribo esto y recuerdo a una persona en concreto enarcar una ceja con sarcasmo ante la palabra blog, pero parece que el tiempo nos ha dado la razón. Tampoco afirmaré que la gente está volviendo en masa a tener blogs, pero sí que hay cierta corriente de desencanto con (¿sólo?) las redes sociales, tras años de ir de acá para allá con la casa a cuestas, que si Tumblr, que si Twitter, que si Threads, que si Mastodon, que si el canal de Telegram, y encima en cada casa solo poder hacer una cosa y tener que pensar dónde poner el resto de bártulos y así hasta el cansancio. Así que, cuando se anunció que Tinyletter cerraba, que estaba siendo la casa que ocupaba (con c y con k, porque últimamente había perdido la costumbre de escribir) en los últimos años, decidí que era el momento de emanciparme y tener mi cuarto propio.

Y aquí estamos de nuevo, en otra casa. Por supuesto, como bien me caracteriza, escribo esto un día antes a del cierre definitivo de Tinyletter, porque sin el apuro de la fecha límite jamás terminaría nada. Espero y deseo mantener la costumbre de escribir, incluso sabiendo que no me lee mucha gente (¡ay, los refuercitos!), pero no puedo prometer nada porque no tengo demasiado tiempo. Llevo dos semanas de semestre y entre las clases que doy yo y las que me dan estoy agotada de tanto recorrer Castilla por el llano y el altiplano. Me levanto a las seis de la mañana y me acuesto a las once de la noche sin parar en todo el día. Las hormonas han decidido sumarse a la fiesta y hoy, además, ha vuelto el insomnio. Sabía cuando acepté que iban a ser unos meses duros, pero anticiparlo no es lo mismo que vivirlo. Unido a mi nivel de autoexigencia soy bien capaz de provocarme el agotamiento en tiempo récord, mucho antes de que termine el curso.

En el próximo post detallaré por qué «la loca del desván», que es bastante autoexplicativo tanto si conoces el origen de la expresión como si no, y del por qué del «dame conocimiento, que poder ya tengo». De momento, mi declaración de intenciones no es más que desear que este sea un espacio donde caben todas las cosas. No soy una marca, ni siquiera soy una narrativa coherente, tampoco tengo nada que vender. Quiero poder sentarme y escribir de lo que me apetezca sin pensar demasiado. Si te das una vuelta por cualquier consejo para crear un podcast, un blog, o lo que sea, verás que la mayor parte de las recomendaciones van dirigidas a considerarte una marca: no dispersarte, maximizar tu audiencia, porque si hablas un día de una cosa y otro día de otra no vas a «fidelizar». Incluso aunque no ganemos dinero con esto, somos empresas y tenemos que monetizar el ocio simbólicamente: con más lecturas, más suscriptores, más reacciones. No basta con interesar, tienes que enganchar porque la competición es el juego, así que olvídate de ese tema que te interesa a ti pero que aburre al resto. Luego, además, hay que hacer las cosas bien porque dios nos libre de los mediocres aunque estemos hablando de nuestro tiempo libre. Presentación impecable, contenido de calidad. El punk está passé. Larga vida al punk. Los fanzines tienen calidad de revistas y ya no van con grapas y la ropa tuneada parece de Armani. No seas cutre, no seas mediocre. Puedes parecer cutre, pero que se vea que es irónico, que se note el empeño, que no se te vean las costuras.

Pues yo me quiero rebelar contra todo eso. Y no os voy a engañar, al principio tendré que impostarlo porque soy la primera que está metida hasta las trancas en la cultura del perfeccionismo y necesito hacer las cosas bien, demostrar algo, y porque quiero que me leáis y siempre que sacas algo de las tripas y lo recibe el cricrí de los grillos te enfrentas a una pequeña micromuerte amarga de la que hay que reponerse. Porque es fácil modular tu discurso sin darte cuenta para que encaje un poquito más con lo que los demás quieren y alejarte otro poquito de lo que tú quieres. Y yo, que desde que descubrí lo que significa eso de ser un yo, siempre me he sentido bastante rara en los grupos en los que he estado y he tratado de encajar matando esa extravagancia, ese extravío, esa excentricidad, sé lo que es ese goteo de sacrificios que sin apenas darte cuenta te dejan sin nada. Por eso no os puedo decir de qué voy a hablar, será un cóctel diletante de libros y cine y filosofía de salón que investigo, de algún desvarío personal, solo sé que de lo que hable aquí será porque me apasiona, porque si algo me define es la pasión y quiero defender esa llama con uñas y dientes. Es la que me ha traído hasta este nuevo siglo con vida y me ha hecho crecer. Sí, soy intensita, el nuevo «histérica».

En redes sociales, si bien sigo manteniendo Instagram, apenas lo uso y, hoy por hoy, solo quiero recuperar y conservar Mastodon. No sé si volveré a alguna otra, pero lo cierto es que no tengo mucho tiempo. Tanto es así que empecé el año con la idea de deshacerme del smartphone y pasarme a un tontófono, pero casi no me hace falta porque no estoy perdiendo el tiempo como antaño: lo pierdo de otra manera (salvo alguna recaída en la que el móvil se convierte en mi instrumento de manejo del malestar). Tampoco consigo sentir que las redes sociales, en general, como concepto, me interesen como antes, aunque echo en falta a algunas personas que conocí en ellas. Lo malo es que eran mi sesgada forma de seguir la actualidad y no he conseguido la fórmula para sustituirla, tanto es así que llevo un tiempo desinformada. ¡No se puede estar en todo todo el rato! Pero ¿un blog? Me mola. Me encanta escribir, me encanta leer. ¿Por qué nos fuimos? Sea como sea, mientras me armo otra casetita, aquí me podréis encontrar.