Pues escríbelo en el blog

Hace ya unos cuantos años seguía con pasión a un bloguero de libros del que no daré nombre para conservar su parcelita de intimidad y que se dedicaba especialmente a la literatura fantástica (de ciencia ficción, de terror, de fantasía, especulativa… you name it). Me maravillaban sus reseñas, creo que no he vuelto a encontrar nada con el mismo ojo crítico, capacidad de análisis y de argumentación y comentarios tan bien engranados. Daba gusto leerlo por lo que decía y por cómo lo decía. No escribía muy a menudo, pero cuando lo hacía era una joya. Para mí sorpresa, no tenía muchos seguidores (uf, qué pereza me da esa cosa de seguidores-seguidos en la que se ha convertido esta cosa de internet) y apenas tenía comentarios. No sé si era porque sus reseñas eran muy elaboradas y pareciese que no había mucho que añadir, porque había «mucho texto» y eso en este mundo de inmediatez donde las cosas importantes tienen que ir en negrita no sea que te pierdas no atraía la atención. A mí me fascinaba el detalle, el uso del aparato crítico sin ser pedante (aunque supongo que para muchos esa era la imagen que transmitía) y la habilidad para buscar relaciones.

No sé cuánto tiempo duró, algún año, pero finalmente lo dejó. Yo no entendía que no fuese más conocido o más alabado, incluso, que no tuviese más retuiteos o más comentarios, pero ya sé que los gustos y las afinidades no tienen que ser compartidos. En aquel momento yo tenía tuiter, él tenía tuiter (no es una historia de amor, y ahora lo tiene en privado) y un día le dije que echaba de menos sus reseñas y que me encantaban, las leía siempre con fruición. Lo que me contestó se ha quedado grabado en mi memoria y en mi corazón para siempre: ya no le merecía la pena. Las reseñas le costaban mucho trabajo, sudaba cada frase y tenía muchísima ansiedad con cada una que emprendía, pero casi nadie le leía o le comentaba. No merecía la pena sufrir tanto para tan poco retorno. Le entendía perfectamente y me moría de rabia: a mí me parecía un genio. Más adelante, dejó algún mensaje preocupante en el que compartía sus problemas de ansiedad y de depresión. Se sentía solo, jamás había tenido una relación sentimental y la ansiedad paralizante no mejoraba con nada. Se sentía triste y desesperanzado. No publicó en un tiempo y yo me di de baja de tuiter, pero pensaba mucho en aquel desconocido con el que podía identificarme un poco. Ahora parece que está bien, aunque su cuenta lleva con candado mucho tiempo, y sobre todo publica en instagram. Sus minirreseñas de instagram me siguen pareciendo crema pastelera, y eso que últimamente no leo género (bueno, no leo casi nada, porque, hola, ansiedad). Pero sigo pensando en aquella respuesta que me dio: «te agradezco mucho tus palabras, pero no me compensa ya».

Es fácil sacar el argumento economicista, donde «retorno» solo significa que inviertes un tiempo mensurable del que no sacas rédito: en comentarios, en reblogueos, en conversaciones o alabanzas. Es fácil pensar en la metáfora economicista cuando toda la cultura neoliberal nos ha convertido en empresarios de nosotros mismos donde toda actividad humana se ve bajo el prisma del beneficio. Y sin embargo él no hablaba de compensaciones cuantificables. Hablaba, creo, de que sufría mucho escribiendo y no conseguía conectar. Hablaba de naturaleza humana, de interactuar, de emplear un esfuerzo en compartir algo que te apasiona y recibir el canto de los grillos como respuesta. De la lenta, inexorable y dolorosa extinción de la conducta. Lo pasas mal y el pasarlo mal supera el escaso placer que obtienes. Entiendo que de los que leían habría gente que se quedaría sin palabras con esas reseñas, ¿qué añadir, qué replicar? Yo misma nunca decía nada y me limitaba a admirar desde la sombra. Ahora pienso que podría haber escrito al menos un «joder, cómo me gustan tus reseñas, las espero como agua de mayo». Igual con eso no habría impedido que dejase de escribir, igual incluso le habría dado más ansiedad, qué sé yo, porque quizá es una persona muy perfeccionista que se bloquea con las expectativas ajenas. Está claro que no todo está en nuestras manos, y menos con desconocidos. Pero ahora pensaba que ojalá más gente hubiera escrito diciéndolo lo mucho que molaban sus reseñas. No hacía falta decir nada más.

Parece que cuando surge un tema «intelectual» (le empiezo a coger gato a esta palabra) nos sentimos con la obligación de estar a la altura, de responder con la misma elocuencia, lucidez, sofisticación, qué sé yo. Que decirle a alguien que se ha currado un texto estupendo «me ha encantado» o «joder, qué interesante» es una respuesta burda, zopenca y ridícula. Que no queremos parecer tontos. Y no sé por qué habría de serlo. ¡Digamos cosas bonitas aunque nos sintamos idiotas! Yo trato de aplicarme el consejo aunque no siempre lo consigo porque me quedo paralizada con absurdidades y luego me doy cabezazos por no haberlo hecho.

Hoy me he vuelto a acordar de esta persona porque en un breve periodo de tiempo he tenido varios encuentros con mis pequeñas aflicciones. Me he abierto un poco con temas que son importantes para mí y sin saberlo al principio quizá esperaba un suave coro de apoyo y validación, el mismo que he visto recitar a otros y me he sentido pequeñísima y vulnerable. La vida, cómo no, está llena de desencuentros. A veces esperamos cosas que no recibimos, a veces las demás personas no saben que esperamos algo y no podemos explicitarlo todo porque, aunque la comunicación poco tiene de «natural» y necesitamos comunicar nuestras necesidades, no podemos estar dando instrucciones precisas a cada instante o sería una conversación con chatgpt y no un coloquio más o menos orgánico entre humanos.

Hace tiempo renuncié a la ficción porque no creo tener ni la imaginación ni el talento necesario, pero la escritura es vital para mí. Puedo pensar, tener ideas y querer comunicarlas. Y si bien cuando empecé aquí me dije que trataría de ser resiliente y de no renunciar incluso aunque el silencio me empujase a extinguir la conducta, hoy me he vuelto a acordar de aquel chaval de reseñas maravillosas que dejó de escribir y me he visto un poco reflejada en él (menos por la parte del genio, ja, porque eso no lo compartimos: no estoy mal, pero muy lejos de la genialidad). De momento no sufro escribiendo. Me frustro cuando es algo complicado y no consigo ni la estructura ni las palabras, pero me puede el goce de hacerlo, o haberlo hecho. Me dije que escribiría tratando de dejar a un lado el perfeccionismo y la autoexigencia paralizante porque si no jamás haría nada. Lo consigo a veces. Sin embargo, a veces cuando comparto algo, por aquí o por otros canales, algo que es tan parte de mí como estos huesos y esta carne que me sostiene y recibo silencio se me pasa por la cabeza dejar de escribir. ¿Para qué? Encima en este mundo tan saturado de escritura. Pero a veces vuelve la terquedad, la confianza en tener algo que decir, en que es interesante. No para todos, no puede serlo, como a mí no me interesan otras cosas que sí comparten otros, pero interesante para alguien. En alguna parte.

Hace unos días conté una anécdota que me llegó al alma. Me estoy leyendo (despacio, porque la cabeza no me da para mucho por la ansiedad y el estrés) una colección de ensayos que se titula How to Read Now, de Elaine Castillo, una escritora filipino-estadounidense que desconocía hasta ahora, y que estoy disfrutando como gorrino en charca. Me encanta el vitriolo que desprende en cada ensayo y que se proclame a sí misma una virgo bitch. Las ideas que vertebran los ensayos no son nuevas (el hombre blanco cishetero como la identidad no marcada, el racismo, la decolonialidad, las vidas migrantes que están ahí solo para enseñar empatía y de paso generar su poquito de trauma pornográfico), llevan circulando por internet ya una década, pero su perspicaz forma de analizar los textos y la pasión con la que escribe me tienen ganada. De todo aquello, hasta ahora me he quedado con una anécdota quizá trivial pero que resonó demasiado con mi experiencia. Contaba una anécdota enmarcada en uno de los periodos más deprimentes e inanes de su educación en un programa (ahora no recuerdo si de grado o de posgrado) de escritura creativa en una facultad británica. Lamentaba por supuesto el racismo, pero también la escasez de curiosidad intelectual no ya de sus compañeros de curso, sino incluso de sus profesores. Cuenta que le habían mandado leer Daisy Miller y Otra vuelta de tuerca, de Henry James y que se acercó a las lecturas con un tanto de desidia, indiferencia más bien, pero Otra vuelta de tuerca le voló la cabeza. Un libro tan corto, pero que en cuanto empezó a leerlo sintió ese trueno que te anuncia que aquella lectura iba a ser fundamental en su vida. ¡Había tanto en ese libro! ¡Tanto que comentar! Desde que lo acabó estaba deseando que llegase la sesión en la que hablasen del libro, hervía de pasión. Pero llegó el día y la profesora (blanca, nos dice) empezó preguntando quién había hecho las lecturas, un poco con desgana, como quien pasa lista. Y antes de que nadie pudiese bostezar, protestar o mirarse la raya del pantalón, la mujer espetó: «bueno, ¿sabéis qué?, esta es una de esas sesiones en las que no me importa si no habéis leído el libro, porque menudo pestiño, ¿verdad?, con esas frases tan largas y enrevesadas, puf, ja, ja, ja». Y Elaine sintió que le pinchaban el globo de la pasión, se hundió de repente en su asiento. Aquella muchacha siempre locuaz en clase, que se leía lo que tocaba y la literatura secundaria que encontrase, se quedó sin palabras de pura desilusión e incredulidad. No volvió a abrir la boca en todo el semestre.

Salvando las muchas distancias (yo me puedo encontrar edadismo o misoginia, pero no tengo que enfrentarme al racismo), me ha recordado a múltiples anécdotas. Una de las últimas ya la conté no sé si en la primera o en la segunda entrada de este blog. Llevaba un tiempo dándole vueltas a la idea de que EE UU es el único país que había consagrado la felicidad en su constitución y a qué tipo de felicidad se podrían referir. Había encontrado un podcast en el que entrevistaban a un tipo que había escrito un libro sobre eso y la influencia estoica en los padres fundadores. Estaba deseando llegar a clase (estoy en un máster de es-tu-dios nor-te-a-me-ri-ca-nos, no olvidemos) y en un momento en el que se mencionaba algo relacionado aproveché para lanzar la pregunta. La respuesta de la profesora fue: «ah, una pregunta filosófica, je, je, je». Y ahí quedó la cosa. Ni una explicación, ni la voluntad de investigarlo o preguntarlo. Sentí yo también el hundirme en el asiento y el desinflarse de la pasión. Y no volví a abrir la boca. No ha sido el único momento en el que no he sabido qué hacer con esa pasión, con esa acuciante curiosidad y encontrarme cohibida en entornos donde la pasión y la curiosidad intelectual se presuponen. Igual yo también soy una virgo bitch.

Hace algún mes escuché un podcast en el que citaban a Zizek para explicar cómo había cambiado la relación entre el deseo y la enfermedad (todo a raíz de un libro de Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio, creo recordar). Antes se consideraba problemático sentir demasiado deseo (no hablamos solo del sexual), no entraba dentro de la sociedad contemporánea y había que reprimirlo. Ahora, en cambio, dado que el deseo va asociado al consumo y el emprendedurismo, la patologización es la falta de deseo, o no tener suficiente deseo de hacer cosas, probar cosas. El deseo es un imperativo y la falta de ganas de hacer más cosas (se entiende que en un contexto no depresivo) es pernicioso. Recuerdo intercambiar ideas con Maltita en Mastodon sobre que, decía ella, lo excesivo sigue siendo patologizado y, si leéis este blog, sabréis que estoy de acuerdo. La intensita (o sea, la que no se calla, la que tiene opiniones, la que se enfada, la que no pide perdón por sentir y, sí, la que tiene apetito sexual y no lo esconde) es la nueva histérica y la sola palabra es patologizante y muestra sin mucho disimulo la intención domesticadora. Creo que hay un sesgo de género. Pero también creo que la idea de Zizek y Han iba por esa alianza del deseo asociado al consumo y mantener la rueda en movimiento.

Soy intensita y soy sensible. Además, durante décadas han usado conmigo el silencio como castigo. Me duele cuando comparto algo con entusiasmo y recibo silencio o tibieza mientras otros son jaleados. No hay maldad en esas acciones, ninguna voluntad, pero no las hace menos dolorosas. Y la mayor parte de las veces no me atrevo a decir nada para explicitar mis deseos porque me aterroriza la invalidación de «es que eres muy sensible», como si eso convirtiera mis necesidades (el ánimo, la palabra amable, el aliento, la confianza) en ilegítimas. No conozco a aquel bloguero, pero entiendo su ansiedad y por qué dejó de hacerlo. Entiendo la dificultad de sentarse aquí (o allá, o entre personas de carne y hueso), contar algo que te ha supuesto un esfuerzo y recibir una cierta indiferencia. Yo me propuse que aquí seguiría, aunque duela, aunque nadie comente, a pesar de la dificultad y la incertidumbre. Un año, mínimo, ese es el trato. Pero, no lo digo solo por mí (pues yo misma tengo que recordármelo a veces y fallo, siempre pensando que, haga lo que haga, meto la pata), decir cosas bonitas siempre es un plus. Seamos bonitas.

A vueltas con la cultura terapéutica

La primera vez que pensé, sin saber que le habían dado un nombre, en esto de la «cultura terapéutica» fue tras una conversación con una compañera. Para mi desgracia, no recuerdo bien cuál era el motivo del desahgo, o el intercambio. Sí recuerdo que había un componente emocional, nada muy privado ni hondo ni traumática, solo un intercambio cualquiera sobre el estrés o el cansacio o qué sé yo. Tampoco recuerdo sus palabras exactas, pero recuerdo que me sorprendió su lenguaje, que no era la típica conversación trufada de tópicos a la que recurrimos cuando no sabemos qué decir, sino un lenguaje «terapéutico» lleno de expresiones más propias de una consulta (o de una pseudoconsulta, pero qué gracioso pensar ahora que consulta sea también query) de una psicóloga que de una conversación donde estuviésemos reconociendo y exponiendo nuestra vulnerabilidad. Recuerdo que llegué a casa y le dije a mi marido que más que hablar me quedé con la sensación de que me estaba haciendo terapia. Y con eso mo quería decir que me estuviese analizando, diagnosticando o haciéndome una historia clínica, ni tan siquiera que no me estuviese escuchando o tratando de establecer una conexión (intenciones que no puedo conocer), sino que, en todo caso, los lugares comunes del lenguaje conversacional estaban sustituidos por otros como «gestionar emociones» y «cuidar la salud mental», cosas así.

Tras ese intercambio, que me dejó perpleja, fue cuando me puse a observar qué ocurría y veía que ese lenguaje se había infiltrado en todos los rinconces. En la calle y en las redes sociales, por medio de la divulgación y las cuentas de influencers, así que no era de extrañar que nos hubiese calado a todas y lo estuviésemos incorporando al repertorio de recursos, tanto si buscamos conectar como si no sabemos qué decir. Mucho menos aun cuando nos hemos convertido todos en emprendedores de nosotros mismos, no solo en el trabajo sino en nuestra propia subjetividad. Que haya que «trabajarse» dice mucho de cómo la ideología neoliberal nos tiene sorbido el seso. Y me empecé a preguntar qué ganamos y qué perdemos recurriendo a esas fórmulas (bien, mal, regular, de aquella manera) fuera del contexto clínico. Puedo hablar, en primer lugar, de lo que sentí en aquel momento y es que no había verdadera escucha, no había conversación sino un atajo para llegar a algún sitio. Porque la conversación y la terapia no son lo mismo. El lenguaje terapéutico, además, estaba impregnado de esa jerga empresarial y emprendedora de hacerse cargo de tus emociones («gestionar», ya sabes, como si fueras el contable de un banco), ser tu mejor versión, trabajarse y no sé qué otras historias más. Nuestros asuntos personales se convierten invariablemente en problemas que analizar y resolver, a menudo con la intervención de los expertos (ya sea la consulta o empleando el lenguaje que imaginos que ocurre en ese contexto). El enfoque administrativo, gerencial, que ha colonizado todo.

Lo primero que pensé de que la conversación estuviese terapeutizada fue que se perdía la oportunidad de crear, juntas, un lenguaje íntimo y privado que diese sentido a esa experiencia, la posibilidad de nombrarlo en nuestros términos para la ocasión. Lo importante ni siquiera era encontrar el nombre, era buscarlo, navegar entre significados. Porque ¿qué buscamos al contarle los problemas a una amiga en vez de al terapeuta? Obviamente aquí difícilmente hay un «nosotras», un ente homogéneo con una sola motivación, pero seguramente aunque la respuesta sea «ayuda», me atrevería a pensar que, en general, la ayuda que buscamos de un amiga, o una compañera que nos cruzamos en el pasillo en un momento de estrés, no es la misma que buscaríamos en la consulta. De otro lado, la mirada administrativa, gerencial, que busca analizar e intervenir, puede convertir en problemas aquello que no necesariamente lo es. Estar triste, por ejemplo, en muchos casos no es una llamada a la intervención, a buscar un análisis de riesgos, sino un afecto como cualquier otro que va y viene. En todo caso, el enfoque gerencial crea el problema y, al hacerlo, se mantiene y propaga el discurso, el lenguaje experto al rescate. Las emociones no son ni un problema ni el problema. Es más, el enfoque gerencial de detectar riesgos, problemas y soluciones en cualquier ámbito de la experiencia humana es la muerte de la conversación.

Cultura terapéutica

Estoy estudiando un máster en Estudios Norteamericanos. La razón es que los dos que había empezado no los llegué a terminar por… cosas. Así que este fue un bonito descarte más o menos relacionado con mis estudios y mis intereses. Yo quería hacer un TFM porque me gusta mucho la investigación y, bueno, quizá luego subir de nivel. El caso es que el TFM del máster que estoy estudiando, que no defenderé, creo, hasta la convocatoria extraordinaria de febrero, irá de BoJack Horseman, metamodernismo y cultura terapéutica. No son temas al azar, o porque toca, sino intereses cada uno que parten de un lugar profundo sobre el que apuntalar una curiosidad académica. Estoy bastante orgullosa de estas conexiones, no solo porque creo que por fin encontré un hilo coherente, también porque no son solo un trámite a seguir sino que parten de un interés genuino por dar(me) respuestas, por chiquititas y modestas que sean, a cosas que me importan, que es lo que creo que debería ser toda investigación.

Ya hablaré, seguro, de BoJack Horseman (cualquiera que me conozca sabe lo mucho que disfruté de la serie por las cosas que cuenta y cómo las cuenta) y de metamodernismo (¡cha-cha-cha-chan!) pero mientras voy a tratar de explicar qué narices es eso que se ha venido en llamar «cultura terapéutica», hasta donde llegan los acuerdos. La cultura terapéutica, o cultura de la terapia, en función de cómo traduzcamos “therapy culture”, “therapeutic culture”, es un término bastante vago que se refiere principalmente a la prevalencia de los discursos relacionados con las disciplinas psi en nuestras sociedades contemporáneas más allá de los contextos clínicos, llegando a desplazar otros discursos. Podríamos llamarlo también la psicologización del individuo o de la sociedad. En este sentido, no es solamente una referencia a la literatura de autoayuda, la psicología pop o la industria de la felicidad en la cultura popular, sino que incluiría (especialmente en determinadas escuelas) un análisis crítico de las propias disciplinas psi (psicología, psiquiatría y -que me perdonen algunos- el psicoanálisis). Ese es el foco del análisis, que según donde se escore, entroncaría con las medical humanities, o humanidades médicas, o hacia el que se ha llamado el giro afectivo. Las humanidades médicas no son más que una mirada desde las humanidades a la medicina y otras profesiones relacionadas con la salud: narrativas sobre la enfermedad, reflexiones éticas sobre la práctica médica, representaciones culturales de ideas de salud y enfermedad, etc. Ponen de relieve la obviedad de que el dolor, la vida, la enfermedad o la muerte son mucho más que categorías médicas y forman parte de la experiencia humana. Por su parte, el «giro afectivo» tiene que ver con el renovado interés en las emociones en la vida social de los individuos, sus implicaciones políticas y sus usos culturales.

Mi interés por este giro terapéutico tiene, cómo no, un sustrato personal, es decir, parte de alguien que ha vivido, tanto en primera persona como en el contexto familiar, la psiquiatrización. Qué significa el diagnóstico, si un diagnóstico equivocado se debe a la mala praxis o también hay algo cuestionable en la forma de llevar a cabo los diagnósticos en general, incluso en la propia categoría diagnóstica, cuándo y cómo benefician los diagnósticos y cuando son iatrogénicos, en qué contexto se realizan. También me mueve la preocupación de hasta dónde debería llegar el poder de la psiquiatría, en qué medida se parece o ha ocupado el lugar de la religión y en qué se parecerían la confesión y el arrepentimiento del catolicismo en un contexto clínico. Y, más allá, qué son los trastornos mentales, si es culpa del capitalismo (neoliberalismo, dicen algunos) de la biología, la genética; si verdaderamente existe una epidemia o crisis de «salud mental», a qué nos referimos con esta expresión tan elástica de «salud mental» y a quién deja fuera este discurso mayoritario o mainstream sobre «salud mental»; si el lenguaje terapéutico ha desplazado a otros lenguajes y, de ser así, en qué nos beneficia y en qué nos perjudica aplicar el lenguaje terapéutico para designar nuestras experiencias en lugar de otros estilos narrativos. Y, más allá incluso, dónde queda la ética y la política en todo esto.

Yo no tomo «cultura terapéutica» como un término despreciativo, sino descriptivo. De hecho, incluso en lo que veo en un principio con ojo crítico, tomo ahora la actitud de que primero hay que entender y luego juzgar y me gustan los análisis sofisticados. Sin embargo, observo que en general la literatura se ha acercado (o ha construido, por qué no, quizá) al fenómeno más desde la crítica, en muchas ocasiones, moral. Como suele suceder, las críticas o los análisis críticos vienen de uno y otro lado, vamos a llamarlos izquierda y derecha. Muy resumidamente, tenemos dos, incluso tres, escuelas analíticas de la cultura terapéutica. De un lado, la corriente marxista y la neomarxista y la tradición foucaultiana de la gobermentalidad, de otro la escuela que podríamos llamar tradicionalista. Ambos lados coinciden, de forma muy simplificada, en que la cultura terapéutica individualiza problemas que podríamos llamar estructurales, bien por la desaparición de la religión como cohesionador social o por la atomización del individuo dentro del neoliberalismo. El primer texto canónico que inauguró la conversación sobre la cultura terapéutica fue el libro de Rieff The Triumph of the Therapeutic. Uses of Faith After Freud (1966). En su análisis sobre la cultura terapéutica tras la Segunda Guerra Mundial, Rieff sostenía que la cultura terapéutica significaba un importante cambio cultural que socavaba las fuentes tradicionales de moralidad colectiva como la religión organizada y otras autoridades establecidas, un lugar que empezaron a ocupar las llamadas disciplinas psi. En lugar de buscar la salvación por medio de la trascendencia religiosa, los individuos buscaban el desarrollo personal y la felicidad a través de medios psicológicos. Esta transformación cultural elevaba los psicólogos a un rol que antes ostentaban los curas, y se ensalzaba el bienestar personal como el fin último de la existencia. Sin embargo, otras perspectivas que podríamos llamar tradicionalistas sustituirían la religión por la filosofía, donde habría que volver a los estoicos para una versión más elevada de la felicidad que nuestra gratificación instantánea actual a través un hedonismo degradado. Considero que aquí entrarían las críticas de lo woke, la idea de que somos una cultura frágil llena de «copitos de nieve» y que no tiene problemas de salud mental, sino de resiliencia. Estas visiones tradicionalistas, por tanto, comparten una visión nostálgica de un pasado siempre mejor del presente actual.

En el caso de la tradición marxista, que en función del análisis y la perspectiva podría encajar en un cierto tradicionalismo, lo que se habría perdido es el colectivismo, la lucha colectiva y el desapego por la política. La crítica a la cultura terapéutica vendría dada porque ésta nos incita a replegarnos sobre nosotros mismos en lugar de luchar por reparar las injusticias sociales (la dicotomía del psicólogo o el sindicato). En esta tradición podríamos meter a la escuela de Frankurt o a un frankfurtiano contemporáneo como Adam Curtis en The Century of the Self. Parte de la tesis de Adam Curtis en ese documental (aunque con una rendija en la esperanza) no deja de ser que la posmodernidad nos volvió a todos unos cínicos incapaces de comprometernos en la política, presa del individualismo consumista, replegados sobre nosotros mismos y buscando consuelo en las más variopintas terapias como forma de liberación. Dentro de la tradición de la gobermentalidad destaca el sociólogo Nikolas Rose, quien influido por la genealogía de Foucault estudió el desarrollo histórico y la progresiva influencia de las disciplinas psi en la conformación de subjetividades dentro del neoliberalismo. Convertido en un régimen de verdad, el lenguaje y las técnicas terapéuticas dan forma a nuestras relaciones (con nosotros mismos y con otros) y han influido en las formas de gobierno de las instituciones. Para Rose la cultura terapéutica no señala un repliego de la política, sino que es un acto político en sí mismo, como tecnología del poder que regula nuestra psique y subjetividad (lo aceptado o inaceptado, por ejemplo) reconfigurando así nuestras orientaciones políticas.

De Rose recomiendo mucho su libro Our Psychiatric Future, de 2018 (hasta donde yo sé, el último que ha publicado sobre este tema) sobre el tema, ya un poco alejado de la gobermentalidad, y con un análisis fino del papel de la psiquitría en nuestra cultura lejos de reduccionismos simplistas y las falsas dicotomías, y que supone un buen resumen no solo de la trayectoria de sus ideas, sino de algunas partes del debate actual sobre si necesitamos terapia o un sindicato (o, mejor dicho, cuándo necesitamos terapia y cuándo un sindicato), qué hacen las etiquetas de trastornos mentales, qué papel han jugado los pacientes y supervivientes de la psiquiatría y sobre el complicado estatus de la psiquiatría como ciencia y qué papel puede jugar en el futuro. Rose adopta aquí una posición que me encanta, en el papel de tocapelotas, aceptando y criticando puntos tanto del movimiento antipsiquiatría como de la visión simplista de la psiquiatría como de instrumento de control, sin dejar de darle lo suyo a la propia psiquiatría biologicista.

Por supuesto, dentro del giro afectivo, más gente se ha sumado a la fiesta. Por ejemplo, la socióloga Eva Illouz ha centrado parte de su investigación en la relación entre capitalismo y las emociones, desmontando la idea de que el capitalismo es una maquinaria fría y racional desapegada del mundo emocional. Illouz ha estudiado el papel de la psicología en lo que ella llama el «capitalismo emocional» y cómo la intimidad se entiende y se expresa en términos económicos (de rendimiento, de interés, de coste-beneficio en una apuesta amorosa, por ejemplo). Illouz también ha estudiado el papel de la familia, el trabajo corporativo y los medios de comunicación de masas en la diseminación de estos lenguajes (incluso tiene un libro sobre Oprah, ahí es nada). La postura de Illouz, más que incidir en el repliegue del individuo hacia su intimidad, parece recalcar que esta cultura terapéutica ha difuminado las fronteras entre lo privado y lo público. Dentro del giro afectivo y más dentro aun, la fenomenología queer, cabe mencionar a Sara Ahmed. En La promesa de la felicidad, Ahmed ha estudiado entre otras cosas no qué es sino qué hace la felicidad, qué horizontes prometedores nos ofrece y por qué puede ser bueno resistirse a sus cantos de sirena. Dentro de la idea de felicidad muchas veces hay idearios imperialistas (nuestro modelo de sociedad es el que produce sujetos más felices, así que tenemos el derecho moral de exportarlas) o la asociación de la felicidad con el matrimonio que bien le sirve a la heteronorma. Menciona Ahmed a la “feminist killjoy”, la feminista aguafiestas y cascarrabias que señala en una cena los comportamientos machistas del cuñado sin dejar la fiesta en paz. Estar cabreada y un poco fatalista a veces es buena cosa, amigas.

En este punto, cabe decir que precisamente para el feminismo, si bien alerta de sus potencialidades corrosivas, la cultura terapéutica ha tenido aspectos positivos en tanto en cuanto ha socavado la legitimidad de las mismas figuras de autoridad patriarcal como el sacerdote, el padre de familia o el marido cuya pérdida parecía lamentar Rieff. Dentro de parte del feminismo (por ejemplo, Wright, en un artículo de largo título de 2008 que no voy a citar aquí, que esto es un blog y paso de la ANECA), se cuestiona quién construía esa autoridad, a quién beneficiaba, y en qué medida ese lenguaje terapéutico ha ayudado a las mujeres a identificar y nombrar dinámicas opresivas e incluso a revitalizar movimientos sociales. El debate está servido. En todo caso, no hay una sola cultura terapéutica, sino varias culturas terapéuticas que hay que analizar en su contexto. Las primeras obras que estudiaron esta medicalización o psicologización lo hicieron en la cultura angloamericana bajo unos parámetros muy concretos.

Espero que haya quedado claro al menos este rápido esbozo de a qué nos referimos con esta cosa de la cultura terapéutica, porque yo me tengo que marchar a sacar a la perra y me prometí no comemerme la cabeza con estas cosas que leen cuatro gatos, escribo de gratis y no son más que apuntes preliminares a la carrera. Si no, pues yo seguiré volviendo sobre este tema, que al fin y al cabo es lo que estoy investigando. Obviamente, me reservo el derecho a cambiar de opinión en público y todo.

«Dame conocimiento, que poder ya tengo»

La frase no es mía, os lo digo desde ya, pero la he hecho mía. La frase es de un amigo bien conocido por tener frases memorables en las partidas de rol y, un día, ante el ofrecimiento del vino del foso, le espetó al malo: «dame conocimiento, que poder ya tengo». Y, veréis, yo no tengo poder, soy lo que en inglés se conoce como underdog, una perdedora, I’m a loser baby why don’t you kill me etc, pero voy por la vida, perdón por la intensidad, con hambre de conocimiento. Entro en clase pisando con fuerza y con ganas de gritar: «¡dame conocimiento, que poder ya tengo!». Entro en el despacho escuchando el enésimo curso de lo que sea con ojos hambrientos de respuestas. Hace un par de semanas, después del seminario, me encontré a la profesora en el baño y ardía en deseos de conocer su opinión sobre la escena de una película que habíamos discutido. Por suerte para ambas, he tenido la socialización suficiente como para establecer los filtros apropiados en esas situaciones (en otras, quizá no tanto) y tiré del catálogo de la conversación de aseo, pero hasta a mí me sorprendió ese deseo desgarrado, por saber, por compartir, por preguntar. Lo había sentido cuando terminó la sesión, pero ya habíamos estado diez minutos más de la hora de cierre y, gracias a la socialización, pensé que hacer esa pregunta incluso ante la incitación de la profesora con su: «¿algún comentario más…?» no me granjearía precisamente la simpatía de los compañeros. Yo misma tenía un tren que coger, eran las 20:10 y tardaría dos horas en llegar a casa (gracias por tanto, transporte público), pero el deseo, el hambre, era casi irresistible.

Estoy estudiando un máster, con esperanzas por fin de acabarlo, y con bien (buena confianza, buena experiencia, ojalá buenos resultados) y me doy cuenta de que esas horas a la semana son las únicas de las que dispongo para hablar con alguien de temas que me apasionan. Para compartir. La primera sesión quería atarme el brazo para no levantarlo más y casi terminé pidiendo perdón por hablar demasiado. Lo estoy haciendo a tiempo parcial, dividido en dos cursos, así que era la segunda o tercera vez en dos años que me oía reconocer en voz alta que esas eran las únicas horas a la semana que tenía para mantener una conversación sobre temas de mi interés. Porque, además, llego a casa de noche y yo estoy encendida a pesar del cansancio mientras que mi pobre marido apenas puede ya mantener los ojos abiertos del sueño (gracias por tanto, capitalismo). Y cualquier cosa puede encenderme. Cuando algo a priori pensaba que no me interesaría, de repente saltan chispas de preguntas en mi cabeza: «¿de dónde viene esto?, ¿estará acaso relacionado con aquello?». Consigo apasionarme por cosas antes para mí insólitas. Quiero saber, y el saber nunca se acaba, es inabarcable, pero, aunque puede ser muy frustrante, hay placer en esa inagotabilidad.

Y, por eso, cuando me rondaba la idea de volver al mundo blog, le pregunté a este amigo si no le importaba que usara su frase exitosa para ello. Permiso concedido, y aquí estamos. Sin embargo, como nombre de dominio iba a quedar larguísimo. «Dame conocimiento», a secas, parece un portal de apuntes para la EBAU o un ofrecimiento megalómano que no puedo satisfacer. Y ya hemos quedado en que, poder, lo que se dice poder, no tengo. «Loca del desván», en cambio, era algo que llevaba usando como nombre de la tinyletter y de lo que también me apropio. Ese libro seminal de Gilbert y Gubar sobre genealogía y escritura de mujeres que toma a la confinada Bertha Mason de Jane Eyre como arquetipo decimonónico de mujeres constreñidas por la lógica patriarcal, pero que podemos estirar hasta nuestros días. Como muchas otras, me apropio y hago mío el estereotipo de loca y exaltada, que no es otra cosa que aquella que rebasa los límites que te impone el culto de la buena feminidad. No seas demasiado grande, no ocupes demasiado espacio, no vistas demasiado llamativa, no quieras saber demasiado. Ahora es el «intensa», con el que las nuevas generaciones parecen tener una relación irónica. No aprendemos con grandes correctivos, sino pequeños. Una mirada acusadora, un reproche de pasada, un silencio como castigo, hasta que aprendes a disimular y después a emular aquello que te compra una entrada de aprobación. Emular lo que crees que es aceptado. Esto no sucede solo en lo macro (el heteropatriarcdo, si queréis), también en lo micro. Toda cultura, todo grupo, tiene esas normas implícitas que se mantienen por repetición, y sus pequeñas subversiones. Pero ¿veis? Ya desvarío.

Soy intensa. Tengo emociones intensas y tengo pasión. No quiero sonar soberbia (qué exceso), pero tampoco quiero tirar de falsa modestia: el año pasado nos dijo una profesora que igual pensábamos que se lo decía a todos los grupos, pero que lo había comentado con otra compañera y habíamos sido un grupo de verdad excelente y yo sabía que también lo decía por mí. Me sentía de verdad incluida. Durante muchas sesiones, sentía que mi opinión era tenida en cuenta, que formaba parte de la conversación. La cosa no iba de tener razón, sino de ser escuchada. Incluso en una de las clases, una compañera que venía de Erasmus me dijo en un aparte que le encantaban mis comentarios y yo me puse como un globo. Pero no siempre me he sentido así. La mayor parte de mi vida me he sentido tonta. Incapaz de estar a la altura. Y ahora no es que me vea como una genia, porque no lo soy, pero me descubro haciendo asociaciones de las que antes no era capaz. Algunas llegan a alguna parte, otras a ninguna, pero el viaje siempre merece la pena.

Y ayer lo tuve claro: no he llegado aquí (y entended este «aquí» como un lugar nada especial, no tengo títulos ni reconocimientos, no es más que un estado del que me siento orgullosa y que me proporciona felicidad) por mi inteligencia, he llegado por mi pasión. No digo que sea tonta, ya no me lo siento, pero no soy particularmente lista. Es el hambre lo que me ha impulsado. Vengo de familia humilde, mis padres no tenían estudios y nunca he tenido un entorno «intelectual», pero este terruñito humilde, este puñadito de tierra, lo he conquistado porque soy una intensa. Creo que mis padres, a su manera, también lo eran: no tenían estudios, pero tenían pasión. Yo le contaba a mi padre las cosas que aprendía y me escuchaba con genuino interés. Cuando decidí dejar Periodismo tras cuatro meses de aburrimiento se sintieron decepcionados, sí, pero no me impidieron pasarme a Filología Inglesa. En parte porque mi hermano ya pagó por mí, ay, cuando le convencieron que no desperdiciara su inteligencia y capacidad para los estudios en una carrera como Historia y estudiara Ingeniería de Telecomunicaciones. Creo que supieron de su error. Veinte, treinta años después, mi hermano nunca te hablará con pasión de nada relacionado con Teleco, pero sigue hablando de Historia. Él pagó, yo pude seguir mi corazón.

Atesoro esa pasión porque me hace feliz, así que, aunque sé que hay contextos donde hay que modularla, no pienso renunciar a ella y pienso compartirla aquí porque me estalla el pecho. Me hace feliz investigar, meterme en jardines, hacerme preguntas, lanzar reflexiones. El otro día no conseguí llegar al gimnasio porque estuve hora y media de reloj hablando en voz alta simulando que hablaba con mi futuro tutor de TFM. Encima en inglés, que hay que aprovechar para practicar. No voy a mirar en el DSM si tratan esto como un síntoma, pero hasta hoy solo se lo reconocía a mi marido (que me monto películas en voz alta) porque me da miedo que la gente crea que estoy cucú. No busco una «carrera académica», primero porque ya es tarde (casi respiro aliviada, porque me da libertad), segundo porque no creo tener el carácter adecuado, pero aprender me hace feliz y no puedo imaginar mi vida sin ello. Me gusta el reto intelectual de plantearme una pregunta y tratar de darle una respuesta un tanto sofisticada. En general, vivo con pasión, pero esto es lo que más callo porque no quiero parecer pedante.

Si tiene un lado oscuro es que muchas veces también me hace sentir sola porque no es algo que pueda compartir a menudo. El otro día leía una entrevista con Nikolas Rose en la que decía que habían formado su grupete de lectura en la universidad para leer a Foucault y se habían montado el seminario a su manera. Por mucho que yo esté orgullosa de esta llama, el conocimiento, por más cliché que nos parezca, no se construye de forma individual. Y aunque los grupos y yo no nos llevamos bien porque tengo que enfrentarme a muchas inseguridades, me daba envidia imaginarlo, personas afines y que se respetan, construyendo algo juntas. Me pasa también, esa envidia, con esas personas, antes desconocidas entre sí, que construyen comunidad a través de sus podcasts sobre su pasión nicho (es flipante la de podcasts de Filosofía que hay, por ejemplo). De hecho, escuchar podcasts ha sido fundamental en esta conquista de terruñito, porque participaba, aunque fuera de forma silenciosa, de una conversación y me ayudaban a entender conceptos.

Incluso en mi propio entorno académico de máster, a veces me encuentro teniendo que justificar que yo no quiero hacer el TFM como un trámite, un medio para un fin, sino porque de verdad quiero investigar algo que me interesa. Hacerlo bien, disfrutarlo. No estoy aquí porque tenga que dejar muescas o perseguir hitos y, ea, ya está, a otra cosa, mariposa. Esto no invalida el otro lado, la necesidad de hacerlo porque da puntos para las oposiciones, o porque nos han convencido de que sin un máster no vamos a ninguna parte. Estamos todas metidas hasta las trancas en la maquinaria neoliberal, la financiarización de la vida cotidiana que rige cada una de nuestras decisiones (somos «empresarios de nosotros mismos, invertimos en nuestro futuro, el coste riesgo-beneficio», esas mandangas). Disfrutar de algo es tanto un privilegio como una rebelión. Yo tengo el privilegio de poder estudiar, aunque no lo estoy haciendo en las condiciones que me gustaría (estoy muy cansada, titis), pero también hacerlo por gusto y no para sacarle rédito es mi pequeña rebelión.

Ayer vi un titular de estos de ciberanzuelo que me dejó picueta: «elogia a tu hijo para que rinda en los estudios», o alguna mierda por el estilo. No porque lo merezca para el desarrollo de su persona, su confianza, no, para que rinda en los estudios. Mientras escribía esto, me he acordado de una escena de una de mis películas favoritas (Before Sunrise, Richard Linklater, 1995; joder, qué viejas somos) en las que Céline le cuenta a Jesse cómo sus padres, cuando era niña, trataban de reconvertir todas sus entusiastas y fantasiosas aspiraciones en trabajos trabajos prácticos con los que ganar dinero.

“My parents have never really spoken of the possibility of my falling in love or getting married or having children. Even as a little girl, they wanted me to think about a future career as a TV newscaster, or a dentist, or something like that. Yeah, I’d say to my dad I wanted to be a writer and he’d say journalist. I’d say I wanted to have a refuge for stray cats and he’d say veterinarian. I’d say I wanted to be an actress and he’d say TV newscaster. It was this constant conversion of my fanciful ambitions into practical moneymaking ventures”.

Hay que aplicar el principio de realidad a los nenes desde bien pequeñitos, que el mundo es muy duro y cuanto antes lo sepan mejor, mentalidad tiburón y no sé qué. La movida es que los adultos también necesitamos nuestras “fanciful ambitions”, un reducto donde hacemos las cosas porque disfrutamos con ellas y, por tanto, no importa si las hacemos mal, si no sacamos rédito de ellas, si no les damos forma definida con la que, aunque no las vendamos, puedan ser vendidas. Puedes querer escribir sin querer ser escritora, puedes querer pintar sin querer ser pintora, puedes querer hablar de libros sin querer ser boockaster. Hacer cosas por algo distinto a que formen parte de nuestro portfolio, nuestra carta de presentación ante los demás, para que nos vean como personas valiosas en las que invertir.

Yo quiero llegar a viejita con esa misma pasión de gustos informes e inconexos, con la misma sed de respuestas y la misma devoción por el misterio. Una de mis mayores inspiraciones es mi suegro al que, con ochenta años, van a operar pronto de la vista (de cataratas y miopía, que tiene más dioptrías que yo kilos, y le van a implantar una lente, todo muy ciberpunk), pero nunca para de buscar la forma de tratar de leer, de ver series, películas porque le apasiona, disfruta con ello, se le iluminan los ojillos de topo cuando te habla de algo que le gusta que da gloria verlo. Cuando sea viejita y me tengan que cambiar el pañal, si aún conservo un poco la cabeza, quiero gritarle a la enfermera: «¡dame conocimiento, que poder ya tengo!».

Hola, mundo

Hace ya bastante tiempo que decidí volver a un blog, del que nunca debí marcharme. Escribo esto y recuerdo a una persona en concreto enarcar una ceja con sarcasmo ante la palabra blog, pero parece que el tiempo nos ha dado la razón. Tampoco afirmaré que la gente está volviendo en masa a tener blogs, pero sí que hay cierta corriente de desencanto con (¿sólo?) las redes sociales, tras años de ir de acá para allá con la casa a cuestas, que si Tumblr, que si Twitter, que si Threads, que si Mastodon, que si el canal de Telegram, y encima en cada casa solo poder hacer una cosa y tener que pensar dónde poner el resto de bártulos y así hasta el cansancio. Así que, cuando se anunció que Tinyletter cerraba, que estaba siendo la casa que ocupaba (con c y con k, porque últimamente había perdido la costumbre de escribir) en los últimos años, decidí que era el momento de emanciparme y tener mi cuarto propio.

Y aquí estamos de nuevo, en otra casa. Por supuesto, como bien me caracteriza, escribo esto un día antes a del cierre definitivo de Tinyletter, porque sin el apuro de la fecha límite jamás terminaría nada. Espero y deseo mantener la costumbre de escribir, incluso sabiendo que no me lee mucha gente (¡ay, los refuercitos!), pero no puedo prometer nada porque no tengo demasiado tiempo. Llevo dos semanas de semestre y entre las clases que doy yo y las que me dan estoy agotada de tanto recorrer Castilla por el llano y el altiplano. Me levanto a las seis de la mañana y me acuesto a las once de la noche sin parar en todo el día. Las hormonas han decidido sumarse a la fiesta y hoy, además, ha vuelto el insomnio. Sabía cuando acepté que iban a ser unos meses duros, pero anticiparlo no es lo mismo que vivirlo. Unido a mi nivel de autoexigencia soy bien capaz de provocarme el agotamiento en tiempo récord, mucho antes de que termine el curso.

En el próximo post detallaré por qué «la loca del desván», que es bastante autoexplicativo tanto si conoces el origen de la expresión como si no, y del por qué del «dame conocimiento, que poder ya tengo». De momento, mi declaración de intenciones no es más que desear que este sea un espacio donde caben todas las cosas. No soy una marca, ni siquiera soy una narrativa coherente, tampoco tengo nada que vender. Quiero poder sentarme y escribir de lo que me apetezca sin pensar demasiado. Si te das una vuelta por cualquier consejo para crear un podcast, un blog, o lo que sea, verás que la mayor parte de las recomendaciones van dirigidas a considerarte una marca: no dispersarte, maximizar tu audiencia, porque si hablas un día de una cosa y otro día de otra no vas a «fidelizar». Incluso aunque no ganemos dinero con esto, somos empresas y tenemos que monetizar el ocio simbólicamente: con más lecturas, más suscriptores, más reacciones. No basta con interesar, tienes que enganchar porque la competición es el juego, así que olvídate de ese tema que te interesa a ti pero que aburre al resto. Luego, además, hay que hacer las cosas bien porque dios nos libre de los mediocres aunque estemos hablando de nuestro tiempo libre. Presentación impecable, contenido de calidad. El punk está passé. Larga vida al punk. Los fanzines tienen calidad de revistas y ya no van con grapas y la ropa tuneada parece de Armani. No seas cutre, no seas mediocre. Puedes parecer cutre, pero que se vea que es irónico, que se note el empeño, que no se te vean las costuras.

Pues yo me quiero rebelar contra todo eso. Y no os voy a engañar, al principio tendré que impostarlo porque soy la primera que está metida hasta las trancas en la cultura del perfeccionismo y necesito hacer las cosas bien, demostrar algo, y porque quiero que me leáis y siempre que sacas algo de las tripas y lo recibe el cricrí de los grillos te enfrentas a una pequeña micromuerte amarga de la que hay que reponerse. Porque es fácil modular tu discurso sin darte cuenta para que encaje un poquito más con lo que los demás quieren y alejarte otro poquito de lo que tú quieres. Y yo, que desde que descubrí lo que significa eso de ser un yo, siempre me he sentido bastante rara en los grupos en los que he estado y he tratado de encajar matando esa extravagancia, ese extravío, esa excentricidad, sé lo que es ese goteo de sacrificios que sin apenas darte cuenta te dejan sin nada. Por eso no os puedo decir de qué voy a hablar, será un cóctel diletante de libros y cine y filosofía de salón que investigo, de algún desvarío personal, solo sé que de lo que hable aquí será porque me apasiona, porque si algo me define es la pasión y quiero defender esa llama con uñas y dientes. Es la que me ha traído hasta este nuevo siglo con vida y me ha hecho crecer. Sí, soy intensita, el nuevo «histérica».

En redes sociales, si bien sigo manteniendo Instagram, apenas lo uso y, hoy por hoy, solo quiero recuperar y conservar Mastodon. No sé si volveré a alguna otra, pero lo cierto es que no tengo mucho tiempo. Tanto es así que empecé el año con la idea de deshacerme del smartphone y pasarme a un tontófono, pero casi no me hace falta porque no estoy perdiendo el tiempo como antaño: lo pierdo de otra manera (salvo alguna recaída en la que el móvil se convierte en mi instrumento de manejo del malestar). Tampoco consigo sentir que las redes sociales, en general, como concepto, me interesen como antes, aunque echo en falta a algunas personas que conocí en ellas. Lo malo es que eran mi sesgada forma de seguir la actualidad y no he conseguido la fórmula para sustituirla, tanto es así que llevo un tiempo desinformada. ¡No se puede estar en todo todo el rato! Pero ¿un blog? Me mola. Me encanta escribir, me encanta leer. ¿Por qué nos fuimos? Sea como sea, mientras me armo otra casetita, aquí me podréis encontrar.