Bueno, bueno… Empecé este post en febrero de este año y estamos en septiembre. Esto dice muchas cosas (seguramente ninguna buena) y entre todas ellas os dice que mi salud no está ni ha estado muy allá. No preocuparsen, solo es la típica mierda que hace que tu día a día sea un poco en modo de supervivencia porque tienes los depósitos de energía bajos, la inflamación alta y tienes que elegir sabiamente a qué dedicar ese poco de elusiva energía vital que te queda porque solo te da para una cosa al día. Entretanto no es que haya estado del todo ociosa. Publiqué un nuevo vídeo sobre mi particular historia del terror que, no obstante, voy a volver a grabar porque no me convence en varios sentidos (y os puedo asegurar que por la investigación, que lleva muchísimo tiempo y trabajo no es). De hecho, grabé también la segunda parte de ese vídeo, sobre Drácula, pero no la he editado porque la volveré a grabar también para cambiar algunass cosas. Todo ello, además, con la intención de salirme de YouTube por otros mil motivos (las grandes tecnológicas, las empresas de EE UU…) Tampoco es que vaya a monetizar mis obsesiones, aunque sería bonito porque estoy sin blanca, ¡podéis tirarme dineros y enviarme bizums si queréis!, ¡soy una pobre mujer de mediana edad entrando en el desierto económico-social!), con lo que ando en la búsqueda de nueva casa para esta próxima temporada de vídeos.
Sin embargo, nunca dejé de pensar en este post, en cómo hilar los argumentos que quería hilar, en cómo hacer un tema tan extenso y complejo en algo entretenido y comprensible. En fin, retomemos ese post que llevo macerando desde febrero y que tanto me ha costado sacar. ¡Dentro texto!
Historia de una obsesión
Como ya escribí en mi última entrada, ahora tengo una nueva hiperfijación: el patinaje artístico. Me pasó algo parecido también allá por 2022, que me enganché al Tour de Francia para mi total sorpresa y desde entonces sigo el ciclismo con más o menos interés. Cuando me entra un nuevo interés es siempre una sorpresa cuánto me va a durar y sorprendida estoy de que estemos en 2026 y me siga interesando. Los caminos de las conexiones neuronales son inescrutables.
Estuve convaleciente durante dos semanas en las que seguí con ahínco casi todas las pruebas de patinaje, desde el baile por parejas, hasta las pruebas por equipo y los individuales masculino y femenino (y parejas y danza). Aunque en lo competitivo suelo seguir más las andanzas de los menos favoritos, gran parte de culpa de esta hiperfijación fue la del máximo favorito, Ilia Malinin, favoritísimo por invicto durante casi tres años seguidos, porque con esas pintas de Vecna, de villano de anime, ¿cómo no me iba gustar? Yo quería que ganase el que parecía el villano de la historia: un chaval de 21 años llamado Ilia Malinin que había roto montones de récords de puntuación y saltos cuádruples en una misma competición (primero seis, luego siete saltos cuádruples válidos) y que era la primera persona del mundo en completar un cuádruple axel en competición (siendo el axel el salto más difícil de todos al que añadir una vueltita más, pues hablamos de pasar de tres vueltas y media en el aire a cuatro vueltas y media en el aire, como si se pudiese detener el tiempo y frenar la gravedad). Ocurre en todos los deportes en los que una sola persona empieza a ser dominante que los espectadores empiezan a ver una competición con la esperanza de ver que pierda, y si es de forma humillante mejor. Así que, me dije, yo con el villano a muerte. ¿Somos góticas o no somos góticas? El schadenfreude no se hizo esperar y el chaval se derrumbó en la final, aplastado por la presión que él mismo y el entorno habían creado, haciendo la peor competición de su vida, un espectáculo duro de ver porque fue como si al primer fallo el alma hubiese abandonado su cuerpo.

El caso es que en esas dos semanas, mi cerebro siendo como es, aprendí mucho de patinaje artístico, incluso empiezo a comprender mejor el arcano sistema de puntuaciones que rigen este deporte. ¿Deporte? Curioso. Sí. Así que una cosa llevó a la otra y me interesé tanto por el fandom como por la historia del deporte. Las luchas entre quienes son los patinadores favoritos y quién es artístico y quién no. Futanito (Malinin, por ejemplo) es muy buen atleta, pero un artista mediocre, se decía. Lo mismo, recordé, se decía en determinados círculos de Simon Biles, de incuestionable superioridad atlética, lamentando la pérdida de una gimnasia menos atlética, pero más artísitica. Espera, ¿pero no habías dicho que esto era un deporte? Ay, qué complicado es todo.
Así pues, con todo esto (y más) en mente, me quedé pensando: ¿a qué se refiere la gente cuando habla de «artístico»? ¿Qué concepto tienen del arte? ¿Una idea romántica? ¿Clásica? ¿Neoclásica? ¿Es el arte algo mesurable objetivamente o es puramente subjetivo? ¿Cómo interaccionan clasa, raza y género en nuestra percepción del arte? ¿La técnica y el arte son algo distinto y separable o interdependiente? ¿Es el arte necesariamente sinónimo de belleza? ¡Acompáñame en este breve viaje sobre distintas teorías del arte a través del patinaje artístico!

Un deporte con dos nombres para confundirlos a todos
Hoy en día la mayor parte de la gente, como buenos hijos del Romanticismo que somos, no considera el arte como algo que se pueda medir, que sea como seguir una receta o un libro de instrucciones. Damos por sentado que la belleza está en los ojos del que mira (del espectador, del lector) o en alguna faceta atemporal más allá de los números: el genio, la inspiración, el talento. Sin embargo, algunas formas de arte insisten tozudamente y por necesidad (los premios, sin ir más lejos) en otorgar puntuaciones. El patinaje artístico es una de ellas. Fijaos si es así que las competiciones de patinaje artístico cuentan con un sistema de puntuación para los saltos y otra independiente para la «expresión artística». Esa distinción resulta ser una ventana perfecta a una cuestión mucho más antigua: ¿cómo deciden las sociedades qué se considera buen arte y quiénes son los que establecen el criterio? Antes de adentrarnos en esa selva, si queréis una versión resumida y entretenida de cómo funciona la puntuación en el patinaje, que tiene su miga, podéis ver el episodio 4 de Yuri!! On Ice donde Yuuri Katsuki lo explica. Tengo un clip hecho que no puedo compartir por falta de herramientas aquí en WordPress (no lo encontré en el tubito mágico), porque lo usé para mi fiesta de powerpoints que dediqué al patinaje artístico. Sí, por supuesto que me vi también Yuri!! On Ice. Gracias por tanto, TDAH.
Un deporte y dos nombres para gobernarlos a todos y atarlos en las tinieblas
La cosa es que hasta el nombre de este deporte pareciese contar dos historias diferentes. En inglés, figure skating (nuestro «patinaje artístico») proviene en realidad de los patrones geométricos, las figuras, que los patinadores solían trazar sobre el hielo como parte fundamental del aprendizaje del uso de los filos y cuchillas de los patines, que se consideraban el verdadero meollo del patinaje. Durante la mayor parte del siglo XIX y principios del XX, en las competiciones se valoraba principalmente la precisión y limpieza con la que se podían trazar círculos, ochos y corchetes. Los jueces inspeccionaban las marcas dejadas en la superficie, como si se tratara de un examen de caligrafía sobre hielo. Sin embargo, es curioso que en español e italiano, la misma actividad se denomina «patinaje artístico» / «patinaggio artistico». Aunque solo sea semánticamente, aquí el énfasis no está en los trazos, las figures, sino en la interpretación, la expresión emocional, la musicalidad… todo aquello que hoy en día asociamos al arte (porque, no me canso de repetirlo, somos hijos de los románticos). Sin embargo, cuando rascamos un poquito en la historia no solo del deporte sino en la del arte, la diferencia va más allá de la lingüística o la seemántica y refleja una tensión que viene de lejos entre dos paradigmas: el arte como oficio regido por la técnica y las normas frente al arte expresivo de carga emocional.

En el caso del patinaje artístico, esta tensión se volvió irresoluble con la llegada de la televisión y el interés en retransmitir el deporte. Ver a patinadores trazando ochos y círculos lentamente no es lo que se diga lo más apasionante para un espectador, especialmente un espectador ocasional que solo ve determinados deportes en momentos especiales como Juegos Olímpicos o Mundiales cuando se los encuentra por la tele. Así pues, ya en 1990, la federación internacional eliminó las figuras obligatorias de las competiciones de élite y no es difícil imaginar que este cambió seguramente afectase a algo más que las reglas internas del deporte, sino a lo que se esperaba de él y lo que se valoraba como «buen» patinaje. No es que ya no se valore esa habilidad, pues estaría incluida dentro de las llamadas «destrezas del patinaje», pero a medida que va perdiendo el protagonismo único otros factores empiezan a entrar en juego y a mediar la percepción que se tiene del deporte.

—Sí, sí, Horace, ya te vi.
«A ver si acaba ya y puedo volver a casa a leer a Austen»
A poco que sepas de la historia del mundo de los libros, seguramente te suene que dentro del mundo editorial ha habido cambios similares en aras de la visibilidad, la promoción o el interés de captar nuevos lectores. La misma presión que ha impulsado el patinaje artístico hacia, por ejemplo, la espectacularidad de los cuádruples, ha marcado también la literatura. En cuanto los libros dependen de un público masivo y de la visibilidad en el mercado, sus formas empiezan a adaptarse a lo que capta rápidamente la atención y se difunde bien en los fragmentos promocionales. Al igual que la televisión no quería emitir lentas secuencias sobre el hielo, el mercado editorial de gran consumo lleva mucho tiempo favoreciendo formatos que captan rápidamente la atención. Tenemos libros virales de suspense que no puedes dejar de escuchar mientras caminas (según la promoción de Audible), libros de bolsillo con premisas muy llamativas, el resucitar del formato serializado para podcasts y, más recientemente, libros adaptados a «BookTok» o «Bookstagram» que se articulan en torno a frases memorables y la exaltación de emociones tan propia de la actual economía de la atención. Pensemos también en cómo en el siglo XIX los cambios en el mundo editorial propiciaron el auge de la novela por entregas, con ganchos y cliffhangers, personajes arquetípicos, tramas impulsadas por el suspense y los giros argumentales, todo dispuesto a enganchar lectores.
Es importante tener en cuenta estos cambios cuando se habla de arte e incluso de deporte para no dar por sentado que lo que en un momento dado se considera el «verdadero» deporte (porque jeremiadas con el deporte también hay, como por ejemplo «los ciclistas de antes sí que eran héroes y ahora no son más que trabajadores con sindicato») o el «verdadero» arte siempre fue como es ahora, que se trata de algo universal y eterno. Esta seguramente sea la motivación principal de este larguísimo post, aparte de rascarme un poco esta comezón (por usar el calco del inglés) de escribir de dos cosas que me gustan. Del mismo modo que la televisión contribuyó a inclinar la balanza del patinaje artístico hacia una mayor espectacularidad, los formatos editoriales han fomentado novelas que ofrecen momentos de gran impacto: giros argumentales, finales impactantes, citas que se convierten en memes. Eso no significa que desaparezcan los libros (o las películas) sofisticados y de desarrollo lento, del mismo modo que no significa que desaparecen rutinas de patinaje más introspectivas donde predominan la fluidez y los matices frente a los aspectos más atléticos, pero qué duda cabe de que la economía del medio influye en cómo concebimos e interpretamos el «arte».
El sistema de puntuación como manifiesto estético-artístico
¿Os habéis visto ya la parte en la que Yuuri Katsuki explica brevemente cómo funciona la puntuación en el patinaje artístico? ¿No? Vaya. Pues tendré que explicarlo yo aunque tenga menos gracia. Pero mientras, unos minutos musicales…
Venga, saca el cuaderno que esto entra en el examen.
El patinaje moderno divide la puntuación de una rutina en dos partes. La puntuación de los elementos técnicos (TES) evalúa los elementos ejecutados (saltos, piruetas, secuencias de paso y coreográficas) en primer lugar según los valores base fijos que tiene cada elemento según el grado de dificultad del elemento ejecutado (un salto cuádruple es más difícil que uno triple, así que tiene un valor de base mayor) y sumándole después (o restándole, si la cosa se tuerce) y bonificaciones por la calidad de la ejecución, lo que se llama el «grado de ejecución». La puntuación de los componentes del programa (PCS) pretende reflejar el «talento artístico» o, si se quiere, la «ejecución artística»: la destreza en el patinaje, la composición y la presentación. De este modo, se pretende (como os explica Yuri) equilibrar o compensar rutinas donde los elementos ejecutados no son los de mayor dificultad con la parte artística de emotividad y expresión musical, aunque se cuele ahí un rasgo que podríamos calificar de técnico como es la destreza en el patinaje, que a nuestros oídos de hijos del Romanticismo suena más a «técnica» que a «arte». Percibimos, pues, una tensión entre dos cosas que no encajan como lo atlético y lo artístico, tensión que, podría argumentarse, siempre estuvo ahí desde los inicios del deporte personificada por Jackson Haines (un estadounidense maestro de ballet en Viena en la segunda mitad del siglo XIX), que introduce la fluidez y la expresión artística muy vinculada al ballet en lugar de las encorsetadas figuras geométricas, y que además se venía arriba llevando trajes pintorescos en escena, y por Ulrich Salchow, que también criticaba la rigidez de las figuras pero se le conoce sobre todo por cómo impulsó los valores atléticos por el uso de los saltos en competición (uno de los saltos actuales lleva su nombre). Este tira y afloja es una constante irresoluble.

¿Y qué se tiene en cuenta, si seguimos el reglamento, a la hora de valorar esta cualidad más artística? Pues tenemos unidad, proporción, expresividad, proyección. A primera vista parecen conceptos evidentes y autoexplicativos, un poquito de neoclasicismo por allí y unos brotes románticos por allá. Podrían incluso colar como neutros. Sin embargo, cuando se rasca en la historia del deporte descubrimos que tienen una carga histórica y cultural que da prioridad a movimientos solapados en gran medida con el ballet clásico (ey, incluso nuestro querido archienemigo Ilia Malinin anunció que está tomando clases de ballet para mejorar sus líneas): líneas largas y definidas, una suave fluidez en los movimientos, fraseos líricos y apertura emocional controlada (pues un exceso de emotividad corre el riesgo de considerarse vulgar, pero la contención excesiva también puede penalizar en la nota: me abstengo por no meterme en más jardines de los que puedo cuidar de enrollarme en cómo puede afectar esto según la cultura a la que pertenezcas). Como decía en el párrafo anterior, esto no es casualidad pues fue en la década de 1860 cuando Jackson Haines revolucionó el patinaje al incorporar el ballet con música y movimientos expresivos de los brazos, lo que le valió ese apelativo para la posteridad que siempre acompaña su nombre como «el padre del patinaje moderno». Curiosamente, como nadie es profeta en su tierra, Haines fue rechazado en Estados Unidos e Inglaterra (estos últimos de los movimientos expresivos de los brazos no querían saber nada porque lo suyo eran los ochos con los pies, comedidos como eran), pero fue acogido en Viena, donde su llamado «estilo internacional» fusionó la danza y el patinaje. Esa fusión se ha convertido en un canon y una tradición que pervive hasta hoy.
Si lo miramos bien, o al menos como yo lo veo, el sistema de puntuación parece esconder varias paradojas. Por un lado, parece querer medir el talento artístico de forma objetiva, pero el tipo de talento que se premia es específico desde el punto de vista histórico y cultural, por la inercia de la tradición. Por otro, nos habla de expresión y de emociones, algo que pareciera sugerir libertad expresiva, pero esas emociones han de ser codificadas de un modo que encaje en el modelo para que la pretensión de valoración objetiva pueda llevarse a cabo. De nuevo, se percibe una tensión que quizá no pueda ser trascendida pero a la que se enfrentan los patinadores para crear rutinas que han de ser valoradas deportiva y artísticamente.
De la destreza al genio: una invención muy reciente
No me quedaría a gusto si no mencionase en este post, como la niña repelente que soy, que la forma en que el patinaje diferencia entre puntuaciones «técnicas» y «artísticas» parte de una distinción que habría resultado extraña a los antiguos griegos. Para ellos, el arte era, ante todo, τέχνη, tekné: una habilidad, un oficio, un saber hacer. El término abarcaba desde la escultura y la poesía hasta la construcción naval y la medicina. Para nosotros, que hemos dividido el mundo entre artes mayores (las bellas artes, a veces hasta con mayúsculas iniciales) y las artes menores esto puede hacer que nos cortocircuiten las ideas. Ahora mismo las vasijas y los telares son, en el mejor de los casos, artesanía, pero no se consideran arte. Pero para los griegos tanto una estatua como una vasija eran productos de la tekné y ninguna era intrínsecamente superior a la otra. La poesía (es decir, nuestra «literatura») es un hacer, una poiesis. El término latino ars tenía un sentido similar: el arte como creación regida por normas internas y externas, no como la expresión de un genio interior especial. La idea moderna del artista como creador solitario e inspirado, más cercano a un profeta que a un artesano, es en gran medida una invención romántica, surgida a finales del siglo XVIII y desarrollada plenamente durante el siglo XIX. Tanto para los antiguos griegos, por tanto (sobre todo a partir de Aristóteles, porque a Platón, siendo Platón, le interesaba más la cuestión de la «verdad literaria», mientras que a Aristóteles, siendo Aristóteles, le interesaba más la pregunta de «cómo funciona la literatura», a ver que yo lo vea), como para los romanos, el arte era técnica, una destreza que requiere de una serie de habilidades y conocimientos tanto para componer con palabras y dominar una audiencia como para construir un barco. Detrás de esta idea de que el arte es técnica, un oficio y un hacer, también tenemos otra muy repetida que es la mímesis, la imitación de la realidad, que es lo que copian los artistas. Si bien hay rutinas de patinaje, sobre todo en la danza por parejas, que imitan acciones humanas reconocibles (el marido que vuelve de la guerra, que esta gusta mucho por ejemplo, la ruptura o asesinato por celos, a veces interpretadas por hermanos que se meten la mano debajo de la falda para desencajarnos la mandíbula, porque la danza en el patinaje tiene esas cosas…) es más difícil trasladar esta mímesis como analogía al patinaje, así que no me meteré en ella.
El sistema de puntuación del patinaje artístico dista un poco del paradigma griego. Divide la actuación en «elementos técnicos» (saltos, piruetas, pasos) y «componentes del programa» (o sea, la rutina sobre el hielo, dividida en destreza en el patinaje, composición, presentación), dando a entender que la técnica («mera cuestión de matemáticas», se dice a veces) y el arte fueran ámbitos separados. Sin embargo, la apelación a las emociones y la expresividad como una parte esencial de lo artístico no pertenece en absoluto a este mundo antiguo, sino a finales del siglo XVIII donde cada vez más gente estaba harta de una tradición neoclásica llena de reglas absurdas y encorsetadas (como las famosas tres unidades dramáticas del teatro neoclásico francés, que pasaron de ser entendidas costumbre o tradición heredada como material imitable a interpretarlas como mandato) que mermaban lo que el artista podía hacer con su arte. Este hartazgo es parecido al que sufrieron algunos defensores del «estilo internacional» en el patinaje con las rígidas y encorsetadas figuras obligatorias sobre el hielo de la escuela inglesa, tan racional, tan decorosa, tan de imitación de unas formas. El patinaje y el arte podían ser mucho más. La expresión emocional y la experiencia estética, lo que nos hace sentir en tanto que arte, empezaron a cobrar importancia. Escribía Tolstoi en ¿Qué es el arte? que «[E]l arte es una actividad humana que consiste en que una persona, de forma consciente y mediante ciertos signos externos, transmita a los demás los sentimientos que ha experimentado, y en que esas personas se dejen contagiar por esos sentimientos y los experimenten también». Muchos de los aficionados del patinaje artístico asentirían con fruición con esta idea de que el arte representa y transmite emociones y rechazarían por malo o mediocre aquello que a ellos no les (énfasis mío, por supuesto) transmite ninguna emoción.
Pero esa división es específica de un momento histórico, no universal, donde las discusiones sobre la técnica parecen haber pasado a un segundo plano, o al menos así fue durante mucho tiempo hasta que la tecnocratización y la cuantificación nos trajeron montones de vídeos llenos de 5 consejos para todo en esta vida, que todo lo estás haciendo mal, melón, que eres un melón, cómo no te das cuenta (aquí la tradición, los modelos y el contexto importan poco, la cosa es que tú lo estás haciendo mal pero ellos te van a ayudar a mejorar, no te preocupes). Incluso en ese presumible resurgir de los talleres de escritura o incluso másteres de creación literaria, que se han comparado con ese paradigma clásico de recetas y técnicas de escritura, parecieran haberse convertido más en un oscuro ritual de paso (sobre todo a juzgar por libros como Bunny de Mona Awad) donde la escritura importa poco. Otros como el crítico Mark McGurl (sí, os juro que es un nombre real y no de personaje de los Simpson) incluso se atrevieron a decir, un poco como aquellos críticos del neoclasicismo, que el resurgir de los talleres de escritura y los másteres de creación literaria estaban produciendo un tipo de literatura homogeneizada y muy reconocible. McGurl le dedicó a esto el libro The Program Era: Postwar Fiction and the Rise of Creative Writing, de 2009, para quien quiera indagar más. También en el patinaje había gente que quería ver otras cosas, otras músicas, lo que fue posible gracias a que la música con letra se permitiera oficialmente (en las disciplinas individuales y por parejas) a partir de la temporada 2014-2015, tras los Juegos Olímpicos de Sochi 2014. En unos Juegos Olímpicos no se vio ni se escuchó hasta PyeongChang 2018.
Sí, el deporte y el arte se diferencian en teoría en que el deporte necesita unas normas compartidas para que salgan ganadores, para que haya jerarquías y repartir medallas. Sin embargo, en toda la historia del arte no ha desaparecido el runrún de cuál es el arte que merece la pena, cuál tiene valor, y qué valor se le otorga, cuál importa, lo que indudablemente crea jerarquías. Traer aquí la visión griega de la tekné nos ayuda a darnos cuenta de que las cosas no siempre han sido así, y de que no tienen por qué seguir siéndolo. Lo que se considera «mera técnica» y lo que se considera «arte de verdad» cambia con el tiempo, dependiendo de quién trace la línea divisoria.
La política de la energía «vulgar»
¿Y el gusto? ¿Qué pasa con el gusto? Bueno, amigas, es aquí donde la clase social, la raza y el género entran en escena. En el patinaje es común escuchar que ciertos tipos de movimientos y energía se califican como «refinados» (la gracia, la elegancia, la dulzura), mientras que otros se califican como «toscos» (la potencia explosiva, la gestualidad desmesurada, la proeza atlética). Sin embargo, esa clasificación no se refiere únicamente a la estética, sino que lleva implícita una jerarquía social.
Tomemos como ejemplo a Ilia Malinin, el patinador que ha conseguido que mucha gente nueva se enganche a este deporte (irónicamente, los seguidores de su cuenta de Instagram tras la debacle de los Juegos Olímpicos subieron como la espuma, y no todos por malicia: el fracaso humaniza, supongo). Ha redefinido lo que es técnicamente posible en el patinaje masculino, al ejecutar múltiples saltos cuádruples en un solo programa porque en su ficha de personaje malvado de partida de rol se lo puso todo a resistencia, incluido el cuádruple Axel. Esto, por otro lado, le ha colgado en sambenito de no ser más que «un tío que salta», de carecer de arte (y yo quiero pensar que su forma de responder a las críticas fue marcarse un espectáculo con el ‘Jump Around’ de House of Pain) Sus programas suelen reflejar una personalidad juvenil y exuberante, que por otro lado rezuman blanquitud por cada poro de la piel, en el porte y en la puesta en escena (a sus elecciones musicales me remito). Mucha energía, exaltación del gozo pero también de la angustia adolescente, movimientos de brazos enérgicos y menos estilizados o contenidos, a veces con trajes inspirados en videojuegos y un toque ligeramente villano. Algunos aficionados y comentaristas lo describen como innovador, dinámico, enérgico, pero siempre con voces de fondo que repiten el runrún del «no es del todo artístico». El sistema premia su audacia técnica, qué duda cabe, y con ella arrastra una buena puntuación en los componentes del programa porque ser capaz de clavar los saltos tiene un efecto positivo en la apreciación de lo estético mayor que caerse (pues aunque las caídas según el reglamente no deberían tener un impacto en la puntuación «artística», muchas veces la arrastran), pero no es un estilo al que llamaríamos refinado ni alineado con el ideal del ballet.

Esto se aprecia en sus programas de competición. En “I’m Not a Vampire”, Malinin se decanta por una personalidad contemporánea, de chico adolescente enrabietado: gestos marcados, vestuario moderno y una relación directa y enérgica con la música. Recordemos que tiene 21 años y a esa edad es raro tener la madurez necesaria para expresar la complejidad de matices de un «Lago de los cisnes» (y sin embargo, esperamos que chicas de apenas de 17 años se pongan a interpretar auténticos dramones como Carmen o Roxanne cuando a lo mejor lo que les apetece es otra cosa), que tampoco son actores. Como en el caso de todos los artistas cuando se ponen manos a la obra, los programas están diseñados para esconder sus defectos y potenciar sus virtudes. Este estilo se acerca más a un romanticismo posmoderno y de la cultura pop, de emociones e identidades performativas, que al modelo del genio atormentado del siglo XIX que busca superar las contradicciones de su época con el poder de la imaginación. En ‘The Lost Crown’, basado en el videojuego homónimo, la referencia es el personaje de Sargon y la coreografía de Shae-Lynn Bourne y el traje de Satomi Ito se unen para crear un personaje de toques fantásticos que enfatiza el espíritu guerrero de nuevo más pop y posmoderno que desde luego no nos habla el kleos griego de la búsqueda de gloria en la memoria colectiva. Ambos son claramente expresivos, pero hablan un lenguaje estético diferente al de los programas líricos con influencias del ballet que la tradición crítica valora. Porque si algo tiene el patinaje artístico que se parezca al paradigma clásico grecorromano es la importancia de la tradición: la imitación no solo de la naturaleza, sino de modelos artísticos. De ahí que sean comunes las discusiones sobre qué «Carmen» o «Bolero» te gusta más o qué «Lago de los cisnes» prefieres y de qué patinador y patinadora. Se repiten programas de la tradición del patinaje, como se hacía al imitar modelos clásicos (obras y autores consagrados, pero también géneros y temas apropiados) con la esperanza de aportar algo nuevo, o incluso de mejorar el modelo. En en caso de Malinin, los seguidores que adoran sus programas suelen describirlos como «frescos» o «con los que es fácil identificarse» porque se salen de los ideales del ballet; los espectadores más tradicionales a veces los tachan de «efectistas» o de «no ser verdadero arte».
Dicho esto, el mantra de los atletas muy atletas pero poco artísticos que solo convencen en al público generalista me recuerda, si me permitís ahora una analogía seguramente imperfecta, a esa división común en la crítica anglosajona entre la «ficción literaria» (o ‘literary fiction’) y la «ficción de género» (o ‘genre fiction’). Antes de continuar explicando la pretendida diferencia, permitidme una anécdota. Cuando yo era una bisoña estudiante de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en los tiempos de maricastaña, en una UCM que olía a alcanfor, tenía un compañero que defendía que la auténtica literatura, si es que se le podía dar ese nombre, el verdadero arte, residía en la poesía. La novela, decía él con un deje despectivo, «no servía para nada más que contar historias». Dejad que la anécdota resuene en vuestra cabeza durante este párrafo al menos… La diferencia que esta dicotomía entre ‘literary fiction’ y ‘genre fiction’ establece que la primera va asociada con el arte y la alta cultura, el estilo personal e innovador y la trascendencia; la ‘genre fiction’ sería ese simple contar historias identificado con lo comercial, lo formulaico, el escapismo, la diversión, historias arraigadas en convenciones donde prima la trama por encima del estilo. Estos géneros son la fantasía, la ciencia ficción, el terror, la novela negra, el western… y se suelen asociar con las clases bajas, cortas de luces. Y, sin embargo, para todo un pope de la narratología como Gerard Genette, la ficción está en el corazón mismo de la literatura. Pero ese simple y ramplón «inventarse historias» que se recibe con desconfianza proviene de una tradición crítica arraigada en occidente donde la literatura entendida como diversión es de gente poco refinada. El arte, hombre, el arte es otra cosa y nada tiene que ver con la diversión o con la trama emocionante. La ficción encima es engañosa, mentira incluso para algunos (aunque no se mueva para nada en términos de verdad o mentira) lo que como es bien sabido cabreó tanto a Platón que echó a los poetas dramáticos y épicos de la polis (con una lagrimilla colgando del ojo, eso sí) porque al hablar con voces que no les son propias de aquello que no conocen llevaban a los espectadores a identificarse con acciones falsas. Y qué decir del entretenimiento, que tanto hizo fruncir el ceño a la Escuela de Frankfurt por ser un lavado de cerebros, del mismo modo que la cultura occidental siempre privilegió artísticamente la tragedia por encima de la comedia, como bien nos contó Umberto Eco en El nombre de la rosa. Así pues, los simples atletas del patinaje artístico son como esos escritores de género simplones y dados al entretenimiento que solo cuentan historias, que solo saltan y que no tienen la sutileza de los verdaderos artistas.

Y… lo que iba a ser un solo post finalmente serán dos porque tengo ahora mismo un borrador de 2862 palabras para terminar este artículo y bastante dolor en las cervicales, así que publicaré este fin de semana si las contracturas me dejan. En él, seguiré explorando las difíciles dinámicas de género, raza y clase en un deporte tan conservador como el patinaje artístico y las posibles relaciones con el mundo de la literatura y el arte. Mis credenciales, ya lo has visto si has conseguido llegar hasta aquí, tienen más que ver con la teoría de la literatura, que es donde me he formado, que con la teoría del arte en general. Sé que las analogías, como analogías que son, son imperfectas, pero mi intención siempre fue ese famoso docere y delectare horaciano, enseñar de forma amena, con peor o mejor fortuna, y si me meto en todos los caminos que se abren en el jardín esto, como me dijeron una vez ante una propuesta de TFM que se le había ocurrido a mi megalómana mente, ya no sería ni siquiera una tesis doctoral de una persona, sino un proyecto de trabajo de investigación. Os espero en la siguiente entrega con Surya Bonaly, Tonya Harding, Midori Ito, Elvis Stojko, Johnny Weir, Plushenko y cómo el origen de clase, raza y género, además de la orientación sexual, influyen en la percepción singular y colectiva del arte.